El último verano que te odié Capítulo 17
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Capítulo 17

Léa

El martes, poco antes de las siete, estaba intentando sacar uno de los paneles del cuarto del fondo sin desmontar media casa cuando me entró un mensaje al móvil.

Javi: Ceno con Inés. No me esperes.

Sonreí al leerlo. A esas alturas, empezaba a sospechar que lo de quedarse unos días en Puerto de Bruma había dejado de tener cualquier relación conmigo, pero preferí no recordárselo. Respondí con un pulgar hacia arriba y guardé el móvil justo cuando sonó el timbre.

Hugo llegaba puntual.

Eso me quitaba la posibilidad de meterme con él, pero al menos significaba que podría ayudarme antes de que alguna de aquellas cajas acabara encima de mi pie.

Abrí la puerta y lo encontré con unos vaqueros, una camiseta oscura y una cinta métrica asomando por uno de los bolsillos.

—Veo que vienes preparado.

—Me dijiste que eran unos paneles, no una visita social.

—Qué forma tan bonita de saludar.

Hugo sonrió mientras entraba.

—Buenas tardes, Léa. ¿Dónde está el desastre?

—Al fondo.

Lo conduje hasta el cuarto donde los había encontrado. Había conseguido despejar bastante espacio, aunque todavía quedaban cajas apiladas en una esquina y uno de los paneles seguía prácticamente escondido detrás de un mueble bajo.

Hugo se agachó frente al primero y examinó la madera con esa concentración que le aparecía cada vez que tenía delante algo que podía reparar.

—¿Qué tal? —pregunté.

—Déjame verlo.

—Eso estás haciendo.

Levantó la mirada.

—¿Vas a estar todo el rato preguntando?

—Probablemente.

—Entonces voy a tardar el doble.

Me apoyé en la pared y decidí concederle unos minutos de silencio.

Los paneles eran grandes, con molduras sencillas y algunas zonas bastante arañadas, pero precisamente eso me había hecho pensar que podían quedar bien en La Estrella.

Después de ver la exposición montada el sábado, quería encontrar una forma de ir cambiando las fotografías y el material de las siguientes semanas sin llenar las paredes de agujeros.

Hugo pasó una mano por uno de los laterales y después comprobó la parte trasera.

—La madera está bien.

—¿Eso significa que podemos usarlos?

—Significa que no están podridos, que ya es bastante.

—Eres capaz de quitarle la ilusión a cualquiera.

—Y tú de empezar a decorar antes de saber si algo se sostiene.

Sonreí.

—Entonces tienen arreglo.

—Sí. Habrá que limpiarlos, lijarlos, reparar alguna moldura y reforzar dos por detrás, pero pueden quedar bien.

—Sabía que te gustarían.

—No te emociones. Todavía tengo que cargarlos.

—Te avisé de que pesaban.

—Varias veces.

Nos pusimos con el primero y descubrimos rápidamente que moverlo dentro de un cuarto demasiado pequeño iba a ser bastante más complicado que levantarlo.

Hugo terminó dando órdenes mientras yo intentaba girarlo sin golpear una lámpara que mi abuela había guardado allí por algún motivo que probablemente solo ella conocía.

—Un poco hacia ti.

—Si lo llevo más hacia mí, me lo como.

—Pues hacia arriba.

—Decídete.

—Estoy intentando evitar que rompas la esquina.

—Yo estoy intentando conservar todos los dedos.

Hugo se rio.

—Eso últimamente parece responsabilidad mía.

—Tú eres el que tiene antecedentes.

Conseguimos sacar el primero al pasillo y lo dejamos apoyado contra la pared. Con el segundo tuvimos más suerte y, cuando llegamos al tercero, ya habíamos desarrollado una coordinación bastante decente.

El cuarto, además, empezó a parecer mucho más grande una vez dejamos de tener cuatro piezas de madera ocupando media pared.

—Mañana vendré con la furgoneta —dijo Hugo después de revisar el último—. Si los cargo ahora, terminaré llevándomelos de noche y no tengo ganas.

Miré la hora y comprobé que habían pasado casi noventa minutos.

—Pensaba que tardaríamos unos veinte minutos.

—Eso es porque no tienes ningún respeto por mi profesión.

—Pensaba que eras más rápido.

—Y yo que ibas a ayudar más.

—He ayudado.

—Has hablado mucho.

—Eso también ayuda.

Hugo negó con la cabeza y volvió a guardar la cinta métrica.

