Capítulo 26
Hugo
El treinta y uno de agosto amaneció despejado, sin una nube que pudiera recordarnos lo ocurrido dos semanas atrás.
Después de pasar medio mes mirando previsiones meteorológicas con una frecuencia poco saludable, habría aceptado cualquier cosa que no incluyera viento, lluvia o la posibilidad de que otra rama decidiera aterrizar sobre La Estrella.
Habíamos llegado hasta allí con diecinueve sesiones completadas.
Las dos dobles de los sábados habían funcionado mejor de lo previsto, la promoción de las palomitas había terminado convirtiéndose en una pequeña tradición y hasta las sesiones entre semana habían reunido bastante más gente de la que pensábamos.
Aun así, la última seguía teniendo algo distinto.
No solo porque fuera la número veinte y cerrara definitivamente el requisito del ayuntamiento, sino porque Léa había decidido convertirla en una noche especial.
Cuando llegué a La Estrella poco después de las nueve de la mañana, ya estaba allí.
La encontré en el pasillo cubierto, colocando junto a la exposición una fotografía de Madeleine y Gabriel que había aparecido entre las cajas del archivo.
Estaban delante de la entrada antigua del cine, probablemente con poco más de treinta años, y Gabriel sostenía dos entradas mientras Madeleine miraba a la cámara con una sonrisa enorme.
—Está torcida.
Léa dio un paso atrás para comprobarla.
—No está torcida.
—Un poco.
—Ni se te ocurra tocarla.
Levanté las manos.
—Solo intentaba ayudar.
—Tu ayuda con las cosas que yo cuelgo está oficialmente suspendida desde lo del cartel de la primera reapertura.
—Eso ocurrió hace dos meses.
—El rencor bien administrado dura muchísimo.
Sonreí y dejé sobre la taquilla la caja que llevaba. Dentro estaban las últimas copias de los programas que habíamos preparado para aquella noche y varias fotografías que Inés había encontrado en casa de nuestra madre.
La idea de Léa había surgido unos días antes.
Si la vigésima sesión era la que podía salvar definitivamente la concesión, quería dedicarla a las personas que habían mantenido vivo el cine durante décadas.
No solo a Madeleine y Gabriel, sino también a mi abuelo Manuel y a todos los que habían trabajado allí antes que nosotros.
La película elegida había sido más difícil.
Al final encontramos entre los programas antiguos una cinta francesa que Madeleine había proyectado varias veces durante los veranos y que, según Léa, su abuela seguía viendo en casa cada vez que la encontraba en televisión.
No necesitábamos inventar una historia épica alrededor de ella; bastaba con que fuera una de esas pequeñas cosas que habían formado parte de La Estrella durante años.
—¿Has dormido algo? —pregunté.
—Lo suficiente.
—Eso no es una cantidad.
—Y tú no eres médico.
—Menos mal. Serías una paciente insoportable.
Me dedicó una mirada poco amistosa antes de volver a la fotografía, aunque la esquina de su boca se movió ligeramente.
Durante las últimas semanas habíamos recuperado una forma de estar juntos que todavía no sabía definir. Trabajábamos, discutíamos por tonterías, algunas veces nos reíamos y después cada uno regresaba a su casa sin hablar de lo que había ocurrido entre nosotros antes de que Léa se marchara a Madrid.
No habíamos vuelto a besarnos ni tampoco habíamos hablado de hacerlo.
Y yo había aprendido a no interpretar cada sonrisa como una invitación ni cada momento de complicidad como una señal de que estuviera acercándose a perdonarme. Había elegido el cine, pero eso no significaba que me hubiera elegido a mí.
A media mañana empezaron a llegar los primeros voluntarios. Inés apareció cargada con bolsas del supermercado y detrás de ella entró Javi, que había conducido desde Madrid la tarde anterior para no perderse la última sesión.
—Mira quién ha decidido volver a la civilización —dije.
Javi dejó una caja de refrescos sobre la barra.
—He venido porque alguien tiene que vigilar que no lo estropees en el último momento.
—Diecinueve sesiones sin ti.
—Y mira cómo acabó la pantalla.
Inés soltó una carcajada.
—Eso ha sido bajo hasta para ti.
—Pero efectivo.
Léa apareció desde el pasillo de entrada.
—¿Vais a empezar ya?
—Él ha empezado —respondimos Javi y yo a la vez.
Léa negó con la cabeza.
—Treinta segundos. Habéis tardado treinta segundos.
—Nos echábamos de menos —dijo Javi.
—Habla por ti.
