El último verano que te odié Capítulo 23
79%

Capítulo 23

Léa

Salí de Puerto de Bruma el sábado por la mañana con una maleta bastante peor hecha que la que había llevado semanas atrás y una sensación extraña de estar repitiendo algo que ya había vivido.

La primera vez tenía dieciocho años, una plaza en Madrid que llevaba meses esperando y el convencimiento de que Hugo Durán acababa de demostrarme que todo lo que yo había creído entre nosotros solo había existido en mi cabeza.

Esta vez sabía exactamente lo contrario: me había querido, había tenido intención de marcharse conmigo y, dos días antes, su vida se había desmoronado de una manera que yo ni siquiera había sospechado.

No sabía cuál de las dos versiones dolía más, pero sí tenía claro que necesitaba poner unos cuantos kilómetros entre Puerto de Bruma y yo antes de intentar averiguarlo.

Javi salió poco después en su coche. Había vuelto bastante tarde la noche anterior después de estar con Inés y aquella mañana se había limitado a ayudarme a terminar de recoger sin hacer demasiadas preguntas.

No intentó convencerme de que me quedara ni me pidió que le contara nada mientras bajábamos las maletas, aunque antes de subir a su coche me hizo prometerle que pararíamos a mitad de camino para tomar algo.

—No hace falta que me vigiles —le dije.

—No te vigilo. Me preocupa que conduzcas cinco horas alimentándote de café y mala leche.

—La mala leche tiene muchas calorías.

—Entonces vas sobrada.

Conseguí sonreír antes de meterme en el coche y agradecí hacer sola la primera parte del trayecto.

Tenía demasiadas cosas dando vueltas en la cabeza como para mantener una conversación durante horas y, después de todo lo ocurrido, necesitaba un rato en el que nadie esperara de mí una reacción concreta.

Lo peor era que entendía a Hugo. No lo perdonaba, no justificaba lo que había hecho y seguía teniendo ganas de estrangularlo, pero podía imaginar perfectamente al chico de diecinueve años que había recibido la noticia de que su padre tenía un cáncer avanzado y, de un día para otro, se había encontrado con una familia entera dependiendo de él.

Sabía también que Hugo me conocía lo suficiente como para estar convencido de que yo habría aplazado lo de Madrid si me hubiera contado la verdad y, probablemente, habría tenido razón.

Quizá habría renunciado a la universidad aquel año, buscado otra opción o decidido que podía marcharme más adelante.

Tal vez incluso habría cometido exactamente el error que él temía y, años después, en alguna discusión absurda, habría terminado sacándole que yo había dejado pasar una oportunidad por quedarme a su lado.

Nunca lo sabríamos y ese era precisamente el problema: Hugo había decidido que aquella posibilidad era suficiente para quitarme la elección y, quince años después, había vuelto a hacerlo.

Paramos en un área de servicio algo más de dos horas después. Javi ya estaba apoyado en su coche cuando aparqué junto a él y me recibió levantando dos cafés que había comprado mientras me esperaba.

—¿Ves? Para esto sirve llevar un amigo detrás.

Cogí uno.

—También podría haberlo comprado yo.

—Pero entonces no podría sentirme imprescindible.

Nos sentamos en una de las mesas exteriores y durante unos minutos hablamos de cualquier cosa menos de Hugo.

Javi me contó que Inés había intentado convencerlo de que podía quedarse unos días más en Puerto de Bruma y que él había decidido volver conmigo porque su capacidad para hacer dos maletas en una misma semana empezaba a ser preocupante.

—Podías haberte quedado —le dije.

—Ya volveré.

—Eso ha sonado bastante seguro.

—Tengo una camiseta allí.

—Eso sí que es compromiso.

Sonrió y bebió un poco de café antes de mirarme con más atención.

—¿Vas bien?

—Puedo conducir.

—No te he preguntado eso.

—Entonces no sé.

Javi asintió como si aquella respuesta le bastara.

—Pues de momento me conformo.

No insistió y se lo agradecí. Terminamos el café, volvimos a los coches y seguimos hacia Madrid.

Cuando por fin entré en mi piso, dejé la maleta en el dormitorio y tardé muy poco en descubrir que volver a Madrid no producía el efecto que había esperado.

Aquella seguía siendo mi casa y allí estaba la vida que había construido durante años, pero unas semanas en Puerto de Bruma habían bastado para que regresar no significara simplemente retomar las cosas donde las había dejado.

Mientras abría las ventanas pensé en la casa de mi abuela, en La Estrella y hasta en el taller de Hugo lleno de serrín.

Me cabreó echar de menos el pueblo cuando apenas llevaba unas horas fuera y, sobre todo, que Hugo apareciera inevitablemente mezclado con casi todos los recuerdos que acababa de dejar atrás.

Javi apareció en mi puerta con su propia bolsa al hombro.

—Voy a pedir la cena.

—Acabamos de llegar.

—Precisamente. No pienso ponerme a cocinar.

—Nadie te lo ha pedido.

—Con esa cara no me fío de que tú vayas a hacerlo.

—Pide lo que quieras.

—Eso también me preocupa.

