Capítulo 20
Léa
El jueves por la mañana llegué a La Estrella con un café en una mano, el portátil bajo el brazo y la intención de aprovechar un par de horas de tranquilidad antes de que empezara a aparecer gente.
La idea duró exactamente siete minutos, que fue lo que tardó Javi en entrar por la puerta lateral cargando una caja de folletos nuevos y con una sonrisa demasiado satisfecha para alguien que llevaba dos noches seguidas utilizando mi casa prácticamente como vestuario.
—Buenos días.
Levanté la vista del ordenador.
—¿Tú sigues viviendo conmigo?
—Técnicamente.
—Porque empiezo a tener dudas.
Dejó la caja sobre la barra y se acercó directamente a mi café. Intenté apartarlo, pero llegó antes y dio un trago con toda la tranquilidad del mundo.
—No dramatices. Ayer dormí en casa.
—Llegaste a las dos.
—Pero llegué, que es lo importante.
—Qué detalle por tu parte.
Me devolvió el vaso antes de que decidiera quitárselo por la fuerza y empezó a sacar los folletos de la caja.
—Inés dice que eres muy posesiva.
—Inés me conoce desde que éramos unas crías. Sabe perfectamente que tengo razón.
—Pues dice exactamente lo contrario.
—Porque ahora te tiene entretenido y no es ella la que encuentra tus camisetas repartidas por toda su casa.
—Creo que estás celosa.
—De Inés, jamás. De los metros de armario que me estás ocupando, bastante.
Javi soltó una carcajada y se fue hacia la entrada, dejándome por fin volver al correo que llevaba varios minutos abierto en la pantalla.
El asunto incluía el nombre del programa cultural al que mi abuela había presentado la solicitud meses atrás y, después de leer el mensaje por segunda vez, todavía no sabía si alegrarme o empezar a preocuparme por todo el trabajo que se nos venía encima.
No nos habían concedido todavía la subvención, pero habíamos superado la primera valoración y el proyecto pasaba a la siguiente fase.
La documentación presentada por mi abuela estaba aceptada y ahora necesitábamos algunos justificantes económicos, una previsión de actividades para los meses siguientes y determinada información sobre las inversiones realizadas en las instalaciones durante los últimos años.
Aquello significaba más papeleo del que me apetecía imaginar, pero también que La próxima temporada había dejado de ser una carpeta verde llena de planes de mi abuela para convertirse en una posibilidad bastante real.
—Esa cara puede significar que nos han dado una subvención o que Hacienda viene a detenernos —comentó Javi al regresar.
Giré el portátil para que pudiera leerlo.
—Ninguna de las dos cosas, de momento.
Javi recorrió el correo por encima y señaló una de las líneas.
—Esto es bueno.
—Esto es trabajo.
—También, pero sigue siendo bueno.
—Quieren una previsión de actividad después del verano.
Esta vez dejó de bromear y leyó ese apartado con más atención.
—Entonces Madeleine no estaba pensando solo en salvar La Estrella este año.
—Parece que no.
Hasta aquel momento, septiembre había funcionado en mi cabeza como una especie de frontera.
Teníamos que completar las veinte sesiones, conservar la concesión y demostrar que La Estrella seguía teniendo actividad cultural; lo que ocurriera después podía esperar.
Sin embargo, aquella solicitud hablaba de meses de programación, colaboraciones, exposiciones y continuidad, como si mi abuela hubiera dado por hecho que el cine seguiría abierto mucho después de que terminara el verano.
—Tu abuela tenía esto bastante pensado —dijo Javi.
—Mucho más que yo.
—Eso tampoco era especialmente complicado.
Cogí un bolígrafo para lanzárselo, pero se apartó antes y regresó a sus folletos riéndose.
Hugo apareció media hora después con uno de los paneles restaurados apoyado contra el hombro y consiguió que durante unos segundos me olvidara por completo del correo.
Había mantenido las marcas más profundas de la madera, pero había recuperado el tono original, reparado las molduras y reforzado toda la parte trasera.
Ya no parecía una pieza abandonada durante años en un cuarto de casa de mi abuela, aunque tampoco había quedado tan perfecto que hubiera perdido su historia.
—Joder. —Se me escapó cuando lo dejó apoyado contra la pared.
Hugo sonrió.
—Voy a interpretar eso como una valoración profesional.
Me acerqué y pasé los dedos por una de las molduras.
—Está increíble. Pensaba que tendrías que quitar muchas más marcas.
—Podía hacerlo, pero habría parecido nuevo y creo que habría perdido parte de la gracia.
—Así me gusta mucho más.
—Ya lo sabía.
Levanté la vista hacia él.
—No te vengas arriba.
Javi apareció detrás de nosotros y contempló el panel durante un instante antes de cruzarse de brazos.
—Muy bonito. Quiero recordar que esta mañana yo he cargado una caja entera de folletos y nadie me ha dicho que mi trabajo sea increíble.
—Tus folletos venían dentro de la caja —contestó Hugo.
