El último verano que te odié Capítulo 15
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Capítulo 15

Léa

El sábado me desperté antes de que sonara el despertador y tardé unos segundos en recordar por qué tenía el estómago encogido.

Aquella noche reabríamos La Estrella.

Habíamos pasado el viernes entero terminando la exposición, limpiando por cuarta vez cosas que ya estaban limpias y comprobando todo lo que podía comprobarse.

Hugo había revisado los accesos, Javi el equipo de proyección e Inés había recorrido el recinto asegurando que nadie fuera a romperse una pierna por culpa de un cable mal colocado.

Yo había confirmado entradas, permisos, seguros y una cantidad de detalles que dos semanas atrás ni siquiera sabía que existían.

Aun así, a las siete de la mañana ya estaba repasando mentalmente todo lo que podía salir mal.

Bajé a la cocina y encontré a Javi preparando café.

—No me digas que acabas de levantarte —dije.

—No me digas que llevas despierta desde las seis.

—Las seis y cuarenta.

—Muchísimo mejor.

Me sirvió una taza y se sentó frente a mí.

—Va a salir bien.

—No he dicho nada.

—Te conozco desde hace trece años. No necesito que hables para saber cuándo estás haciendo una lista mental de catástrofes.

—No estoy haciendo ninguna lista.

—Lluvia, fallo eléctrico, película que no arranca, invasión de termitas…

—No tenemos termitas.

—Una menos.

Levanté la taza para ocultar mi sonrisa.

La previsión meteorológica llevaba tres días anunciando una noche despejada y sin viento, el proyector había superado todas las pruebas y las entradas disponibles se habían agotado el jueves.

Nada indicaba que fuera a ocurrir un desastre, pero eso no impedía que mi cerebro siguiera buscándolo.

—¿A qué hora viene Inés? —pregunté.

—A las diez. Hemos quedado para desayunar.

Lo miré.

—Estás desayunando.

—Esto es un café de supervivencia. El desayuno oficial será después.

—Vas a regresar a Madrid rodando.

—Tú sigue preocupándote por mi alimentación y deja la reapertura en paz cinco minutos.

Aquello era pedir demasiado.

Llegué a La Estrella antes de las nueve y encontré a Hugo junto a la entrada, subido a una pequeña escalera mientras ajustaba una de las letras del rótulo.

—Dime que no pasa nada.

Me miró desde arriba.

—Buenos días.

—Hugo.

—Buenos días, Léa.

—Buenos días. ¿Qué le pasa al rótulo?

—Nada. Una letra estaba un poco torcida.

Me quedé observándolo.

—¿Un poco cuánto?

—Dos milímetros.

—Baja de ahí.

Sonrió.

—Sabía que entenderías mi preocupación.

—Baja antes de que tengamos que añadir una lesión por caída al martillazo del lunes.

Terminó de apretar el tornillo y descendió de la escalera. El rótulo había quedado precioso. Seguía conservando la estética antigua, pero la pintura estaba restaurada, las letras limpias y la estrella amarilla del centro volvía a tener todas las bombillas en funcionamiento.

Mi abuela habría encontrado algo que corregir y pensarlo me provocó una mezcla rara de risa y ganas de llorar. Hugo debió de notarlo porque dejó la escalera a un lado y se quedó junto a mí.

—Le habría gustado.

—Habría dicho que la segunda «l» está demasiado alta.

Miró hacia arriba.

—Las dos están exactamente a la misma altura.

—Eso no habría impedido que lo dijera.

Se rio y me rozó la mano con la suya, apenas un segundo, antes de apartarse cuando escuchamos un coche detenerse fuera.

Todavía no habíamos hablado de qué éramos ni de si aquello que había empezado entre nosotros tenía algún nombre.

Habíamos decidido dejar de fingir que no queríamos besarnos y, de momento, parecía suficiente.

Por lo menos cuando estábamos solos. Delante de todo el pueblo, prefería no descubrir cuánto tardaban en convertir dos besos en una boda con fecha, restaurante y lista de invitados.

A media mañana empezaron a llegar los primeros voluntarios.

Algunos traían comida, otros flores y una señora apareció con un mantel que, según aseguró, mi abuela había utilizado en la taquilla durante años.

Nadie sabía muy bien dónde colocarlo, pero tampoco tuve valor para decirle que no nos hacía ninguna falta.

A las doce apareció Marcos con una camisa azul. Hugo lo vio desde el otro lado del recinto y se quedó mirándolo con una expresión que me hizo sospechar que iba a ocurrir algo.

—Veo que sigues haciendo honor a la familia.

Marcos frunció el ceño.

—¿Qué familia?

—Los Pitufos.

—Eres gilipollas.

—Y tú vas de azul. Cada uno carga con lo suyo.

Marcos miró su camisa.

—Es mi color de la suerte.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Todavía estoy intentando decidirlo.

No pude evitar soltar una carcajada y Marcos me señaló.

—No le rías las gracias.

—Lo siento, pero esa ha sido buena.

—Lleva años con la misma mierda.

Hugo se encogió de hombros.

—La tradición hay que respetarla.

—Algún día voy a venir vestido completamente de negro solo para joderte.

—No podrás. El azul te llama.

—Es mi color de la suerte —repitió Marcos.

—Sí, desde que nacisteis todos en una seta.

