El último visitante: El Museo del Prado
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CAPÍTULO I
H ay recuerdos que uno conserva porque fueron importantes y otros que solo llegan a serlo mucho tiempo después, cuando casi todo lo que los rodeaba ha desaparecido y ellos siguen allí.
De aquella mañana, por ejemplo, no recuerdo qué desayuné antes de salir del hotel.
Supongo que café demasiado caliente y unas tostadas que se quedaron frías mientras Álvaro discutía con un camarero porque llamar «zumo de naranja» a cualquier líquido de color anaranjado le parecía una falta de respeto tanto para las naranjas como para el idioma.
He olvidado quién fue el primero en protestar porque un viaje universitario empezara tan temprano y qué canción sonaba en los auriculares de la chica que caminó buena parte del Paseo del Prado delante de nosotros.
En cambio, todavía recuerdo la humedad suspendida entre los árboles después de la lluvia de la noche anterior y el olor de las hojas mojadas junto a los Jerónimos.
Recuerdo también a una anciana que cerró el paraguas antes de entrar en el museo.
Lo sacudió dos veces contra el suelo, con tanta energía que me hizo volver la cabeza.
No tengo la menor idea de qué hice cinco minutos después.
Cuando crucé las puertas del Prado aquella mañana de abril tenía veintiún años y vivir rodeado de preguntas me parecía una forma bastante digna de estar en el mundo.
No sabía qué haría al terminar la carrera, dónde viviría un año después ni si encontraría un trabajo que pudiera explicar sin acabar encogiéndome de hombros.
Tampoco me preocupaba demasiado. A esa edad, la incertidumbre todavía se parecía bastante a la libertad.
A mi padre aquella forma de pensar nunca terminó de convencerle.
—Con lo listo que eres, Lucas, podrías haber estudiado algo de provecho —solía decir mientras doblaba el periódico, buscaba las llaves del coche o hacía cualquier otra cosa que le permitiera fingir que no estaba intentando iniciar otra vez la misma conversación.
Nunca necesitaba explicarme qué significaba «algo de provecho».
Derecho, Ingeniería, una oposición; cualquier futuro que pudiera imaginar con cierta claridad le parecía bastante más sensato que Filosofía.
Yo protestaba, él me revolvía el pelo si me tenía lo bastante cerca y casi siempre conseguíamos dejarlo ahí.
Mi madre era distinta. También había estudiado Filosofía, pero nunca utilizó aquello para ponerse de mi parte.
Escuchaba. Cuando yo era pequeño me llevaba algunas tardes al Museo de Bellas Artes de Asturias y tenía la costumbre de detenerse delante de los cuadros igual que otras personas se paran ante el escaparate de una librería.
Yo protestaba durante todo el camino, convencido de que iba a perder el sábado mirando retratos de señores muertos, y solía salir una hora después con un helado en la mano, todavía demasiado orgulloso para reconocer que me había gustado.
Una de aquellas tardes me sorprendió acercándome a la cartela de un paisaje antes siquiera de haber mirado el lienzo.
—Espera, Lucas. —Mi madre me puso una mano en el hombro y me hizo retroceder antes de que llegara a la cartela—. Míralo primero.
Levanté los ojos hacia el paisaje y esperé unos segundos.
—¿Ya?
—Qué prisa tienes siempre. —Sonrió, pero no me soltó el hombro—. Venga, míralo un poco más. No hace falta que entiendas nada.
Obedecí hasta que volvió a señalar la cartela.
—Ahora sí. Lee lo que quieras. Pero si empiezas por ahí, luego vas a pasarte todo el rato buscando el nombre, la historia, lo que alguien te ha dicho que deberías ver. —Miró otra vez el cuadro—. Primero deja que se presente solo.
No sé cuánto tiempo conservé aquel consejo.
Probablemente menos del que a ella le habría gustado.
Aquella mañana, mientras caminábamos hacia el Prado, no estaba pensando en mi madre ni en ningún cuadro.
Llevaba varios minutos intentando decidir si Cintia miraba hacia atrás porque quería decirme algo o porque había descubierto la mancha de café seca en la manga de mi chaqueta.
Cintia se había adelantado al grupo. Sujetaba una carpeta azul bajo el brazo y llevaba un jersey demasiado fino para la humedad de aquella mañana. Cada vez que el viento le echaba el pelo sobre la cara se lo apartaba con una mano y, de vez en cuando, volvía los ojos hacia nosotros.
—Tío, te está mirando —murmuró Álvaro después de acercarse lo suficiente para que Cintia no pudiera oírlo.
—Ya me he dado cuenta.
—Pues deja de pensar tanto.
—¿En qué estoy pensando? —Lo miré.
—Yo qué sé, Lucas. Ese es el problema contigo: puedes pasarte media mañana preguntándote por qué alguien te ha mirado dos veces.
—Se ajustó la mochila y señaló con la barbilla hacia Cintia—.
Estamos en Madrid. Aguantamos a Varela y este museo unas horas, luego salimos, conocemos gente, bebemos algo y a ver qué pasa.
—Gran plan.
Álvaro echó a andar de nuevo.
—Mejor que contemplar una nuca durante todo el Paseo del Prado.
Cintia volvió la cabeza y Álvaro se calló hasta que miró otra vez hacia delante.
