El último verano que te odié Capítulo 24
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Capítulo 24

Hugo

Había pasado algo más de un mes desde que Léa se marchó a Madrid y, durante ese tiempo, habíamos conseguido mantener La Estrella funcionando sin grandes sobresaltos.

Ya habíamos completado doce de las veinte sesiones; la gente seguía respondiendo bastante mejor de lo que cualquiera habría imaginado unas semanas atrás y hasta el ayuntamiento parecía satisfecho con la actividad que estábamos generando.

Léa y yo también habíamos encontrado una forma bastante peculiar de comunicarnos.

No había llamadas y apenas algún mensaje que no estuviera relacionado con el cine.

Si surgía una factura, un cambio de programación o algún documento de la subvención, se lo enviaba; ella contestaba cuando era necesario y, si no había nada que añadir, simplemente no lo hacía.

Habíamos pasado de acostarnos juntos y desayunar en su cocina a intercambiar correos que podían haber firmado dos desconocidos que compartían una empresa, una distancia que era consecuencia directa de mis decisiones y que, de momento, funcionaba.

El jueves por la tarde estaba sustituyendo una de las tablas de la pasarela de madera junto a la pantalla cuando Marcos apareció con una carpeta bajo el brazo.

—Dime que vienes a admirar mi trabajo.

—Vengo a decirte que guardes las herramientas y empieces a asegurar todo lo que pueda salir volando.

Dejé el martillo.

—Eso suena menos divertido.

—Han actualizado el aviso por temporal. Esta noche habrá viento fuerte y la situación empeorará bastante de madrugada.

Miré hacia el mar. El cielo llevaba horas oscureciéndose y las ramas de los pinos se movían más de lo habitual, aunque todavía no parecía nada especialmente preocupante.

—¿Cuánto es «bastante»?

—Lo suficiente para que el ayuntamiento recomiende cerrar cualquier instalación exterior y asegurar estructuras, mobiliario y accesos.

Aquello ya me hizo mirar La Estrella de otra manera.

La siguiente sesión estaba prevista para el día siguiente y, si el aviso se mantenía, tendríamos que cancelarla.

No era ninguna tragedia por sí sola, pero, después de todo lo que había costado recuperar margen para completar las veinte sesiones antes de finales de agosto, cada suspensión empezaba a contar.

Saqué el móvil y llamé a Inés.

—¿Dónde estás?

—Saliendo de la clínica. ¿Qué pasa?

—Han elevado el aviso por temporal y tenemos que asegurar La Estrella antes de esta noche.

—Dame veinte minutos.

—Trae ropa que no te importe destrozar.

—Qué forma tan bonita de invitarme a pasar la tarde.

Colgó y llamé después a tres de los voluntarios que llevaban colaborando con nosotros desde la reapertura. Dos podían venir enseguida y el tercero tardaría algo más, suficiente para empezar a recoger todo lo que pudiera moverse con el viento.

—Con eso tendremos manos de sobra —comentó Marcos cuando terminé.

—Eso espero.

Antes de guardar el móvil, abrí la conversación con Léa. No podía hacer nada desde Madrid, pero era su cine tanto como el mío y tenía derecho a saber que el aviso podía afectar a la siguiente sesión y, sobre todo, al recinto.

Le envié una fotografía del comunicado junto con un mensaje.

Hugo: Han elevado el aviso por temporal para esta noche. Estamos preparando La Estrella y, de momento, dejo pendiente la sesión de mañana hasta ver cómo evoluciona. Te mantengo informada.

La respuesta llegó poco después.

Léa: ¿ Hay riesgo para la pantalla?

Hugo: Es lo más expuesto. Revisaremos anclajes y tensores. También vallado, salidas y todo lo que pueda moverse.

Léa: Avísame cuando terminéis.

Hugo: Lo haré.

Guardé el móvil y Marcos señaló la explanada.

—Vamos.