Tuve que apoyarme en la barra porque ya me dolía el estómago de reírme, mientras Marcos negaba con la cabeza.

—No sé por qué sigo siendo amigo tuyo.

—Porque nadie más soporta tus pantalones azules.

—Hoy llevo vaqueros.

—Azules.

—Vete a la mierda.

Un rato después, Marcos se alejó para ayudar a uno de los voluntarios con unas cajas y aproveché para acercarme a Hugo.

—¿A qué ha venido lo de los Pitufos?

Sonrió.

—A una fiesta de disfraces de hace unos años. Rivas perdió una apuesta conmigo y acabó vestido de Pitufo.

—No.

—De azul de la cabeza a los pies. Hasta las orejas.

Me eché a reír.

—Dime que tienes una foto.

—Por supuesto.

—Ahora entiendo por qué te odia.

—No me odia. Le preocupa que algún día la enseñe.

Ahora entendía un poco mejor por qué ambos podían discutir como idiotas y, cinco minutos después, estar compartiendo una cerveza como si nada.

A las cinco de la tarde, La Estrella empezó a transformarse.

Las fotografías antiguas ocupaban la pared principal de la zona de entrada, junto a la taquilla.

Habíamos colocado imágenes de las primeras temporadas, del pueblo, de las colas frente a la entrada y de mi abuela con Gabriel y Manuel durante los años en que aquel lugar empezaba a convertirse en parte de la vida de Puerto de Bruma.

Una de mis fotografías favoritas era de mi abuela con poco más de treinta años, subida a una escalera y señalando algo fuera de cámara mientras mi abuelo y Manuel la miraban con una mezcla de resignación y diversión. No hacía falta haberla conocido para saber quién estaba dando órdenes.

Pero aquellas no eran las únicas fotografías familiares; había muchas en las que aparecía mi madre.

Primero se la veía de niña, sentada en las primeras filas; después, de adolescente, ayudando en la taquilla y, unos años más tarde, convertida en una chica que empezaba a mirar demasiado hacia la cámara cada vez que detrás del objetivo estaba mi padre.

Él no había nacido en Puerto de Bruma. Sus padres venían de vacaciones todos los veranos y así había conocido a mi madre.

Durante años, su historia había funcionado de una forma bastante sencilla: pasaban juntos aquellos dos meses y, después, empezaban a contar cuánto faltaba para el siguiente verano.

Mi abuela había guardado algunas de las cartas que se enviaban durante el invierno.

Todavía recordaba haber visto varias de pequeña, atadas con una cinta dentro de una caja, aunque entonces me había parecido incomprensible que dos personas pudieran escribir tantas páginas solo porque echaban de menos verse.

Cuando tuvieron edad suficiente, lo que todo el mundo había considerado un romance de verano dejó de serlo. Formalizaron su relación, se casaron y mi madre se marchó con él a la ciudad donde trabajaba. Desde entonces, Puerto de Bruma pasó a ser el sitio al que regresaban cada año de vacaciones.

Después llegué yo y las fotografías empezaban a mostrarme en brazos de mi abuelo, dormida sobre las piernas de mi abuela o sentada en una de las sillas de lona con un cubo de palomitas casi tan grande como mi cabeza.

Durante mi infancia, llegar a Puerto de Bruma significaba que empezaba el verano: correr por La Estrella, pasar los días con mis abuelos y reencontrarme con los niños con los que llevaba meses esperando volver a jugar. Hugo era uno de ellos.

Hasta los nueve años, Puerto de Bruma había sido el lugar de los veranos.

Después se convirtió en casa cuando mis padres murieron en un accidente y me quedé a vivir con mis abuelos.

Yo ya conocía aquellas calles, tenía amigos y adoraba ese lugar, pero una cosa era pasar allí las vacaciones sabiendo que al terminar volverías a casa con tus padres y otra muy distinta comprender que ya no existía ningún sitio al que regresar con ellos.

Mis abuelos hicieron todo lo posible para que siguiera siendo una niña cuando yo probablemente tenía demasiadas razones para dejar de sentirme como una.

Empecé el colegio allí de forma permanente y Puerto de Bruma dejó poco a poco de ser el lugar donde me había quedado porque no tenía otra opción para convertirse simplemente en mi hogar.

Mi relación con Hugo también cambió. Dejó de ser el niño al que esperaba reencontrar cada verano para convertirse en alguien que estaba allí todos los días.

Crecimos juntos, discutimos, nos contamos cosas que no le contábamos a nadie más y acabamos conociéndonos demasiado bien.

Años después, también me enamoré de él allí.

Quizá por eso regresar siempre había sido mucho más complicado de lo que quería reconocer.

—Se parece a ti.

La voz de Inés me sacó de mis pensamientos.

—¿Quién?

—Tu abuela. Esa cara de estar diciendo cómo tiene que hacerse todo.

—Yo no pongo esa cara.

Inés soltó una carcajada.

—Claro que no.

—¿Tú también?

—Léa, llevas dos semanas diciéndonos dónde colocar hasta las cajas vacías.

—Porque las dejáis donde molestan.

—Exactamente.

Acabé sonriendo y me obligué a apartarme de las fotografías porque, si seguía allí mucho más tiempo, iba a llegar la primera persona y me encontraría llorando delante de una pared.