CAPÍTULO III
S ubí la escalinata pensando en Rubens y en la facilidad con que don Elías había conseguido enviarme en busca de un cuadro sin decirme qué debía encontrar en él. Todavía iba dándole vueltas a nuestra conversación cuando reconocí la voz de Álvaro.
—A las diez abajo. Y mañana no quiero escuchar a nadie diciendo que estaba cansado.
—Álvaro, llevamos levantados desde las seis —protestó una de las chicas—. Yo esta noche pienso dormir.
—¿Dormir? Pero si hemos venido dos días a Madrid. —Debía de estar gesticulando porque, antes de verlo, oí el golpe de algo contra la pared y varias voces mandándolo tener cuidado—. Una ducha, cenamos cualquier cosa y salimos. Unas copas, música... Yo qué sé. Estamos en Madrid.
—Y chicas —añadió alguien.
—Bueno, eso dependerá de Madrid. Yo no puedo hacerlo todo.
Las risas llegaron hasta la escalera. Cuando doblé la esquina encontré a Álvaro en mitad del grupo, con la guía del Prado enrollada en una mano y la expresión seria de quien estaba organizando una evacuación.
Pepe lo escuchaba desde la pared, enorme dentro de una sudadera gris, ocupado en terminar un cruasán que probablemente llevaba con él desde el desayuno.
La mochila azul que arrastraba desde primero descansaba entre sus zapatillas, vencida por las esquinas y con una cremallera que llevaba dos cursos amenazando con rendirse.
—Mañana tenemos que estar aquí a las nueve —consiguió decir Pepe después de tragar.
—Pues tampoco hace falta acostarse. —Álvaro debió de levantar las manos porque escuché varias protestas a la vez—. Eh, eh, pensadlo: volvemos a las ocho, desayunamos y directamente al Prado. Ni despertador ni hostias.
—Eres gilipollas.
—Pero a las diez vas a estar abajo.
—Que te jodan.
—Eso espero. Es más o menos el objetivo de la noche. ¡Hombre, el desaparecido! —Álvaro levantó la guía enrollada al verme aparecer—. Ya era hora, tío. Estábamos pensando qué hacer con tus cosas.
—Yo he dicho que habría que dejar la mochila en objetos perdidos —comentó uno de los chicos.
—Y yo que podíamos venderla esta noche —añadió Álvaro, haciéndome sitio a su lado—, pero con los apuntes que lleva dentro no sé si nos darían ni para una copa.
Dejé la mochila entre sus pies y los míos. Álvaro esperó a que los demás retomaran la discusión sobre la noche y se inclinó un poco hacia mí.
—Varela ha preguntado por ti. ¿Dónde coño te habías metido?
—Dando una vuelta.
Álvaro desenrolló la guía, comprobó que la había dejado todavía peor y volvió a enrollarla.
—Ya. Una vuelta. Llevas desaparecido desde Las Meninas . Pensaba que te habías quedado allí.
—Yo también empezaba a preguntarme dónde estabas.
Cintia se abrió paso entre dos compañeros y miró primero a Álvaro, después a mí.
—Solo estaba dando una vuelta.
—Eso dices tú. —Cintia sonrió—. Igual has conocido a una francesa y has decidido que el seminario podía esperar.
Álvaro dejó inmediatamente en paz la guía.
—Espera. ¿Había una francesa?
—No había ninguna francesa. Estaba hablando con un señor.
—Joder, tío. —La decepción le duró apenas un segundo—. Pues no sé si eso mejora la historia.
—Déjalo en paz —dijo Cintia, interponiéndose entre los dos.
Les conté que me había quedado hablando con un anciano delante de Las Meninas y que, entre una cosa y otra, se me había ido la hora.
Cintia buscó a Varela por encima de los hombros de los demás.
—¿Más de una hora? ¿Y de qué hablabais tanto?
—De Las Meninas . De Clara, su mujer... —Ni siquiera estaba seguro de haber entendido bien aquella parte—. De un montón de cosas.
Álvaro me estudió un instante, quizá esperando que añadiera algo.
—Pues sí que te ha dado fuerte el Prado.
—Venga, dejadlo —dijo Cintia, empujándolo con la carpeta para que echara a andar—. El interrogatorio luego. Varela nos va a matar.
Aquella fue la primera vez que hablé de don Elías delante de mis amigos. Unos días después repetí casi palabra por palabra la conversación ante el inspector Salcedo.
Llevaba casi una hora sentado frente a él.
La habitación no tenía ventanas; bajo el fluorescente, las paredes y la mesa compartían un blanco amarillento que volvía más pálidas hasta las fotografías.
Olía a papel y al café de la máquina que se había enfriado sin que llegara a probarlo.
Entre los dos se amontonaban declaraciones, planos del museo e imágenes extraídas de las cámaras.
—Sus compañeros hablan de Álvaro con bastante afecto —dijo Salcedo mientras colocaba una fotografía suya junto a la mía.
—Caía bien a casi todo el mundo.
—A usted también, por lo que me han contado.
—Era mi mejor amigo.
—Habla en pasado —observó Salcedo, manteniendo un dedo sobre la fotografía.
—Después de aquel viaje dejamos de serlo.
