Capítulo 27
Léa
El uno de septiembre amaneció con una calma casi extraña después de las últimas semanas. La concesión estaba salvada, La Estrella seguiría abierta y, por primera vez desde que regresé a Puerto de Bruma, no había ninguna urgencia pendiente.
Hugo era otra historia.
Pasé buena parte de la mañana trabajando desde casa en el proyecto de Madrid y, poco antes de la una, cerré el portátil. Después cogí las llaves y salí antes de encontrar otra excusa para aplazar una conversación que sabía que llevaba días pendiente.
Encontré a Hugo en el taller. La puerta grande estaba abierta y el sonido de una lijadora llegaba desde el fondo. Después de todo el verano pendiente de La Estrella, se le había acumulado bastante trabajo y tenía que ponerse las pilas.
Me vio entrar, apagó la máquina y se quitó las gafas protectoras.
—Veo que has vuelto al mundo real.
Hugo las dejó sobre el banco.
—Me toca. Si sigo acumulando trabajo, voy a necesitar otro verano para ponerme al día.
—No te emociones, que septiembre acaba de empezar.
—Gracias por el ánimo.
Sonreí antes de poder evitarlo.
—¿Tienes un momento?
La expresión de Hugo cambió apenas.
—Claro.
Miré hacia la puerta abierta. No había nadie más, pero tampoco quería mantener aquella conversación en mitad del taller.
—¿Damos una vuelta?
Cogió las llaves sin hacer preguntas y caminamos hasta el faro. Cuando llegamos a una zona tranquila junto al mar, me apoyé en la barandilla y Hugo se quedó a mi lado.
—Ayer me dijiste que creías que podía conservar La Estrella y seguir con mi trabajo.
—Lo creo.
—Pues eso es lo que más rabia me da de todo.
Giró la cabeza hacia mí, pero no me interrumpió.
—He estado pensando mucho en todo esto —dije—. Y lo que más me jode es que ahora entiendo por qué lo hiciste.
Hugo no respondió.
—Creo que sería más fácil seguir odiándote si pensara que simplemente fuiste un cabrón. Pero sé que estabas asustado, que creíste que hacías lo mejor para mí y que seguramente también lo pasaste como el culo. Lo entiendo. Y, aun así, sigue doliendo.
Tragué saliva antes de continuar.
—Porque yo pasé quince años creyendo que lo nuestro solo había sido importante para mí, que mientras yo intentaba recomponerme, tú habías seguido con tu vida porque nunca me habías querido como yo a ti.
»Y ahora resulta que no fue así. Que todo aquello existió de verdad y que me lo arrancaste de golpe para conseguir que me marchara.
Bajé la mirada hacia el mar.
—Y ya ni siquiera sé qué habría hecho si me hubieras contado la verdad.
Y creo que he dejado de necesitar saberlo.
Lo que me cuesta aceptar es no haber tenido la oportunidad de averiguarlo.
Eso es lo que me quitaste, Hugo. No Madrid, ni Puerto de Bruma, ni una universidad.
La posibilidad de decidir qué quería hacer con mi propia vida sabiendo la verdad.
Cuando lo miré, él seguía observándome sin intentar defenderse.
—Y no sé cuánto voy a tardar en dejar de estar enfadada por eso. Pero también estoy cansada de que esos quince años sean lo único que exista entre nosotros.
Hugo respiró hondo antes de hablar.
—No quiero que dejes de estar enfadada para que esto me resulte más fácil.
Hice algo que no tenía derecho a hacer y tardé demasiado en entender hasta dónde llegaba el daño.
Lo único que puedo decirte es que nada de lo que vivimos fue mentira.
La mentira fue lo que te dije para conseguir que te marcharas.
Se acercó un poco, sin llegar a tocarme.
—Te quise. Te quiero. Y ninguna de esas dos cosas justifica lo que hice. No puedo cambiar aquellos quince años ni pedirte que los olvides. Solo puedo asegurarme de que, si hay algo después de esto, nunca vuelva a construirse sobre una decisión que tome por los dos.
Sentí cómo se me cerraba la garganta. Aquello era lo único que necesitaba oír de él. No otra explicación ni una disculpa envuelta en romanticismo, sino que entendiera exactamente dónde había estado el error.
—Gracias —murmuré.
—No tienes que agradecérmelo.
—Por eso mismo.
Hugo sostuvo mi mirada.
—Esta semana vuelvo a Madrid. El proyecto va a tenerme bastante ocupada durante los próximos meses y, de momento, quiero que mi vida siga estando allí.
Hugo asintió.
—Lo entiendo.
—No es que no quiera intentarlo contigo. Pero sigo enfadada y todavía no sé si lo nuestro va a funcionar después de todo lo que ha pasado. Necesito tiempo, y no voy a desmontar una vida que me ha costado años construir para averiguarlo.
—No quiero que lo hagas.
Lo miré.
—Eso significa que, si vamos a intentarlo, no voy a ser yo la que haga siempre los kilómetros.
—No pensaba dejarte todo el trabajo. Unos fines de semana vendrás tú y otros iré yo a Madrid.
