Capítulo 21
Léa
El viernes por la mañana llevaba más de una hora revisando facturas antiguas cuando empecé a sospechar que algo no cuadraba.
La persona encargada de la siguiente fase de la subvención nos había enviado una lista bastante concreta de la documentación que necesitaban para justificar las inversiones realizadas en La Estrella durante los últimos años.
Hugo había aparecido temprano con dos archivadores que guardaba en el taller y me había dicho que allí encontraría copias de buena parte de las reparaciones importantes.
Después se marchó porque tenía una entrega pendiente y yo me quedé en la cabina intentando convertir años de facturas, transferencias y anotaciones de mi abuela en algo que pudiera entender alguien que no hubiera vivido dentro de aquel desastre.
Al principio no encontré nada extraño. Había recibos de electricidad, mantenimiento, revisiones de los proyectores y arreglos mucho más caros que coincidían con los últimos años de actividad del cine.
Algunas facturas estaban a nombre de La Estrella, otras incluían los datos de los propietarios y unas cuantas conservaban comentarios de mi abuela escritos en los márgenes.
El problema apareció cuando empecé a revisar los justificantes de pago y descubrí que demasiados salían del mismo sitio.
Taller Durán
Volví a las primeras facturas por si había entendido algo mal, pero cuanto más avanzaba, menos sentido tenía.
Encontré transferencias correspondientes a reparaciones de la cubierta, una intervención importante en la instalación eléctrica, trabajos en la cabina de proyección y varios arreglos estructurales que, sumados, dejaban de parecer una ayuda ocasional de Hugo.
Abrí el segundo archivador y encontré una hoja de cálculo impresa varios años atrás.
Reconocí la letra de mi abuela en algunas correcciones, aunque el documento debía proceder de una gestoría porque cada gasto aparecía perfectamente clasificado y, en la última columna, figuraba quién había efectuado el pago.
Hugo aparecía demasiadas veces y no solo en la mitad que le correspondía, así que seguí revisando hojas hasta que encontré una anotación junto a una reparación especialmente cara.
Pendiente parte M. Laurent. Asumida temporalmente por H. Durán
Había otra similar unas páginas después y una tercera más adelante. Para entonces ya no estaba intentando entender si había un error, sino cuánto tiempo llevaba ocurriendo aquello sin que nadie me hubiera contado nada.
En uno de los bolsillos interiores del archivador encontré varios documentos doblados relacionados con aportaciones extraordinarias y pagos atrasados. El último hacía referencia a financiación externa solicitada por Hugo para cubrir una parte de los gastos.
Un préstamo a su nombre.
Me quedé mirando el papel durante un momento antes de coger el móvil.
Estuve a punto de llamarlo inmediatamente, pero algo me hizo seguir revisando primero.
No había ninguna deuda legal que hubiera heredado yo ni aparecía La Estrella como deudora de aquel préstamo; Hugo había utilizado el taller y sus propios recursos para mantener a flote La Estrella cuando ya no podía sostenerse por sí misma.
Eso debería haberme tranquilizado, pero consiguió justo lo contrario: el enfado empezó a asentarse de verdad mientras cogía el móvil y llamaba a Hugo. Respondió al segundo tono.
—¿Qué pasa?
—¿Dónde estás?
Debió notar algo en mi voz porque tardó un instante más de lo normal en responder.
—En el taller.
—Ven a La Estrella cuando puedas.
—Léa…
—Hugo, ven.
Colgué y seguí ordenando documentos para hacer algo con las manos mientras lo esperaba. Cuando entró unos minutos después y apareció en la puerta de la cabina, bastó con que mirara los archivadores abiertos para que su expresión cambiara.
—Lo has encontrado.
Levanté la vista lentamente.
—¿Eso es lo primero que se te ocurre decir?
Hugo cerró la puerta y quedó frente a mí sin acercarse demasiado.
—Déjame explicártelo.
—Me parece una idea estupenda, porque llevo más de una hora intentando entender por qué Taller Durán ha pagado reparaciones completas de La Estrella y por qué tienes un préstamo relacionado con este sitio.
—El préstamo es mío, Léa. No hay ninguna deuda que pueda afectarte a ti.
Aquella respuesta consiguió que me levantara.
—Si crees que me preocupa que venga un banco a reclamarme dinero, empezamos bastante mal.
Hugo soltó el aire y miró los papeles antes de volver a centrarse en mí.
—La Estrella llevaba años perdiendo dinero. Al principio, Madeleine y yo cubríamos cada uno nuestra parte cuando aparecía alguna reparación, pero los gastos fueron aumentando justo cuando ella empezó a estar demasiado cansada para seguir ocupándose del cine como antes.
»Llegó un momento en que los ingresos no daban para mantener el edificio y había arreglos que no podían seguir esperando.
—¿Y decidiste pagar también su parte?
—Sí. Primero pude hacerlo desde el taller y después necesité pedir financiación.
—¿Ella lo sabía?
—Sabía que estaba adelantando dinero, claro.
—¿Y sabía cuánto?
La pausa fue pequeña, pero suficiente.
—No todo.
Me quedé mirándolo.
—Fantástico. Así que tampoco ella tenía toda la información.