—Eso ya lo sé. Lo que intento averiguar es qué ocurrió en Madrid para que ninguno de los dos quiera contarme toda la verdad.
No respondí. Salcedo esperó un poco, pero acabó volviendo la fotografía hacia él.
—De acuerdo. —La alineó con las demás antes de consultar sus notas—. Cintia dijo que Varela iba a matarlos. ¿Qué ocurrió después?
—Álvaro dijo que aquella noche pensaba devolverme a la civilización. Después Varela llamó al grupo.
Nos condujo hasta la sala de Rubens. Una pareja de jubilados discutía desde un banco con esa voz baja de museo que permite discutir sin renunciar a que los demás se enteren.
Al fondo, El juicio de Paris ocupaba buena parte de la pared.
Había tanta carne, tanto cielo y tanta espesura reunidos en el lienzo que incluso quienes habíamos entrado hablando fuimos callándonos al acercarnos.
—Este sí que sabía pintar gente —dijo Álvaro, dejando la mochila junto a sus pies.
Varela se volvió hacia él.
—Una cualidad bastante recomendable en un pintor. Ahora que el señor Álvarez ha establecido los requisitos mínimos de la profesión, quizá podamos continuar.
Álvaro hizo una pequeña reverencia que Varela decidió ignorar. Esperó a que terminaran las risas y se acercó al lienzo.
—No necesitáis saber demasiado de mitología para empezar.
De momento basta con mirar quién está mirando a quién.
—Varela señaló a Paris—. Este hombre tiene un problema bastante sencillo: debe elegir entre tres mujeres.
Hera, Atenea y Afrodita. Cada una le ofrece algo distinto: poder, sabiduría y amor.
—Hombre, profesor... yo ya habría terminado —dijo Álvaro, contemplando a las tres diosas con bastante menos indecisión que Paris—. Se lo digo yo.
—¿Por qué será que no me sorprende? —Varela lo miró por encima de las gafas—. Afrodita, ¿verdad? Bien. Pues, para su sorpresa, parece que Paris tampoco tuvo demasiadas dudas.
Volvió al cuadro y señaló la manzana que sostenía el joven.
—Afrodita le ofreció a Helena y Paris la eligió. Hasta ahí, probablemente usted y él se habrían entendido bastante bien. El problema es que los mitos rara vez permiten elegir sin imponer después las consecuencias.
Varela recorrió el lienzo con la mirada.
—Lo que viene después ya lo conocéis, aunque solo sea porque alguien os obligó a estudiar a Homero en algún momento de vuestra vida. Rubens podría haber pintado la guerra, los muertos, Troya ardiendo. Eligió el momento anterior, cuando Paris tiene la manzana en la mano.
Cerró la carpeta.
—Tenéis diez minutos. Nos vemos en la sala siguiente.
El grupo empezó a dispersarse casi antes de que Varela terminara.
Dos compañeros se acercaron al lienzo discutiendo sobre las proporciones de las figuras y otros aprovecharon los diez minutos para asomarse a las salas contiguas.
Álvaro se quedó todavía un momento delante de Rubens, con la guía enrollada bajo el brazo.
—Pues yo esta historia la conocía por Troya —dijo Álvaro, acercándose un poco para mirar a Paris—. La película. No pongas esa cara, que a Homero no me lo he leído ni pienso hacerlo.
—No he puesto ninguna cara.
—Esa es precisamente tu cara de juzgar a la gente.
Contempló el cuadro en silencio antes de admitir, casi a regañadientes, que estaba bastante bien. Uno de los chicos lo llamó desde la puerta y Álvaro echó a andar, aunque al pasar junto a mí me dio un golpe suave con el hombro.
—¿Vienes?
—Ahora. Quiero mirarlo un poco más.
Miró el Rubens, después a mí.
—A este paso vamos a tener que dejarte aquí cuando vuelva el autobús a Oviedo.
—Vete.
—No tardes, anda.
Se alejó todavía discutiendo con uno de los chicos sobre el sitio al que pensaban ir aquella noche, y yo volví hacia el cuadro.
Una hora antes habría empezado por la cartela. Esta vez no me moví. Paris sostenía la manzana y las tres mujeres esperaban delante de él; la guerra, Helena y Troya pertenecían a una parte del cuadro que Rubens había decidido no pintar.
Me acerqué. Paris ocupaba poco espacio y, sin embargo, la escena entera parecía inclinarse hacia la mano que sostenía la manzana.
Entre los cuerpos desnudos se colaban árboles, animales, pedazos de cielo.
La luz alcanzaba con más claridad a Afrodita y resbalaba por un hombro, el vientre, la curva de una pierna.
Había algo en su postura que parecía demasiado cómodo para ser una pose.
La primera vez que Mónica se desnudó delante de mí intentó cubrirse el pecho con un brazo mientras buscaba a tientas el interruptor de la mesilla.
—Déjala encendida.
Sus dedos se quedaron junto al interruptor.
La lámpara tenía una pantalla amarilla que volvía más cálida la mitad de la habitación; Mónica permaneció un momento en el borde de aquella luz, sonriendo sin mirarme.
Para entonces conocía la forma en que se recogía el pelo para estudiar, el mordisco distraído en el labio cuando leía y aquella risa suya que empezaba antes de que terminara de contar algo.