El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

A l salir de la sala apuré el paso para alcanzar al grupo. El paraguas azul de Varela ya doblaba la esquina y las voces de mis compañeros empezaban a confundirse con las de otros visitantes. Los seguí durante unos metros, pero acabé deteniéndome junto al marco de una puerta.

Todavía podía alcanzarlos. Fingí leer una cartela hasta que el paraguas desapareció al otro lado del pasillo y después volví sobre mis pasos. No tenía demasiado claro qué esperaba encontrar; solo quería mirar otra vez el cuadro sin que nadie estuviera diciéndome cómo hacerlo.

La sala había cambiado en los pocos minutos que llevaba fuera.

La pareja de las audioguías se había marchado, la niña que antes tiraba de la manga de su madre caminaba ya hacia otra galería y un grupo de turistas ocupaba el lugar donde nosotros nos habíamos detenido.

El Prado parecía borrar con mucha facilidad a quienes acababan de pasar por él: uno abandonaba un cuadro creyendo haber dejado algo detrás y, al volver, otra persona estaba mirando desde el mismo sitio.

El anciano seguía donde lo había dejado, inmóvil frente a Las Meninas .

De no haber visto al vigilante saludarlo, lo habría confundido con uno de tantos jubilados que recorrían el museo sin prisa.

Sin embargo, aquel hombre no parecía estar de visita: había elegido un banco y permanecía allí con los ojos puestos en el cuadro.

Volví a colocarme frente al cuadro, algo más cerca que antes, buscando aquella impresión de haber entrado en una habitación donde todos acababan de advertir mi presencia.

La impresión no regresó. Veía a la infanta, las meninas, el perro, Velázquez, la puerta del fondo y el espejo; encontraba cada figura antes incluso de buscarla y, después de unos minutos, empecé a sospechar que saber dónde estaba todo me impedía ver aquello por lo que había regresado.

—Suele pasar —dijo el anciano desde el banco, sin apartar los ojos de Las Meninas —. La gente vuelve.

—Solo intentaba verlo mejor.

El anciano señaló el sitio libre a su lado.

—Claro. Siéntese.

Miré hacia la puerta. A esas alturas el grupo debía de estar ya varias salas más allá y Varela tenía una rara habilidad para descubrir una ausencia justo cuando uno empezaba a confiar en que no lo haría.

—No se preocupe por ellos —añadió el anciano mientras volvía hacia el cuadro—. Los grupos avanzan mucho más despacio de lo que parece.

Me senté en el extremo del banco y dejé entre los dos el espacio de una persona más.

Desde allí, unos pocos pasos bastaban para que la habitación de Las Meninas se ordenara de otra manera: Velázquez dejaba de imponerse sobre los demás y pasaba a formar parte de la escena, como si también él ocupara un lugar dentro de aquella conversación silenciosa.

—¿Viene mucho? —pregunté mientras el anciano dejaba el sombrero a su lado y apoyaba las manos sobre el bastón.

Tenía los dedos largos, surcados de venas, pero firmes. Un anillo sencillo le brillaba en una mano; en el puño del abrigo asomaba el desgaste de los años.

—Lo suficiente para que los vigilantes hayan dejado de pensar que intento robármelo.

—Sería complicado esconderlo debajo del abrigo.

—Eso mismo les digo yo.

Sonrió sin apartar la vista del cuadro y pensé que quizá había sido profesor. Respondía despacio, sin preparar la réplica mientras el otro aún hablaba. Y, aun así, no daba la impresión de querer enseñarme nada.

Nos quedamos sentados sin hablar. Cerca de nosotros, un guía se detuvo con un grupo de turistas y comenzó a explicar en inglés el juego del espejo.

El anciano inclinó apenas la cabeza al oírlo, como quien reconoce una historia que ha escuchado muchas veces.

Un vigilante pidió a una mujer que retrocediera un paso; dos adolescentes atravesaron la sala sin detenerse y, cuando el grupo volvió a ponerse en marcha, sus voces fueron apagándose camino de la galería.

—La primera vez cuesta un poco saber dónde mirar —dijo cuando volvimos a quedarnos solos.

—Yo creía que lo conocía. Lo he visto cientos de veces.

—Ha visto reproducciones.

—Reproducciones, supongo.

Asentí.

Don Elías acomodó una mano sobre la empuñadura del bastón.

—Ese es el problema. Uno ve tantas reproducciones que acaba convencido de conocer el cuadro: siempre tiene el mismo tamaño, la misma luz, está exactamente donde lo dejó... Y después viene aquí y descubre que conocía otra cosa.

—Supongo que no es lo mismo.

—Casi nunca lo es.

Seguí su mirada.

—¿Y qué se supone que no estoy viendo?

—Eso tendrá que decírmelo usted.

Nos quedamos mirando el cuadro. Recordé algunas de las preguntas que Varela había dejado caer antes de marcharse y traté de ordenar lo que sabía, aunque cada respuesta parecía mover otra cosa de sitio.

Don Elías debió de advertirlo porque, después de un rato, levantó ligeramente una mano hacia el lienzo.

—Mire a Velázquez. No busque todavía el espejo. Mírelo a él. ¿Hacia dónde diría que está mirando?

Me fijé en el rostro del pintor.

—Hacia aquí. Hacia los reyes, supongo.

—¿Por qué los reyes?