—Mañana me los llevo al taller.

—¿Cuánto tardarás?

—No empieces.

—Solo pregunto.

—Y yo ya sé cómo termina esto. Primero preguntas cuánto tardaré, después me dices que no hay prisa y dentro de dos días apareces en el taller para comprobar cómo van.

Lo miré.

—No tengo ni idea de por qué dices eso.

—Porque te conozco.

La respuesta me hizo sonreír más de lo necesario.

Salimos del cuarto y, al llegar a la cocina, Hugo miró la hora.

—Me voy y te dejo cenar.

Estuvo a punto de seguir hacia la entrada, pero me acordé del mensaje de Javi y lo detuve.

—¿Tienes algún plan?

Se volvió.

—No.

—Yo tampoco. Javi cena con Inés.

—Qué sorpresa.

—Ya. Estoy pensando en empezar a cobrarle por tener la ropa aquí.

Hugo sonrió y yo abrí la nevera, aunque no había nada que me apeteciera especialmente cocinar.

—Podemos pedir algo —propuse—. Si te apetece quedarte.

La frase me salió con absoluta naturalidad y quizá por eso me di cuenta de lo que acababa de hacer justo después de decirla.

Hugo también.

—¿Seguro?

—No conviertas una pizza en una decisión trascendental, Durán.

—No estaba haciendo eso.

—Tu cara sí.

Su sonrisa apareció despacio.

—Entonces me quedo.

Pedimos dos pizzas en un sitio cercano y, mientras esperábamos, abrimos un par de cervezas. Hugo se apoyó en la encimera y yo me senté frente a él con la sensación extraña de que aquello no se parecía en nada a una cita.

No me había arreglado para verlo. No habíamos elegido restaurante ni hora de regreso.

Él había venido a mirar cuatro paneles de madera y, de repente, estaba en mi cocina bebiéndose una cerveza mientras discutíamos sobre cuál de los dos había tenido la culpa de casi cargarnos la lámpara de mi abuela.

Era mucho más peligroso de lo que parecía.

La pizza llegó media hora después y acabamos comiendo en la cocina directamente de las cajas porque ninguno tuvo demasiado interés en utilizar platos.

—Madeleine te habría echado de casa por esto —comentó Hugo.

—Mi abuela comía pizza de la caja cuando nadie la veía.

—No me lo creo.

—Porque contigo fingía tener modales.

—Madeleine nunca fingía nada.

—Eso también es verdad.

Me reí y cogí otro trozo.

La conversación fue saltando de una cosa a otra sin esfuerzo. Hablamos de La Estrella, de la cantidad de gente que había preguntado por las siguientes sesiones y de una discusión que Marcos había tenido esa mañana con un vecino que quería colocar una terraza ocupando parte de una zona de paso.

—¿Y quién ganó? —pregunté.

—Marcos.

—Pobre hombre.

—El vecino o Marcos.

—El vecino. Marcos probablemente disfrutó.

—Muchísimo.

Sonreí al imaginarlo y Hugo me miró con sospecha.

—Os lleváis demasiado bien.

—¿Otra vez con los celos?

—No estoy celoso.

—Claro.

—Ya no.

Aquello consiguió que levantara las cejas.

—¿Ya no?

Hugo cogió la cerveza con una tranquilidad sospechosa.

—Rivas me ha dejado bastante claro que ahora sois amiguitos.

—¿Amiguitos?

—Palabras suyas.

—Mentiroso.

—Más o menos.

Me eché a reír.

—¿Te ha tranquilizado?

—Nunca estuve preocupado.

—Te diste con un martillo en el dedo.

—Fue un accidente laboral.

—Provocado por mirar hacia otro sitio.

Hugo hizo una mueca y decidí concederle la retirada. Terminamos de cenar y recogimos las cajas, pero cuando fui a tirar las botellas, él cogió otras dos de la nevera.

—¿Eso significa que piensas quedarte más rato?

—Pensaba que eran para los dos.

—No he dicho que no.

Nos fuimos al salón.

No encendimos la televisión. Nos sentamos en el sofá con las cervezas y seguimos hablando como si todavía estuviéramos en la cocina.

En algún momento, Hugo se acomodó un poco más hacia mí y yo acabé con las piernas dobladas sobre el sofá, mirándolo de lado mientras me contaba que Inés había intentado convencerlo durante años de que reformara la parte trasera del taller para convertirla en un despacho decente.

—Tiene razón.

—No necesito un despacho.

