CAPÍTULO I #2
—Muy bien, vamos entrando. Las mochilas grandes, a consigna. —Varela sostuvo la puerta mientras empezábamos a pasar—. Y guardad un rato los teléfonos, por favor. Vais a tener tiempo de sobra para hacer fotos después.
Echó a andar hacia la entrada y lo seguimos.
Atravesamos el arco de seguridad uno detrás de otro mientras un vigilante observaba la pantalla del escáner con la atención tranquila de quien lleva años haciendo el mismo trabajo.
Una mochila quedó detenida en la cinta y, cuando su dueño intentó adelantarse para recogerla, el hombre levantó una mano.
Esperó a que saliera por el otro lado, se la acercó con un gesto automático y volvió a la pantalla.
Los vigilantes acababan confundiéndose con el propio museo.
Igual que los bancos o las columnas, uno apenas reparaba en ellos mientras permanecieran en su sitio.
Sin embargo, desde allí veían pasar casi todo: las conversaciones precipitadas, las fotografías prohibidas, los niños que se alejaban unos metros de sus padres y las parejas que discutían delante de un cuadro sin mirarlo.
Unos días después, el inspector Salcedo extendió sobre una mesa blanca las fotografías del personal que había trabajado durante nuestra visita al Prado. Las colocó una a una, sin explicarme qué esperaba que encontrase en ellas.
Creí reconocer al vigilante de la entrada, pero la seguridad me duró lo mismo que tardé en observar con atención su rostro.
—Tómese el tiempo que haga falta —dijo Salcedo mientras acercaba la fotografía con un dedo.
Obedecí. Cuanto más la examinaba, menos seguro estaba.
Aquella mañana apenas me había fijado en aquel hombre.
El vestíbulo olía a piedra húmeda, a barniz antiguo y a ese café demasiado caro que, por alguna razón, solo parece tener sentido en aeropuertos, hospitales y museos.
La gente hablaba en voz baja sin que nadie se lo hubiera pedido.
Yo había imaginado el Prado como un lugar silencioso y descubrí que estaba lleno de pequeños ruidos: el roce de las suelas, el zumbido de la climatización, una audioguía cambiando de idioma, la tos contenida de un turista, el lápiz de alguien recorriendo una libreta.
Cerca de nosotros, un matrimonio desplegaba y plegaba un plano sin conseguir orientarse.
Todo ocurría al mismo tiempo y, sin embargo, nada parecía imponerse sobre lo demás.
Subimos la escalera siguiendo al profesor Varela, aunque el grupo tardó poco en perder cualquier apariencia de orden.
Álvaro se detenía cada pocos metros delante de algún retrato cuya cartela ni siquiera llegaba a leer; Cintia llevaba ya la carpeta abierta y anotaba palabras sueltas que ocultaba en cuanto alguien intentaba asomarse; dos compañeros discutían dónde comer al terminar la visita y otros seguían convencidos de que el mejor cuadro del museo sería, inevitablemente, el más famoso.
El Prado continuaba completamente ajeno a nosotros.
Mientras avanzábamos por las salas, unos empleados transportaban una escalera, un vigilante indicaba los aseos sin dejar de observar la sala y, a través de una puerta entreabierta, alcancé a ver a alguien inclinado sobre una mesa bajo una luz muy blanca.
Todos parecían conocer su lugar en el museo.
Nosotros seguíamos a Varela con el temor bastante menos filosófico de perdernos.
Continuamos por una sucesión de salas donde Tiziano, Rubens y Ribera aparecían con la naturalidad con que las habitaciones se suceden en una casa.
Reconocía algunos nombres porque los había leído en libros o escuchado en clase, pero seguían perteneciendo a ese grupo de personas cuya importancia uno acepta mucho antes de comprenderla.
Al doblar la siguiente esquina, el profesor Varela redujo el paso.
Delante de nosotros se abría la sala de Las Meninas .
No era más grande que las anteriores ni había nada en el umbral que anunciara que estábamos entrando en un lugar distinto.
Sin embargo, la gente caminaba allí un poco más despacio.
Las conversaciones bajaban de volumen y hasta quienes avanzaban con el plano abierto parecían olvidarse durante unos momentos del recorrido que habían preparado antes de entrar.
Un matrimonio permanecía frente al cuadro con las audioguías colgadas del cuello, sin escucharlas; algo más allá, una niña tiró de la manga de su madre para preguntarle algo y la mujer se inclinó a responder en voz baja sin apartar los ojos del lienzo.
Algunos visitantes se detenían apenas lo necesario antes de continuar.
Otros daban dos o tres pasos hacia la salida y acababan volviéndose una vez más.
Varela nos dejó dispersarnos. Esperó a que Álvaro guardara el teléfono y a que los últimos entraran en la sala antes de acercarse al grupo.
—Seguro que algunos habéis leído cosas sobre este cuadro. El espejo, los reyes, la puerta del fondo... —Se quitó las gafas y las limpió con un extremo de la camisa—. Durante cinco minutos intentad olvidarlo.
—¿Todo? —preguntó alguien.
—Todo lo que podáis.