Inés le dio un pequeño golpe con el hombro cuando pasó junto a él y Javi aprovechó para cogerle una de las bolsas. Entre ellos ya no quedaba demasiado espacio para fingir que aquello era una simple amistad, aunque ninguno parecía tener especial prisa por explicárselo al resto.
Marcos llegó poco después con una carpeta bajo el brazo. Bastó verle la camiseta para que se me escapara una sonrisa.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Pero lo has pensado.
—Eso todavía es legal.
—Cuidado con lo que dices, que te cierro el cine por una irregularidad imaginaria.
—Eso es abuso de poder.
—Y todavía no he empezado.
Léa se echó a reír desde la taquilla y Marcos se marchó mascullando algo sobre tener amigos idiotas.
El resto del día pasó deprisa. Revisamos entradas, preparamos el bar, colocamos las fotografías y dejamos varias filas reservadas para las personas mayores del pueblo que habían pedido asistencia para llegar con tiempo.
Elena apareció después de comer con comida suficiente para alimentar a medio Puerto de Bruma y terminó instalándose junto a Inés en el bar.
A las ocho ya había gente esperando fuera.
Léa y yo nos quedamos durante unos segundos al otro lado de la puerta principal, observando cómo aumentaba la cola.
—¿Cuántas reservas? —pregunté.
—Todas.
La miré.
—¿Todas?
—Y hay gente preguntando si quedan entradas.
—Entonces podemos sacar las últimas sillas hasta completar el aforo autorizado.
—Ya lo he pensado.
—¿Y me lo dices ahora?
—Estoy aprendiendo de ti.
—Eso no puede acabar bien.
Su sonrisa duró algo más aquella vez.
Abrimos poco después. Durante la siguiente hora La Estrella se llenó de voces, saludos y gente que se detenía frente a las fotografías antes de salir a la explanada.
Algunos reconocían a Madeleine; otros señalaban a mi abuelo Manuel o a Gabriel y empezaban a contar historias que yo no conocía.
Hubo quien incluso apareció con fotografías propias y prometió dejárnoslas para ampliar el archivo.
Léa pasó casi todo el tiempo entre la taquilla y la exposición.
La vi abrazar a varias personas, escuchar recuerdos sobre su abuela y sonreír de una forma distinta a la que había tenido cuando llegó a Puerto de Bruma a principios de verano.
Ya no parecía alguien atrapado allí ni alguien que hubiera regresado por obligación; simplemente formaba parte del lugar.
A las nueve menos cuarto pedimos a todo el mundo que fuera ocupando las sillas.
Léa diría unas palabras antes de empezar y la película duraba alrededor de hora y media, así que terminaríamos poco después de las diez y media, con margen de sobra para cerrar aquella vigésima sesión dentro del treinta y uno de agosto.
Antes de apagar las luces, Léa salió delante de la pantalla. No me había dicho exactamente qué pensaba decir y, durante unos segundos, se limitó a observar las filas llenas antes de buscarme entre la gente hasta encontrarme al fondo, junto a la barra.
—Cuando volví a Puerto de Bruma al principio del verano, no sabía que La Estrella seguía siendo también mía —comenzó—. Y, si soy sincera, durante los primeros días habría agradecido bastante que alguien me hubiera dicho que había habido un error.
Varias personas rieron.
—Después descubrí que mi abuela llevaba mucho tiempo intentando que este lugar tuviera otra oportunidad. Supongo que quienes la conocisteis sabéis que Madeleine tenía cierta tendencia a conseguir lo que quería incluso cuando ya no estaba aquí para discutirlo.
Aquella vez las risas fueron más fuertes y Léa esperó a que se apagaran antes de mirar la fotografía que habíamos colocado junto a la pantalla.
—Esta noche cumplimos la vigésima sesión que necesitábamos para mantener La Estrella abierta.
Pero no creo que lo importante sean las veinte películas, ni siquiera la concesión.
Lo importante es que durante estas semanas ha vuelto a llenarse de gente, de niños, de parejas, de vecinos que venían de pequeños y de otros que han entrado por primera vez.
Hizo una pausa breve antes de continuar.
—Así que esta sesión es para quienes la construyeron, para quienes la cuidaron durante tantos años y para todos los que habéis ayudado a que podamos seguir haciéndolo nosotros.
Los aplausos empezaron antes de que hubiera terminado.
Léa sonrió, visiblemente emocionada, y buscó otra vez mi mirada. No sabía si esperaba algo de mí, pero asentí desde donde estaba y ella me devolvió el gesto.
Cuando regresó hacia la barra, Inés la abrazó primero y Javi después. Yo me quedé donde estaba hasta que llegó a mi lado.
—Muy bonito —dije.
—No pareces sorprendido.
