Capítulo 15 #2
A las siete empezaron a llegar los primeros espectadores, aunque habíamos anunciado la apertura de puertas para media hora después.
A las siete y veinte ya había gente esperando fuera y yo llevaba el móvil en una mano, la lista de reservas en la otra y la sensación de que alguien había sustituido mi estómago por una lavadora.
—Respira —dijo Javi.
—Estoy respirando.
—Más despacio.
—No tengo tiempo.
—Respirar suele ser bastante necesario.
Hugo apareció con una caja de entradas impresas.
—Todo listo en taquilla.
—¿Has comprobado el acceso lateral?
—Tres veces.
—¿Extintores?
—En su sitio.
—¿Luces?
—Funcionan.
—¿Proyector?
Javi levantó una mano.
—Si vuelves a preguntarlo, voy a sabotearlo personalmente.
Lo fulminé con la mirada.
—Era una pregunta legítima.
—Hace siete minutos funcionaba.
—Pueden pasar muchas cosas en siete minutos.
Hugo me quitó la lista de las manos.
—Ven.
—¿Dónde?
—Dos minutos.
—Hugo, abrimos en…
—Lo sé.
Me llevó hasta un lateral de la pantalla, fuera de la vista de la gente que esperaba en la entrada.
—¿Qué haces?
—Evitar que te dé algo antes de abrir.
—Estoy perfectamente.
—Tienes la misma cara que el día de la inspección.
—No tengo ninguna cara.
—Tienes todas.
Lo miré mal.
—Eso no tiene sentido.
—Tampoco que lleves dos semanas trabajando para esto y ahora no seas capaz de disfrutarlo.
Iba a responderle, pero señaló hacia la entrada.
Desde allí se veía parte de la cola: había familias, parejas mayores, adolescentes, gente que yo recordaba de cuando era pequeña y otras personas a las que no conocía.
Algunos se habían detenido frente a las fotografías y otros señalaban el rótulo, pero todos habían venido por La Estrella.
—Se han agotado las entradas —dijo Hugo.
—Ya lo sé.
—Pues deja de pensar en lo que puede salir mal durante cinco minutos y mira lo que ya ha salido bien.
Tragué saliva.
—Odio cuando tienes razón.
—Lo sé.
—Y no te acostumbres.
—También lo sé.
Me devolvió la lista y me rozó la cintura antes de regresar hacia la entrada.
A las siete y media abrimos las puertas.
Durante la siguiente hora apenas tuve tiempo de pensar.
Saludé a medio pueblo, expliqué la exposición, resolví una confusión con dos entradas y descubrí que alguien había colocado una bandeja de empanada justo encima de los folletos de la programación.
Cuando por fin empezó a oscurecer, las sillas de lona estaban llenas y todavía había gente hablando junto al bar, así que subí a la cabina con Javi.
—¿Lista?
Miré hacia abajo y encontré a Hugo junto a una de las puertas laterales. Levantó la cabeza justo en ese momento y, aunque no sé cómo supo que lo estaba mirando, sonrió.
—Sí.
Javi apagó las luces y el murmullo fue desapareciendo poco a poco hasta que el recinto quedó completamente a oscuras y la pantalla se iluminó.
Antes de la película habíamos preparado una presentación muy breve con varias fotografías antiguas. Nada sentimental ni grandioso, porque mi abuela se habría levantado de la tumba para insultarme si convertíamos aquello en un homenaje lacrimógeno.
Pasaron imágenes de los primeros años, de Gabriel y Manuel trabajando, de mi madre de niña, de mis padres juntos durante uno de aquellos veranos y de mí correteando por el cine cuando apenas levantaba un metro del suelo.
La última mostraba a mi abuela junto a la taquilla y, debajo, aparecía una única frase:
«La próxima temporada»
Tuve que apretar los labios y Javi, sin decir nada, me pasó un brazo por los hombros. Cuando empezó la película, el público aplaudió y ahí ya no pude evitar que se me escaparan unas cuantas lágrimas, aunque la oscuridad tuvo la decencia de permitirme fingir que nadie se había dado cuenta.
La sesión terminó poco antes de las once y, durante los créditos, hubo otro aplauso, esta vez mucho más largo.
La gente salió despacio, comentando la película, volviendo a mirar las fotografías y preguntando por las siguientes fechas.
Escuché varias veces que volverían y alguien quiso saber si podía comprar entradas para toda la semana siguiente.
Habíamos hecho la primera y todavía quedaban diecinueve, pero por una noche aquella cifra no me pareció una amenaza. Cuando cerramos la puerta principal detrás de los últimos espectadores, Inés se dejó caer sobre una silla.
—No siento los pies.
Javi se sentó a su lado.
—Yo no siento la espalda.
Marcos recogió un vaso vacío.
—Yo estoy perfectamente.
Hugo miró su camisa.
—Ventajas de la sangre pitufo.
—Durán, te juro que…
Volví a echarme a reír.
Media hora después, los tres se marcharon. Inés arrastró a Javi con ella porque al día siguiente tenía la mañana libre y Marcos desapareció después de amenazar a Hugo con presentarse a la próxima sesión vestido de amarillo.
Me quedé recogiendo los últimos papeles de la barra.
—Puedes dejarlo para mañana —dijo Hugo.
—Si lo dejo, mañana me molestará verlo.
—Eso también se parece bastante a Madeleine.
—No empieces.
Guardé los folletos y, cuando levanté la mirada, Hugo seguía observándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara no es de nada.
Se acercó.
—Has estado bien hoy.
—¿Bien?
—Muy bien.
—Menos mal que has ampliado.
—Estoy aprendiendo.
Sonreí y miré alrededor. Las sillas estaban desordenadas, había vasos pendientes de recoger y una de las guirnaldas se había quedado torcida, pero La Estrella ya no parecía un lugar abandonado; volvía a parecer un cine.
—No pensaba que me iba a importar tanto —admití.
—Ya.
—No digas «te lo dije».
—No iba a hacerlo.
—Mentira.
—Puede.
Le di un golpe suave en el brazo y Hugo me agarró la mano antes de que pudiera apartarla.
—La próxima vez que me pegues, recuerda que sigo lesionado.
—Te diste en un dedo.
—Fue traumático.
—Pobrecito.
Se acercó un poco más y la broma desapareció de su expresión.
—Léa.
—¿Qué?
—Llevo toda la noche queriendo hacer esto.
No tuve que preguntarle a qué se refería y lo besé antes de que pudiera hacerlo él.
Hugo me rodeó la cintura y me acercó contra su cuerpo. Aquella vez no había tormenta, nadie podía interrumpirnos y tampoco quedaba nada que comprobar. La sesión había terminado, las puertas estaban cerradas y los dos sabíamos perfectamente lo que estábamos haciendo.
Cuando nos separamos, seguía sujetándome.
—Así que toda la noche —murmuré.
—Desde bastante antes.
—Podrías haber dicho algo.
—Había cien personas.
—Noventa y seis.
—No mejora mucho.
Me reí y volví a besarlo.
Aquella noche habíamos recuperado La Estrella y, después de recorrer en fotografías casi toda mi vida, empezaba a entender que aquel lugar nunca había pertenecido únicamente a mis abuelos.
También era el sitio donde habían empezado mis padres, donde había crecido yo y donde, para bien o para mal, había empezado Hugo. Por primera vez desde que regresé a Puerto de Bruma, esa idea no me dio ganas de salir corriendo.