Capítulo 16
Hugo
El lunes por la mañana descubrí que acostumbrarse a besar a Léa podía convertirse en un problema bastante serio.
No porque me arrepintiera, más bien por todo lo contrario.
Habíamos pasado buena parte del domingo en La Estrella preparando la siguiente sesión y, entre una cosa y otra, había conseguido besarla tres veces sin que ninguno sintiera la necesidad de convertirlo en una conversación trascendental.
Una junto a la barra, otra en la cabina y la última cuando la acompañé hasta la puerta de casa de Madeleine.
Esa tercera había durado bastante más que las anteriores.
Por eso, cuando poco después de las diez la vi entrar en el taller con dos cafés en la mano, mi primera reacción fue comprobar que estaba solo.
Léa se dio cuenta.
—Qué discreto.
—Estoy trabajando.
—Y yo traigo café. Creo que eso me concede ciertos privilegios.
Levantó uno de los vasos y lo dejó sobre la mesa más cercana. Me limpié las manos en el pantalón antes de acercarme, aunque terminé prestando bastante menos atención al café que a ella.
—¿Este es el precio por venir? —preguntó después de que la besara.
—Depende de cuánto tiempo pienses quedarte.
Sonrió y me tendió el vaso.
—No abuses, Durán.
El taller había cambiado bastante desde la última vez que Léa lo había pisado.
Algunas máquinas eran nuevas, la zona de trabajo ocupaba más espacio y el antiguo despacho de mi padre se había convertido en una mezcla poco elegante de oficina, almacén y sitio donde acumulaba todo aquello que prometía ordenar algún día.
Léa avanzó despacio entre los bancos de trabajo, mirando alrededor con una atención que me hizo recordar a la niña que había recorrido aquel mismo espacio cientos de veces.
—Huele igual.
—Eso espero.
—A madera, barniz y polvo.
—Gracias por resumir veinte años de oficio con tanta sensibilidad.
Se rio, pero no siguió bromeando. Se había detenido delante de una estantería donde conservaba algunas herramientas antiguas de mi padre y pasó los dedos por el mango de un cepillo sin llegar a cogerlo.
—Este lo recuerdo.
Asentí.
—Era su favorito.
—No dejaba que nadie lo tocara.
—A mí tampoco durante bastante tiempo.
Léa sonrió.
—A mí me dejaba barrer.
—Todo un privilegio.
—Con nueve años me parecía importantísimo.
La miré un momento. Lo raro era que podía verla perfectamente allí, mucho más pequeña, siguiendo a mi padre con una escoba demasiado grande y creyéndose parte imprescindible del taller.
Durante años no había pensado en esas escenas porque resultaba más fácil no hacerlo, pero desde que había regresado empezaban a aparecer recuerdos por todas partes.
Léa se apartó de la estantería y volvió a mirarme.
—Necesito tu opinión profesional.
—Eso va a costarte otro café.
—Ya te has cobrado.
Sacó el móvil y me enseñó varias fotografías de unos paneles de madera que había encontrado aquella mañana en uno de los cuartos de almacenaje de casa de Madeleine.
—Estaban apoyados detrás de unas cajas y creo que podían servirnos para las exposiciones de La Estrella.
Amplié una de las imágenes.
—¿Desde cuándo tiene tu abuela esto?
—Ni idea. Ya sabes que en esa casa aparecen cosas de otra vida cada vez que abro un armario.
Sonreí.
—Puedo arreglarlos.
—Eso ya lo sé. Quiero saber si merece la pena.
—Si la madera no está podrida, sí. Tendría que verlos por detrás.
—Pesan una barbaridad.
—Entonces pasaré a buscarlos.
Léa sonrió con una satisfacción que me hizo sospechar que había sido siempre la intención.
—Sabía que acabarías haciéndolo.
—Has venido expresamente para conseguir mano de obra gratuita.
—También quería ver el taller.
La frase salió con tanta naturalidad que tardé un instante en reaccionar. Al final me limité a señalar alrededor.
—Pues ya lo has visto.
—No me eches todavía.
—No te estoy echando.
—Esa cara tuya parece estar echando gente constantemente.
—Marcos dice lo mismo.
—Marcos tiene razón en bastantes cosas.
La miré con poca simpatía.
—No abuses de la confianza.
Léa soltó una carcajada y acabó sentándose sobre el borde de una mesa mientras yo retomaba el trabajo. Tenía que terminar una pieza de una barandilla antes del miércoles y, en teoría, no había ningún motivo para que su presencia me distrajera.
En la práctica, llevaba cinco minutos sentado frente a la misma zona sin avanzar demasiado.
Verla allí resultaba extraño solo hasta que dejaba de pensarlo.
Entonces todo encajaba demasiado bien. Léa había pasado media infancia entrando por aquella puerta, sentándose donde no debía y haciendo preguntas mientras mi padre intentaba convencerla de que algunas herramientas eran peligrosas incluso si solo pensaba mirarlas.