—Madeleine ya tenía bastante encima.
—Eso no responde a lo que te he preguntado.
—No quería preocuparla más de lo necesario.
Me apoyé en la mesa y lo observé durante unos segundos, porque acababa de decirlo con una normalidad que empezó a resultarme demasiado familiar.
—¿Cuánto dinero asumiste por ella?
—No importa.
—A mí sí.
Hugo apretó la mandíbula.
—Una cantidad considerable.
—¿Y desde que he vuelto también has seguido pagando gastos que deberían haberse repartido entre los dos?
Esta vez no intentó esquivar la respuesta.
—Sí.
El enfado me subió de golpe.
—Llevo semanas aquí. Soy propietaria de la mitad de La Estrella, estoy decidiendo si vender, si seguir, si comprometernos con una subvención durante años y tú has considerado que esta información no era importante.
—No he dicho que no fuera importante.
—No hacía falta. Has decidido no contármela.
—Porque el préstamo está a mi nombre y fui yo quien asumió ese dinero. No quería que llegaras y sintieras que de repente tenías una deuda conmigo o con el cine.
Lo miré sin poder creerlo.
—No vuelvas a decirme que intentabas protegerme.
—No he utilizado esa palabra.
—No hace falta, Hugo. Has dicho exactamente lo mismo de otra manera.
—Léa…
—No. El problema no es el dinero. El problema es que has decidido por mí qué debía saber y qué iba a hacer cuando lo supiera. Has supuesto que me sentiría obligada a pagarte, que cargaría con algo que tú consideras tuyo y que, por tanto, era mejor mantenerme al margen.
—Solo intentaba evitar que…
—¡Eso! —lo interrumpí—. Siempre intentas evitarme algo antes de preguntarme si quiero evitarlo.
Hugo se quedó callado y vi cómo desaparecía de su cara cualquier intento de defenderse.
La reacción me hizo pensar en la tarde en que encontramos la caja metálica.
Recordé aquella fotografía frente al mar, mi propia voz diciendo que durante años había pensado que había sido idiota por creer que él me quería tanto como yo a él y la forma en que Hugo había estado a punto de decir algo antes de cambiar de tema.
Sentí que el enfado empezaba a mezclarse con otra cosa.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No hagas eso conmigo.
Hugo bajó la mirada un instante.
—Léa…
—El otro día pusiste la misma cara cuando encontramos aquella foto. ¿Qué no me has contado?
No respondió enseguida y aquella demora consiguió que se me encogiera el estómago.
—Hugo, dime qué no me has contado.
Se pasó una mano por la nuca y durante un momento pareció mucho más cansado que unos minutos antes.
—Lo que ocurrió hace quince años.
La frase me dejó quieta.
—¿Qué pasa con aquello?
Hugo levantó la vista y, por primera vez desde que había llegado, dejó de buscar palabras que pudieran suavizar lo que fuera a decir.
—Te mentí.
—Ya sé que me dijiste cosas crueles.
—No me refiero a eso. Te mentí sobre nosotros, sobre lo que sentía y sobre el motivo por el que no podía irme contigo.
Noté que algo se tensaba dentro de mí.
—¿Qué motivo?
Hugo tardó unos segundos en responder.
—Dos días antes de que nos marcháramos a Madrid, mi padre recibió el diagnóstico definitivo. Tenía cáncer y estaba muy avanzado. Los médicos nos dejaron claro que no iba a poder seguir trabajando y que el tratamiento empezaría prácticamente de inmediato.
Tuve la sensación absurda de que no había entendido bien.
—¿Tu padre estaba enfermo cuando rompiste conmigo?
—Sí.
—¿Y no me dijiste nada?
—No.
Me aparté de la mesa y traté de ordenar lo que estaba escuchando.
Conocía el final de aquella historia. Sabía que su padre había muerto años después y que Hugo había terminado haciéndose cargo del taller, pero jamás había relacionado una cosa con nuestra ruptura porque, sencillamente, no sabía que el diagnóstico hubiera llegado entonces.
—Explícamelo desde el principio.
Hugo asintió.
—Mi idea era marcharme contigo. Habíamos hablado de buscar algo pequeño en Madrid, de que yo trabajaría donde pudiera hasta encontrar algo estable y de que tú empezarías la universidad.
»Dos días antes de irnos, mi padre recibió los resultados y todo cambió. Él no podía seguir al frente del taller, mi madre no tenía ingresos suficientes y todavía estaba Inés, que dependía de ellos.
»El negocio era lo único que podía mantener a los tres y yo sabía hacerlo funcionar.
—Así que decidiste quedarte.
—Sí.
—¿Y por qué coño no me lo dijiste?
Hugo cerró los ojos un momento.
—Porque sabía que tú también te quedarías.
La respuesta consiguió que me faltara el aire durante un segundo.
—No. No lo sabías.
—Te conocía.
—Eso no te permitía saber qué habría hecho.
—Léa, habrías renunciado a Madrid.
—¿Y si lo hubiera hecho?
Hugo me sostuvo la mirada.
—No podía permitirlo.
La frase terminó de encenderme.
—¿No podías permitirlo?