Capítulo 18
Léa
Subimos las escaleras juntos y no pensé en los dieciocho años que había tenido la última vez que estuvimos así ni en todo lo que ocurrió después.
Aquello no era repetir el pasado y tampoco quería que lo fuera, porque nosotros ya no éramos aquellos dos adolescentes que se creían capaces de arreglar el mundo a base de quererse mucho.
Éramos Hugo y Léa quince años después, con más experiencia, más errores y bastantes más cicatrices, pero también con unas ganas bastante poco razonables de descubrir qué quedaba de aquellos dos cuando se cerraba una puerta.
Cuando entramos en mi dormitorio, Hugo se detuvo delante de mí y me rozó la mejilla con los dedos. Después me apartó un mechón de pelo y se quedó mirándome.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras pensando demasiado.
Sonrió.
—Me conoces demasiado.
—Ese problema lo tenemos los dos.
Lo besé antes de que pudiera convertirlo en otra conversación, pero Hugo ya no respondió con la misma calma de abajo. Me agarró por la cintura, me pegó a él y sentí de nuevo su erección contra el vientre, esta vez mucho más evidente y bastante más difícil de ignorar.
Metí las manos bajo su camiseta y se la subí. Tuvo que apartarse un segundo para quitársela por la cabeza y aproveché para mirarlo sin ningún disimulo.
—¿Qué?
—Estoy actualizando recuerdos.
—¿Y?
Dejé que la mirada bajara por el pecho y el abdomen antes de volver a sus ojos.
—Has mejorado.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Claro.
Se acercó y empezó a quitarme la camiseta con bastante más lentitud de la que yo habría utilizado con la suya. Cuando me la sacó por la cabeza, dejó que las manos bajaran por mis brazos antes de volver a mi cintura y subir hasta el cierre del sujetador.
—¿Puedo?
—Como vuelvas a preguntar cada vez que quieras tocarme, no acabamos ni mañana.
—Vale, mensaje recibido.
Me desabrochó el sujetador y lo dejó caer al suelo antes de mirarme durante un segundo que se me hizo demasiado largo.
—Hugo.
—Estoy actualizando recuerdos.
Solté una risa.
—Idiota.
—Tú también has mejorado.
No me dio tiempo a contestarle porque bajó la cabeza y me besó el cuello, después la clavícula y finalmente un pecho mientras acariciaba el otro con la mano. El pezón se endureció entre sus dedos y el pequeño tirón que sentí más abajo me hizo cerrar los ojos.
Eso sí lo recordaba, o quizá no, porque cuando su lengua rodeó el pezón y después lo atrapó suavemente entre los labios, tuve bastante claro que mi memoria se había quedado corta.
Le metí los dedos en el pelo.
—Joder…
Hugo levantó la mirada sin apartar la boca de mi piel y aquello debería estar prohibido por algún tipo de normativa básica.
—Ni se te ocurra sonreír.
Sonrió.
—Te odio.
Me eché a reír justo cuando volvió a apretar el pezón entre los dedos y la risa acabó convertida en otra cosa.
—Eso es jugar sucio.
—Llevamos todo el verano haciéndolo.
Sus manos bajaron por mi cintura y llegaron al botón del pantalón.
Lo abrió sin dejar de besarme y me lo bajó junto con las braguitas, despacio, agachándose a medida que la tela descendía por mis piernas.
Cuando volvió a ponerse de pie, yo estaba completamente desnuda delante de él y, por primera vez desde que habíamos empezado, me entró un punto absurdo de vergüenza.
Que desapareció en el momento en que Hugo me agarró de la cintura y volvió a besarme como si acabara de encontrar exactamente lo que llevaba tiempo buscando.
Mis manos fueron directamente a su pantalón.
—Ahora me toca a mí.
—No voy a discutir.
—Milagro.