Quince años después, casi todo había cambiado en el taller.
Ella seguía teniendo la misma facilidad para ocupar espacio como si nunca se hubiera marchado.
—Vas a desgastar esa parte —comentó.
Levanté la cabeza.
—¿Ahora también entiendes de carpintería?
—No. Entiendo de ti. Llevas demasiado rato con lo mismo.
Dejé la lija a un lado.
—Llevas diez minutos aquí y has decidido analizarme.
—Te conozco desde antes de que supiéramos multiplicar. Diez minutos me sobran.
Lo peor era que probablemente tenía razón, así que agradecí la interrupción cuando mi móvil empezó a sonar dentro del despacho.
—Ahora vuelvo.
Vi el nombre de la gestoría en la pantalla antes de responder y cerré la puerta a medias por simple costumbre.
—Dime.
—Hugo, te llamo por los movimientos del trimestre y por la transferencia de finales del mes pasado.
Miré hacia el taller. Desde donde estaba podía ver a Léa de espaldas, todavía sentada sobre la mesa mientras revisaba algo en el móvil.
—Ahora no puedo hablar.
—Necesitamos revisar lo del préstamo antes de cerrar el trimestre. Si sigues cargando algunos gastos del cine al taller, vamos a tener que ordenar bien las cuentas porque…
—Te llamo esta tarde.
Hubo un silencio breve.
—Vale, pero no lo dejes. Llevamos demasiado tiempo arrastrándolo.
—Lo sé.
Colgué antes de que pudiera añadir nada y, cuando regresé al taller, Léa ya había bajado de la mesa.
—¿Todo bien?
—Sí. Cosas del taller.
Asintió y no preguntó más.
La deuda no tenía nada que ver con ella.
La había asumido yo mucho antes de que Madeleine muriera, cuando La Estrella necesitó una serie de reparaciones y todavía parecía razonable pensar que podría ir recuperando el dinero poco a poco.
Había utilizado el taller para cubrir más gastos de los que debería y el préstamo seguía ahí, pero era mío: mi decisión, mi dinero y mi problema.
Desde que Léa había vuelto, también había terminado adelantando algunas facturas que se habían salido de la previsión inicial para no detener el trabajo. Seguía convencido de que podía resolverlo por mi cuenta y no veía ninguna razón para preocuparla con aquello.
—¿En qué piensas?
—En que deberías estar trabajando.
—Qué manera tan bonita de echarme.
—Tú misma has dicho que tienes una lista interminable.
—Dos páginas y media.
—Una maravilla.
Léa se acercó antes de irse y levantó la mano hacia mi pelo.
—Tienes serrín.
—Es probable.
—Quieto.
Se puso de puntillas y pasó los dedos entre mi cabello para retirar algo. Habría sido bastante sencillo apartarme y dejar que terminara, pero tenía la cara demasiado cerca y hacía días que mi capacidad para tomar decisiones razonables disminuía considerablemente cuando eso ocurría.
—Ya está —murmuró.
No se alejó.
—Gracias.
Su mirada se detuvo un instante en mi boca y no necesité ninguna invitación más.
La besé despacio al principio. Léa me agarró por la camiseta y terminó acercándose lo suficiente para que olvidara por completo la pieza que tenía pendiente y cualquier intención de fingir que aquello podía seguir siendo algo ligero.
La puerta del taller se abrió.
—Durán, necesito que…
Marcos se quedó a mitad de frase. Léa se apartó despacio y yo cerré los ojos un instante.
—Tienes un don —le dije.
—Yo no sabía que necesitaba pedir cita.
Entró con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que prometía tocarme los cojones durante bastante tiempo.
—Buenos días, Léa.
—Buenos días.
Después me miró a mí.
—Qué carácter tienes últimamente.
—¿Qué quieres?
Marcos dejó la carpeta sobre una mesa y empezó a explicarme que necesitaba presupuesto para reparar unas contraventanas del centro cultural.
Podría haber enviado las medidas por correo, pero se notaba demasiado que estaba disfrutando de la situación como para molestarse en negarlo.
Léa se quedó unos minutos más. Escuchaba la conversación, intervenía de vez en cuando y sonreía cada vez que Marcos encontraba alguna manera de picarme.
Cuando finalmente cogió el bolso, se acercó a donde yo estaba.
—Me voy. Nos vemos a las cinco en La Estrella.
—Allí estaré.
Dudó apenas un segundo antes de darme un beso rápido delante de Marcos.
—Hasta luego.
La vi salir y no tuve que girarme para saber que mi amigo seguía allí.
—Ni se te ocurra —advertí.
—No he dicho nada.
—Estabas a punto.
Marcos apoyó las manos sobre el borde de la mesa.
—Me alegro por ti.
Eso consiguió que lo mirara y entonces noté que su expresión había cambiado. Seguía teniendo ganas de reírse de mí, pero había algo más.