En menos de una hora, La Estrella parecía estar preparándose para un asedio. Agrupamos y aseguramos las sillas de madera y lona, retiramos papeleras, carteles y guirnaldas, y guardamos dentro del bar cualquier cosa que pudiera salir volando.

Después comprobamos la zona de entrada. Inés se encargó de las vitrinas y la exposición mientras Marcos y yo revisábamos las puertas de emergencia, los postes de señalización y el vallado.

—Este lateral me preocupa más —dijo señalando el derecho.

—Aguantará.

—Has dicho eso demasiado rápido.

—Intentaba transmitirte seguridad.

—Pues practica un poco más.

Dejamos la pantalla para el final. La estructura y los anclajes habían superado todas las revisiones, pero era también la parte más expuesta al viento que llegaba desde el mar. Comprobé los tensores, reforcé dos puntos y revisé las uniones antes de darlo por terminado.

—Más no puedes hacer —dijo Marcos.

—Esa frase nunca tranquiliza.

A las nueve la explanada tenía un aspecto extraño.

Las sillas estaban agrupadas, el bar cerrado, no quedaba nada suelto y las pequeñas luces que bordeaban el pasillo central permanecían apagadas.

Detrás de la pantalla, el mar empezaba a levantarse y la lluvia llegaba en ráfagas cortas.

Antes de marcharnos, hice varias fotografías y se las envié a Léa.

Hugo: Ya está todo asegurado. De momento no hay daños. Mañana te aviso en cuanto pueda revisar.

Su respuesta fue un simple «Vale» y yo no añadí nada más.

A las once empezó a llover de verdad. Dormí poco y, durante varias horas, el viento golpeó las persianas de casa mientras yo me despertaba más de una vez convencido de haber escuchado caer algo en la calle. Hasta que poco después de las cuatro me entró una llamada de Marcos que contesté enseguida.

—¿Qué ha pasado?

—Una patrulla ha pasado hace unos minutos por la zona. Hay una rama grande sobre el vallado del lateral derecho y dicen que la pantalla parece haberse movido.

Me incorporé de golpe.

—Voy para allá.

—Ahora mismo no vas a ninguna parte. El paseo está cortado en dos puntos y todavía están cayendo ramas.

—Marcos…

—No han podido entrar, Hugo. Lo han visto desde fuera y tampoco sabemos si hay algo más. En cuanto sea seguro acceder, te llamo.

Miré por la ventana. El viento seguía sacudiendo los árboles de la calle y, aunque no me gustara admitirlo, tenía razón.

—Avísame en cuanto se pueda.

—Lo haré.

Colgamos y ya no volví a acostarme. Preparé café, revisé varias veces el aviso meteorológico y esperé, intentando no imaginarme la pantalla en el suelo cada vez que una ráfaga golpeaba las persianas.

A las seis y media Marcos volvió a llamar.

—Ya podemos entrar.

No necesitó decir nada más. Me vestí, cogí las llaves y tardé menos de diez minutos en llegar.

El aspecto de La Estrella desde la puerta principal ya bastó para saber que la noche había sido peor de lo que esperaba.

Atravesamos el pasillo cubierto; la taquilla, las vitrinas y la exposición estaban prácticamente intactas, salvo por algo de agua que había entrado cerca de la salida hacia la explanada. Fuera, en cambio, era otra historia.

Varias ramas cubrían parte de la grava y algunas sillas se habían desplazado pese a que las habíamos asegurado.

El agua había abierto pequeños surcos en el pasillo central y uno de los postes que señalizaban la salida derecha estaba prácticamente tumbado.

La rama que había visto la policía había caído sobre el vallado de ese mismo lateral, venciendo dos tramos y golpeando la puerta de emergencia lo suficiente para desajustar el marco.

Pero lo peor estaba al fondo. Me detuve al ver la pantalla.

—Joder.

Seguía en pie, aunque se inclinaba ligeramente hacia uno de los lados. Al acercarnos comprobamos que dos de los anclajes de la estructura metálica habían cedido y uno de los soportes inferiores estaba deformado.

