El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

A l llegar abajo oí a un guía explicando un Tiziano unos metros más allá; cerca de la puerta, un vigilante pidió a una pareja que apagara el flash y, por encima del murmullo de pasos, voces y audioguías, apareció una voz que habría reconocido incluso en mitad de la calle.

—Que Lavapiés no, coño. ¿Quién ha dicho Lavapiés?

—Yo —respondió Carolina desde el otro lado del grupo, sin levantar la voz.

Era difícil verla desordenada. Llevaba el pelo recogido, la carpeta cerrada bajo un brazo y unos zapatos demasiado buenos para la cantidad de horas que Varela pensaba hacernos caminar. Hasta cuando discutía daba la impresión de haber llegado con las réplicas preparadas.

—¿Y qué problema tienes?

—Ninguno. —Álvaro abrió la guía enrollada y la señaló hacia nadie en particular—.

Pero hemos venido dos días a Madrid y no pienso pasarme la noche siguiendo una guía turística.

Vamos a Malasaña, cenamos por allí, buscamos algún sitio para beber y después ya veremos.

Sin horarios y, sobre todo, sin convertir esto en otra excursión organizada.

—Hace dos horas querías organizarnos hasta la hora de volver.

—Porque alguien tiene que hacerse cargo de vosotros. Una cosa es organizar y otra pasarme la noche detrás de un plano buscando edificios.

Carolina cruzó los brazos.

—Tú quieres ir a Malasaña porque te han dicho que hay universitarias.

Pepe le dio un golpe con el codo.

—Hombre, entonces también veremos monumentos.

Álvaro se rio.

—Por fin alguien entiende el espíritu del viaje.

—Pues Irene quiere Lavapiés —dijo Carolina.

Irene estaba unos pasos más allá, rebuscando algo en un bolso que parecía bastante más caro que cualquiera de nuestras mochilas.

Había dormido poco, eso lo sabíamos todos, pero a las diez de la mañana seguía pareciendo demasiado arreglada: abrigo oscuro, pendientes pequeños y un perfume que llegaba antes que ella.

—Yo he dicho que me apetece —corrigió sin dejar de buscar—. No que quiera convertirme en antropóloga.

—Te han dicho «multicultural» y llevas desde el desayuno excitada —dijo Álvaro.

Irene encontró por fin lo que buscaba, cerró el bolso y lo miró.

—Y tú has leído «Malasaña» dos veces en una guía y ya te crees guía nocturno. Estamos empatados.

Carolina sonrió. Álvaro me vio al fin y levantó la guía por encima de las cabezas.

—¡Lucas! Ven aquí, hombre. Necesitamos una opinión imparcial. Malasaña o Lavapiés.

Me abrí paso entre dos compañeros.

—Malasaña. Sin duda. ¿Quién narices ha propuesto Lavapiés?

—¿Veis? —Álvaro abrió un brazo para recibirme—. Este sí que es un tío que sabe.

—A mí también me apetece ir a Lavapiés —dijo Carolina.

—Pfff... es que no hay color. —Álvaro lo pensó un segundo y empezó a reírse—. Bueno, supongo que color precisamente sí hay. Yo no juzgo. Pero estamos en Madrid y, además, hay que celebrar que por primera vez este desgraciado ha decidido salir.

Me pasó un brazo por los hombros y me arrastró hacia el centro del grupo.

—Ya era hora —dijo Irene—. Llevabas meses viviendo como un jubilado.

—Tampoco exageres.

—La última vez que saliste con nosotros todavía se podía fumar en los bares —añadió Pepe.

—Salí hace dos semanas.

—A cenar —dijo Carolina—. Y te marchaste antes del postre.

—Tenía cosas que hacer.

—Tenías que llamar a Mónica —me recordó Irene, sacando del bolso un paquete de pañuelos—. Reconócelo, Lucas: eras un poco calzonazos.

—No era calzonazos.

—Le pedías permiso hasta para cambiar de acera —dijo Pepe, y los demás se echaron a reír.

—No le pedía permiso. Le avisaba.

—Eso dicen todos los calzonazos —insistió Irene.

—Procuraba organizarme para estar con ella —dije, aunque la expresión provocó todavía más risas—. ¿Qué queríais que hiciera?

—Vivir un poco —respondió Carolina mientras echaba a andar de espaldas para mirarme—. No podíamos proponerte nada sin que sacaras el teléfono.

—Porque a veces me necesitaba.

—Venga, tíos, no seáis cabrones. —Álvaro retiró el brazo de mis hombros y dobló la guía por la mitad—. La tía tenía cáncer.

Las risas cesaron. Irene bajó el paquete de pañuelos.

—Ya lo sé, Álvaro. No estoy hablando de eso.

—Pues también era eso —replicó Álvaro, abriendo la guía sin mirar el mapa—. Lucas hizo lo que pudo.

—Podía cuidarla sin desaparecer él también —dijo Carolina, reanudando el paso.

—Estaba enferma —contesté con más brusquedad de la que pretendía—. No iba a dejarla sola para venir a emborracharme con vosotros.

Carolina volvió la cabeza.

—No he dicho eso.

—Lo parece.

Álvaro buscó algo entre los pliegues de la guía antes de intervenir.

—Ahora resulta muy fácil decidir lo que tendría que haber hecho. Cuando estábamos allí era distinto.

—Nadie está diciendo que no —dijo Irene mientras volvía a guardarlo—. A mí me gusta más este Lucas, eso es todo.

Pepe, que había dejado de reírse, me dio un golpe suave con el hombro al pasar. Álvaro encontró por fin lo que buscaba en el mapa y, con la misma facilidad con que había cortado la conversación, regresó a la noche.

