Capítulo 22
Hugo
No fui detrás de Léa cuando salió de La Estrella, aunque durante unos segundos tuve que hacer un esfuerzo bastante serio para quedarme donde estaba.
Todo en mí pedía exactamente lo contrario: alcanzarla antes de que llegara a casa, conseguir que me escuchara un poco más y encontrar alguna manera de explicarle mejor algo que llevaba quince años intentando justificarme a mí mismo.
El problema era que mis ganas de arreglarlo no significaban que ella tuviera que permitirme hacerlo en ese momento.
Ya había tomado suficientes decisiones por Léa.
La había perdido una vez porque decidí qué debía hacer con su vida y acababa de empujarla otra vez hacia la puerta por decidir qué información necesitaba para tomar sus propias decisiones.
Salir detrás de ella porque yo considerara que todavía quedaban cosas por decir habría sido una forma bastante absurda de demostrar que seguía sin entender el problema.
Me senté frente a los archivadores que había dejado abiertos y miré las facturas, las anotaciones de Madeleine y los justificantes de pago que durante años había considerado poco más que un problema contable.
Hasta aquella mañana había conseguido convencerme de que el préstamo no tenía nada que ver con Léa porque estaba a mi nombre y ningún banco podía reclamarle un solo euro.
La parte que había preferido ignorar era que no necesitaba deber legalmente dinero para tener derecho a conocer la situación real de algo que también le pertenecía.
Cogí el móvil casi por reflejo y abrí nuestra conversación. El último mensaje era de la tarde anterior, cuando me había enviado una fotografía del panel colocado en la entrada, aunque los dos estábamos prácticamente en el mismo recinto.
Léa: Ahora sí parece que sabes trabajar.
Debajo seguía mi respuesta.
Hugo: Llevo años esperando tu aprobación.
Hasta había añadido un emoji que en aquel momento me pareció especialmente idiota.
Empecé a escribirle y borré su nombre casi de inmediato; después intenté explicarle que nunca había pretendido engañarla con el dinero, que Madeleine tampoco conocía todos los detalles y que, cuando pedí el préstamo, ni siquiera sabía si La Estrella volvería a abrir algún día.
El mensaje terminó ocupando varias líneas antes de que me diera cuenta de que estaba haciendo exactamente lo mismo de siempre: ordenar la realidad de manera que mis decisiones parecieran más fáciles de entender.
Lo borré entero, guardé el móvil y me llevé los archivadores al taller.
Pasé la mañana entre la gestoría y el banco.
Pedí el saldo exacto del préstamo, el cuadro completo de amortización y una relación de las cantidades que Taller Durán había destinado a La Estrella durante los últimos años.
Después regresé al taller con los documentos que todavía conservaba en papel y varios archivos que tendría que revisar junto con las facturas y justificantes de los gastos que se habían ido sumando desde que Léa había vuelto.
A primera hora de la tarde seguía con buena parte de aquel material extendido sobre la mesa, separando gastos y comprobando cifras, cuando Inés apareció en el taller.
Entró sin saludar, dejó el bolso sobre una silla y se quedó mirando el despliegue de facturas, extractos y justificantes antes de centrar la atención en mí.
—Javi me ha contado que Léa se marcha.
—Probablemente mañana.
—¿Qué has hecho?
La pregunta habría conseguido cabrearme viniendo de cualquier otra persona, pero con Inés ni siquiera lo intenté.
—Le he contado la verdad.
Frunció el ceño.
—¿Qué verdad?
Hasta entonces no había pensado demasiado en cuánto sabía ella sobre lo ocurrido hacía quince años.
Conocía el diagnóstico de nuestro padre y sabía que yo había renunciado a marcharme porque alguien tenía que hacerse cargo del taller, pero entonces tenía catorce años y nunca le conté con detalle qué hice para asegurarme de que Léa se fuera sola.
Se lo expliqué sin intentar suavizarlo. Le conté que había sabido desde el principio que Léa se quedaría conmigo si conocía la situación, que estaba convencido de que renunciaría a Madrid y que, en lugar de darle la posibilidad de decidir, había hecho todo lo necesario para que creyera que nunca la había querido.
Cuando terminé, Inés me observó durante unos segundos.
—Eres gilipollas.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo había supuesto.
Su mirada volvió a los papeles.
—¿Y todo esto?
—La otra parte del desastre. Léa también ha descubierto el préstamo.
—¿También?
—No se lo había contado.
Inés cerró los ojos y respiró despacio antes de acercarse a la mesa.
—A ver si lo entiendo. Ha descubierto el mismo día que hace quince años le mentiste para decidir su futuro por ella y que ahora llevas semanas ocultándole que sigues pagando gastos de una propiedad que compartís porque has vuelto a pensar que sabías qué era mejor que supiera.
—Resumido así suena especialmente bien.
—No creo que exista ninguna manera de resumirlo en la que suene bien.
Inés cogió una de las hojas que había sobre la mesa, la revisó por encima y pasó después a varias facturas.
—Joder, Hugo. ¿Todo esto lo has pagado tú?
—No de golpe.
