CAPÍTULO III #3
—Cuando terminé la carrera me ofrecieron un trabajo bastante bueno.
Casi al mismo tiempo conseguí una beca para marcharme fuera.
No recuerdo si llegaron la misma semana...
No, la beca fue después. Da igual. Durante unos días tuve las dos cartas encima de la mesa y me dediqué básicamente a esperar que una de ellas desapareciera.
—¿Qué quería hacer?
—Ese era parte del problema. —Se inclinó un poco hacia delante para dejar pasar a una mujer que se acercaba al cuadro—. Quería escribir. Creo. También pensaba en dar clase. A esa edad tenía bastantes planes y ninguno demasiado concreto.
—¿Y eligió el trabajo?
—Sí. Pagaban bien, la gente parecía agradable y mis padres lo entendían. Eso también importaba más de lo que yo quería admitir. Me dije que estaría allí un par de años, ahorraría algo y después... bueno, después ya haría lo demás.
—Pues no parece una mala decisión.
—No lo fue. —Don Elías lo dijo sin ironía—. Me gustó el trabajo.
Aquello me sorprendió más que cualquier arrepentimiento.
—¿Y escribir?
—También iba a escribir. Por las noches, concretamente. Tenía un plan magnífico.
—¿Funcionó?
Don Elías se rió.
—Por las noches estaba cansado.
Don Elías volvió al cuadro todavía sonriendo. La mano de Paris permaneció delante de mí, pero durante un momento vi una mesa diminuta, dos cafés y una carta que llevaba una semana sin contestar.
Había llovido toda la mañana en Oviedo.
Mónica y yo estábamos en una cafetería cerca de la facultad, sentados a una de aquellas mesas diminutas donde dos cafés ya parecían ocupar demasiado sitio. Llevaba el pelo húmedo, recogido deprisa, y removía el azúcar sin llegar a probarlo.
—¿Qué vas a hacer con la beca?
La carta llevaba una semana sobre mi escritorio. La había leído tantas veces que podía recordar dónde terminaban algunos párrafos, pero seguía sin contestar.
—No lo sé.
Mónica siguió removiendo el café.
—Lucas, llevas una semana diciendo que no lo sabes.
—Porque todavía no lo sé.
—Ya.
La cucharilla chocó una vez contra el borde de la taza y Mónica la dejó sobre el plato. Creí que insistiría. En lugar de eso cogió el sobre de azúcar vacío, lo dobló por la mitad y cambió de tema.
—¿Has empezado Filosofía Medieval o sigues fingiendo que el examen no existe?
Después hablamos del examen, del profesor que suspendía a media clase y de una película que queríamos ver el sábado.
Cuando salimos seguía lloviendo. Mónica abrió el paraguas bajo el toldo de la cafetería, me besó antes de cruzar la calle y echó a andar hacia la parada del autobús.
Yo me quedé un momento mirando el sobre de la beca dentro de mi mochila antes de cerrarla.
—...después siempre había alguna razón. El trabajo, los niños, una mudanza... Durante bastante tiempo seguí diciendo que escribiría cuando tuviera una época más tranquila. Creo que un día sencillamente dejé de decirlo.
—¿Y el libro?
—No hubo libro. —Don Elías se encogió ligeramente de hombros—.
Pero tampoco quiero que imagine una de esas historias terribles de un hombre que se equivoca a los veintidós años y pasa los cuarenta siguientes lamentándolo.
No fue así. Me gustaba mi trabajo. Conocí a Clara, tuvimos hijos, viajamos bastante cuando pudimos permitírnoslo... hubo años estupendos.
—Entonces quizá eligió bien.
Había dicho aquello mirando a Paris y don Elías tardó tanto en contestar que pensé que no lo haría.
—Puede ser.
—Si fue feliz...
—Lo fui muchas veces. —Apoyó el bastón entre las rodillas y se quedó un momento con las manos encima—.
Lo que no sé es si eso responde a la pregunta.
Después de tantos años cuesta separar lo que uno eligió de todo lo que fue ocurriendo dentro de esa elección.
El trabajo que iba a durar dos años acabó siendo mi trabajo.
La ciudad acabó siendo mi ciudad. Y la vida... bueno.
La frase se le quedó sin final. Don Elías negó lentamente con la cabeza.
—No sé. Supongo que ya me entiende.
Creo que sí lo entendía, aunque tampoco habría sabido explicarlo mucho mejor.
Una familia cruzó por delante de nosotros y ocultó buena parte del lienzo.
Los padres se detuvieron, pero los niños siguieron hasta que la madre llamó al mayor, un chico de unos doce años con una camiseta de Nirvana demasiado grande y la gorra vuelta hacia atrás.
Cuando la familia se apartó, Paris reapareció exactamente donde lo habíamos dejado, con la manzana todavía entre los dedos.
—Y pensar que el pobre hombre solo tenía que escoger —murmuró don Elías.
—Le está perdonando una guerra entera.
—Bueno, todavía no la ha empezado.
—Pero sabemos que la va a empezar.
Me miró.
—Eso es porque nosotros conocemos el final.
Pareció que iba a añadir algo, pero el chico de la camiseta de Nirvana se había acercado demasiado al lienzo y un vigilante apareció por un lateral.
—Un poquito más atrás, campeón.
El chico obedeció sin demasiadas ganas. El vigilante le dio las gracias y continuó su ronda, y don Elías lo siguió con la mirada hasta que cruzó la puerta.
—Tiene que ser un trabajo extraño —dijo.
—¿Vigilar cuadros?
