CAPÍTULO III #4
La vi decirle algo a una compañera antes de desaparecer por la galería.
Permanecí al pie de la escalera mientras el museo recuperaba su movimiento alrededor de mí.
El chico de la camiseta de Nirvana estaba ahora sentado en un banco, peleándose con los cordones de una zapatilla mientras sus padres seguían frente a Rubens; cerca de la entrada, una mujer fotografiaba la cartela y dos turistas habían desplegado un plano entre los dos con la expresión agotada de quienes llevaban demasiado tiempo intentando descubrir no qué querían ver, sino dónde demonios estaban.
Cuando miré hacia la sala contigua reconocí el bastón apoyado entre unas rodillas. Don Elías estaba sentado frente a otro Rubens. Al verme acercar, apartó el sombrero y me hizo sitio en el banco.
—Creí que se había marchado.
—No todavía. —Dio dos golpecitos con los dedos sobre el bastón—. Necesitaba sentarme. Esto ayuda a caminar, pero tampoco hace milagros.
Me hice sitio a su lado. Frente a nosotros, una mujer desnuda se arqueaba contra un cielo oscuro mientras de su pecho nacía una franja blanca de leche y estrellas.
Carne, nubes y movimiento llenaban el lienzo.
Rubens había pintado aquella escena imposible con tal seguridad que parecía no admitir ninguna duda sobre sí misma.
— El nacimiento de la Vía Láctea —dijo don Elías, siguiéndome la mirada—. Aunque me temo que ahora mismo Rubens está perdiendo contra la escalera.
—¿Qué?
—Llevaba un buen rato mirando hacia allí.
Seguí la dirección que indicaba con la cabeza.
—Cintia.
—Ah. Así se llama.
—Solo hemos hablado de salir esta noche.
—Yo no he preguntado.
Lo miré. Don Elías había vuelto al cuadro.
—No sé si está interesada.
—Muchacho, la he visto treinta segundos bajando una escalera. No tengo ni idea.
—Pensaba que tendría alguna teoría.
—Tengo muchas. Ese es precisamente el motivo por el que procuro no confiar demasiado en ellas.
Volví hacia Rubens. Durante unos segundos observé la leche convertida en estrellas antes de preguntarle qué haría él.
Don Elías soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
—¿Por qué me pregunta a mí?
—Tiene experiencia.
—Tengo años, que es distinto. —Apoyó las dos manos sobre el bastón y se acomodó un poco en el banco—. A su edad yo tampoco sabía muy bien qué estaba haciendo.
Nos quedamos mirando el cuadro. Desde la galería llegaba de vez en cuando la voz de Álvaro; en algún momento volvió a aparecer la palabra bar y después varias risas.
—Lleva desde el desayuno con lo mismo —dije—. Bares, música, chicas...
Don Elías no respondió enseguida. Seguía contemplando el cuadro cuando preguntó:
—¿Sabe que hay animales que, por caminos distintos, terminan pareciéndose a un cangrejo?
Me volví hacia él. Debí de hacerlo con una cara suficientemente expresiva porque empezó a explicarse sin esperar respuesta.
—No recuerdo cómo se llama exactamente. Carcinización, creo.
Son especies distintas que, separadas durante millones de años, acaban llegando a una forma parecida: el caparazón, las patas, el cuerpo ancho...
—Movió una mano delante del pecho, intentando dibujar en el aire algo vagamente parecido a un cangrejo—.
Supongo que funciona y por eso la evolución acaba repitiéndolo.
Seguí mirándolo. Don Elías dejó caer la mano sobre el bastón y sonrió un poco.
—Esta noche, si sale, seguramente escuchará esa música que ponen ahora en todas partes. Esa en la que las mujeres pasan buena parte del tiempo moviendo el culo.
—Reguetón.
—Eso. —Asintió, satisfecho de haber encontrado la palabra—. Pues llevo un tiempo pensando que ocurre algo parecido. Da igual por dónde empiece la música; parece que todo termina avanzando hacia ahí.
Ahora entendía por dónde iba.
—Como los cangrejos.
—Exactamente. Pop, electrónica, lo que sea. Empiezan de una manera y al final aparece ese mismo golpe, ese... —marcó dos veces un ritmo impreciso con los dedos sobre la empuñadura del bastón y enseguida desistió—. Bueno, ya me entiende. La forma del cangrejo.
Me reí. No parecía esperar que estuviera de acuerdo y tampoco intentó convencerme. Se quedó escuchando un instante su propio ritmo fallido antes de volver hacia Rubens.
La voz de Álvaro llegó otra vez desde la galería, ahora bastante más cerca. Alguien pasó detrás de nosotros y su sombra cruzó la parte inferior del lienzo. Miré el reloj y comprendí que Varela debía de llevar ya un buen rato preguntándose si pensaba regresar.
—Ha sido un placer, don Elías, pero tengo que volver con los demás. Como tarde mucho más, Cintia se va a quedar sin excusas.
—Claro. —Don Elías recogió el sombrero y lo dejó sobre sus rodillas—. Bastante tiempo le he robado ya esta mañana.
—No me lo ha robado.
Levantó los ojos hacia mí.
—Me alegra oírlo. A cierta edad uno empieza a tener bastante cuidado con el tiempo de los demás.
Me puse la mochila al hombro mientras él volvía hacia el cuadro.
—Y salga esta noche, Lucas. Diviértase. Está en Madrid, tiene veintiún años y mañana los cuadros seguirán aquí.
—Eso mismo lleva diciendo Álvaro desde el desayuno.
Don Elías levantó ligeramente las cejas.
—Entonces, por una vez, hágale caso.
Me ajusté la mochila.
—Hasta luego, don Elías.
—Hasta luego, muchacho.
Antes de salir de la sala miré hacia atrás. Don Elías seguía sentado frente a El nacimiento de la Vía Láctea . Una pareja acababa de ocupar el otro extremo del banco y él se había desplazado para dejarles sitio.
Fui a buscar a los demás.