—Ya veo que no de golpe. Estoy preguntando por qué hay tantos gastos enteros cargados al taller.
Me apoyé en el borde de la mesa.
—Porque llegó un momento en que Madeleine no podía asumir su parte.
—¿Y tú sí?
—Podía pedir un préstamo.
Inés levantó la vista.
—Eso no significa que pudieras permitírtelo.
—Había reparaciones que no podían esperar y, si dejábamos deteriorarse La Estrella, después habría sido mucho peor.
—Siempre haces lo mismo.
—¿Tú también vas a empezar?
—No me refiero solo a Léa. Me refiero a todo. A papá, a mamá, a mí, al taller, a Madeleine… Si aparece un problema, te lo echas encima y después actúas como si no pesara.
—Alguien tenía que hacerlo.
—Ese es precisamente el problema, Hugo. Siempre decides que ese alguien tienes que ser tú.
Me quedé mirándola porque no esperaba escuchar mi propio pensamiento en boca de mi hermana.
—Con vosotras funcionó.
Inés negó con la cabeza.
—Sobrevivimos. No es exactamente lo mismo.
—El taller siguió abierto y en casa no faltó nada.
—Porque tenías diecinueve años y no había demasiadas opciones. No te estoy diciendo que hicieras mal en quedarte con nosotros. Estoy diciendo que te acostumbraste a solucionar las cosas cargando con ellas sin preguntar a nadie y luego seguiste haciendo lo mismo cuando ya no tenías por qué.
Bajé la mirada hacia las facturas.
Durante años los problemas habían llegado uno detrás de otro: una gotera, una avería eléctrica, una reparación urgente antes de abrir una temporada o algún arreglo que no podía esperar al verano siguiente.
Nunca me había sentado a sumar de verdad cuánto dinero había salido del taller porque hacerlo no habría cambiado nada y porque Madeleine siempre insistía en que me devolvería su parte cuando las cosas mejoraran.
No mejoraron. Ella empezó a cansarse más; La Estrella abrió cada vez menos noches y mantenerla terminó costando más de lo que ingresaba.
—No iba a dejar que todo se viniera abajo —dije.
—Ya lo sé.
—Madeleine tampoco quería cerrar.
—También lo sé.
—Entonces, ¿qué querías que hiciera?
Inés dejó el papel sobre la mesa.
—Con La Estrella, no lo sé. Con Léa, contarle la verdad habría sido un buen comienzo.
Aquello dolió porque no había absolutamente nada que discutir.
—Lo sé.
—No, ahora lo sabes. Hace quince años estabas convencido de que impedirle quedarse era lo mejor para ella y esta vez estabas convencido de que ocultarle el préstamo también lo era.
—No quería que volviera y sintiera que tenía una deuda conmigo.
—¿Y si la hubiera sentido? ¿Y si hubiera querido pagarte? ¿Y si hubiera decidido no hacerlo? Cualquiera de esas opciones era suya.
Asentí despacio.
—Eso mismo me ha dicho ella.
—Normal.
Inés volvió a mirar los papeles.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Dárselo todo.
—¿Y después?
—Lo que ella quiera.
Mi hermana levantó la vista.
—Eso no responde exactamente a lo que te he preguntado.
—Sí responde. No voy a ir a Madrid detrás de ella, ni a explicarle veinte veces más por qué hice lo que hice, ni a convencerla de que no venda La Estrella.
»Voy a darle el préstamo, las cuentas, lo que pagué por Madeleine, los gastos que he asumido por mi cuenta desde que volvió, la subvención, la concesión y la oferta de compra. Si después de leerlo todo sigue queriendo vender, firmaré.
Inés cerró el archivador que tenía delante.
—Pero tú no quieres vender La Estrella.
—No.
—Entonces no entiendo por qué vas a firmar.
—Porque tampoco pienso utilizar mi mitad para mantener a Léa atada a un sitio del que quiera marcharse. Si después de conocer toda la situación sigue convencida de que vender es lo que quiere, aceptaré su decisión.
—La Estrella también es tuya. Tú tienes derecho a decidir.
—Y decidiré. Mi decisión será no volver a utilizar lo que yo quiero para decidir por ella.
Mi hermana guardó silencio durante unos segundos y la dureza de su expresión empezó a suavizarse.
—Yo era pequeña, pero recuerdo aquellos meses —dijo—. Recuerdo que te levantabas antes de las seis para abrir el taller y que después acompañabas a papá al hospital cuando mamá no podía.
»También recuerdo que ella lloraba cuando pensaba que no la veía y que tú ibas por casa haciendo como si pudieras con todo.
No supe qué podía aportar a un recuerdo que los dos conocíamos demasiado bien, así que dejé que continuara.
—Lo que hiciste por nosotros fue una barbaridad, Hugo. Tenías diecinueve años y de repente estabas manteniendo una casa, un negocio y a tres personas.
—Eso no convierte en correcto lo que hice con Léa.
—No he dicho que lo haga. Solo digo que espero que algún día pueda entender por qué tomaste aquella decisión.
—Puede entenderlo perfectamente y no perdonarme.
Inés asintió.
—También.