—Pasarse ocho horas procurando que todo siga exactamente donde estaba cuando uno llegó. —Se quedó pensando mientras el hombre desaparecía en la sala contigua—. Un poco como esos jardineros que mantienen un jardín histórico. Solo que aquí no pueden cortar nada.
—No creo que ellos lo expliquen así.
—Seguramente no. Por eso ellos tienen el trabajo.
Un hombre con una carpeta bajo el brazo entró en la sala antes de que pudiera responder. Don Elías levantó una mano al reconocerlo.
—Fernando, buenos días.
—Hombre, don Elías. —El hombre redujo el paso, aunque no llegó a detenerse—. ¿Todo bien?
—Aquí seguimos.
—Eso es buena señal.
—A nuestra edad empiezo a considerarla excelente.
Fernando sonrió, dijo algo sobre una reunión a la que llegaba tarde y continuó hacia la sala siguiente. Esperé a que se alejara.
—Empiezo a pensar que conoce a medio museo.
—Qué va. —Don Elías recogió el sombrero, que había dejado apoyado contra el banco, y le quitó con los dedos una pelusa que yo no había visto—. Llevo muchos años viniendo. Al final uno aprende nombres igual que aprende dónde están los aseos.
—A usted también se lo saben.
—Porque soy el viejo del sombrero. Si viniera mañana con una escoba, quizá tardaran una semana en darse cuenta de que no trabajo aquí.
Me reí. Don Elías iba a ponerse el sombrero cuando reparó en la cinta azul que me colgaba sobre el jersey.
—Usted lo tendría más difícil.
—¿El qué?
Señaló la acreditación.
—Hacerse pasar por otra persona con eso colgando del cuello.
—Orden de Varela. Dice que así sabe cuáles son los idiotas que tiene que devolver a Oviedo.
Una corriente de aire entró desde la galería y dio la vuelta a la tarjeta. Don Elías la detuvo con un dedo antes de que siguiera girando.
Me coloqué bien la acreditación.
Durante unos minutos seguimos delante de Rubens sin hablar.
El museo continuaba funcionando alrededor de nosotros con ese ruido amortiguado que a esas alturas empezaba a reconocer: pasos que aparecían y se perdían sobre el suelo, fragmentos de explicaciones, una audioguía demasiado alta, alguien tosiendo en la sala de al lado.
Desde la escalera empezaron a llegar voces conocidas y la de Álvaro, como casi siempre, consiguió imponerse a las demás.
—Esos deben de ser los suyos —dijo don Elías.
—Sí. Parece que ya han terminado arriba.
Los primeros en aparecer fueron dos chicos de clase que bajaban discutiendo sobre dónde comer.
Detrás venían otros tres y, algo más arriba, distinguí a Cintia.
Llevaba la carpeta azul debajo del brazo y bajaba deprisa, saltándose algún peldaño para alcanzar a los demás.
La luz de la claraboya le daba de lleno sobre el pelo y me quedé mirándola un poco más de lo que habría querido admitir.
Cintia levantó la cabeza y me descubrió haciéndolo. Sonrió.
—¿Qué haces ahí solo?
—Nada. Estaba hablando con...
Me volví. Don Elías ya no estaba junto al cuadro. Debía de haberse movido mientras yo miraba hacia la escalera; desde allí tampoco veía el sombrero, aunque la sala contigua quedaba a pocos pasos.
—¿Con quién? —Cintia llegó hasta mí y siguió la dirección de mi mirada—. Lucas, estás rarísimo en este viaje. ¿Te pasa algo? ¿Estabas pensando en...?
No terminó la pregunta. Echó otro vistazo a la galería y empezó a bajar.
—Nada, déjalo. Varela me ha mandado a buscarte. Todavía quiere enseñarnos unos Goya antes de dejarnos libres.
Empezamos a bajar. Cintia llevaba dos escalones de ventaja y tuvo que esperar cuando un matrimonio se detuvo delante de nosotros para consultar un plano.
—Por cierto, Álvaro sigue con lo de esta noche. —Cintia bajó otro par de peldaños antes de mirarme—. Lleva organizándolo desde que salimos de Oviedo. Creo que para él el Prado es solo una excusa para hacer un viaje de fin de curso.
—Esta mañana ya estaba intentando convencer a todo el mundo.
—A mí me persigue con el plan desde el desayuno —dijo Cintia mientras bajábamos—. Creo que ya le he dicho que no cuatro o cinco veces.
—Con Álvaro hay que insistir un poco más.
—Lo conozco. —Me miró de reojo—. ¿Y tú qué vas a hacer?
—Pues no lo... —Me interrumpí al verla esperar—. Sí, voy a ir. ¿Tú vendrás?
—¿Quieres que vaya? —preguntó, aminorando el paso.
—Sí. Me gustaría —respondí después de hacerla esperar más de la cuenta.
—Vaya —dijo, y la sonrisa se le quedó un momento en la voz—. Eso ha sonado casi decidido.
—No te acostumbres.
—Entonces tendré que aprovecharlo. Esta noche salimos.
Al final de la escalera, Cintia tomó la galería por la que habían desaparecido los demás. La seguí hasta que algo en la sala contigua me hizo volver la cabeza.
—¿Vienes? —preguntó al descubrir que ya no caminaba a su lado.
—Ve yendo. Quiero mirar un par de cosas más.
—Varela ya me ha preguntado dos veces dónde estabas —me advirtió, retrocediendo un paso—. Se me están acabando las excusas.
—Ahora voy.
—Eso también lo has dicho antes —respondió mientras echaba a andar de nuevo.