Le abrí el botón y bajé la cremallera mientras él seguía besándome. Cuando metí la mano y lo toqué por encima del bóxer, dejó de besarme un instante.
—Léa…
Le bajé el pantalón y después el bóxer, y tuve que reconocer que mis recuerdos tampoco le hacían justicia a esa parte.
—No digas nada —advirtió.
Llegamos a la cama desnudos, entre besos y manos que ya no tenían ninguna intención de comportarse, y Hugo me tumbó con él sin dejar caer todo su peso encima.
Durante unos segundos nos limitamos a besarnos y tocarnos, sin ninguna prisa por llegar a ninguna parte, reconociendo lo que seguía siendo familiar y descubriendo todo lo que quince años habían cambiado.
Su mano bajó por mi vientre y se metió entre mis piernas.
Las separé por puro reflejo cuando sus dedos me rozaron por primera vez y el aire se me escapó contra su boca.
Estaba tan excitada que me dio hasta vergüenza pensar que pudiera notarlo, aunque la idea me duró poco porque Hugo deslizó los dedos entre mis pliegues y volvió a acariciarme, esta vez con más intención.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza sobre la almohada mientras seguía tocándome despacio, extendiendo mi propia humedad antes de llegar al clítoris.
Lo rodeó con los dedos, jugando primero alrededor, acercándose lo suficiente para hacerme reaccionar y alejándose después hasta que terminé moviendo las caderas para buscarlo.
—Hugo…
—¿Así?
—Sííí…
Fue prácticamente lo último que pude decir con sentido durante un buen rato.
Empezó a acariciarme el clítoris con movimientos lentos y constantes mientras su boca bajaba hasta uno de mis pechos.
Lo atrapó entre los labios y pasó la lengua por el pezón antes de succionarlo, primero con suavidad y después con algo más de fuerza, consiguiendo que cada tirón me llegara directamente entre las piernas.
Mi cuerpo reaccionaba a todo. A su boca, a sus dedos, al roce de su barba contra mi piel y a la manera en que parecía tener todo el tiempo del mundo para volver a aprenderme.
Cuando uno de sus dedos entró en mí, apreté las sábanas sin darme cuenta.
Lo movió despacio, entrando y saliendo mientras el pulgar seguía acariciándome el clítoris, y enseguida añadió un segundo.
La sensación cambió por completo. Más presión, más placer y una necesidad cada vez mayor de moverme contra su mano.
Hugo levantó la cabeza y me miró sin decir nada, aunque tampoco hacía falta.
Debía de tener la cara de alguien que estaba a punto de perder cualquier resto de dignidad, porque la comisura de su boca se levantó apenas un segundo antes de que volviera a bajar por mi cuerpo.
Besó mi vientre y siguió descendiendo sin retirar la mano, dejando besos cada vez más cerca hasta llegar a la cara interna de mis muslos. Me abrió un poco más las piernas y se colocó entre ellas, y solo verlo allí consiguió que se me acelerara todavía más la respiración.
El primer contacto de su lengua fue lento, casi demasiado, recorriéndome antes de detenerse en el clítoris. Se me escapó un gemido y mis dedos fueron directos a su pelo.
A partir de ahí dejó de haber espacio para pensar.
Hugo alternaba la lengua con los labios, cambiando la presión según reaccionaba mi cuerpo mientras sus dedos seguían entrando y saliendo de mí.
Al principio consiguió mantenerme en ese punto en el que todo era placer y todavía podía controlar lo que hacía, pero poco a poco fue aumentando el ritmo y yo empecé a mover las caderas contra su boca sin poder evitarlo.
No sabía si Hugo recordaba exactamente qué me gustaba o simplemente había aprendido a leerme mejor con los años, pero en aquel momento me importaba bastante poco la respuesta.
Sentía la tensión concentrándose cada vez más abajo, creciendo con cada pasada de su lengua sobre el clítoris y cada movimiento de sus dedos dentro de mí. Le agarré el pelo con más fuerza cuando encontró un ritmo que me hizo arquear la espalda, y Hugo no cambió absolutamente nada. Gracias a Dios.
