CAPÍTULO IV #2
—Pero algo se parecerán —dijo Álvaro desde la pared—. Toda la teoría no puede salir de ninguna parte.
—Las teorías rara vez salen de ninguna parte —respondió Varela—. Eso no significa que lleguen al lugar correcto.
Se acercó a los cuadros sin rebasar la línea marcada en el suelo.
—La maja desnuda ya se encontraba en la colección de Manuel Godoy en 1800.
Ocho años después, cuando se inventariaron sus bienes, apareció junto a la vestida.
Las llamaron las gitanas. A partir de ahí tenemos documentos, medidas, fechas aproximadas y dos pinturas que cualquiera puede contemplar. Lo demás resulta menos seguro.
Señaló primero un cuadro y después el otro.
—No sabemos quién fue la modelo. Tampoco sabemos con certeza quién encargó las obras ni por qué se pintó la segunda. Existe incluso la teoría de que un mecanismo permitía colocar la vestida delante y descubrir la desnuda cuando el propietario lo deseaba.
—Eso sí parece propio de Godoy —murmuró Irene.
Varela se volvió hacia ella.
—¿Por qué?
—Porque la tenía en una habitación privada. No encargas algo así para colgarlo sobre la mesa del comedor.
—No me repita la historia, señorita Alonso. Explíquela.
Irene tardó un poco en responder. Esta vez miró los cuadros con más atención.
—Porque no es una Venus. O al menos no parece que quisiera serlo.
No hay dioses ni una tela puesta justo donde hace falta para fingir pudor.
Es una mujer de su tiempo, desnuda y mirando directamente a quien encargó el cuadro.
—Señaló con la barbilla a la maja—. Si era su amante, esa mirada estaba destinada a alguien concreto. Cambia la forma de verla.
—¿La identidad de la modelo cambia la pintura?
—Cambia lo que creemos que está ocurriendo.
Varela asintió ligeramente antes de dirigir la pregunta al resto.
—¿Están de acuerdo?
Carolina volvió a abrir el cuaderno.
—La pintura sigue siendo la misma. Lo que cambia es el contexto.
—Sin contexto no sabríamos nada —dijo Irene—. Ni siquiera que estaba en casa de Godoy.
—Pero saber quién fue su propietario no demuestra que la mujer fuera su amante.
—No he dicho que lo demuestre.
—Hace un momento ha dicho que era evidente.
Irene contempló de nuevo los cuadros, pero no respondió.
A nuestro alrededor continuaba circulando la gente.
Una pareja se detuvo ante la maja desnuda; el hombre leyó la cartela mientras la mujer observaba el rostro.
Después intercambiaron sus posiciones casi al mismo tiempo, como si cada uno quisiera comprobar qué había encontrado el otro.
Varela dejó que el silencio se prolongara.
—¿Por qué necesitamos saber quién es? —preguntó finalmente—. Tenemos dos pinturas de Goya delante. ¿Qué ganamos poniéndole un nombre a la mujer?
—Una historia —respondió Álvaro.
—Eso no siempre es una ganancia.
—Es más interesante que decir que no tenemos ni idea.
—También es más interesante pensar que un cuadro ocultaba al otro mediante un mecanismo —dijo Carolina—. Pero que algo resulte interesante no lo convierte en verdad.
—Podría serlo —intervino Cintia.
Varela se volvió hacia ella.
—Elabore.
Cintia descruzó los brazos y contempló primero a la maja vestida.
—No sabemos si el mecanismo existió, pero la teoría aparece porque los cuadros permiten imaginarlo. Tienen casi el mismo tamaño, la misma postura y probablemente la misma mujer. Uno parece cubrir al otro incluso ahora que están colgados uno al lado del otro. La historia no sale de la nada.
—Pero tampoco sale del cuadro —dije.
Varela dirigió los ojos hacia mí.
No había pensado intervenir. Durante buena parte de aquella mañana me había resultado más fácil escuchar a don Elías que hablar delante de mis compañeros.
Sin embargo, al mirar las dos majas recordé los inventarios que me había mostrado, las pinturas que habían cambiado de nombre y aquella forma suya de detenerse siempre en lo que nadie podía demostrar por completo.
—Quiero decir que una parte sí está en los cuadros —continué—. Las medidas, la postura, la mujer, que uno se pintó antes que el otro. También sabemos que pertenecieron a Godoy. Pero el mecanismo, la amante y la habitación en la que supuestamente los enseñaba ya forman una historia.
—Una historia basada en indicios —precisó Carolina.
—Sí. Y puede que sea cierta. El problema no es imaginarla. Sin hipótesis no podríamos interpretar nada. —Busqué las palabras mientras miraba a la mujer desnuda—. El problema empieza cuando dejamos de recordar qué parte hemos visto y qué parte hemos añadido para que todo encaje.
—Continúe —dijo Varela cuando me detuve.
—Si repetimos durante suficiente tiempo que la mujer era Pepita Tudó, que Godoy encargó los dos cuadros y que uno ocultaba al otro, acabamos mirando el mecanismo aunque nunca lo hayamos visto. Ya no distinguimos el cuadro de la historia que hemos colocado encima.
Cintia levantó los ojos hacia la maja vestida.
—Como la ropa.
—Supongo —dije—. Solo que a veces la historia tapa más.
Un grupo pasó detrás de nosotros siguiendo a una guía que sostenía un paraguas cerrado por encima de la cabeza. Varela esperó a que sus voces se perdieran antes de volver hacia los cuadros.
