El último verano que te odié Capítulo 25
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Capítulo 25

Léa

Dormí peor de lo que me esperaba. No porque la cama de casa de mi abuela hubiera dejado de resultarme familiar ni porque el tiempo que había pasado en Madrid hubiera bastado para convertir aquella casa otra vez en un lugar extraño, sino porque mi cabeza decidió aprovechar la noche para repasar absolutamente todo lo ocurrido desde que salí de Puerto de Bruma: la tormenta, los daños de La Estrella, la conversación con Hugo y, sobre todo, el hecho de que yo hubiera vuelto.

A las siete estaba despierta, así que preparé café y abrí el portátil en la cocina.

Tenía varios correos relacionados con la serie que empezaría a rodarse en septiembre y una videollamada pendiente con producción para revisar algunas de las localizaciones que visitaríamos la semana siguiente.

Durante casi una hora conseguí concentrarme únicamente en mi trabajo, en algo que seguía siendo mío y que no había desaparecido porque hubiera conducido cinco horas para regresar a Puerto de Bruma.

Cuando terminé, tenía tres visitas confirmadas en Madrid, varias fotografías pendientes de revisar y una lista de documentación que debía preparar antes del lunes.

Cerré el portátil con una tranquilidad que necesitaba más de lo que había imaginado.

Volver no significaba quedarme, y ocuparme de La Estrella tampoco me obligaba a renunciar al resto de mi vida.

Llegué al cine a las ocho y veintisiete. Hugo estaba junto a la puerta principal hablando con dos hombres que llevaban el logotipo de una empresa de cerramientos en la camiseta y, en cuanto me vio acercarme, miró el reloj.

—Tres minutos antes.

—No hagas que me arrepienta.

—Solo estaba constatando un hecho.

—Pues constata en silencio.

Una sonrisa apareció durante un instante en su boca antes de volver la atención hacia los dos hombres. No hizo ninguna pregunta, solo se limitó a explicarme que acababan de llegar y querían revisar primero el tramo de vallado golpeado por la rama.

Los seguimos hasta el lateral derecho. En la puerta de emergencia se debía sustituir parte del marco y uno de los postes, pero el trabajo podía quedar terminado en un par de días.

El vallado tampoco planteaba demasiados problemas y, mientras los operarios tomaban medidas, Hugo me explicó que aquella mañana había recibido el segundo presupuesto.

—Lo tengo en la barra —añadió—. Cuando terminemos aquí, lo vemos.

Me sorprendió que se limitara a dejarlo ahí, pendiente de que lo viéramos juntos. Era exactamente lo que le había pedido, pero, después de todo lo ocurrido, todavía me resultaba extraño que Hugo no intentara adelantarse a la decisión.

Regresamos a la zona del bar y me entregó las hojas. La cifra era mayor de lo que habría querido, aunque buena parte correspondía a la reparación de la estructura de la pantalla y a la fabricación del soporte que había quedado deformado.

—¿Y el seguro? —pregunté.

—El perito viene a las once. Por teléfono no ha querido comprometerse con ninguna cantidad antes de verlo.

—Normal.

Hugo asintió y empezó a ordenar unos papeles. Esperé unos segundos antes de darme cuenta de que no iba a añadir nada.

—¿Y?

Levantó la cabeza.

—¿Y qué?

—Los presupuestos.

—Los estás leyendo.

Entrecerré los ojos.

—Durán.

—Noriega.

—¿Qué opinas?

—Que la reparación de la pantalla está bien planteada y el precio parece razonable. El vallado probablemente podríamos conseguirlo algo más barato, pero perderíamos varios días buscando otra empresa y no creo que nos compense.

—¿Eso es todo?

—Me has preguntado mi opinión.

Tuve que contener una reacción que no sabía si era irritación o algo bastante más incómodo.

—¿Tú aceptarías estos presupuestos?

—Sí.

—Yo también.

—Entonces, si el seguro no pone ningún problema importante, damos el visto bueno.

Dejé las hojas sobre la barra y lo miré durante unos segundos. Seguía resultándome extraño que Hugo esperara mi respuesta en lugar de adelantarse a ella.

—Vale.

Lo miré durante unos segundos.

—Estás disfrutando un poco de esto.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes.

—Estoy intentando no meter la pata.

—Pues procura no pasarte al extremo contrario.