—Hasta que esto no lo revise una empresa especializada, aquí no se proyecta nada —dijo Marcos.

—Ya.

—Y necesito volver a revisar la salida lateral antes de que entre público.

No tenía sentido discutir porque yo tampoco habría abierto La Estrella así. El bar había aguantado bien y tampoco encontramos daños importantes en la entrada.

Después subimos al edificio de proyección, donde parte del marco exterior de una ventana se había soltado y había entrado algo de agua en la cabina, aunque los equipos seguían secos.

En el almacén contiguo todo estaba en su sitio, pero subí a los estantes superiores las cajas con fotografías y documentación, incluida la caja metálica que Léa y yo habíamos encontrado semanas atrás.

Cuando bajamos, saqué varias fotografías de los daños y se las envié a Léa junto con un mensaje.

Hugo: Ya hemos podido entrar. Hay daños en el lateral derecho y en la estructura de la pantalla, pero los equipos están bien. Te llamo en cuanto tenga las valoraciones.

Su respuesta llegó poco después.

Léa: Vale.

Durante las siguientes dos horas pasaron por La Estrella un electricista y el responsable de una empresa de estructuras metálicas.

La pantalla tenía reparación, pero habría que sustituir un soporte, rehacer dos anclajes y comprobar el resto antes de volver a utilizarla.

También revisarían parte del cableado exterior, mientras que el vallado y la puerta lateral podían arreglarse con relativa rapidez.

Hasta entonces, La Estrella permanecería cerrada.

—¿Cuánto? —pregunté.

—Si conseguimos fabricar la pieza rápido, una semana. Puede que algo más.

Aquello reducía bastante nuestro margen. No significaba automáticamente perder la concesión, pero nos obligaría a reorganizar las sesiones y confiar en que el tiempo no volviera a complicarnos agosto.

Esperé a tener toda la información antes de llamar a Léa. Contestó al primer tono.

—¿Cómo está?

—Tiene arreglo, pero tendremos que cerrar al menos una semana. La pantalla es lo que más tardará; el vallado y la salida deberían estar antes.

—¿Y las veinte sesiones?

—Todavía podemos llegar. Si el cierre se alarga mucho más, empezaremos a tener problemas.

—¿Has hablado con el seguro?

—Sí. He dado parte esta mañana. En principio debería cubrir buena parte de los daños, pero tendrán que valorarlo.

—Entonces el problema es el tiempo.

—Principalmente.

—¿Has encargado alguna reparación?

—No. Solo he pedido las valoraciones para no perder tiempo mientras tramitan el parte. En cuanto tenga toda la información, te la mando y decidimos.

—Vale.

Guardó silencio un momento antes de añadir:

—Y si hay algo que el seguro no cubre, no lo pagues tú por tu cuenta.

—No lo haré.

—Lo digo en serio.

—Yo también. No voy a decidir ningún gasto sin hablarlo contigo.

No necesitaba que me explicara por qué quería dejarlo claro.

—¿Y la empresa de la oferta? —preguntó.

—No he hablado con ellos.

—¿Por qué?

—Porque ha habido un temporal. Eso no cambia por sí solo lo que queramos hacer con La Estrella.

—Yo dije que quería vender.

—Y después no aceptaste la oferta.

La escuché respirar.

—No.

—Si quieres que contactemos con ellos, lo hacemos. Si no, esperamos.

Tardó unos segundos.

—No. Primero quiero ver cómo está La Estrella.

No dije nada y, unos segundos después, añadió:

—Voy a volver.

La frase me pilló desprevenido.

—Vale.

Quizá esperaba otra respuesta porque guardó silencio.

—¿Vale?

—Sí.

—No vas a preguntarme por qué.

—Acabas de decírmelo. Quieres ver cómo está La Estrella.

—Sí.

—Entonces no tengo mucho que preguntar.