Siguió exactamente igual, manteniendo la presión y el ritmo mientras yo dejaba de controlar la respiración, las caderas y prácticamente cualquier otra parte de mi cuerpo. El orgasmo empezó a formarse despacio y, cuando quise darme cuenta, ya estaba demasiado cerca como para frenarlo.
—Hugo… no pares.
No paró.
La tensión terminó de romperse y el orgasmo me atravesó por entero, haciéndome levantar las caderas contra su boca mientras se me escapaba su nombre.
Noté cómo los músculos se me contraían alrededor de sus dedos una y otra vez y cómo él seguía ahí, prolongándolo hasta que tuve que tirar suavemente de su pelo porque ya no podía aguantar ni una caricia más.
Subió por mi cuerpo despacio y me besó. Saboreé mi propia esencia en sus labios cuando su lengua encontró la mía y, joder, lejos de cortarme, aquello volvió a encenderme cuando todavía no había terminado de recuperar el aire.
Entonces noté su pene duro contra mi muslo y, de repente, el orgasmo que acababa de tener dejó de parecerme suficiente.
Lo empujé hasta dejarlo tumbado y me coloqué a horcajadas sobre él. Hugo me agarró por las caderas mientras yo me inclinaba para besarlo, sintiendo su erección atrapada entre los dos, caliente y dura contra mí.
Moví las caderas despacio, dejando que su pene rozara entre mis piernas, y el contacto sobre un clítoris que todavía estaba demasiado sensible me hizo cerrar los ojos.
Hugo soltó el aire con fuerza y, joder, cómo me gustó provocarle aquella reacción.
Volví a moverme, esta vez más despacio, recorriendo su erección con mi humedad mientras él apretaba los dedos sobre mis caderas. Podía notar cómo se tensaba debajo de mí, cómo su respiración perdía el ritmo y cómo todo el control que había tenido unos minutos antes empezaba a abandonarlo.
Nos miramos y las bromas se terminaron ahí, porque a esas alturas los dos teníamos bastante claro lo que queríamos. Hugo alargó la mano hacia el pantalón que había quedado junto a la cama y sacó un preservativo de uno de los bolsillos.
Levanté una ceja.
—Qué previsor.
—No significa que viniera con un plan.
—Ya.
—Léa.
—¿Qué?
—Suelo llevar uno.
Aguanté la sonrisa.
—Claro.
—Tengo treinta y cuatro años, no quince.
—Diecinueve.
—¿Ves? Por eso no pienso discutir contigo.
Negué con la cabeza mientras lo abría, bastante divertida con que el señor que diez minutos antes necesitaba asegurarse de que yo sabía lo que hacía estuviera ahora justificando la existencia de un preservativo como si acabara de pillarlo cometiendo un delito.
Cuando volvió a agarrarme por la cintura, me incorporé sobre él, guie su pene hasta mi entrada y empecé a bajar despacio, conteniendo la respiración con la primera presión mientras iba entrando poco a poco y mi cuerpo se acostumbraba a él hasta tenerlo completamente dentro.
Entonces me quedé quieta unos segundos, con las manos apoyadas en su pecho y sus dedos apretándome las caderas, sintiéndolo llenarme mientras los dos intentábamos recuperar una respiración más o menos normal.
Habían pasado quince putos años desde la última vez que había estado así con él y, por lo visto, mi cuerpo no se había enterado.
Empecé a moverme despacio, subiendo hasta sentir que casi salía de mí y bajando de nuevo hasta recibirlo entero. Hugo me acompañó desde abajo, todavía contenido, dejándome marcar la velocidad mientras sus manos recorrían mis caderas, mi cintura y finalmente mis pechos.