—En serio. —Esperó a que Cintia se alejara un poco más—. ¿Cuánto hace que no sales de verdad desde lo de Mónica?
—No sé.
—Pues demasiado.
—Gracias por el diagnóstico.
—De nada. Para eso están los amigos, ¿no?
Álvaro sonrió, pero no insistió. Nos conocíamos desde los ocho años y, desde que se matriculó en Filosofía, atribuía aquella decisión a la necesidad de comprender cómo pensaban las personas antes de escribir una gran novela.
Nunca conseguí averiguar qué parte decía en serio.
Lo que sí sabía era que disfrutaba demasiado de cualquier situación en la que alguien estuviera obligado a escucharlo.
Caminamos unos metros antes de que Álvaro volviera a acercarse.
—Oye... Fuera de coñas, ¿cómo estás?
—Bien.
—Ya. —Me miró de lado—. Digo con todo.
Sabía perfectamente a qué se refería, pero mantuve los ojos en Cintia.
—Estoy bien, Álvaro.
—Vale, vale. —Levantó una mano, sin insistir—. Te lo preguntaba porque llevas unas semanas un poco fuera de sitio. Pero si estás bien, estás bien.
Iba a decirle algo cuando Varela levantó el paraguas azul que llevaba utilizando desde el hotel para mantener juntos a los veintitantos alumnos del seminario.
Hacía ya un buen rato que había dejado de llover, pero el paraguas seguía apareciendo por encima de las cabezas cada vez que alguien se rezagaba.
Nos esperaba frente a las puertas del Prado.
Rondaba los cincuenta y muchos, era delgado y tenía el pelo gris en las sienes.
Desde lejos, sin embargo, se lo reconocía por la americana de pana color tabaco y la carpeta que siempre llevaba bajo el brazo.
Las gafas redondas se le deslizaban hacia la punta de la nariz cuando hablaba demasiado y sus zapatos de suela dura tenían un sonido seco que, al cabo de aquellos días, aprenderíamos a reconocer antes incluso de verlo.
Nunca levantaba la voz. Cuando quería que lo escucháramos, se limitaba a esperar hasta que terminábamos haciéndolo.
—Bien, ya estamos todos —dijo Varela, cerrando el paraguas en cuanto llegó el último—. O, al menos, todos los que aprobarán este curso.
Las primeras risas hicieron que algunos guardaran por fin el móvil. Varela dejó que se apagaran antes de continuar.
—Antes de entrar quiero recordaros una cosa. Esto no es una visita de Historia del Arte.
—Menos mal —suspiró Álvaro con tal alivio que varias cabezas se volvieron hacia él.
Varela se bajó las gafas y lo miró por encima de ellas.
—¿Algún problema con la Historia del Arte?
—Ninguno, profesor. Solo me tranquiliza saber que sigo suspendiéndola por decisión propia.
—Procure entonces no hacer lo mismo con Filosofía.
Esta vez las risas fueron más sinceras. Varela aguardó con la vista puesta en las puertas del museo.
—Durante estos dos días vais a moveros por el Prado como queráis.
Y no intentéis verlo entero porque no vais a poder.
Bueno, poder podéis, supongo, pero no os servirá de gran cosa.
—Varela se colocó la carpeta bajo el brazo—.
Prefiero que volváis a Oviedo habiendo conocido un cuadro que habiendo pasado por delante de quinientos.
Algunos nos miramos. Habíamos esperado un recorrido obligatorio, una lista de obras imprescindibles o, por lo menos, alguna indicación que nos evitara hacer el ridículo delante de Velázquez.
—El trabajo es sencillo. Elegís una obra y escribís sobre ella. No quiero una ficha técnica ni que copiéis la biografía del pintor; para eso ya existen los libros. Quiero saber por qué habéis elegido esa y no la de al lado. Qué os hizo quedaros allí.
Cintia fue la primera en levantar la mano.
—¿Y si no me pasa con ninguna?
—Busque otra.
—Ya, pero digo... ¿y si voy mirando y no encuentro nada?
—Pues entonces escriba sobre eso.
—¿Sobre que no me gusta ningún cuadro?
—Sobre por qué ninguno ha conseguido retenerla. Si después de dos días sigue ocurriendo, seguramente tenga algo que contar.
—Profesor... —Álvaro se aclaró la garganta con una solemnidad que ya nos hizo sonreír antes de que terminara—. Ejem... ¿el bar del museo forma parte de la experiencia estética?
—En su caso, probablemente sea la única experiencia estética sobre la que consiga escribir algo coherente.
Las carcajadas terminaron de romper la tensión. Incluso Cintia, que hasta entonces había permanecido discretamente al margen de casi todas las conversaciones, se echó a reír y volvió a mirarme. Nuestras miradas se encontraron apenas un instante antes de que ella apartara la suya.
Aquello llevaba meses ocurriendo y Álvaro, como de costumbre, se inclinó hacia mí para impedir que fingiera no haberlo visto.
—Si algún día necesitas un mapa para orientarte en tu propia vida, avísame.
Le di un empujón con el hombro.
—Tío, no empieces.
Álvaro recuperó el equilibrio sin dejar de sonreír.
—Solo digo que hay personas que llevan meses esperando a que termines una conversación que ya terminó.