Capítulo 14
Hugo
El jueves dormí bastante menos de lo necesario y la culpa, para variar, volvió a ser Léa, aunque esta vez no podía achacársela a Marcos ni a ninguna frase que hubiera preferido no escuchar.
Había sido yo quien la había besado, pero también ella quien había vuelto a hacerlo después, y esa segunda parte llevaba acompañándome desde que salí de La Estrella la noche anterior. Por mucho que le diera vueltas, me costaba encontrarle una interpretación que no me gustara.
Llegué al cine poco antes de las nueve. Faltaban dos días para la reapertura y teníamos prevista la primera prueba completa de proyección y sonido, así que había suficientes cosas pendientes como para mantenerme ocupado.
O esa era la intención, porque nada más abrir la puerta recordé a Léa agarrada a mi camiseta en la cabina y perdí unos segundos mirando las escaleras como un idiota.
Dejé las herramientas y fui directamente hacia la entrada para terminar de ajustar el rótulo. El dedo seguía amoratado, pero al menos podía doblarlo sin acordarme de toda la familia de Marcos.
A las nueve y cuarto escuché abrirse la puerta y no necesité girarme para saber quién era.
—Buenos días —dijo Léa.
—Buenos días.
Seguí apretando uno de los tornillos durante unos segundos, hasta que comprendí que llevaba demasiado rato fingiendo un interés extraordinario por algo que ya estaba colocado.
Cuando me volví, Léa seguía junto a la entrada con unos vaqueros claros, una camiseta de tirantes y el pelo suelto. No parecía incómoda, aunque tampoco tenía la expresión de quien pensaba comentar tranquilamente la previsión del tiempo.
—¿Qué tal el dedo?
Miré mi mano.
—¿Vamos a empezar por ahí?
—Me parecía un tema seguro.
—Está bien.
—Me alegro.
Nos quedamos mirándonos y tuve que contestar con una sonrisa.
—Esto es absurdo.
—Un poco.
Dejé el destornillador sobre la mesa.
—Podemos hablar de anoche.
—También podemos fingir que no pasó nada y empezar a comportarnos raro durante las tres próximas semanas.
—No me parece un gran plan.
—A mí tampoco.
Se acercó un poco más.
—Entonces habla.
—¿Yo?
—Tú me besaste primero.
—Tú me besaste después.
—Pero tú empezaste.
—¿Estamos repartiendo responsabilidades?
Léa sonrió.
—Estoy intentando que te mojes.
—Anoche ya me mojé bastante.
—Qué gracioso.
La lluvia había conseguido empaparnos a los dos, aunque sabía perfectamente que no se refería a eso.
Me apoyé en la mesa.
—No me arrepiento.
La sonrisa desapareció lentamente de su cara.
—Yo tampoco.
Aquello fue mucho más sencillo de decir de lo que había imaginado y, al mismo tiempo, complicó todo bastante.
—Bien —respondí.
—¿Bien?
—No sé cuál es la respuesta correcta.
—Podrías probar con alguna que tenga más de una sílaba.
—Vale. No me arrepiento de haberte besado y me alegra bastante que tú tampoco, aunque no tengo ni idea de qué hacemos ahora.
Léa asintió.
—Eso está mejor.
—Gracias.
—Y yo tampoco sé qué hacemos ahora.
—Perfecto.
—Hugo.
—Perdón.
Se echó a reír y una parte de la tensión desapareció.
—No quiero convertirlo en un drama —dijo—. Bastante tuvimos ya con uno.
Ahí sí dejé de sonreír.
—Léa…
—No estoy hablando de aquello. No hoy.
Asentí porque, si había aprendido algo durante las últimas semanas, era que insistir cuando me decía que no quería hablar no servía absolutamente de nada.
—Entonces no hablamos.
—Pero tampoco quiero que hagamos como si anoche hubiera sido un accidente por culpa de la tormenta.
—No lo fue.
Su mirada se detuvo un momento en mi boca y fue suficiente para que olvidara cualquier intención de comportarme con prudencia.
—Eso también está bastante claro —murmuró.
Di un paso hacia ella.
—Podemos comprobarlo.
—Qué método tan científico.
—Me gusta trabajar con datos.
—Carpintero y científico. Qué completo eres.
—No sabes cuánto.
Léa soltó una risa, aunque le duró poco porque terminé de acercarme y la besé.
