El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO III #2
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CAPÍTULO III #2

Llevábamos unos meses juntos. Nos habíamos conocido aquel mismo curso y todavía conservábamos la costumbre de discutir en clase como si después no fuéramos a salir por la misma puerta.

Álvaro decía que aquello era una de las muchas pruebas de que nuestra relación terminaría mal; Mónica sostenía que llevaba prediciendo nuestro final desde antes de que empezáramos.

La timidez de aquella primera noche desaparecía en cuanto encontraba algo que discutir.

Una de aquellas discusiones comenzó por Hemingway y terminó, de alguna manera, con cinco monos intentando alcanzar un plátano.

—No, espera. Eran cuatro. O cinco.

—¿Qué cojones tienen que ver cuatro monos con Hemingway? —le pregunté.

Álvaro levantó un dedo sin dejar de mirar hacia el profesor.

—Déjame llegar.

Estábamos en primero. La clase de Ética ocupaba un aula pequeña del edificio antiguo, con las mesas dispuestas en forma de U y dos ventanas altas por las que entraba una luz gris que a esa hora de la tarde ya no calentaba nada.

El profesor había escrito TRADICIÓN en la pizarra y llevaba casi veinte minutos dejándonos discutir sobre si la antigüedad de una costumbre podía contar, por sí sola, como argumento para conservarla.

Habíamos terminado hablando de los toros. Álvaro, que tenía mi bolígrafo en una mano y llevaba un rato dibujando cuadrados en el margen de mis apuntes, había recurrido a Hemingway con la seguridad de quien acaba de encontrar una autoridad irrebatible.

—Hemingway era un apasionado de los toros. Escribió un libro entero sobre eso, Muerte en la tarde .

Mónica levantó la vista desde dos mesas más allá.

—¿Te lo has leído?

—Eso ahora mismo no viene al caso.

—Viene bastante al caso.

—Sé de qué va. Me sirve. —Álvaro señaló hacia mí con el bolígrafo—. Dame tiempo, tío. Lo que digo es que Hemingway no era precisamente un imbécil. Si un tío así veía algo en la tauromaquia, igual hay algo más que un señor clavándole cosas a un toro.

—Eso demuestra que Hemingway iba a los toros.

Álvaro se volvió hacia mí.

—No, demuestra que...

—También bebía como un animal. No creo que quieras convertir todas sus aficiones en argumentos morales.

Mónica volvió a reírse y Álvaro la señaló con mi bolígrafo.

—Gracias por el apoyo.

—Estoy con Lucas en esta. —Se acomodó en la silla, todavía sonriendo—. Puedes entender por qué existe una tradición, incluso apreciar cosas de ella, y seguir pensando que debería desaparecer.

—Vale, pero eso es muy fácil decirlo ahora. Hay cosas que una sociedad lleva haciendo siglos porque... —Álvaro dejó la frase en el aire y entrecerró los ojos, buscando algo—. Joder, esto me recuerda a lo de los monos.

—Ahí hemos llegado —dije.

El profesor, que llevaba un rato apoyado contra su mesa dejándonos discutir, levantó la vista.

—Adelante, Álvarez. Ya que hemos llegado hasta los monos.

Álvaro se inclinó hacia delante, agradecido por tener público.

—Había cuatro o cinco monos encerrados en una jaula. Arriba de una escalera ponían un plátano y cada vez que uno intentaba subir a cogerlo les daban una descarga.

—Era agua fría —dijo Mónica.

—¿Tú también conoces esto?

—Sí.

—Pues hoy estáis todos insoportables.

Álvaro terminó de contar el experimento mezclando ya las descargas con el agua fría.

Cada vez que uno intentaba alcanzar el plátano, los demás recibían el castigo, hasta que aprendían a impedir que cualquiera se acercara a la escalera.

Después sustituían a uno de los monos y el recién llegado recibía los golpes sin saber por qué.

—Después cambias otro, y otro... hasta que al final ninguno de los monos que quedan ha recibido nunca el castigo. Ninguno sabe por qué no se puede subir. Pero entra uno nuevo, intenta coger el plátano y todos le pegan igual.

Se recostó en la silla con la satisfacción de haber resuelto el asunto.

—Toda la vida ha sido así.

—Eso no demuestra que las tradiciones sean malas —dije.

—No he dicho eso.

—Lo estás usando para eso.

Álvaro empezó a protestar, pero Mónica habló antes de que pudiera reorganizar el argumento.

—Lo que demuestra, si es que demuestra algo, es que puedes seguir haciendo una cosa mucho después de haber olvidado por qué empezó.

—Exactamente —dijo Álvaro—. Gracias.

—No te he dado la razón.

—No me fastidies el momento.

El profesor sonrió desde su mesa y yo miré otra vez la palabra escrita en la pizarra.

—Pero olvidar el origen tampoco vuelve absurda una costumbre —dije—. Hay cosas que siguen funcionando aunque nadie recuerde ya quién empezó a hacerlas o por qué.

Mónica se volvió hacia mí.

—Vale. Pero entonces tendrás que justificarla por lo que hace ahora, no porque lleve cuatrocientos años haciéndose.

—Eso sí.

Álvaro dejó el bolígrafo sobre mis apuntes.

—Fantástico. Os pasáis cuarenta minutos discutiendo y al final estáis de acuerdo. Yo he tenido que meter cinco monos en una clase de Ética para descubrirlo.

—Cuatro —dijo Mónica.

—Me da igual cuántos eran.

