CAPÍTULO II #2
Me quedé mirando la marca que acababa de alisar en el sombrero.
Don Elías no añadió nada. Una pareja ocupó el otro extremo del banco y un guía comenzaba a explicar el cuadro en francés.
Dos estudiantes entraron detrás del grupo, echaron un vistazo rápido al lienzo y continuaron hacia la siguiente sala.
—Esos duran poco —dijo don Elías al verlos marcharse.
—Querrán verlo todo.
—Yo también quería a su edad. —Los siguió con la mirada hasta que desaparecieron—. Clara tardó años en quitarme la costumbre.
—¿Y lo consiguió?
—A ratos.
Nos quedamos mirando el cuadro. La voz del guía se fue alejando por la sala hasta confundirse con las de los visitantes.
—¿Nunca se cansa de volver?
Don Elías tardó un instante en entender la pregunta.
—¿Aquí?
—Al Prado. A este cuadro... siempre a los mismos sitios.
—Ah. —Miró otra vez Las Meninas —. No sé. Supongo que es como volver a una casa en la que ha vivido mucho tiempo. Hay días en que uno entra y no ve nada nuevo, y otros en que encuentra algo que juraría que ayer no estaba.
—Pero el cuadro sí estaba.
—Eso espero.
Seguí su mirada y descubrí que mis ojos ya no habían ido directamente a la infanta. Había buscado primero el espacio alrededor de Velázquez, después al perro y solo al final el espejo.
—Lo estoy mirando distinto.
Don Elías siguió el recorrido de mis ojos por el cuadro.
—Entonces no ha perdido la mañana.
Seguimos mirando hasta que recordé lo que me había contado sobre Clara.
—Al menos usted ha podido seguir volviendo siempre que ha querido.
—No crea. Las Meninas ha viajado bastante menos que nosotros, pero tampoco ha llevado una vida tranquila.
—¿Qué puede pasarle a un cuadro que lleva siglos colgado en una pared?
—Para empezar, que arda la pared. —Don Elías señaló el lienzo con la barbilla—.
Antes de estar en el Prado, Las Meninas estaba en el Alcázar.
Una Nochebuena hubo un incendio y, cuando comprendieron que no podían salvar el edificio, empezaron a sacar todo lo que pudieron: muebles, tapices, cuadros...
Algunos lienzos tuvieron que salir por las ventanas.
Miré las dimensiones de Las Meninas .
—¿Sacaron esto por una ventana?
—Eso cuentan.
—Joder.
—Imagino que aquella noche la conservación preventiva tenía otras prioridades. Lo importante era sacar las cosas de allí como fuera.
Costaba relacionar aquella tela inmóvil, separada de nosotros por una distancia que nadie se atrevía a cruzar, con varias personas cargándola entre humo, muebles y gente que entraba y salía de un edificio en llamas.
—Y después llegó el verdadero desastre —continuó don Elías—. Apagar el incendio había sido una cosa. Al amanecer tenían cuadros, muebles y tapices repartidos por medio Madrid, y nadie sabía con certeza dónde había terminado cada pieza.
—Entonces sí se perdió bastante.
—Muchísimo. Algunas cosas aparecieron. Otras no.
—Pero Las Meninas apareció.
—Sí. —Don Elías levantó los ojos hacia el lienzo—. Este tuvo la suerte de conservar su nombre.
Por primera vez desde que había empezado la historia pareció satisfecho con una respuesta sencilla.
—Después vino la parte menos espectacular —dijo mientras acariciaba distraídamente la empuñadura del bastón—: devolver cada obra a su lugar. Algunas habían perdido el marco; otras se habían separado de sus documentos, y los inventarios no siempre coincidían.
Hasta aquella mañana yo había imaginado Las Meninas exactamente allí: inmóvil, con una cartela debajo y un nombre que nadie necesitaba discutir.
—Al final lo ordenarían todo.
Don Elías tardó un momento en responder.
—Bastante. Pero con algunas cosas fue más fácil que con otras.
