Capítulo 22 #2
Eso era precisamente lo que llevaba todo el día intentando asumir.
Entender un motivo no obligaba a justificar una decisión y querer a alguien tampoco daba derecho a esperar que acabara perdonándote.
Léa podía comprender perfectamente al chico de diecinueve años que se había encontrado de un día para otro con una familia entera sobre los hombros y seguir odiando lo que ese chico había hecho con su derecho a elegir.
—Javi va a volver con ella a Madrid —comentó Inés.
—Mejor.
La respuesta consiguió que levantara una ceja.
—¿Mejor para quién?
—Para Léa. No quiero que esté sola ahora.
Mi hermana me observó durante un instante antes de sonreír sin demasiada alegría.
—Sigues enamorado de ella hasta las trancas.
—Eso no es ninguna novedad.
—No. Lo novedoso sería que esta vez consiguieras no fastidiarlo todavía más.
—Llegas unas horas tarde con ese consejo.
—Entonces intenta no empeorarlo.
Se levantó, recogió el bolso y rodeó la mesa para darme un beso rápido en la mejilla.
—Si necesitas algo, me llamas.
—Estoy bien.
—Esa mentira sí me la conozco.
La vi marcharse sin discutirle aquello y volví al trabajo.
Todavía me quedaba ordenar bastante documentación, así que terminé de revisar las cifras, descargué los archivos que me habían enviado desde el banco y la gestoría y escaneé únicamente las facturas y justificantes que solo conservaba en papel.
Después reuní toda la información en tres carpetas en el ordenador: una con las cuentas y gastos de los últimos años, otra con la situación actual de La Estrella y una tercera con la subvención, la concesión y la nueva oferta de compra.
Por primera vez desde que Léa había vuelto a Puerto de Bruma, no existía una sola cosa relacionada con el cine que yo supiera y ella no.
Esperé hasta casi las ocho porque tardé hasta entonces en asegurarme de que no faltaba nada. Adjunté todos los archivos necesarios y escribí un mensaje explicándole exactamente qué le estaba enviando.
«Te envío toda la documentación que tengo sobre La Estrella: el préstamo, los gastos asumidos por el taller durante los últimos años, la parte que correspondía a Madeleine, los gastos que he asumido por mi cuenta desde que volviste, la subvención, la concesión y la nueva oferta de compra. Si encuentro algo más, te lo mandaré.»
Me quedé mirando la pantalla mientras pensaba en todo lo que quería añadir.
Quería decirle que lo sentía, que seguía queriéndola y que vender La Estrella sería lo último que elegiría si dependiera únicamente de mí.
Sin embargo, cualquiera de aquellas frases podía sonar en ese momento como un intento de condicionar lo que hiciera después, así que escribí únicamente una línea más.
«Ahora tienes toda la información. Lo que hagas con ella será decisión tuya.»
Envié el mensaje, dejé el móvil bocabajo sobre la mesa y terminé de recoger.
Léa no respondió antes de que cerrara el taller y tampoco esperaba que lo hiciera.
Teníamos otra sesión al día siguiente y, por mucho que todo lo demás se hubiera ido a la mierda, todavía quedaban reservas, películas que preparar y una concesión que dependía de completar las veinte sesiones antes de que terminara agosto.
Volví a La Estrella y entré por la puerta principal.
Encendí solo las luces necesarias para moverme por la entrada y me encontré de frente con el panel que había restaurado, todavía colocado con las fotografías que Léa había seleccionado.
Había una de Madeleine joven, otra de Gabriel y mi abuelo, Manuel, trabajando juntos y varias imágenes del pueblo tomadas durante veranos distintos.
Entre ellas seguía también aquella fotografía de Léa de niña, sentada en una de las sillas de lona con las piernas demasiado cortas para llegar al suelo.
Me quedé delante de ella pensando en todas las veces que durante quince años había utilizado el mismo argumento para convencerme de que hacerle daño había servido al menos para algo.
Léa había estudiado donde soñaba, trabajado en lo que le gustaba y construido una carrera que jamás habría podido desarrollar de la misma forma quedándose en Puerto de Bruma.
Todo eso era cierto, pero también lo era que yo no había tenido ningún derecho a decidir cuánto debía costarle conseguirlo.
Apagué las luces de la entrada y crucé la explanada casi a oscuras por el pasillo central.
Conocía aquel espacio lo suficiente para avanzar entre las filas sin necesidad de iluminarlo y, mientras caminaba, pensé en que Léa quería vender un lugar que yo llevaba años intentando conservar.
Si dentro de unas semanas seguía queriendo hacerlo, firmaría, aunque solo imaginar La Estrella en manos de otra persona me revolviera el estómago.
Había tardado demasiado en entender que querer conservar algo con todas mis fuerzas no me concedía ningún derecho sobre las decisiones de otra persona, y exactamente lo mismo ocurría con Léa.
No podía obligarla a quedarse, convencerla de que me perdonara ni decidir cuánto tiempo necesitaba para hacerlo.
Lo único que podía ofrecerle a partir de entonces era aquello que debería haberle dado desde el principio: toda la verdad y la libertad de decidir qué hacer con ella.