El último verano que te odié Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Fue entonces cuando vi el correo de Hugo. Lo había enviado la noche anterior y hasta ese momento no había tenido ganas de abrirlo. El asunto era simplemente « Documentación La Estrella» , tan poco dado al dramatismo como él, y al abrirlo encontré un mensaje igual de directo.

«Te envío toda la documentación que tengo sobre La Estrella: el préstamo, los gastos asumidos por el taller durante los últimos años, la parte que correspondía a Madeleine, los gastos que he asumido por mi cuenta desde que volviste, la subvención, la concesión y la nueva oferta de compra. Si encuentro algo más, te lo mandaré.»

Debajo había añadido una última frase.

«Ahora tienes toda la información. Lo que hagas con ella será decisión tuya.»

Me quedé mirando la pantalla unos segundos, todavía intentando decidir qué me provocaba leer aquello, hasta que Javi se sentó en el otro extremo del sofá.

—¿Hugo?

—Sí. Me ha mandado todo.

—¿Todo de verdad?

—Eso parece.

Abrí los archivos mientras Javi se acercaba un poco para mirar conmigo.

Hugo había organizado la información con una precisión casi irritante: estaba el saldo pendiente del préstamo, las cantidades que había asumido el taller, las reparaciones que correspondían a mi abuela, los gastos que Hugo había asumido por su cuenta desde mi llegada y toda la documentación relacionada con la oferta de compra.

También había incluido la subvención y la concesión, así que, por lo que podía comprobar, no parecía faltar nada.

Cuanto más avanzaba, peor me sentaba comprobar la cantidad de dinero que había puesto durante años sin decirme nada.

Una parte importante correspondía a gastos que debería haber afrontado mi abuela y otra a reparaciones recientes que tendríamos que haber compartido desde que yo había heredado su mitad.

—Es muchísimo dinero.

—¿Cuánto?

Le enseñé la cifra total aproximada y Javi silbó por lo bajo antes de devolverme el portátil.

—Vale. Sí, es mucho.

—Voy a devolverle mi parte.

—¿Qué parte?

—La que correspondía a mi abuela y lo que debería haber pagado yo desde que llegué.

—¿Has leído ya todas las condiciones del préstamo?

—No necesito leerlas para saber que no pienso dejar que pague lo que me corresponde.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Lo miré.

—No empieces tú también.

Javi apoyó la espalda en el sofá.

—Solo digo que acabas de descubrir unos números y ya has decidido cómo vas a arreglarlos. Lee primero todo lo que te ha mandado y después decides.

—No es lo mismo que hizo Hugo.

—No he dicho que lo sea. Solo te estoy recordando que hoy estás bastante enfadada y quizá no sea el mejor momento para resolver años de cuentas en diez minutos.

Resoplé y volví al ordenador.

—Te estás poniendo insoportable.

—Es una evolución natural.

Abrí la nueva oferta de compra.

La cifra seguía siendo enorme. Si vendíamos La Estrella, podía cerrar cualquier cuenta pendiente, olvidarme de subvenciones, programación y concesiones, y volver a mi vida de Madrid sin tener que compartir decisiones con Hugo.

En ese momento seguía pareciéndome la opción más sencilla.

—Voy a vender —repetí.

Javi dejó la cerveza sobre la mesa.

—Vale.

—Como vuelvas a decirme «vale», te la tiro por la cabeza.

—Entonces pasamos a la siguiente pregunta.

—No quiero preguntas.

—Qué pena.

Cerré parcialmente el portátil y lo miré.

—Venga. Suéltala.

—¿Quieres vender La Estrella o quieres dejar de tener algo en común con Hugo?

Noté que se me tensaba la mandíbula.

—Ahora mismo es prácticamente lo mismo.

—No. Y precisamente porque ahora te parecen lo mismo, deberías tener cuidado.

—No estoy vendiendo para castigarlo.

—No he dicho que lo estés haciendo conscientemente.

—Javi…

—No estoy defendiendo a Hugo, Léa. Puedes estar cabreada con él todo el tiempo que necesites y no voy a pedirte que lo perdones porque su padre estuviera enfermo. Comprender por qué alguien hace algo no convierte lo que hizo en aceptable.

—Entonces no sé qué intentas decirme.

Javi se inclinó un poco hacia delante.

—Que Hugo ya decidió por ti una vez hace quince años y ha vuelto a hacerlo ahora al ocultarte información. No dejes que tu cabreo permita que también condicione esta decisión sin estar siquiera presente.