—El reconocimiento laboral en este pueblo deja muchísimo que desear.
Se marchó murmurando que buscaría un entorno profesional donde supieran valorarlo y Hugo esperó a que estuviera suficientemente lejos antes de mirarme.
—¿Cuánto crees que tardará en mudarse definitivamente con mi hermana?
—Depende de cuánto tardes tú en asumir que prácticamente ya lo ha hecho.
Se rio y me besó antes de que pudiera añadir nada.
Todavía me sorprendía lo fácil que se había vuelto aquel gesto, no porque besar a Hugo hubiera dejado de afectarme, sino porque ya no necesitábamos una tormenta, una cabina a oscuras o quince años de tensión acumulada para hacerlo.
A veces estábamos hablando de Javi, de un panel o de cualquier tontería y simplemente ocurría.
Y yo seguía sin tener ninguna intención de que dejara de ocurrir.
—Tengo algo que enseñarte —dije cuando se separó.
Le acerqué el portátil y Hugo leyó el correo con bastante más atención que Javi.
Llegó hasta el apartado donde pedían información económica de los últimos años y durante un instante se quedó demasiado quieto.
El cambio fue mínimo, apenas una tensión en la mandíbula que desapareció enseguida, pero llevaba demasiados años conociéndolo como para no notarlo.
—Quieren bastante documentación —comentó mientras me devolvía el ordenador.
—Supongo que entre los papeles de mi abuela y los tuyos podremos reconstruirlo todo.
—Sí, habrá que buscar algunas cosas.
—También quieren programación para después del verano.
Hugo asintió.
—Eso ya es otra historia.
—Y tendremos que decidir qué ponemos.
—Tú tendrás que decidir qué quieres hacer.
Lo miré con extrañeza.
—La Estrella es de los dos.
—Lo sé.
—Entonces también puedes opinar.
Hugo apoyó una mano en la barra y se tomó un momento antes de responder.
—Puedo opinar todo lo que quieras si me preguntas, pero no voy a decirte qué debes hacer con tu parte ni con el proyecto de Madeleine.
No pude evitar sonreír.
—Has aprendido rápido.
—Me interesa conservar todos los órganos en su sitio.
—Motivación perfectamente válida.
Lo cierto era que escucharle decir aquello me gustó más de lo que pensaba reconocer. Hacía apenas unos días le había advertido que no volviera a decidir por mí ni siquiera qué pizza pedir y, por lo visto, había entendido el mensaje.
A primera hora de la tarde recibí otra llamada que complicó bastante más las cosas.
Era el representante de la empresa que había hecho la primera oferta por La Estrella y esperaba que quisiera saber si habíamos tomado alguna decisión, pero tardé poco en descubrir que llamaba para plantearnos una nueva propuesta.
La cifra consiguió que me sentara.
Era bastante superior a la anterior y la explicación tenía sentido: la reapertura había cambiado el valor del proyecto.
La actividad cultural, la respuesta del público y la posibilidad cada vez más real de conservar la concesión municipal hacían que La Estrella resultara mucho más atractiva para el desarrollo turístico que pretendían llevar a cabo en la zona.
No acepté nada. Le pedí que me enviara la nueva oferta por escrito y colgué con la sensación incómoda de que, unas semanas atrás, aquella cantidad me habría solucionado la decisión en menos de cinco minutos.
Hugo estaba terminando de colocar el panel cuando salí de la cabina.
—Han aumentado la oferta.
Se volvió hacia mí y esperó a que le dijera la cantidad antes de soltar un silbido bajo.
—Eso ya es dinero de verdad.
—La anterior tampoco eran cromos.
—Sabes lo que quiero decir.
Sí, lo sabía.
Me quedé observando el panel recién colocado, las fotografías que queríamos utilizar en la siguiente exposición y el movimiento que había empezado a tener La Estrella incluso durante las horas en que no había sesión.
Resultaba bastante absurdo que cuanto más conseguíamos devolverle la vida, más valor adquiriera para alguien cuyo proyecto pasaba precisamente por transformarla en otra cosa.
—¿Tú venderías? —pregunté.
Hugo no respondió inmediatamente.
—¿Me preguntas qué haría yo o qué creo que deberías hacer tú?
—Lo primero.
—Yo no vendería.
Eso sí lo contestó sin dudar.
—¿Y lo segundo?
—No me corresponde decidirlo.
—Puedes decirme lo que piensas sin ordenarme qué hacer, Hugo.
—Ya lo sé.
Se apoyó junto al panel antes de continuar.
—Creo que hace un mes habrías aceptado esta oferta prácticamente sin pensarlo y que ahora no lo tienes tan claro. Antes de decidir, yo intentaría averiguar por qué ha cambiado eso.
No utilizó a mi abuela ni me recordó que nuestros abuelos habían levantado aquel lugar juntos. Tampoco habló de nosotros o de todo lo que había ocurrido allí durante los últimos días, aunque sabía perfectamente que cualquiera de esas cosas habría podido influirme.