—Tienes papeles encima de una caja de tornillos.

—Sé perfectamente dónde está todo.

—Eso dicen las personas desordenadas.

—Mi sistema funciona.

—Tu sistema es un incendio esperando ocurrir.

Hugo soltó una risa y estiró el brazo por detrás del respaldo. Fue un gesto pequeño, pero bastó para que me diera cuenta de lo cerca que estaba.

No sé cuál de los dos dejó de hablar primero. Su mirada se detuvo en mi boca y aquella vez no hizo falta ningún comentario para saber qué iba a pasar.

Me incliné hacia él y el beso empezó despacio, sin ninguna prisa especial. Ya no tenía la urgencia de los primeros ni esa necesidad de comprobar si todavía existía algo entre nosotros, porque a esas alturas los dos sabíamos perfectamente que sí.

Hugo dejó la cerveza sobre la mesa y me acercó por la cintura hasta pegarme a él.

Yo apoyé una mano en su cuello y seguí besándolo, disfrutando durante unos segundos de aquella calma que no tardó demasiado en irse al garete cuando su lengua encontró la mía y sus manos empezaron a moverse por mi espalda.

Cuando me aparté para respirar, seguía teniendo los dedos enganchados en su camiseta.

—Léa…

Sabía perfectamente qué significaba su tono.

—No empieces a pensar ahora.

—Solo quiero…

—Hugo.

Se calló.

—Sé lo que estoy haciendo.

Me sostuvo la mirada unos segundos, seguramente peleándose consigo mismo para no preguntarme tres veces más si estaba segura.

—Vale.

Aquella respuesta, sin preguntas adicionales ni intentos de decidir por mí, me gustó más de lo que esperaba, así que volví a besarlo antes de que se le ocurriera estropearlo.

Esta vez no tardamos demasiado en olvidarnos del sofá.

Terminé prácticamente encima de él, con una rodilla a cada lado de sus piernas y sus manos agarrándome por la cintura mientras nos besábamos con bastante menos calma.

Me moví para acercarme todavía más y noté su erección contra mí, dura incluso a través de la ropa, justo donde menos necesitaba sentirla si pretendía conservar algo de sentido común.

Que tampoco era el caso.

Hugo soltó el aire contra mi boca cuando volví a moverme sobre él.

—Eso ha sido a propósito.

—No sé de qué hablas.

—Claro que no.

Volví a hacerlo y esta vez se le escapó un sonido bajo que me hizo sonreír.

—Ahora tampoco.

—Eres una cabrona.

—Y tú llevas quince años sabiéndolo.

Sus manos bajaron hasta mi culo y me apretó contra él, devolviéndome el roce con bastante menos inocencia que yo, y la sonrisa se me borró de golpe. El calor me subió por el cuerpo mientras su boca abandonaba la mía para bajar por la mandíbula y detenerse en el cuello, justo debajo de la oreja.

—Eso también ha sido a propósito —murmuré.

—No sé de qué hablas.

—Capullo.

Se rio contra mi piel y me mordió suavemente antes de volver a besarme.

Una de las botellas estuvo a punto de acabar en el suelo cuando me moví y Hugo tuvo que atraparla al vuelo.

—Muy elegante —murmuré.

—Tú me has empujado.

—Yo no empujo.

—Acabas de hacerlo.

Su sonrisa desapareció cuando volví a acercarme, porque esta vez no fui a por su boca. Besé su cuello mientras metía las manos por debajo de la camiseta y recorría su espalda, notando bajo las palmas un cuerpo que reconocía y que, al mismo tiempo, ya no era el que recordaba.

Habían pasado quince años y se notaban.

Joder si se notaban.

Hugo me levantó la cara y me besó otra vez, más fuerte, mientras una de sus manos se colaba bajo mi camiseta y subía despacio por mi costado. Cuando llegó a mi pecho y me acarició por encima del sujetador, tuve que separarme de su boca para tomar aire.

—Hugo…

—¿Qué?

Lo miré y el muy capullo sonreía.

—Nada.

—Eso pensaba.

—No te vengas arriba.

Le pellizqué el costado y soltó una carcajada.

—Violenta.

—Todavía no has visto nada.

Me levanté antes de que pudiera contestarme y durante un segundo se quedó sentado, mirándome con una mezcla de diversión y deseo que consiguió ponerme más nerviosa que todo lo que acabábamos de hacer. No tuve que decirle nada. Le tendí la mano y él la cogió.