Volvió a ponerse las gafas y miró el lienzo.
—Pensad que no sabéis quién es Velázquez. Que acabáis de abrir una puerta y esa habitación está ahí.
Varela se apartó para dejarnos sitio y, poco a poco, la conversación fue apagándose.
Me acerqué despacio. Había visto reproducciones de Las Meninas desde niño: en libros de texto, documentales, calendarios e incluso en una vieja caja de bombones que mi madre se empeñó en conservar durante años porque decía que era demasiado bonita para tirarla.
Creía conocer aquel cuadro igual que uno cree conocer una ciudad después de haberla visto muchas veces en fotografías, pero delante del original comprendí que algo se había quedado siempre fuera.
Quizá fuera el espacio entre las figuras o la manera en que la luz atravesaba la habitación, deteniéndose sobre el vestido de la infanta antes de continuar hacia la puerta del fondo.
Allí, un hombre permanecía inmóvil en el umbral y no conseguía decidir si acababa de entrar o estaba a punto de marcharse.
Recorrí el cuadro sin buscar nada concreto: la menina que ofrecía agua a la infanta, el perro echado a sus pies, Velázquez ante un lienzo cuyo reverso ocupaba buena parte de la escena.
Después encontré el espejo. Los dos rostros eran tan pequeños que costaba entender por qué tenían tanta importancia y, sin embargo, una vez descubiertos resultaba difícil dejar de volver a ellos.
Miré el espejo, a Velázquez y al hombre detenido en la puerta. Había visto aquellas figuras cientos de veces y nunca me había preguntado qué estaban mirando. Cuanto más tiempo permanecía allí, menos claro tenía dónde terminaba aquella habitación.
Algo me hizo volverme, aunque todavía hoy no sé qué fue.
Detrás de mí solo había visitantes: una pareja escuchaba la audioguía, un hombre consultaba el plano y una mujer esperaba con el teléfono levantado a que nadie se cruzara delante del cuadro.
Cuando volví hacia Las Meninas , Velázquez seguía mirando hacia donde yo estaba.
Cuando la voz de Álvaro llegó hasta mí, el grupo ya empezaba a abandonar la sala. Podían haber pasado cinco minutos o quince.
—Lucas.
Estaba esperándome junto a la puerta.
—¿Vienes o piensas instalarte aquí?
Algunos se rieron mientras continuaban caminando.
Eché un último vistazo al cuadro y fui tras ellos.
Varela doblaba ya la esquina con casi todos mis compañeros.
Álvaro hablaba de una hamburguesería que, según él, justificaba por sí sola el viaje a Madrid, mientras Cintia anotaba algo en su carpeta sin dejar de caminar.
Antes de salir volví la cabeza hacia Las Meninas .
Fue entonces cuando reparé en el anciano.
Estaba sentado en uno de los bancos, ligeramente apartado para no entorpecer el paso.
El sombrero de fieltro descansaba sobre sus rodillas y el bastón entre las piernas; llevaba un abrigo gris claro, demasiado elegante para una mañana cualquiera de primavera, y rondaría los ochenta años, aunque pertenecía a esa clase de hombres a los que resulta difícil atribuir una edad precisa.
Cualquier otro día habría pasado de largo.
Me retuvo la paciencia con que contemplaba Las Meninas , las manos descansando sobre el sombrero, como si ninguna otra parte del museo reclamara su atención.
Supuse que llevaba allí unos minutos; todavía me costaba imaginar que alguien pudiera pasar mucho más tiempo delante de un solo cuadro sin acabar buscando otra cosa que hacer.
Un vigilante cruzó la sala y, al llegar a la altura del banco, redujo ligeramente el paso.
—Buenos días, don Elías.
El anciano correspondió al saludo con una mano y volvió al cuadro. El vigilante continuó su ronda sin que ninguno pareciera necesitar nada más del otro.
Poco después se acercó una pareja. El hombre llevaba el teléfono en la mano y, después de mirar alrededor en busca de alguien libre, se inclinó hacia él.
—Perdone, ¿le importaría hacernos una fotografía?
Don Elías apartó los ojos del cuadro y miró el teléfono que le ofrecían antes de responder.
—Lo siento mucho. Prefiero no hacerlo.
—Claro, no se preocupe —dijo el hombre, retirando el teléfono.
La pareja encontró enseguida a otra persona y al poco posaba delante del cuadro. Supuse que don Elías no se entendía con los teléfonos móviles. Me llamó la atención la delicadeza con que había conseguido negarse sin que pareciera un rechazo.
Lo observé un momento más. Don Elías seguía concentrado en Las Meninas y no levantó la cabeza cuando salí de la sala para alcanzar a mis compañeros.
Muchos años después intenté recordar qué pensé de él aquella primera mañana.
No encontré ninguna sospecha ni ningún presentimiento que pudiera atribuirme sin mentir.
Lo recuerdo sentado frente a Las Meninas , con el sombrero sobre las rodillas y el bastón entre las piernas, mientras a su alrededor los visitantes entraban, miraban y se marchaban.
Yo fui uno de ellos.