Capítulo 21 #2
—Habías conseguido entrar exactamente donde querías. Era la mejor opción para estudiar lo que llevabas años queriendo hacer y tenías posibilidades de acceder a unas prácticas que desde Puerto de Bruma jamás habrías tenido.
»Si te contaba lo de mi padre, sabía que ibas a decirme que podías aplazarlo un año, que Madrid podía esperar o que encontrarías otra manera.
—Tal vez.
—Y yo no sabía si aquello iba a durar seis meses, dos años o cinco. Tenía a mi padre enfermo, a mi madre y a Inés dependiendo del taller, y tú estabas a punto de empezar la vida que habías querido desde que eras una cría.
—Mi vida —dije despacio—. Acabas de decirlo tú mismo.
Hugo bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No, no parece que lo sepas. Porque decidiste que yo no podía quedarme, que no podía aplazar nada y que tampoco podía decidir si quería acompañarte mientras pasabas por todo aquello.
—Tenía diecinueve años y estaba aterrado. Pensaba que si te quedabas por mí y las cosas acababan saliendo mal entre nosotros, algún día podrías mirarme y decirme que habías renunciado a tu futuro por mi culpa. No quería vivir con eso y, sobre todo, no quería que tú tuvieras que vivirlo.
—Así que encontraste una solución estupenda.
Hugo no respondió.
Yo sí recordaba perfectamente cuál había sido aquella solución.
—Me dijiste que no me querías.
Su rostro se tensó.
—Sí.
—Me dijiste que había confundido nuestra amistad con algo que para ti nunca había significado lo mismo, que aquel verano había sido divertido, pero que yo me había tomado demasiado en serio algo que tú no veías de esa manera.
—Sí.
Sentí los ojos arder y tuve que respirar antes de seguir.
—¿Todo era mentira?
—Sí.
La respuesta dolió de una forma que no esperaba. Durante quince años había imaginado cientos de veces que Hugo podía haber mentido en aquella conversación, pero escucharle confirmarlo no reparaba absolutamente nada.
—¿Por qué necesitabas hacerme tanto daño?
—Porque si te decía simplemente que tenía que quedarme, habrías buscado una forma de quedarte tú también. Necesitaba que te marcharas sin pensar que había algo aquí esperándote.
Se me escapó una risa que no tenía ninguna gracia.
—Y como eras la persona que mejor me conocía, sabías exactamente qué decir para conseguirlo.
Hugo no intentó defenderse.
—Sí.
Las lágrimas terminaron apareciendo y me las limpié con rabia.
—Durante quince años pensé que había sido una imbécil por creer que me querías. Pensé que había confundido años de amistad, todo lo que pasó aquel verano y hasta la forma en que me mirabas porque yo estaba demasiado enamorada para darme cuenta de que para ti no significaba lo mismo.
—Nunca fuiste una imbécil.
—Pero me dejaste creer que sí.
Hugo cerró la boca.
—Me dejaste marcharme pensando que la persona en la que confiaba había estado conmigo sin quererme de verdad y permitiste que viviera quince años con esa versión sabiendo que era mentira.
—No supe cómo arreglarlo después.
—Podías haber empezado por contarme la verdad.
—Lo sé.
—¿Cuándo? ¿Hace quince años? ¿Hace diez? ¿Cuándo volví para el funeral? ¿Cuándo empezamos a trabajar juntos? ¿Después de besarme? ¿Antes de acostarte conmigo?
Cada pregunta pareció golpearlo, pero no apartó la mirada.
—En cualquiera de esos momentos.
—Y tampoco lo hiciste el otro día cuando te dije delante de aquella fotografía que había pensado que había sido idiota por creer que me querías.
—Estuve a punto.
—Eso no sirve de nada.
—Ya lo sé.
Negué con la cabeza porque, de repente, todo empezaba a encajar de una manera que me daba ganas de romper algo.
—¿Por qué no me lo dijiste entonces?
—Porque acabábamos de volver a acercarnos y pensé que contártelo justo después de lo que había pasado entre nosotros podía parecer una forma de aliviar mi conciencia. Quise esperar a encontrar un momento mejor.
Me quedé mirándolo.
—Pensaste que no era el momento.
Hugo no respondió, pero tampoco hacía falta.
—Exactamente igual que con el préstamo. Tú decides cuándo tengo suficiente información, cuándo estoy preparada para escuchar algo y qué consecuencias voy a sacar después.
»Ayer estabas sentado conmigo diciéndome que mi trabajo en Madrid no tenía por qué obligarme a renunciar a La Estrella y que cualquier decisión tenía que ser mía, mientras seguías escondiéndome dos cosas que podían cambiar por completo la forma en que veía todo esto.
—Tienes razón.
—Deja de decirme que tengo razón como si eso solucionara algo.
—No lo soluciona.
Su calma consiguió enfadarme todavía más.
—Entonces dime qué diferencia hay entre el chico de diecinueve años que decidió que yo no podía quedarme en Puerto de Bruma y el hombre que ha decidido que yo no necesitaba saber cuánto dinero estaba poniendo en La Estrella.
Hugo tardó tanto en responder que terminé entendiendo antes que él que, en realidad, no había suficiente diferencia.
—No has aprendido nada —dije.
—Sí he aprendido, Léa, pero sigo equivocándome.
—No es una equivocación puntual. Es la misma. Hace quince años decidiste que sabías qué era mejor para mí y ahora has vuelto a hacerlo.
—Lo sé.