Escuché algo parecido a una exhalación.

—Saldré después de comer. Llegaré esta tarde.

—Avísame cuando estés cerca.

—Lo haré.

Colgamos y me quedé mirando el teléfono durante unos segundos antes de guardarlo.

A media mañana empezaron a aparecer algunos voluntarios que ya se habían enterado de los daños. Inés llegó poco después con dos termos de café y una bolsa que reconocí como propiedad de nuestra madre.

—Mamá dice que, si vas a pasar el día aquí, por lo menos comas.

—Tengo treinta y cuatro años.

—Y ella sigue teniendo táperes.

Argumento difícil de rebatir.

Entre todos retiramos ramas, recolocamos las sillas y limpiamos buena parte de la grava arrastrada por el agua sin tocar la pantalla ni la puerta dañada.

A primera hora de la tarde recibí el primer presupuesto y se lo reenvié a Léa.

Cuando empezó a caer la tarde, La Estrella seguía mostrando las consecuencias del temporal; aunque las ramas habían desaparecido, las sillas volvían a estar ordenadas y habíamos nivelado parte de la grava. Lo único imposible de disimular era la pantalla inclinada.

Poco antes de las ocho escuché un coche detenerse frente a la entrada. Reconocí el motor antes incluso de verla aparecer y seguí guardando las herramientas hasta que sus pasos sonaron en el pasillo cubierto.

Léa se detuvo justo donde terminaba el techo y empezaba la explanada. Llevaba vaqueros, una camiseta negra y el pelo recogido. Había dejado el equipaje en el coche; solo llevaba el bolso y las llaves en una mano.

Durante unos segundos no me miró. Recorrió con la vista el vallado dañado, las marcas que todavía quedaban en la grava y, finalmente, la pantalla.

—En las fotos parecía menos.

—Sí.

Caminó por la explanada despacio y se acercó hasta la pantalla.

—¿Una semana?

—Eso calculan.

—¿Y la cabina?

—Los equipos y el archivo están bien. Solo ha entrado algo de agua junto a una ventana.

Asintió y volvió a mirar alrededor antes de acompañarme hasta la barra. Saqué el presupuesto que ya tenía impreso y se lo tendí.

—Es el mismo que te he enviado.

—Ya lo he leído.

—El otro debería llegar mañana antes de las diez.

Léa dejó las hojas sobre la barra y me miró.

—¿Y después?

—Después decidimos.

—¿Tú qué harías?

—¿Quieres mi opinión?

Una esquina de su boca se movió apenas.

—Te la estoy preguntando.

—Repararía. Si los dos presupuestos son asumibles, arreglaría primero la pantalla y la salida, pediría la revisión en cuanto estuviera terminado y reorganizaría las sesiones que perdamos durante estos días.

—Yo también.

—Entonces mañana vemos las cifras.

Léa volvió la cabeza hacia la explanada.

—No podemos perderla ahora.

La decisión de vender seguía sin estar tomada y no iba a convertir aquella frase en algo que Léa todavía no había dicho.

—No —respondí—. Ahora no.

Permanecimos un rato en silencio. La Estrella estaba vacía, no había ninguna sesión aquella noche y la pantalla torcida hacía imposible imaginar que una semana atrás hubiéramos tenido gente sentada delante de ella.

—Mañana estaré aquí a las ocho —dijo Léa.

—La empresa del vallado viene a las ocho y media.

—Pues a las ocho y media.

—Eso suena más humano.

Me miró antes de responder.

—No te acostumbres.

Sonreí antes de poder evitarlo y ella también estuvo a punto, aunque apartó la mirada enseguida.

Seguía enfadada conmigo y yo no sabía qué iba a ocurrir entre nosotros. Pero Léa no había vuelto porque se lo hubiera pedido ni porque alguien hubiera decidido que Puerto de Bruma era el lugar donde debía estar. Esta vez había tenido toda la información y había elegido regresar.

Por ahora, aquello era suficiente.