El último verano que te odié Capítulo 19
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Capítulo 19

Hugo

Me desperté antes que Léa y durante un momento no recordé dónde estaba. La habitación seguía en penumbra, con apenas un poco de claridad colándose entre las cortinas, y necesité girar la cabeza para entender por qué aquella cama no era la mía.

Léa dormía a mi lado, de espaldas a mí, con una parte de la sábana enredada entre las piernas y el pelo desparramado sobre la almohada.

Entonces regresó todo de golpe: la pizza , las cervezas, el sofá, cómo me había tendido la mano antes de subir las escaleras y el resto de una noche que consiguió que sonriera antes incluso de estar completamente despierto.

No tenía ni idea de qué hora era y tampoco demasiadas ganas de averiguarlo.

Me acomodé sobre la almohada y me quedé mirándola, consciente de que aquello podía convertirse en una costumbre peligrosamente fácil de adquirir.

Había imaginado muchas veces cómo sería volver a tenerla cerca, aunque ninguna de aquellas fantasías se parecía demasiado a despertarme en casa de Madeleine con Léa ocupando más de la mitad del colchón y habiéndome robado casi toda la sábana.

Se movió unos minutos después, terminó girándose hacia mí y abrió un ojo.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Eso sigue entrando dentro de la categoría de no hacer nada.

Abrió el otro ojo y frunció el ceño.

—Da bastante mal rollo despertarse y encontrarte ahí observando.

—Anoche no parecía molestarte tanto que te mirara.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de estar encantado contigo mismo.

No pude evitar sonreír.

—Es difícil no estarlo después de una buena noche.

Léa agarró la almohada y me golpeó con ella.

—¡Capullo!

—Desde que nací. Y con los años lo he perfeccionado.

—Eso explica muchas cosas.

—Me alegra poder resolverte alguna duda.

Intentó golpearme, pero le sujeté la muñeca y tiré de ella hasta acercarla. Protestó lo justo para mantener las apariencias antes de dejarme besarla.

Fue un beso mucho más tranquilo que cualquiera de los de la noche anterior.

No había prisa, ni esa urgencia de los últimos días por descubrir hasta dónde íbamos a permitirnos llegar.

Tampoco parecía necesario convertirlo en otra cosa.

Cuando nos separamos, Léa permaneció tumbada junto a mí, tan cerca que podía notar su respiración.

—No pienso preguntarte qué significa esto —dijo.

—Bien.

—Pero tampoco voy a fingir que no ha pasado.

—También bien.

Entrecerró los ojos.

—Qué colaborador estás esta mañana.

—Estoy aprendiendo.

Eso consiguió que sonriera.

—Podemos dejarlo en que está pasando y veremos qué ocurre.

—Me parece bien.

—Sin decisiones unilaterales.

Lo dijo con una sonrisa, pero la advertencia no me pasó inadvertida.

—Hecho.

Léa me observó un momento, como si quisiera asegurarse de que hablaba en serio, y después se levantó. Recogió del suelo mi camiseta por error, se dio cuenta antes de ponérsela y la lanzó otra vez hacia mí.

—Esa no es tuya —dije.

—Gracias, Sherlock.

—Por si los años han afectado también a tu vista.

—Sigue hablando y desayunas solo.

Encontró finalmente la suya y salió de la habitación mientras yo me reía. Tardé algo más en levantarme, no porque necesitara demasiado tiempo para vestirme, sino porque aquella conversación aparentemente sencilla había dejado una sensación extraña detrás.

Quince años atrás también habíamos empezado un verano sin saber demasiado bien qué iba a ocurrir después.

La diferencia era que entonces ninguno sabía hacer las cosas de otra manera y yo había acabado tomando una decisión que correspondía a los dos.

Esta vez Léa acababa de dejarme bastante claro algo que ya debería haber aprendido hacía mucho tiempo.

Lo que fuera aquello tendría que decidirse entre los dos.

Cuando bajé, la encontré preparando café en la cocina. Había vuelto a recogerse el pelo de cualquier manera y llevaba unos pantalones cortos con la camiseta de la noche anterior. La escena tenía tan poco de extraordinaria que precisamente por eso consiguió descolocarme.

—Tengo que pasar por el taller —comenté mientras cogía la taza que me ofrecía—. Después vuelvo con la furgoneta a por los paneles.

—¿Después cuándo?

—Antes de comer.

—Eso es una franja horaria bastante amplia.

—Te mandaré un mensaje.

—Mucho mejor.

Desayunamos sin hablar demasiado de la noche anterior y me sorprendió que no resultara incómodo.

Léa se quejó de que Javi todavía no había dado señales de vida; yo le dije que probablemente Inés lo habría secuestrado y ella aseguró que, si era así, no pensaba pagar ningún rescate porque empezaba a salirle más rentable convertir su habitación en un trastero.