Se marchó hacia el salón y aproveché para darme una ducha y cambiarme. Cuando salí, había dos cervezas sobre la mesa y Javi estaba revisando el móvil mientras esperaba la comida.

Me senté frente a él.

—¿Quieres hablar o prefieres que finja durante un rato que no llevas todo el día dándole vueltas a lo mismo?

—Puedes fingir.

—Perfecto. ¿Qué tal el tiempo?

Lo miré mal y sonrió.

—Cinco segundos. Creo que es mi récord.

Cogí la cerveza y apoyé la espalda en el sofá.

—Mi abuela lo sabía.

Javi dejó la cerveza sobre la mesa.

—¿Lo de su padre?

—Eso y lo que Hugo estaba haciendo conmigo. Le dijo que tenía que contarme la verdad y que no podía decidir por mí.

—¿Y Madeleine nunca te dijo nada?

Negué primero, aunque enseguida me corregí.

—Sí lo intentó. Una vez, cuando acababa de llegar a Madrid. Me llamó y quiso hablarme de Hugo, pero no la dejé. Le dije que no quería saber nada de él ni escuchar ninguna explicación.

—¿Y después?

—Conmigo no volvió a insistir. Pero durante años intentó que Hugo se pusiera en contacto conmigo de alguna manera y me contara la verdad.

Javi asintió despacio.

—Entonces respetó lo que tú le habías pedido, pero tampoco dejó a Hugo demasiado tranquilo.

—Eso parece.

Por mucho que me molestara admitirlo, aquello sonaba demasiado a mi abuela.

Ella podía opinar de casi todo y tenía un talento especial para hacerte saber cuándo consideraba que estabas cometiendo una estupidez, pero nunca había sido una mujer que se apropiara de las decisiones de los demás.

Quizá precisamente porque sabía lo que Hugo había hecho conmigo, había decidido no repetir su error.

—Podría haber insistido conmigo —murmuré.

—Sí. Y también podía pensar que esa verdad tenía que salir de Hugo.

Di un trago a la cerveza.

—Quince años, Javi.

—Ya.

—Quince años creyendo que me había inventado prácticamente todo lo que hubo entre nosotros.

—Eso me parece bastante más difícil de perdonar que la decisión que tomó con diecinueve.

Lo miré.

—¿Solo eso?

—No. Lo que hizo entonces estuvo mal. Que su padre estuviera enfermo no le daba derecho a decidir por ti y tampoco voy a decirte que debas perdonarlo porque estuviera asustado. Pero una cosa no impide ver la otra.

—¿Qué otra?

—Que tenía diecinueve años, acababan de darle la peor noticia y, de un día para otro, se encontró con un taller, una madre, una hermana de catorce años y un padre enfermo dependiendo de él.

»No creo que tomara aquella decisión porque pensara que sabía más que tú sobre tu propia vida. Creo que estaba cagado de miedo y convencido de que estaba evitando que renunciaras a algo importante por él.

—El resultado fue el mismo.

—Sí. Y por eso estuvo mal.

Lo miré durante unos segundos.

—Pensaba que ibas a intentar justificarlo un poco más.

—No. Puedo entender por qué lo hizo sin pensar que tuviera derecho a hacerlo. Son dos cosas distintas.

Bajé la mirada hacia la botella.

—Lo peor es que yo también lo entiendo.

—Claro que lo entiendes. Lo conoces desde que eras una cría.

La comida llegó antes de que pudiera contestar y agradecí la interrupción. Mientras repartíamos las cajas sobre la mesa, conseguimos hablar durante unos minutos de otras cosas, aunque Hugo regresó inevitablemente a la conversación cuando Javi me preguntó qué pensaba hacer con La Estrella.

—Vender.

Javi no necesitó tiempo para responder.

—Vale.

Lo miré con sospecha.

—¿Vale?

—Sí.

—Pensaba que ibas a discutir conmigo.

—Todavía no.

—Qué tranquilizador.

Javi cogió un trozo de pizza .

—Si quieres vender, venderás.

—Eso pienso hacer.

—Perfecto.

Fruncí el ceño.

—Me pone muy nerviosa que estés tan de acuerdo conmigo.

—Porque estás esperando que te diga lo que quieres discutir.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

Decidí ignorarlo y terminé de cenar. Después recogimos las cajas y me llevé el portátil al sofá para ponerme al día con algunos correos que había dejado pendientes durante los últimos días.

Entre ellos seguía la propuesta de la serie que me habían ofrecido dos días antes, así que la releí con calma y repasé las fechas, las condiciones y el tipo de trabajo que esperaban que asumiera.

Empezaría en septiembre, ocuparía buena parte de octubre y probablemente se alargaría hasta noviembre.

Era exactamente el tipo de proyecto que me gustaba, con localizaciones complejas y suficiente margen para hacer algo interesante, y estar de vuelta en Madrid no había cambiado absolutamente nada respecto a eso: me apetecía muchísimo.

Respondí confirmando que estaba interesada y proponiendo hablar el lunes para cerrar los detalles.

Al pulsar enviar, sentí algo parecido a alivio, quizá porque aquella decisión no tenía nada que ver con Hugo, con La Estrella ni con mi abuela.

Era una decisión profesional, pertenecía a la vida que había construido en Madrid y, sobre todo, era mía.