Hugo apoyó los antebrazos en la barra.

—Avísame cuando descubras dónde está exactamente el punto medio.

—Pensaba que tú eras el experto en decidirlo todo.

La sonrisa desapareció de su cara, aunque no apartó la mirada.

—Precisamente.

No añadió ninguna excusa y yo tampoco quise seguir por ahí. Todavía tenía demasiadas cosas atravesadas como para convertir aquella mañana en una conversación que ninguno de los dos sabría terminar.

El perito llegó poco después de las once y pasó más de una hora revisando el recinto.

Fotografió la pantalla, la salida de emergencia, el vallado y la ventana del edificio de proyección; después pidió las últimas revisiones y terminó sentado con nosotros junto a la barra mientras repasaba la documentación.

La póliza cubría la mayor parte de los daños provocados por el temporal. Tendríamos que asumir una franquicia y quedaban un par de elementos exteriores pendientes de valoración definitiva, pero nada de aquello parecía lo bastante grave como para convertirse en otro problema económico importante.

El problema seguía siendo el tiempo.

—Podéis empezar con las reparaciones —nos explicó—. Necesitaré que me enviéis las facturas y la documentación que os he mandado aquí.

Miré a Hugo y él sostuvo mi mirada antes de preguntar:

—¿Qué hacemos?

Solo eso. Y aunque no debería haber tenido ninguna importancia, la tuvo.

—Reparamos.

—De acuerdo.

Llamó a las dos empresas delante de mí y confirmó los trabajos según los presupuestos que acabábamos de aprobar.

Después anotó las fechas previstas y me pasó la hoja para que pudiera comprobarlas.

Me sorprendía seguir fijándome en detalles así, pero después de todo lo ocurrido me resultaba imposible no hacerlo.

Los días siguientes acabaron convirtiéndose en una mezcla extraña entre mi vida de Madrid y la de Puerto de Bruma.

Trabajaba varias horas cada mañana con el portátil, hablaba con producción, revisaba localizaciones y preparaba documentación para la serie; después iba a La Estrella, donde me esperaban operarios, facturas, herramientas y decisiones que Hugo se aseguraba de compartir conmigo antes de dar ningún paso.

El segundo día llegó una factura que el seguro no cubría por completo. Hugo me la dejó delante junto con el resto de la documentación.

—La diferencia son ciento ochenta y seis euros.

—Podemos asumirla.

—Sí.

Seguí mirando la hoja y, cuando levanté la cabeza, él continuaba esperando.

—¿Nada más?

—¿Qué más quieres?

—No sé. Algo parecido a «ya lo he pagado».

—No lo he pagado.

—Ya.

—Porque dijiste que no lo hiciera por mi cuenta y porque tampoco pensaba hacerlo.

Apoyé el bolígrafo sobre la mesa.

—Vale.

—¿Estás intentando discutir conmigo porque he hecho exactamente lo que me pediste?

—Puede.

—Eso complica bastante las cosas.

—No sabes cuánto.

Yo también sonreí, aunque enseguida volví a centrarme en la factura.

Seguía enfadada con él y eso no había cambiado.

Quince años de silencio continuaban pareciéndome demasiados, y ninguna explicación podía devolverme la posibilidad de haber elegido entonces; tampoco olvidaba que, después de mi regreso, había repetido el mismo error con el dinero de La Estrella.

Sin embargo, empezaba a comprender algo que no me facilitaba precisamente las cosas.

Entender por qué alguien había actuado de determinada manera no obligaba a perdonarlo, y comprobar que ahora intentaba hacerlo de otra forma tampoco borraba lo anterior.

Solo significaba que yo estaba viendo el cambio, aunque todavía no supiera qué hacer con él.

Una semana después del temporal, Marcos apareció para revisar la puerta de emergencia y comprobar que las reparaciones permitían reanudar la actividad.

El vallado estaba terminado, la estructura de la pantalla había recuperado su posición original y la empresa había sustituido el soporte deformado, rehecho los dos anclajes dañados y reforzado varios puntos adicionales.

Marcos abrió y cerró la puerta lateral un par de veces antes de alejarse para observarla.

—Aquí no veo ningún problema.

—Eso es un sí, ¿no? —pregunté.

—Eso es un «esta salida está bien».

—Rivas.

—Me gusta conservar cierta autoridad.

Hugo resopló a mi lado.