Era fácil estar allí con ella, demasiado fácil, y cuando me marché poco después de las nueve descubrí que la sensación que llevaba conmigo tenía bastante menos que ver con habernos acostado que con algo mucho más peligroso: me había gustado desayunar con ella y también saber que volvería unas horas después.

Regresé poco antes de las doce con la furgoneta y cargamos los cuatro paneles entre los dos.

Intenté convencer a Léa de que podía hacerlo solo, pero decidió ignorarme y, después de casi dejar caer uno porque se empeñó en sujetarlo por donde no debía, tuvo además la poca vergüenza de acusarme de ser un mandón.

—Si me hicieras caso, no tendríamos este problema.

—Si dieras instrucciones comprensibles, tampoco.

—Te he dicho que levantaras tu lado.

—Y yo lo he levantado.

—Cuando ya estaba torcido.

—Detalles.

Conseguimos meterlos todos en la furgoneta sin romper nada y los llevé al taller.

Después de retirar la suciedad más superficial, confirmé lo que ya había pensado la tarde anterior: con algo de trabajo podían quedar bastante bien y, si Léa no cambiaba de opinión siete veces durante el proceso, incluso tendría los dos primeros listos antes del fin de semana.

La última condición resultó demasiado optimista, porque apareció después de comer con varias fotografías bajo el brazo y una idea bastante concreta de cómo quería utilizarlos.

—He estado pensando dónde ponerlos.

—Qué sorpresa.

—No empieces.

Extendió las fotografías sobre una de las mesas y empezó a explicarme que dos paneles podían ir en la entrada para cambiar el material de las exposiciones y que los otros servirían dentro, dependiendo de la programación de cada semana.

La escuché mientras fingía prestar atención exclusivamente a las medidas, aunque resultaba bastante difícil no fijarme también en la forma en que movía las manos cuando se entusiasmaba con algo.

—Tengo trabajo para varios días —le recordé cuando terminó.

—No he dicho que los quiera mañana.

La miré.

—Has estado a punto.

—Pero no lo he dicho. Valora mi autocontrol.

Terminé prometiéndole que tendría los dos primeros antes del fin de semana y, a media tarde, nos fuimos juntos a La Estrella.

Las reservas para las siguientes sesiones seguían llegando a buen ritmo.

Algunas estaban más llenas que otras, pero empezaba a apuntarse gente de otros pueblos y Léa llevaba buena parte del día respondiendo mensajes y organizando las siguientes semanas.

Nada más entrar, señaló una de las paredes.

—Ahí pondría uno.

—Todavía no existe ese «uno».

—Existe. Está en tu taller.

—Desmontado.

—Estoy visualizando.

—Eso siempre sale caro.

—Solo cuando tú haces el presupuesto.

Subió hacia el edificio de proyección antes de que pudiera contestar.

Llevábamos varios días diciendo que necesitábamos ordenar el pequeño almacén contiguo a la cabina para dejar sitio al material nuevo y, entre fotografías, cajas viejas, cables que ya no servían y herramientas cuyo origen ninguno recordaba, empezaba a resultar difícil encontrar espacio.

Léa entró en el almacén y empezó a revisar varias cajas mientras yo intentaba mover un mueble bajo que llevaba allí prácticamente toda la vida.

—Esto pesa una barbaridad.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

—Era por educación.

—Entonces, gracias.

Tiré otra vez y el mueble cedió unos centímetros. Detrás apareció una cantidad preocupante de polvo, dos monedas antiguas y algo metálico encajado entre la pared y una de las tablas laterales.

—Espera un momento.

Me agaché y conseguí meter la mano hasta sacar una pequeña caja rectangular. Estaba cubierta de polvo, oxidada en las esquinas y conservaba todavía una estrella plateada pegada en la tapa. La reconocí inmediatamente y, por la expresión de Léa, supe que ella también.

—No me jodas.

Se acercó y me la quitó de las manos antes de que pudiera limpiarla del todo.

—Pensaba que se había perdido.

—Yo también.

—¿Te acuerdas de la contraseña?

—No tenía contraseña.

—Porque tú te negaste a comprar una caja decente.

—Teníamos diecisiete años y no pensaba gastarme dinero en guardar entradas de cine.

Léa me miró como si acabara de insultar a alguien de su familia.

—Había cosas importantes.

—Seguro.

Abrió la tapa y durante unos segundos ninguno dijo nada.

Seguía prácticamente todo lo que habíamos metido allí años atrás: entradas amarillentas, varias fotografías, una pulsera de hilo, un llavero roto, papeles doblados y hasta una moneda francesa que Léa había encontrado entre las cosas de Madeleine y había decidido guardar allí por algún motivo que en aquel momento debía de parecernos fundamental.

Cogió uno de los papeles y lo abrió con cuidado.

—Dios mío.

—¿Qué?

—«Películas que tenemos que ver antes de cumplir veinte».

Se echó a reír y me enseñó la lista.

—Éramos idiotas.

—Tú hiciste eso.

—Y tú añadiste Terminator 2 tres veces.

—Porque nunca querías verla.