—Así que te ha convencido, ¿eh? —dijo Álvaro, señalándome con la guía antes de apuntar a Cintia—. Esta noche vienes. La primera ronda la pago yo y luego que cada uno se arruine como quiera.

—Habías dicho tequila —le recordó Pepe.

—Y habrá tequila.

—Te he dicho que yo no pienso beberlo —insistió Carolina.

Álvaro la contempló con una tristeza casi paternal.

—Dos días en Madrid, veintiún años y tengo que escuchar que no bebes tequila. Tenía que haber venido con Hemingway.

Pepe soltó una risa.

—¿Qué vas a saber tú de Hemingway?

—Sé cosas.

—Hace diez minutos pensabas que Goya era el que se cortó una oreja —dijo Cintia.

—Era una confusión razonable.

—Era Van Gogh, animal.

Álvaro miró la guía enrollada en su mano.

—Bueno. El conocimiento es conocimiento, venga de un libro o de un gilipollas.

—Sócrates estaría orgulloso —dijo Carolina.

—Exacto. Y ahora volvamos a lo importante: Malasaña. Cenamos algo, empezamos allí y, si es una mierda, nos movemos. Esto es Madrid; tendrá taxis.

—Y metro —dijo Carolina.

—Esta noche quedan prohibidas las palabras «metro», «museo» y «madrugar». Y el siguiente que me recuerde que mañana tenemos que estar aquí a las nueve bebe doble.

Carolina sonrió.

—Mañana tenemos que estar aquí a las nueve.

—Dos chupitos de tequila para Carolina.

—No bebo tequila.

Álvaro dejó caer los brazos.

—Si es que os falta mundo.

—A ver, chicos. Silencio.

Varela se había acercado sin que ninguno de nosotros lo advirtiera. Esperó a que Pepe y Carolina dejaran de reírse y miró a Álvaro.

—¿Qué? Si estoy callado.

—Eso es lo novedoso. —Varela se volvió hacia todos—.

Llevo toda la mañana oyendo hablar de esta noche y no voy a intentar impedírosla.

Estáis en Madrid y sois mayores. Pero mañana, a las nueve, quiero veros aquí, despiertos y con la acreditación puesta.

Si alguien la pierde o no aparece, no podrá completar el trabajo.

Y no quiero historias sobre taxis, despertadores ni hoteles.

Álvaro levantó una mano.

—Profesor, yo me comprometo a que nadie se pierda.

Varela lo miró unos segundos.

—Vamos —dijo Varela mientras cerraba la carpeta y se la encajaba bajo el brazo—. Goya nos queda de camino y quizá consiga que habléis de otra cosa durante cinco minutos.

Atravesamos dos salas detrás de Varela con la voz de Álvaro todavía siguiéndonos. El profesor no se volvió hasta detenerse ante dos lienzos horizontales, casi iguales en tamaño, colocados uno junto al otro.

En ambos, una mujer ocupaba el centro del cuadro con los brazos recogidos detrás de la cabeza y los ojos dirigidos hacia quien se situara delante.

La postura era la misma, pero la ropa alteraba algo más que el cuerpo.

En la maja desnuda, la piel parecía desprenderse del fondo oscuro; en la vestida, las telas ceñidas, la faja rosada y las mangas claras obligaban a mirar de otra manera los mismos brazos, la misma cintura, las mismas piernas extendidas sobre el diván.

Nos distribuimos alrededor del banco. Pepe se sentó en un extremo y Carolina permaneció de pie junto a él, repasando una página de sus apuntes. Álvaro se apoyó contra la pared. Cintia quedó a mi lado.

Varela se había retrasado junto a la entrada para hablar con uno de los vigilantes. Irene aprovechó para sacar el móvil otra vez.

Carolina levantó los ojos de los apuntes hacia los cuadros.

—¿Cuál se pintó primero?

Irene apenas miró.

—La desnuda. La de la izquierda.

Pepe se inclinó lo suficiente para echar un vistazo a la pantalla.

—En el móvil de Irene, las de la izquierda también suelen estar desnudas.

Carolina miró por encima de su hombro.

—Y las de la derecha.

—Callaos, capullos. —Irene bloqueó el teléfono y se lo guardó en el bolso—. Por lo menos yo estoy depilada.

—Ya lo sabemos —dijo Carolina.

—Nosotros y mañana medio Madrid —añadió Pepe.

Irene le dio una patada en la punta del zapato. Pepe retiró el pie entre risas justo cuando Varela llegó hasta nosotros con la carpeta abierta.

—Venga, chicos. Ya está bien.

Esperó a que Irene terminara de guardar el móvil y se volvió hacia las pinturas.

—La señorita Alonso tiene razón en una cosa: la desnuda se pintó primero. Ahora intentemos averiguar cuánto más sabe. ¿Quién es la mujer?

Irene observó el rostro antes de responder.

—Pepita Tudó, la amante de Godoy.

—Eso estaba en los apuntes de primero —dijo Carolina.

—En tus apuntes de primero.

Varela levantó una mano antes de que empezaran de nuevo.

—No tan deprisa. ¿Qué sabemos y qué creemos saber?

—Sabemos que Godoy tenía los dos cuadros.

—Eso sí.

—Y que Pepita Tudó era su amante.

—También.

—Pues parece bastante evidente.

—Muchas cosas lo parecen hasta que intentamos demostrarlas. —Varela se volvió hacia Carolina—. ¿Usted qué opina?

Carolina cerró el cuaderno, manteniendo un dedo entre las páginas.

—También se ha dicho que era la duquesa de Alba. Goya la conocía, la retrató varias veces y durante mucho tiempo se pensó que los rasgos coincidían.

—¿Y coinciden?

Carolina observó alternativamente los dos rostros.

—No lo suficiente para demostrar nada.