La frase consiguió que me quedara callada.

—Está a cientos de kilómetros.

—Y aun así puede seguir siendo el motivo por el que vendas.

—Llegué al pueblo queriendo vender.

—Sí.

—Entonces no veo dónde está el problema.

—Que ya no eres la misma Léa que llegó hace unas semanas.

Aquello me molestó porque sabía perfectamente adónde quería llegar.

—No empieces con frases profundas.

—Ni siquiera lo intento. Cuando llegaste no habías vuelto a abrir La Estrella, no habías montado una exposición, no habías encontrado el proyecto de Madeleine ni estabas organizando sesiones para después del verano.

»Ayer estabas preocupada porque la subvención pedía continuidad y ahora estás diciendo que quieres vender sin pararte a pensar qué ha cambiado.

—Ha cambiado que Hugo me ha mentido.

—Respecto a Hugo, sí. La pregunta es qué ha cambiado respecto a La Estrella.

No respondí enseguida. Javi me observó durante unos segundos y después volvió a apoyar la espalda en el sofá, dejándome espacio para pensar.

—Si Hugo Durán no existiera, ¿querrías vender?

Abrí la boca y volví a cerrarla.

—La pregunta es absurda.

—No lo es.

—La Estrella y Hugo están unidos desde que tengo memoria.

—Ya lo sé, pero intenta separarlos durante treinta segundos.

Me levanté del sofá y fui hasta la ventana porque necesitaba moverme.

—Cuando llegué quería vender porque no quería quedarme con un cine que no sabía gestionar y que me ataba a un pueblo al que apenas volvía. Ahí tienes tu respuesta.

—Esa era tu respuesta entonces.

Me giré hacia él.

—¿Y ahora cuál es?

—Eso intento que averigües tú.

—Eres un coñazo.

—Llevo años entrenando.

Me crucé de brazos.

—No quiero volver ahora.

—No tienes que hacerlo.

—No quiero verlo.

—Pues no lo veas.

—Y tampoco sé si algún día voy a perdonarlo.

—Eso no tiene absolutamente nada que ver con vender el cine.

Lo dijo con tanta sencillez que consiguió desarmarme más que cualquier discurso. Volví al sofá y cerré el portátil, como si necesitara apartar durante un momento todas aquellas cifras y decisiones para poder pensar con algo de claridad.

—Te odio un poco.

—Significa que estoy haciendo bien mi trabajo.

—No te emociones.

Javi sonrió, pero tuvo el buen criterio de no insistir.

Durante un rato me quedé mirando la pantalla negra del portátil mientras intentaba separar cosas que durante semanas habían acabado mezclándose demasiado.

La Estrella había sido el lugar donde mis padres se conocieron, donde mi madre había crecido y donde mis abuelos habían pasado una parte enorme de sus vidas.

Allí había aprendido yo a sentir Puerto de Bruma como casa después de perder a mis padres y allí habían quedado escondidas fotografías, entradas de cine y una caja metálica llena de tonterías que en algún momento habían significado el mundo entero.

Hugo también formaba parte de todo aquello y, en realidad, siempre lo había hecho. Sin embargo, cuanto más intentaba responder a la pregunta de Javi, más difícil resultaba convencerme de que La Estrella fuera únicamente él.

—No sé si quiero vender —admití.

Javi asintió sin sonreír.

—Eso sí me lo creo.

—Pero hace dos días estaba prácticamente pensando en cómo organizar La Estrella después del verano y ahora no quiero ni acercarme.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

—Qué útil eres.

—Muchísimo.

Me acomodé en el sofá y volví a pensar en el mensaje de Hugo.

Por primera vez desde que lo conocía no me había pedido nada: no había intentado convencerme de que comprendiera sus motivos, ni había utilizado La Estrella para conseguir que volviera, ni me había dicho que necesitaba hablar conmigo.

Se había limitado a entregarme toda la información y apartarse.

Seguía cabreada con él y no tenía ninguna intención de perdonarlo simplemente porque hubiera empezado a hacer las cosas bien veinticuatro horas después de hacerlas fatal.

Todavía me dolía saber que había utilizado todo lo que conocía de mí para conseguir que me marchara y que, quince años después, había vuelto a decidir qué podía soportar sin darme siquiera la posibilidad de elegir.

Sin embargo, había algo que sí empezaba a tener claro. Vender La Estrella podía ser una decisión perfectamente válida; lo que ya no sabía era si seguía siendo la mía.