—Eso suena bastante razonable.
—Últimamente estoy que me salgo.
Se me escapó una sonrisa.
—No te emociones. Todavía estás en periodo de prueba.
—¿Cuánto dura?
—Ya veremos.
—Me estás tranquilizando muchísimo.
—No era la intención.
Me separé de la barandilla y me coloqué frente a él.
—Pero resulta que hay una cosa que sí he decidido.
La sonrisa desapareció de su cara.
—¿Cuál?
—Qué quiero hacer contigo.
Hugo se quedó completamente quieto.
—Eso suena importante.
—Lo es.
—Entonces intentaré no decir ninguna estupidez durante los próximos veintisiete segundos.
—Te va a costar.
—Muchísimo.
Se me escapó una risa. Agradecí que siguiera siendo capaz de hacerme reír incluso en un momento así; no quería que aquella conversación terminara convertida en algo solemne y perfecto porque nosotros nunca habíamos sido así.
—Sigo pensando que fuiste un idiota —dije—. Y puede que alguna vez vuelva a recordártelo cuando me cabree.
—Intentaré sobrevivir.
—Más te vale.
Me acerqué un paso y Hugo dejó de bromear.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
No tuve que pensarlo.
—Decidiendo yo.
Vi cómo contenía el aire, pero no se movió.
—¿En serio vas a quedarte ahí?
—Estoy intentando no fastidiarlo justo ahora.
—Pues vas bastante bien encaminado.
Se le escapó una risa nerviosa.
—Léa…
—Quiero que me beses.
Eso sí lo entendió.
Sus manos llegaron a mi cara al mismo tiempo que su boca encontraba la mía. Lo agarré de la camiseta y tiré de él hasta pegar nuestros cuerpos, y toda la prudencia de las últimas semanas desapareció en cuestión de segundos.
Aquel beso no se parecía al que nos habíamos dado junto a la pantalla ni a los de la noche que habíamos pasado en mi casa antes de que yo conociera la verdad.
Esta vez no quedaba ninguna verdad escondida entre nosotros, solo la certeza de que sabía perfectamente a quién estaba besando y que lo quería allí.
Hugo me rodeó la cintura y profundizó el beso hasta dejarme sin aire; cuando su boca descendió por mi cuello, le clavé los dedos en la espalda.
—Joder —murmuró contra mi piel.
—No estropees el momento hablando.
Noté su sonrisa.
—Solo estaba expresando entusiasmo.
La forma en que me miró consiguió subir varios grados una temperatura que ya empezaba a ser bastante poco razonable. Una bicicleta pasó por el paseo y me separé apenas unos centímetros.
—Vamos a tu casa.
Sus ojos se oscurecieron.
—Esa idea me gusta.
—Pues deja de perder tiempo.
—Eso también me gusta.
—Hugo.
—Ya voy.
Sabía perfectamente dónde vivía; Puerto de Bruma no era lo bastante grande como para ignorarlo y había pasado varias veces por delante de aquella casa desde mi regreso.
Lo que nunca había hecho era entrar. Cuando me marché del pueblo, Hugo tenía diecinueve años y todavía vivía con sus padres, así que aquella era la casa del hombre en el que se había convertido durante los quince años en los que yo no había formado parte de su vida.
Abrió la puerta y me dejó pasar primero.
El salón era luminoso y sencillo, con madera suficiente para no necesitar preguntar quién había elegido los muebles. Había libros, algunas fotografías familiares y una guitarra apoyada junto a una pared que me habría dado curiosidad en cualquier otro momento.
Hugo dejó las llaves sobre un mueble y se volvió hacia mí. Me quedé quieta unos segundos, consciente de que estaba en un espacio completamente suyo, sin recuerdos compartidos ni nada que perteneciera a quienes habíamos sido de adolescentes. Precisamente por eso, todo allí se sentía distinto.
Me acerqué.
—No tienes que preguntarme cada treinta segundos si estoy segura.
—Estoy intentando hacerlo bien.
—Si quiero que pares, te lo diré.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Y ahora qué quieres?
Le agarré la camiseta.
—Que dejes de hablar.
Su boca volvió a la mía antes de que terminara de tirar de él y retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared.
Las manos de Hugo se colaron bajo mi camiseta, calientes sobre la piel, mientras yo le sacaba la suya de un tirón y recorría su pecho y sus hombros.
Él no tardó en hacer desaparecer la mía y, cuando volvió a pegarse a mí, el contacto directo de nuestros cuerpos consiguió que dejara de pensar en absolutamente todo lo demás.
Me besó el cuello mientras sus manos bajaban por mi cintura y yo tiraba de él para mantenerlo todavía más cerca.
Sentía su erección contra mi vientre y cada vez que movíamos las caderas aumentaban mis ganas de quitar de en medio todo lo que todavía nos separaba.
Cuando su boca llegó hasta uno de mis pechos por encima del sujetador, le agarré el pelo y lo obligué a levantar la cabeza.
—Habitación.
Una sonrisa apareció en su boca.
—Por fin una orden que me gusta.
—No te acostumbres.