Una familia entró en la sala y ocupó el espacio que habíamos dejado libre frente al lienzo. Don Elías esperó a que los niños se apartaran antes de levantarse y recoger el sombrero.
—Vamos.
Se colocó el sombrero y echó a andar. Lo seguí todavía mirando por encima del hombro hacia Las Meninas .
—¿Y este nunca perdió nada?
Don Elías redujo un poco el paso.
—Seguro que sí. Otra cosa es que sepamos exactamente qué.
Seguimos andando. A medida que nos alejábamos, las voces volvían a confundirse con el rumor de los pasos y las explicaciones de las audioguías. Al pasar frente a la siguiente galería, un vigilante levantó la vista al reconocernos.
—Buenos días, don Elías —lo saludó el vigilante al cruzarse con nosotros.
—Buenos días, Julián —respondió él, tocándose apenas el ala del sombrero mientras el hombre continuaba su ronda.
—Al final va a ser verdad que todo el mundo lo conoce.
—Eso solo significa que llevo viniendo demasiado tiempo. —Avanzamos unos metros por la galería—. Filosofía, ¿verdad?
—¿Cómo lo ha sabido?
—Por las preguntas. —Ajustó el bastón al caminar—. Hace una y, cuando le contesto, encuentra otra en lugar de quedarse tranquilo.
—¿Y eso es cosa de filósofos?
—No exclusivamente. Pero ayuda.
—Entonces sí. Filosofía.
—Ya decía yo.
—Mi padre diría que acabo de desperdiciar una hora.
—Su padre parece un hombre práctico.
—Mucho.
Don Elías sonrió.
—¿Y qué hace un estudiante de Filosofía abandonando a sus compañeros para pasarse la mañana delante de Las Meninas ?
—Un trabajo. Varela nos ha dado hasta mañana para elegir un cuadro y escribir sobre él.
—¿Y todavía no ha encontrado el suyo? —preguntó mientras reducía el paso al acercarnos a la escalera.
—Todavía no. Supongo que seguiré dando vueltas hasta que alguno me encuentre.
—Eso me gusta más.
—¿Más que qué?
—Que escogerlo de una lista —dijo, deteniéndose al pie de la escalera y levantando la vista hacia la planta superior—. Si ya supiera lo que viene buscando, no tendría demasiada gracia encontrarlo.
Me detuve con él al pie de la escalera, convencido de que allí terminaría nuestra conversación.
—¿Va a quedarse por aquí un rato más?
—Toda la mañana, seguramente. —don Elías miró hacia las salas que acabábamos de dejar atrás y se acomodó el sombrero con dos dedos—. Vengo casi todos los días.
—¿Todos?
—Casi. De vez en cuando vuelvo a casa para comprobar que sigue en el mismo sitio.
—Vaya. Nosotros nos marchamos mañana sobre las dos, antes de comer.
—Ah, bueno, entonces todavía tiene tiempo. —don Elías señaló la escalera con el bastón—. Venga. Suba, piérdase un poco y descubra algo sin que este viejo se lo estropee.
—¿Ni una recomendación?
—¿Ya quiere que vuelva a hacerle el trabajo?
—Solo necesito un cuadro.
—Eso es otra cosa. Busque la sala de Rubens y deténgase delante de El juicio de Paris .
—¿Por qué ese?
—Porque lleva unos cuantos siglos consiguiendo que la gente discuta delante de él.
—¿Y qué se supone que tengo que mirar?
Don Elías comenzó a alejarse.
—Eso tendrá que decidirlo usted.
Levanté una mano a modo de despedida y él respondió tocándose una vez más el ala del sombrero antes de continuar por la galería.
Subí el primer peldaño, pero antes del segundo miré hacia atrás.
Don Elías avanzaba entre los visitantes, apoyándose en el bastón con aquella calma suya que empezaba a resultarme reconocible.
Seguí el sombrero entre las cabezas hasta que un grupo se cruzó entre nosotros.
Cuando el pasillo quedó despejado, ya no estaba.