Esta vez no había lluvia, recuerdos ni una tormenta empeñada en devolvernos quince años atrás. Eran las nueve y veinte de la mañana, entraba luz por las puertas abiertas y probablemente teníamos polvo en sitios donde nadie debería tenerlo.
Léa apoyó las manos en mi pecho y yo la sujeté por la cintura.
El beso duró lo suficiente para confirmar que lo de la noche anterior no había tenido nada que ver con el ambiente, aunque terminó de una forma bastante menos romántica cuando alguien carraspeó detrás de nosotros.
Nos separamos y descubrimos a Javi en la entrada con dos cafés en una mano y una bolsa de papel en la otra.
—No os preocupéis por mí.
Léa cerró los ojos.
—Javi.
—He intentado hacer ruido al entrar, pero estabais muy concentrados.
Lo miré.
—Puedes volver a salir.
—Podría, pero traigo desayuno y creo que eso me concede inmunidad diplomática.
Léa se apartó de mí y fue hacia él.
—Dame el café.
—Buenos días a ti también.
—Javi.
—Ya voy.
Le entregó uno de los vasos con una sonrisa que me confirmó que iba a disfrutar aquello mucho más de lo que nosotros queríamos.
—¿Dónde está Inés? —pregunté.
—Viene luego.
—Estupendo.
—¿Quieres que no le cuente nada?
—Sí.
Javi fingió pensárselo.
—No.
—Lozano.
—Durán.
Léa empezó a reírse.
—Tenéis cinco años.
—Él ha empezado —dijimos los dos casi al mismo tiempo.
Eso consiguió que se riera todavía más.
La mañana pasó entre preparativos, llamadas y una cantidad sorprendente de comentarios de Javi que conseguí ignorar sin estrangularlo. Inés apareció cerca de las once y necesitó menos de diez minutos para darse cuenta de que algo había cambiado.
No porque «su hermano fuera un inútil disimulando», como afirmó después, sino porque Javi tenía la capacidad de mirar alternativamente a Léa y a mí con una sonrisa que merecía una bofetada.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó mi hermana.
—Nada —respondí.
—Nada —repitió Léa.
Inés dejó una caja sobre la barra.
—Qué coordinación.
Javi se tapó la boca con el café.
—Yo no he dicho nada.
—Pero te estás muriendo por hacerlo.
—Muchísimo.
Léa lo señaló.
—Ni se te ocurra.
Inés nos observó durante unos segundos antes de abrir mucho los ojos.
—No.
—Inés —advertí.
—¡No!
—¿Puedes bajar la voz?
Mi hermana miró a Léa.
—¿Vosotros…?
—Estamos trabajando —respondió ella.
—Eso ya lo veo.
—Pues céntrate en eso.
Inés se giró hacia mí.
—¿Y tú por qué tienes esa cara?
—¿Qué cara?
—Esa.
—Tengo la misma de siempre.
Javi negó lentamente.
—No, hoy está menos amargado.
Le lancé un rollo de cinta adhesiva y consiguió atraparlo antes de que le diera.
—Violencia no —protestó—. Estamos delante de testigos.
—Devuélveme la cinta.
—Pídemela bien.
Inés terminó arrancándosela de las manos mientras Léa se alejaba hacia la cabina intentando esconder la risa.
No necesitábamos anunciar nada porque tampoco había nada que anunciar. Habíamos vuelto a besarnos y ninguno quería fingir que no había ocurrido, pero eso era todo lo que teníamos claro.
Curiosamente, me parecía suficiente.
Después de comer empezamos la prueba técnica.
Javi había preparado varios archivos para comprobar imagen, sonido y subtítulos, mientras Inés se encargaba de sentarse en diferentes zonas del recinto para decirnos si se escuchaba correctamente.
Léa estaba en la cabina conmigo, revisando una lista cada vez que cambiábamos algún ajuste.
—Fila nueve, lateral derecho —gritó Inés desde abajo—. Se oye bien.
—Apunta —dijo Léa.
—Ya lo he hecho.
—Entonces no hace falta que te lo diga.
—Correcto.
—Qué eficiente.
La miré.
—¿Eso era un cumplido?
—No te acostumbres.
Continuamos hasta que la imagen empezó a fallar en uno de los extremos de la pantalla.
—Otra vez —dijo Léa.
Repetí el archivo, pero el problema seguía ahí.
—¿Proyector?