—No te pongas sentimental.
—Tranquilo. No pienso abrazarte.
—Gracias.
—Solo te voy a dar un consejo y luego puedes volver a ser desagradable.
Suspiré.
—Adelante.
—No la cagues.
Lo miré un instante.
—Muy profundo.
—Es gratis. Si quieres algo más elaborado, te cobro.
Recogí la carpeta y revisé una de las medidas para no seguir con aquella conversación.
—Léa y yo sabemos lo que hacemos.
Marcos levantó las cejas.
—Esa frase siempre termina fenomenal.
—Rivas.
—Solo digo que se os ve bien.
Aquello me incomodó bastante más que todas sus bromas anteriores, sobre todo porque yo también lo veía y precisamente ahí estaba el problema.
Marcos se marchó poco después y conseguí volver al trabajo hasta casi las cinco, cuando recogí las herramientas que necesitaba y me fui hacia La Estrella.
Léa estaba en la entrada con Javi e Inés cuando llegué.
Los tres habían conseguido avanzar bastante con la programación de las siguientes sesiones y tenían media barra ocupada con fotografías, folletos y varias cajas que, según Léa, debían estar clasificadas y, según Javi, ya lo estaban porque cada una contenía cosas distintas.
—Eso no es clasificar —le dijo ella.
—Es una primera fase.
—Has metido cables, entradas antiguas y servilletas en la misma caja.
—Todo pertenece al cine.
Inés me miró al verme entrar.
—Por favor, dile que eso no es organizar.
Dejé las herramientas sobre una mesa.
—No pienso meterme.
Léa sonrió.
—Estás aprendiendo.
—Muchísimo.
Trabajamos durante las siguientes horas, terminando algunos detalles de la entrada y preparando parte del material para las siguientes sesiones.
La reapertura había dejado de ser aquella meta que parecía imposible dos semanas atrás y ahora teníamos que acostumbrarnos a que La Estrella volviera a funcionar de verdad.
Había reservas para las siguientes noches, gente preguntando por la programación y una lista nueva de problemas que solucionar, aunque por primera vez ninguno parecía poner en duda que llegaríamos a las veinte sesiones.
Cerca de las ocho, Javi miró el móvil y empezó a recoger sus cosas.
—Yo me voy.
Inés hizo lo mismo.
—Y yo.
Los miré.
—Qué coordinación.
—La envidia es muy fea —respondió Javi.
—No era envidia.
—Claro.
Léa soltó una risa mientras los dos se despedían y, cuando la puerta se cerró detrás de ellos, volvió al portátil para terminar un correo.
Yo empecé a guardar las herramientas.
—Mañana pasaré por casa a ver esos paneles —dije mientras cerraba la caja.
Léa levantó la cabeza.
—¿Los de las fotos?
—A menos que hayas encontrado otros desde esta mañana.
—Dame tiempo.
Sonreí.
—Quiero ver cómo están antes de decirte que podemos utilizarlos.
—Te estoy oyendo perfectamente intentar rebajar mis expectativas.
—Estoy evitando que mañana me digas que te prometí restaurarlos.
—Cobarde.
—Precavido.
—No es lo mismo.
—En mi oficio, bastante.
Léa cerró el portátil y se levantó.
—¿A qué hora vendrás?
—Sobre las siete, si te va bien.
—Perfecto. Están en el cuarto del fondo, pero te aviso de que pesan muchísimo.
—Eso ya me lo has dicho varias veces.
—Porque después vendrás quejándote de la espalda y yo pienso recordarte que te avisé.
—Tengo treinta y cuatro años, Léa.
—Y un dedo lesionado.
La miré.
—Sabía que volverías a sacarlo.
—Te queda bastante sufrimiento por delante con ese tema.
Se acercó mientras hablaba y terminó deteniéndose frente a mí. A esas alturas ya no había nada extraño en reducir la distancia entre nosotros, y precisamente eso empezaba a resultar bastante más inquietante que los primeros besos.
—¿Entonces mañana a las siete? —preguntó.
—A las siete.
—No llegues tarde.
—No soy Marcos.
Léa soltó una carcajada.
—Eso ha sido gratuito.
—Y merecido.
Me agarró suavemente de la camiseta.
—Buenas noches, Durán.
—Buenas noches.
Iba a besarla solo para despedirme, o esa era al menos la idea, porque terminamos tardando bastante más de lo necesario en separarnos y, cuando por fin lo hicimos, Léa seguía sonriendo.
—Nos vemos mañana —dijo.
—A las siete.
Salí de La Estrella sintiendo que lo nuestro empezaba a ser algo más que una historia pendiente del pasado.
Los besos eran una cosa, pero volver a encontrar un sitio en la vida del otro era algo bastante distinto, y empezaba a sospechar que, sin haberlo hablado, los dos estábamos haciendo precisamente eso.