—La había visto.

—Dormirte a los cuarenta minutos no cuenta.

Siguió rebuscando y sacó una fotografía en la que aparecíamos los dos sentados en las escaleras de La Estrella. Léa tendría unos dieciséis años y llevaba el pelo recogido de cualquier manera, mientras yo hacía algún gesto absurdo hacia la cámara.

—Qué horror —dije.

—Tú sí.

—Tú tampoco estabas en tu mejor momento.

—Yo estaba monísima.

—Tenías una camiseta con un delfín.

—Era otra época.

Durante un buen rato fue divertido. Encontramos entradas de fiestas, notas que no significaban absolutamente nada para nadie salvo para nosotros, una servilleta donde habíamos escrito una apuesta que ninguno recordaba haber pagado y un trozo de papel con una puntuación absurda sobre quién había ganado más partidas de cartas aquel verano.

Aquella caja no contenía grandes declaraciones ni recuerdos cuidadosamente seleccionados. Precisamente por eso resultaba tan nuestra. Habíamos guardado las cosas que dos adolescentes consideraban importantes sin imaginar que, quince años después, volveríamos a encontrarlas en el mismo sitio.

Entonces Léa sacó otra fotografía y dejó de reírse.

Aparecíamos frente al mar, sin mirar a la cámara; ella tenía la cabeza apoyada en mi hombro y yo estaba inclinándome para besarla en el pelo.

Reconocí el momento, aunque no habría sabido decir quién había hecho la foto, mientras Léa pasaba el pulgar por una de las esquinas.

—Esta fue aquel verano.

—Sí.

—Antes de marcharme a Madrid.

Asentí y me quedé observándola mientras seguía mirando la fotografía.

—Durante mucho tiempo pensé que había sido idiota —dijo finalmente.

Aquello me hizo tensarme.

—¿Por qué?

Léa tardó un poco en responder.

—Por creer que me querías tanto como yo a ti.

Sentí el golpe exactamente donde sabía que llegaría.

—Léa…

—No pasa nada, Hugo. Tenía dieciocho años y estaba enamorada. Supongo que una ve lo que quiere ver.

Podría habérselo contado entonces.

No había nadie más en el almacén. No teníamos ninguna sesión a punto de empezar, ningún problema que resolver ni una sola excusa razonable para posponerlo.

Bastaba con decirle que no se había equivocado, que yo la había querido tanto como ella pensaba y que precisamente por estar convencido de que sabía qué era lo mejor para ella había tomado la peor decisión posible.

Podía contarle que cada palabra de aquella última conversación había sido elegida para hacerle daño. Que sabía perfectamente dónde golpear porque la conocía mejor que nadie y que lo había hecho para conseguir que se marchara a Madrid sin mirar atrás.

Abrí la boca.

—No fuiste idiota.

Léa levantó la vista de la fotografía.

—Hugo…

—Yo fui quien lo hizo mal.

Su expresión cambió apenas un poco y durante un instante pensé que iba a preguntarme algo más. Sin embargo, terminó encogiéndose ligeramente de hombros.

—Eso ya lo sé.

Lo acompañó con una sonrisa pequeña, intentando quitarle importancia, y volvió a mirar la fotografía.

—Supongo que al final los dos sobrevivimos.

Ahí estaba otra vez, otra oportunidad, y solo tenía que hablar.

Pero acabábamos de volver a encontrarnos después de quince años; la noche anterior habíamos terminado juntos y aquella misma mañana habíamos decidido no ponerle nombre todavía a lo que estaba ocurriendo.

Decirle ahora que toda la base sobre la que había construido el recuerdo de nuestra ruptura era mentira podía parecer una manera miserable de aliviar mi conciencia justo cuando ella empezaba a confiar en mí otra vez.

Me dije que necesitaba encontrar otro momento. Uno en el que no estuviéramos rodeados de recuerdos, uno en el que pudiera explicárselo sin mezclarlo con lo que acababa de suceder entre nosotros y, sobre todo, uno en el que tuviera tiempo para decirlo todo.

—¿Qué? —preguntó Léa.

Debía de llevar demasiado rato mirándola.

—Nada. Estaba pensando que deberíamos guardar esto mejor.

Miró la caja.

—Podríamos utilizar algunas cosas para una exposición.

—Las que no resulten demasiado humillantes.

—Entonces tus fotos quedan fuera.

—Perfecto.

La sonrisa regresó y durante los minutos siguientes volvimos a discutir sobre qué podíamos enseñar y qué debía permanecer escondido para siempre. Me reí con ella, elegí varias fotografías y hasta conseguí convencerme de que esperar era lo más sensato.

Solo cuando guardé de nuevo aquella foto comprendí que llevaba años utilizando exactamente el mismo argumento: no era el momento, siempre podía haber uno mejor.

Y mientras cerraba la caja, supe perfectamente qué acababa de hacer: había vuelto a decidir que Léa todavía no necesitaba conocer toda la verdad.