—Eso está bastante mejor, Herrera.
Indicó que continuáramos y los demás empezaron a dirigirse hacia la galería siguiente. Cintia permaneció unos segundos delante de la maja desnuda antes de seguirlos. Yo iba a hacer lo mismo, pero Varela me llamó.
Esperó a que el grupo se alejara para acercarse.
—Muy bien, Lucas —dijo mientras se ajustaba la carpeta bajo el brazo—. Sabía que terminaría encontrando algo que le interesara. Estoy deseando leer ese trabajo suyo.
Aquella mañana no se me ocurrió que quizá acabara tardando toda una vida en entregárselo.
Cuando llegué a la puerta, Cintia me esperaba apoyada contra la pared. Los demás ya habían entrado en la galería siguiente y la voz de Álvaro sobresalía otra vez entre las conversaciones.
Se había adelantado con Pepe y Carolina y enseguida empezó a pasar de un grupo a otro, entrando en una conversación, dejándola a medias para intervenir en otra y regresando después a la primera sin que pareciera haber perdido el hilo.
A algunos les hacían falta varios días para sentirse cómodos en un sitio nuevo.
A Álvaro le bastaban diez minutos y alguien dispuesto a escucharlo.
Cintia echó a andar a mi lado y esperamos a que los demás nos sacaran unos metros de ventaja.
—Es que no calla, ¿eh? —dijo mientras seguía a Álvaro con la vista—. Tiene una habilidad especial para eso.
—¿Para hablar?
—Para caer bien. En su caso, supongo que las dos cosas van juntas.
—Aunque últimamente está un poco pesado. Lleva unas semanas escribiéndome bastante. A Irene también, creo. Bueno, a media facultad. Ya sabes cómo es.
—Sexo, alcohol y revolución.
—Más o menos. Si no le contesto vuelve a escribir cualquier tontería para que responda.
—A mí también me lo hace.
—Ya, pero contigo no intenta acostarse.
Me reí.
—Eso espero.
Álvaro caminaba unos metros por delante con Pepe, representando alguna historia con las manos mientras el otro se reía.
—¿Te acuerdas del trabajo que hizo para Pensamiento Contemporáneo? —dije—. El de Monica Bellucci. La cara de Pelayo cuando aparecieron las tetas en la pantalla y él allí delante con aquellas prótesis...
—Dios, se me había olvidado el disfraz. Yo pensé que lo expulsaba.
—Pues le puso un diez.
—¿Qué dices?
—Precisamente por aquello. ¿Cómo era...? Ah, sí. «Cuestionar el sistema exige perder el miedo al ridículo». El cabrón todavía me lo restriega de vez en cuando.
—Bueno, un diez es un diez.
—No, no me refiero a la nota. Me restriega las tetas. Las de silicona. Las que compró para la presentación.
Cintia volvió a reírse.
—Joder. ¿Todavía las tiene? Seguro que las utiliza para alguna de sus fantasías.
Nos reímos y durante unos metros dejamos que la conversación se perdiera entre el ruido de los demás.
—En fin... esta noche no desaparezcas, ¿vale? Si me dejas sola con estos animales, no respondo.
—Qué bonito. Pensaba que querías que fuera porque disfrutabas de mi compañía.
—También. Pero no abuses de tu buena racha.
Al llegar al siguiente cruce alcanzamos a Irene y Carolina, que seguían discutiendo sobre la noche.
—¿Lavapiés? Mi padre me ha dicho que ni se me ocurra meterme allí de noche —decía Carolina.
—Tu padre cree que todo lo que está al sur de Oviedo es peligroso.
—Porque tiene razón.
Irene negó con la cabeza.
—Yo ya he elegido cuadro para el trabajo y quiero aprovechar para ver un par de cosas. Necesito sacar buena nota, tía.
—Eso no es salir. Eso es seguir estudiando, pero con cerveza.
—Mientras haya cerveza... —Irene sonrió—. No sé, creo que Álvaro tiene razón en una cosa: ya que estamos en Madrid, habrá que aprovechar.
—¿He oído a alguien admitir que tengo razón?
Álvaro apareció a nuestra espalda antes de que nadie lo llamara. Irene cerró los ojos.
—Hala. Ya lo hemos invocado.
—Eres como la niña de la curva, pero con resaca —añadió Carolina.
Álvaro se incorporó al grupo sin pedir permiso y la conversación se desordenó enseguida. Cintia aprovechó aquel momento para cogerme suavemente del brazo y hacerme caminar un poco más despacio.
—Aunque... —dijo sin soltarme—, si quieres, también podríamos salir tú y yo solos.
La miré. Lo había dicho con naturalidad, casi como una posibilidad que acabara de ocurrírsele, pero mantuvo los ojos en mí mientras esperaba.
—No puedo hacerle eso a Álvaro. Lleva toda la mañana montándolo y acabo de decirle que voy. —Miré hacia el grupo—. Y tampoco sé si tú y yo... después de Mónica.
—Puedes decir su nombre, Lucas. No voy a romperme.
—Por Mónica, sí. Y por Álvaro también. Por los dos, supongo. Ya. No sé. Tampoco quiero decirle ahora que salgo y dentro de dos horas desaparecer contigo.
—¿Tú crees que él no sabe que me gustas? Venga ya. —Cintia sonrió al verme la cara—. Lo sabe hasta Varela.
—¿Tan evidente es?
—Para todo el mundo menos para ti, por lo visto.
—Yo no sabía nada hasta después de lo de...