—No le animes.

—¿Quieres hacer tú la inspección?

—Ni muerto.

—Entonces déjame disfrutar.

Marcos terminó de recorrer el recinto y dedicó especial atención a la pantalla antes de regresar hasta nosotros con la carpeta bajo el brazo.

—Por mi parte, podéis reanudar la actividad. Si el electricista confirma mañana que todo está bien, podéis abrir.

Noté cómo desaparecía parte de la tensión que llevaba acumulando toda la semana.

—¿Mañana mismo?

—Mañana mismo.

Aquello nos dejaba menos margen del que teníamos antes de la tormenta, pero todavía era posible completar las sesiones pendientes. Tendríamos que reorganizar la programación, añadir algún día entre semana y concentrar algo más de actividad durante los dos últimos fines de semana de agosto.

Entramos en la zona cubierta y extendimos sobre la barra el calendario que llevaba varios días modificando.

—Yo pondría una sesión extra el miércoles —propuse—. Si funciona, podemos añadir otra el viernes.

Hugo repasó las fechas.

—Y el sábado podríamos hacer dos. Una más temprano y la habitual después.

—¿Crees que vendrá gente a la primera?

Hugo se quedó pensando unos segundos.

—Podríamos darle un empujón. Hacer un precio especial para quien compre entrada para las dos sesiones o incluir palomitas si se quedan ambas. No nos supone demasiado y puede animar a la gente a aprovechar la tarde entera.

—Una especie de sesión doble.

—Exacto. Y la primera podríamos anunciarla como algo especial, no como una sesión metida con calzador porque vamos justos de tiempo.

—Eso me gusta más.

—A mí también. Si conseguimos llenar una parte razonable del aforo, seguimos cubriendo gastos y ganamos una sesión sin que parezca que estamos desesperados.

—Aunque lo estemos un poquito.

—Eso no hace falta ponerlo en el cartel.

Me reí.

—Menos mal que estás tú para la estrategia comercial.

—Tengo talentos ocultos.

Movió el calendario hacia mí.

—¿Qué te parece?

Repasé otra vez las fechas. Podíamos arriesgarnos y dejar menos margen, concentrar demasiado las sesiones y acabar agotando a los voluntarios, o repartirlas durante los días que quedaban y confiar en que el tiempo concediera una tregua.

—Hagámoslo así.

—¿Seguro?

Lo miré.

—Sí.

Hugo cogió un bolígrafo y anotó los cambios.

—Entonces mañana volvemos a abrir.

Giré la cabeza hacia la explanada. Las sillas estaban otra vez colocadas frente a la pantalla, el pasillo central había recuperado su grava y, salvo por la madera nueva de la parte del vallado, apenas quedaban señales del temporal.

Una semana antes había conducido hasta allí convencida de que regresaba únicamente porque La Estrella podía estar en peligro.

Posiblemente había sido verdad, pero ahora empezaba a preguntarme por qué cada decisión que tomábamos sobre aquel lugar pesaba de una forma distinta a como lo había hecho antes de marcharme.

—¿Léa?

Volví la cabeza. Hugo seguía junto al calendario.

—¿Qué?

—Te he preguntado si quieres mandar tú los cambios de programación o prefieres que lo haga yo.

Estuve a punto de reírme.

—Hazlo tú. Y no hace falta que me preguntes absolutamente todo.

Alzó una ceja.

—Eso reduce bastante mis posibilidades de acertar.

—Utiliza el sentido común.

—Ese sistema nos ha traído hasta aquí.

Esta vez sí me reí. Hugo sonrió, pero no aprovechó el momento para acercarse ni para convertirlo en algo más; simplemente volvió al calendario y empezó a preparar los cambios que tendríamos que comunicar.

No habíamos arreglado lo nuestro y yo seguía sin saber si había algo que pudiera arreglarse. Pero, por primera vez desde que conocía toda la verdad, estar a su lado no me producía únicamente ganas de marcharme.

Y todavía no sabía qué hacer con eso.

Dos días después, con La Estrella otra vez en marcha, llamé a la empresa y rechacé la nueva oferta de compra.

Después le dije a Hugo que quería seguir adelante con la subvención y terminamos juntos la documentación que faltaba.

Por primera vez desde que había heredado el cine, ya no estaba dejando todas las opciones abiertas: había decidido conservarlo.