—He intentado mantener bajas mis expectativas.
—Capullo.
—Hoy no voy a discutirlo.
La estrella amarilla del rótulo se encendió cuando apagamos las luces de la explanada. Habíamos conseguido reparar también la iluminación completa del frontal y, desde el interior, podía verse su resplandor sobre la entrada.
La película comenzó.
Durante un rato me quedé junto al edificio de proyección observando la pantalla y las filas de sillas llenas. El murmullo desapareció poco a poco hasta dejar únicamente el sonido de la película, el mar detrás de la estructura y alguna risa que llegaba desde las primeras filas.
Léa apareció a mi lado al cabo de unos minutos.
—¿No vas a verla?
—La he visto tres veces esta semana para comprobar la copia.
—Eso es una excusa.
—También tengo que vigilar.
—Todo está funcionando.
—No provoques al universo.
Se apoyó junto a mí y permanecimos en silencio.
Desde allí se veía prácticamente toda La Estrella: el pasillo central con las pequeñas luces encendidas, las sillas ocupadas, la pantalla recortada contra la oscuridad y, más atrás, el resplandor de la estrella sobre la entrada.
—Lo hemos conseguido —dijo.
—Todavía no ha terminado.
—Hugo.
—Vale. Sí.
Giré la cabeza hacia ella.
—Lo hemos conseguido.
Léa sonrió sin apartar la vista de la pantalla.
—Mi abuela estaría insoportable.
—Madeleine llevaría una semana diciendo que sabía que iba a salir bien.
—Y después encontraría algo que criticar.
—La madera nueva del vallado.
—Seguro.
Los dos nos reímos por lo bajo y no intenté acercarme más. Aquella noche no necesitaba nada distinto.
La película terminó poco después de las diez y media. Durante unos segundos hubo silencio y después toda la explanada estalló en aplausos. Algunos se levantaron, otros empezaron a silbar y alguien desde las primeras filas gritó que querían otras veinte.
Marcos apareció junto a nosotros mirando el reloj.
—Veintidós treinta y cuatro.
—¿Eso significa que apruebas? —preguntó Léa.
—Significa que habéis completado la sesión número veinte el treinta y uno de agosto.
Javi levantó ambos brazos.
—¡Que alguien traiga alcohol!
—Tú conduces —le recordó Inés.
—Que alguien traiga alcohol para los demás.
La celebración improvisada duró bastante más que la película.
Salieron refrescos, comida que había sobrado del bar y varias botellas que algún vecino había llevado sin avisar.
La gente siguió hablando entre las sillas mientras los niños corrían por el pasillo central y Elena repetía por quinta vez que aquello habría hecho feliz a mi padre.
Léa pasó de un grupo a otro hasta que terminó otra vez junto a la fotografía de Madeleine y Gabriel.
Me acerqué sin prisa.
—¿Estás bien?
Asintió.
—Sí. Solo estaba pensando que hace dos meses quería vender esto sin haber llegado siquiera a entender qué era.
—Tenías motivos.
—También tenía prisa.
No respondí. Aquella era una conversación que tenía que llevar al ritmo que ella quisiera, así que me limité a observar cómo pasaba un dedo por el borde del marco.
—La subvención compromete a La Estrella varios años.
—Lo sé.
—Y sigo teniendo el proyecto de septiembre.
—También lo sé.
Esta vez me miró.
—No pareces preocupado.
—No es mi decisión.
—Ya.
No había reproche en su voz. Tampoco alivio. Solo algo que no supe interpretar.
—Pero si quieres mi opinión —añadí—, creo que puedes hacer las dos cosas.
Una pequeña sonrisa apareció en su boca.
—Hace quince años no pensabas lo mismo.
El golpe fue limpio y merecido.
—Hace quince años era bastante más idiota.
—Eso no te lo voy a discutir.
—Ni yo.
Durante unos segundos nos quedamos mirando la explanada, donde la mayoría de la gente seguía reunida y la estrella continuaba encendida sobre la entrada. Léa respiró hondo antes de hablar.
—Esta vez lo he elegido yo.
—Sí.
No dije que me alegraba ni que esperaba que aquello significara que se quedaría, y mucho menos pregunté qué implicaba para nosotros. La Estrella era suya porque había decidido conservarla, nada más.
Cuando levantó la mirada hacia mí, tuve la sensación de que había entendido todo lo que no había dicho.
—Gracias —murmuró.
—¿Por qué?
Léa tardó un instante en responder.
—Por no intentar convertirlo en otra cosa.
Asentí. Aquella noche habíamos salvado La Estrella.
Lo nuestro tendría que esperar.