Simplemente me dio su opinión y dejó el resto donde correspondía: en mis manos.
—Qué sensato estás últimamente —murmuré.
—Me estoy volviendo insoportable.
—Más.
—También.
Se apartó para seguir trabajando y yo volví a mirar alrededor. Quizá precisamente porque Hugo no estaba intentando convencerme de nada, tuve que reconocer algo que llevaba varios días evitando: ya no quería vender La Estrella con la misma seguridad con la que había llegado a Puerto de Bruma.
Y eso complicaba bastante las cosas.
La tercera sorpresa del día llegó pasadas las siete, cuando estaba sentada en una de las últimas filas revisando reservas para el fin de semana.
El nombre que apareció en la pantalla del móvil pertenecía a una productora con la que había trabajado varias veces en Madrid y contesté convencida de que sería alguna consulta sobre un proyecto anterior.
Veinte minutos después tenía delante una propuesta para incorporarme en septiembre a una serie que llevaba meses preparándose y cuyo equipo de localizaciones necesitaba refuerzos para la siguiente fase.
Era un proyecto grande, de los que me gustaban de verdad, con varias localizaciones complejas y suficiente duración como para mantenerme ocupada hasta bien entrado noviembre, y me apetecía mucho aceptarlo.
—¿Todo bien?
Levanté la cabeza y vi a Hugo unas filas más adelante, recogiendo las herramientas que había dejado junto al pasillo.
—Sí. Me han ofrecido trabajo.
Dejó lo que llevaba en las manos.
—¿Aquí?
—En Madrid. Una serie bastante grande y empieza en septiembre.
Esperé alguna reacción que no llegó. Hugo se limitó a acercarse y se sentó a mi lado.
—¿Te apetece?
La pregunta me pilló desprevenida.
—Sí. Mucho, de hecho.
—Entonces parece una buena noticia.
—¿Ya está?
Frunció el ceño.
—¿Qué más quieres que diga?
No lo sabía, pero probablemente había esperado algún comentario sobre La Estrella, septiembre o la cantidad de tiempo que volveríamos a pasar separados. En lugar de eso, Hugo parecía sinceramente contento por mí.
—La subvención pide continuidad después del verano —le recordé—. Si sigue adelante, alguien tendrá que encargarse de todo esto.
—Habrá que organizarlo.
—¿Así de fácil?
—No he dicho que sea fácil, Léa.
Se giró un poco hacia mí.
—Pero La Estrella no puede convertirse en otra cosa que te impida hacer tu vida. Si quieres aceptar esa serie, habrá que buscar la manera de que puedas hacerlo.
—Madrid está a unas cuantas horas.
—Inventaron los trenes hace tiempo.
—Muy gracioso.
—También los teléfonos. Una locura tecnológica.
Le di un golpe con el hombro y Hugo sonrió.
—Podemos buscar a alguien que se ocupe de determinadas cosas, repartir la programación, organizar actividades por temporadas o hacer lo que tenga sentido cuando sepamos exactamente qué exige la subvención.
»No tengo ni idea todavía, pero no veo por qué una cosa tendría que eliminar automáticamente la otra.
Me quedé mirándolo porque aquella frase tocaba demasiado cerca de algo que ninguno había mencionado todavía. Quince años atrás, mi futuro y Puerto de Bruma habían parecido caminos incompatibles, aunque entonces yo ni siquiera había tenido la oportunidad de comprobar si realmente lo eran.
—Además —continuó Hugo—, todavía no sabes qué quieres hacer con La Estrella.
—Eso es parte del problema.
—No del todo.
—Ilumíname.
—Quieres hacer esa serie.
—Sí.
—Y ya no quieres vender el cine tanto como hace un mes.
Suspiré.
—También.
—Entonces sabes bastante más de lo que crees. Solo falta averiguar cómo encaja.
Apoyé la cabeza en su hombro y durante un rato nos quedamos mirando la pantalla vacía.
Hugo no me pidió que me quedara en Puerto de Bruma, pero tampoco dio por hecho que aceptar un trabajo en Madrid significara marcharme y cerrar aquella parte de mi vida.
Por primera vez, nadie estaba poniendo delante de mí dos caminos, obligándome a escoger uno.
Un rato después volví a abrir el correo de la productora y repasé las fechas.
Septiembre, octubre y buena parte de noviembre.
Después levanté la vista hacia La Estrella, con el panel restaurado en la entrada, las fotografías preparadas para la siguiente exposición y Hugo agachado junto a una de las filas guardando sus herramientas.
Durante años había mantenido Madrid y Puerto de Bruma en compartimentos completamente separados. Ahora empezaba a descubrir que quizá no tenía por qué seguir haciéndolo.
Sabía que quería aceptar aquel trabajo; cada vez tenía menos claro que quisiera vender La Estrella y tampoco me apetecía demasiado imaginar qué ocurriría con Hugo cuando terminara el verano.
Por primera vez, no estaba perdida porque no supiera qué quería; lo complicado era que empezaba a quererlo todo.