Me apretó uno mientras el pulgar pasaba varias veces por el pezón ya duro y el placer volvió a bajar directamente entre mis piernas. Repetí el movimiento sobre él, un poco más rápido, y vi cómo apretaba la mandíbula.
Aquello terminó de encenderme.
Seguí moviéndome, cada vez con menos cuidado, mientras Hugo empezaba a empujar desde abajo para encontrarse conmigo. El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezcló con las respiraciones cada vez más agitadas y con algún gemido que ninguno de los dos intentó esconder.
Me incliné para besarlo y Hugo me rodeó la espalda con un brazo, manteniéndome pegada a él mientras seguíamos moviéndonos.
Ya no sabía quién estaba marcando el ritmo ni me importaba.
Solo sentía su pene entrando y saliendo, cada vez más firme, sus manos recorriéndome y esa presión empezando a crecer otra vez en el vientre.
Cuando volvió a tocarme el clítoris, se me cortó el beso.
Sus dedos empezaron a moverse entre nuestros cuerpos con círculos firmes y constantes mientras seguíamos follando, y el placer cambió de golpe.
Todo se volvió más intenso. La presión de su pene dentro de mí, sus dedos fuera, su boca en mi cuello y mis pechos rozando contra su pecho cada vez que me movía.
Me incorporé otra vez porque necesitaba espacio, aire o cualquier cosa que me permitiera aguantar aquello un poco más, pero no me sirvió de nada.
Hugo siguió tocándome sin cambiar el ritmo mientras yo subía y bajaba sobre él cada vez más rápido, sintiendo cómo el orgasmo volvía a acercarse y cómo, por la forma en que apretaba la mandíbula y me sujetaba las caderas, él tampoco estaba demasiado lejos.
—Hugo…
Solo pude decir su nombre, pero él entendió perfectamente lo que no era capaz de decirle y mantuvo los dedos sobre mi clítoris mientras empezaba a empujar con más fuerza desde abajo, entrando más profundo cada vez que yo bajaba sobre él.
Ya no pude aguantar mucho más y el orgasmo me pilló todavía moviéndome, tensándome encima de Hugo mientras las contracciones me hacían apretarlo dentro de mí y me obligaban a parar.
Hugo no aguantó mucho más y me agarró con fuerza por las caderas, empujando unas veces más mientras mi cuerpo seguía contrayéndose alrededor de su pene, hasta que perdió el ritmo y se corrió con un gruñido, tensándose debajo de mí mientras me apretaba contra él.
Me dejé caer sobre su pecho sin fuerzas y durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada. Su corazón iba casi tan rápido como el mío y su mano recorría mi espalda despacio mientras nuestras respiraciones volvían poco a poco a parecer humanas.
Las cosas sí habían cambiado desde aquella primera vez, no porque ahora fuera mejor ni peor, sino porque ya no éramos dos críos descubriéndose por primera vez. Sabíamos lo que queríamos, cómo pedirlo y, por lo visto, nuestros cuerpos seguían entendiéndose bastante mejor que nuestras cabezas.
Cuando finalmente me tumbé a su lado, Hugo giró la cabeza hacia mí.
—¿Estás bien?
Sonreí.
—Sí.
No preguntó nada más y se lo agradecí. Se limitó a acercarme hacia él y besarme en la frente antes de acomodarme contra su pecho.
Acostarme con Hugo podía explicarse por deseo, por nostalgia o incluso por quince años de cosas que nunca habíamos terminado de resolver, pero lo que me resultaba bastante más difícil de explicar era lo natural que se sentía estar allí después, desnuda a su lado, con una pierna sobre la suya y su mano acariciándome la espalda como si no llevara media vida fuera de mi cama.
Y quizá eso fuera lo verdaderamente peligroso, porque mientras escuchaba su respiración en la oscuridad no estaba pensando en cómo conseguir que se marchara antes de que amaneciera, sino en lo poco que me apetecía que lo hiciera.