—No creo. Si fuera la lente, lo haría todo el tiempo.
Nos inclinamos los dos hacia el monitor y Léa señaló una de las configuraciones.
—¿Y esto?
—Puede ser.
Moví el ratón al mismo tiempo que ella y nuestras manos chocaron. Al levantar la vista, me encontré con sus ojos.
—Concéntrate —murmuró.
—He sido yo el que ha llegado primero.
—Mentira.
—Tengo testigos.
—Tus testigos están abajo.
—Mejor.
Léa sonrió y retiró la mano mientras yo ajustaba el formato y volvía a lanzar la imagen, que esta vez salió perfecta.
—¡Ahora sí! —gritó Javi desde la explanada.
Léa levantó los brazos.
—Por fin.
La miré mientras tachaba otra línea de la lista.
Había algo distinto en verla allí después de lo ocurrido la noche anterior.
No porque de repente todo estuviera resuelto, sino porque ya no podía fingir que solo estaba recuperando La Estrella.
También la estaba recuperando a ella de alguna forma y sabía demasiado bien que aquello podía salir mal, así que preferí no darle más vueltas.
Terminamos las pruebas casi a las ocho. Inés tenía una cita en la clínica a primera hora de la mañana y convenció a Javi para que la acompañara a cenar, algo que él aceptó con una rapidez que hizo innecesario cualquier comentario.
—Nos vemos mañana —dijo mi hermana mientras salían.
Javi se volvió hacia nosotros.
—¿Cierro al salir?
—No —respondimos Léa y yo al mismo tiempo.
Sonrió.
—Qué coordinación otra vez.
—Vete —dijo Léa.
—Ya me voy.
Cuando por fin desaparecieron, el silencio regresó al cine mientras Léa guardaba las hojas de la prueba técnica y yo empezaba a recoger los cables.
—Tu amigo es insoportable.
—Lo sé.
—¿Cómo llevas trece años aguantándolo?
—Porque me hace reír.
—Eso no compensa tanto.
—También sabe dónde esconder un cadáver.
La miré.
—Eso sí puede ser útil.
Terminamos de recoger y, cuando fui a apagar el proyector, Léa me detuvo.
—Espera.
—¿Qué pasa?
Señaló la pantalla.
—Ya que funciona, podríamos sentarnos cinco minutos.
—¿Cinco?
—Diez, si te portas bien.
—Qué generosa.
Bajamos a la explanada y nos sentamos casi al fondo. En la pantalla seguía reproduciéndose uno de los archivos de prueba, una sucesión de imágenes sin importancia que ninguno estaba mirando demasiado.
Léa se acomodó en el asiento.
—Hace muchísimo que no me sentaba aquí simplemente a ver algo.
—Normal. Llevas dos semanas viniendo a trabajar.
—Antes tampoco.
No pregunté por qué, porque ya conocía la respuesta. Después de unos segundos, dejó la mano sobre el reposabrazos que nos separaba y, cuando la miré, terminé entrelazando mis dedos con los suyos.
Ninguno de los dos hizo ningún comentario.
Nos quedamos así un rato, viendo una pantalla que no contaba ninguna historia mientras probablemente los dos pensábamos en demasiadas.
—Hugo.
—¿Qué?
—Esto no significa que todo esté arreglado.
Giré la cabeza hacia ella.
—Lo sé.
—Ni que haya olvidado nada.
—También lo sé.
—Vale.
Apreté ligeramente su mano.
—Pero tampoco quiero pasarme el verano fingiendo que no quiero besarte.
Léa sonrió.
—Eso sería bastante difícil a estas alturas.
—Mucho.
—Entonces podemos dejar de fingir esa parte.
—Me parece un buen comienzo.
Se volvió hacia mí y fui a besarla, pero me detuvo apoyando una mano en mi pecho.
—Una cosa.
—Dime.
—Como vuelvas a decidir por mí en algo, aunque sea qué pizza pedir, te mato.
La frase me hizo sonreír, aunque sabía que detrás había bastante más que una broma.
—Entendido.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Léa mantuvo la mirada unos segundos, como si intentara decidir si podía creerme, y después retiró la mano de mi pecho para agarrarme de la camiseta.
—Ahora sí.
La besé y, por primera vez desde que había vuelto a Puerto de Bruma, no sentí que estuviéramos intentando recuperar algo que habíamos perdido. Parecía más bien que estábamos empezando algo distinto.