La clase continuó un rato más y la discusión terminó derivando hacia otra cosa. Cuando sonó la hora, el profesor todavía estaba intentando recordar qué lectura había mandado para la semana siguiente y todo el mundo empezó a guardar carpetas, abrigos y bolígrafos sin esperar a que terminara.

Mónica cerró sus apuntes y se acercó a nuestra mesa.

—Voy a por un café. ¿Vienes?

—Sí. Dame un segundo.

—Te espero fuera.

Salió con los libros contra el pecho mientras yo buscaba unas hojas que había metido en algún sitio de la carpeta. Álvaro la siguió con los ojos y empezó a guardar sus cosas mucho más despacio de lo necesario.

—No sé cómo lo haces.

—¿El qué?

—Llevarle la contraria cuarenta minutos y conseguir que siga queriendo acostarse contigo.

Le lancé el borrador que había junto a mi cuaderno. Álvaro lo atrapó contra el pecho y lo dejó sobre la mesa.

—Eres gilipollas.

—Pero tengo razón.

Cerré la carpeta, pero no me levanté.

—¿Tú crees que está enfadada conmigo?

Álvaro dejó de sonreír.

—No.

—Ayer estaba rara.

—Lucas, cuando Mónica está enfadada contigo me escribe para decirme que eres imbécil. Hoy no me ha escrito. Estás bien.

—Qué tranquilizador.

—Para eso estoy.

Salimos juntos del aula. Mónica esperaba al fondo del pasillo, apoyada contra una de las ventanas, y levantó una mano al verme. Álvaro caminó conmigo unos metros más y después se detuvo.

—Yo voy por el otro lado.

—La cafetería está por aquí.

—Ya. —Se colocó la mochila al hombro—. Pero casualmente ahora tengo una necesidad enorme de ir por el otro lado.

—Qué idiota eres.

—Luego te mando lo de los monos.

—No hace falta.

—Te lo voy a mandar igual.

Se alejó por el pasillo antes de que pudiera responder. Mónica lo vio marcharse, después me miró a mí.

—¿Y a ese qué le pasa?

—Nada. Es Álvaro.

Mónica miró una vez más hacia el extremo del pasillo por el que había desaparecido y echamos a andar hacia la cafetería. Recuerdo que seguimos discutiendo durante el camino; probablemente de los toros, quizá de los monos.

Frente a mí, Afrodita continuaba esperando la decisión de Paris.

La luz seguía cayéndole sobre el hombro y durante un instante, sin buscarlo, vi allí a Cintia: el pelo hacia un lado, la piel desnuda bajo aquella misma claridad.

Aparté los ojos del cuadro. Apenas conocía a Cintia y, aun así, la luz de Rubens acababa de inventar el resto de su cuerpo.

Cuando miré de nuevo, Paris seguía allí con el plátano entre los dedos. Perdón, la manzana.

—Siempre me ha parecido un cuadro bastante injusto.

Me volví. Don Elías se había detenido a unos pasos de mí, con el sombrero bajo el brazo.

—Perdone —dijo al verme volverme—. Creía que me había oído.

—Estaba distraído.

—Eso parece. —Se acercó hasta quedar a mi lado y contempló el cuadro durante unos segundos—. Veo que al final me ha hecho caso.

—Me lo recomendó usted.

—Sí, pero eso no garantiza nada. Los estudiantes hemos dedicado siglos a perfeccionar el arte de no hacer caso.

Volví hacia las tres mujeres. Después de escuchar a Varela resultaba difícil fijarse únicamente en Paris y la manzana. Ellas también esperaban una decisión que no les pertenecía.

—¿Por qué dice que es injusto?

Don Elías señaló con el bastón a las tres figuras.

—Quizá injusto no sea la palabra exacta. Pero mire la situación: a él le entregan una manzana y le dicen que escoja. Ellas esperan delante, pendientes de lo que decida un muchacho al que probablemente ni siquiera conocen. Siempre me ha resultado... no sé. Un poco absurdo.

—Son diosas.

—Sí, claro.

—Quiero decir que tampoco parecen muy indefensas.

Don Elías volvió la cabeza hacia mí y sonrió.

—Yo no he dicho que lo sean.

Una pareja se interpuso entre nosotros y el cuadro. El hombre señaló a Afrodita mientras explicaba algo a su acompañante, que acabó inclinándose hacia la cartela para comprobarlo. Don Elías dejó que la pareja terminara de pasar. Cuando las tres mujeres volvieron a aparecer ante nosotros, continuó:

—Además, fíjese en lo que recordamos. Paris, por supuesto. Afrodita, porque gana. Atenea y Hera... bueno, están ahí, pero en la historia acaban siendo sobre todo las otras dos.

—Alguien tenía que perder.

—También es verdad. —Don Elías soltó una risa breve—. Clara habría discutido con usted durante media hora.

—¿Y usted no?

—Yo ya he aprendido a escoger mejor mis guerras.

Miré hacia el otro extremo de la sala. Álvaro seguía hablando con un par de compañeros cerca de la puerta y Cintia se había detenido delante de otro Rubens, con la carpeta abierta contra el antebrazo.

Escribía inclinada sobre ella y cada pocos segundos se apartaba el pelo de la cara con el dorso de la mano.

—Aunque Paris al menos sabía que tenía que decidir algo.

Don Elías siguió mi mirada un instante, pero cuando habló estaba contemplando otra vez la manzana.

—Eso sí.

—Quiero decir... tres opciones. Están ahí delante. A veces casi sería más fácil.

—¿Tener solo tres?

—Saber cuáles son.

Don Elías apoyó ambas manos sobre la empuñadura del bastón y se quedó pensando. Por primera vez desde que lo conocía pareció estar buscando por dónde empezar.