—¿Me querías?
La pregunta salió mucho más baja que todo lo anterior y Hugo no necesitó tiempo para contestar.
—Sí.
—¿Mucho?
Su expresión cambió.
—Más de lo que sabía manejar con diecinueve años.
Cerré los ojos durante un momento. Había deseado escuchar aquella respuesta demasiadas veces y ahora me dolía casi más que todas las mentiras.
—¿Nunca se te ocurrió que mi vida era mía?
Hugo sostuvo mi mirada.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Demasiado tarde.
De repente pensé en otra persona que había estado allí durante todo aquello.
—¿Mi abuela lo sabía?
Hugo no intentó fingir que no entendía la pregunta.
—Sabía lo de mi padre y sabía por qué estaba intentando que te marcharas.
Sentí que algo volvía a tensarse dentro de mí.
—¿Madeleine sabía que me estabas mintiendo?
—Sí.
—¿Y no hizo nada?
—Hizo bastante. Me dijo que era un imbécil, que no tenía ningún derecho a decidir por ti y que debía contarte la verdad antes de que te fueras.
—Pero no lo hiciste.
—No.
Me aparté un poco, intentando encajar también aquello.
—¿Y ella nunca me dijo nada en quince años?
—Intentó hablar contigo cuando ya estabas en Madrid.
Lo miré.
—¿Cuándo?
—Pocos días después de que te fueras. Me contó que había intentado sacar el tema y que tú le habías dicho que no querías saber nada de mí ni escuchar ninguna explicación.
Tardé unos segundos en encontrar aquel recuerdo, pero terminó apareciendo.
Mi abuela llamándome durante los primeros días en Madrid, intentando decirme que quizá había cosas que no sabía y yo cortándola antes de que pudiera continuar.
En aquel momento estaba tan convencida de que cualquier explicación solo serviría para hacerme todavía más daño que le dejé claro que no quería volver a hablar de Hugo.
—Joder…
—Después dejó de insistirte a ti, pero no conmigo. Durante años intentó convencerme de que buscara alguna forma de ponerme en contacto contigo y te contara la verdad.
—Y nunca lo hiciste.
—No.
—Ni una llamada, ni una carta, ni un mensaje.
Hugo sostuvo mi mirada.
—Nada.
—Y mi abuela murió sabiendo que seguías sin haberme contado la verdad.
—Sí.
Algo dentro de mí terminó de ceder.
No podía seguir allí intentando decidir si quería gritarle, abrazar al chico de diecinueve años que había cargado con una familia entera o darle una bofetada al hombre que tenía delante por haberme robado el derecho a estar a su lado entonces y por volver a decidir ahora qué podía soportar.
Empecé a recoger los papeles que necesitaba para la subvención y los metí en una carpeta sin demasiado cuidado.
—Me voy a Madrid.
Hugo palideció, aunque no hizo ningún movimiento para acercarse.
—¿Cuándo?
—En cuanto pueda organizarlo.
—¿Quieres que hablemos cuando estés más tranquila?
—No sé lo que quiero de ti ahora mismo.
Y era verdad. Lo único que tenía claro era que necesitaba salir de Puerto de Bruma antes de que toda aquella mezcla de rabia, pena y comprensión empezara a confundirme todavía más.
Miré alrededor de la cabina y pensé en la oferta que unas horas antes me había parecido demasiado buena para rechazar y en todas las razones que había empezado a encontrar para conservar La Estrella.
Ya no veía ninguna.
—Quiero vender.
La reacción de Hugo fue mínima, pero la vi.
—Estás muy enfadada.
—Claro que estoy enfadada.
—Por eso no quiero que tomes una decisión definitiva ahora.
Solté una risa amarga.
—Tiene bastante gracia que seas tú quien me diga cuándo debo decidir.
—No estoy diciéndote qué tienes que hacer. Solo que la oferta seguirá ahí mañana.
—Mi decisión es vender mi parte.
Hugo guardó silencio durante unos segundos.
Sabía perfectamente que él no quería vender; me lo había dicho desde el principio y lo había repetido el día anterior sin dudar.
Por eso esperaba una discusión, un intento de convencerme o cualquier argumento relacionado con mi abuela, nuestras familias o la historia del cine.
No llegó ninguno.
—Para vender La Estrella tenemos que firmar los dos —dijo finalmente—. Si cuando llegue el momento sigues queriendo hacerlo, firmaré.
Aquella respuesta me descolocó.
—¿Así de fácil?
—No hay absolutamente nada fácil en esto.
—Entonces, ¿por qué lo harías?
Hugo respiró hondo antes de contestar.
—Porque es tu decisión y esta vez no voy a quitártela.
Tuve que apartar la mirada.
No quería escuchar precisamente en ese momento la primera cosa que demostraba que quizá sí había entendido algo. Tampoco quería empezar a buscar matices capaces de suavizar una rabia que todavía necesitaba sentir.
Cogí la carpeta y el bolso.
—No me sigas, Hugo.
—No voy a hacerlo.
Asentí y salí de la cabina sin mirar atrás.
Quince años antes había abandonado Puerto de Bruma convencida de que Hugo Durán nunca me había querido.
Ahora sabía que había estado dispuesto a destrozarnos porque me quería tanto que creyó tener derecho a decidir mi futuro por mí y, lejos de aliviar el dolor de entonces, aquella verdad acababa de cambiar el significado de cada recuerdo que había cargado durante media vida.
Quizá por eso dolía todavía más.