—Porque están ahí. —Busqué casi por instinto el pequeño espejo del fondo—. Si aparecen reflejados, tendrán que estar delante del cuadro. Delante de Velázquez.

—¿Puede ser?

—Sí —respondió don Elías antes de volver al cuadro.

—¿Y ya está? —pregunté al ver que no pensaba añadir nada.

—¿Qué quiere que le diga?

—Si tengo razón.

Don Elías se volvió por fin hacia mí.

—No lo sé.

—Pero algo pensará.

—Claro que pienso cosas. Otra cosa es que sean verdad. —Apoyó los antebrazos sobre el bastón y volvió hacia Velázquez—. Usted ha encontrado a los reyes en el espejo y ahora todo empieza a encajar alrededor de ellos. Es normal.

—¿Y eso está mal?

—No. Solo tenga cuidado con enamorarse demasiado rápido de una explicación.

Volví al cuadro. Los reyes continuaban en el espejo y Velázquez seguía mirando hacia nosotros, pero la escena había dejado de ordenarse con la misma facilidad.

—Entonces no entiendo qué quiere que vea.

—Nada en particular. —Don Elías señaló el cuadro—. Fíjese en lo que acaba de hacer. Ha mirado a Velázquez, después al espejo y ahora intenta averiguar dónde está cada uno.

—Porque intento entenderlo.

—Claro. Todos hacemos lo mismo. Ponemos cada cosa en su sitio y nos quedamos bastante tranquilos.

Don Elías señaló la franja desocupada frente a las figuras.

—Pruebe una cosa. Olvídese un momento de Velázquez, de la infanta, de los reyes... de todos.

—¿Y qué queda?

—Mírelo usted.

Obedecí. Al principio seguí viendo exactamente lo mismo. Don Elías esperaba a mi lado con las manos sobre el bastón.

—No sé qué estoy buscando.

—Mejor. Fíjese en lo que hay entre ellos.

Poco a poco empecé a reparar en las distancias: el espacio entre la infanta y sus meninas, el que separaba a Velázquez del resto, la oscuridad que se extendía hacia el fondo y aquella franja de suelo que nadie ocupaba. Había mucho más vacío del que recordaba.

—Nunca me había fijado en todo ese espacio.

—Es fácil no hacerlo. Las personas llaman más la atención.

—Pero sin él estarían todos amontonados.

—Y sería otro cuadro —dijo don Elías, sonriendo apenas—. Ahora vuelva a mirarlos.

Lo hice y durante un rato ninguno habló.

Un grupo de estudiantes extranjeros atravesó la sala detrás de una guía que explicaba algo en voz baja; algunos miraron Las Meninas al pasar y otros continuaron andando sin levantar siquiera la cabeza.

Cuando desaparecieron por la puerta, seguí recorriendo la habitación con los ojos y me detuve otra vez en Velázquez.

—Ahora parece más apartado. Antes lo veía metido con los demás.

—Está bastante lejos de todos.

Me detuve en Velázquez. Podría haberse dejado fuera, pero se había reservado un lugar junto a la familia, pincel en mano y casi tan alto como cualquiera de ellos.

—Quería que lo vieran.

—O no quería quedarse fuera. Quién sabe.

Después de aquello me costó volver a verlo como una figura secundaria. Recorrí la escena otra vez hasta que acabé reparando en el mastín.

—¿Y el perro?

—Ah, el perro. Al final casi todos preguntan por él.

—¿Quiénes?

—Casi todo el que lleva aquí sentado el tiempo suficiente.

El animal permanecía tumbado mientras todos a su alrededor parecían pendientes de algo: de la infanta, de los reyes, de Velázquez o de aquello que sucedía fuera del cuadro.

—Es el único que no mira a nadie.

—Ni falta que le hace.

—Parece dormido.

—Quizá lo esté. Aunque siempre he pensado que los perros tienen una forma bastante particular de dormir cuando hay gente alrededor.

—¿Cuál?

—La suficiente para que uno crea que no están escuchando.

Sonreí. El animal seguía allí abajo, ajeno a todas nuestras preguntas.

—Durante años apenas me fijé en él —dijo don Elías—. Clara fue la primera que me hizo prestarle atención.

—¿Clara?

—Sabía muchísimo de pintura. Bastante más que yo, desde luego. —don Elías señaló al mastín—. Decía que era el personaje más sensato de todo el cuadro.

—Puede que tuviera razón.

—No se lo habría dicho a ella. Ya tenía bastante confianza en sus propias opiniones.

Se rio por lo bajo y durante un rato seguimos mirando. Un niño que acababa de entrar se soltó de la mano de su padre para acercarse unos pasos al lienzo.

—Mira, papá, el perro.

El padre siguió la dirección de su dedo, le respondió algo que no alcancé a oír y los dos continuaron hacia el centro de la sala.

—¿Venían juntos?

—Muchas tardes. —don Elías recogió el sombrero y alisó con el pulgar una pequeña marca en el ala—. Yo llevaba años fingiendo que sabía tanto como ella. Era una combinación bastante cómoda hasta que empezamos a venir juntos.

—¿Y usted?

—Yo la escuchaba. Con eso aprendí bastante.

Dejó el sombrero a su lado.

—Después continué viniendo solo. Durante una temporada entraba en alguna sala y todavía esperaba verla delante de un cuadro. Sobre todo cuando encontraba uno que ella habría dicho que yo llevaba años mirando mal.