El último verano que te odié Capítulo 13
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Capítulo 13

Léa

El miércoles llegué a La Estrella poco después de las diez y encontré a Hugo subido a una escalera colocando los últimos anclajes del rótulo.

El dedo seguía algo hinchado por el martillazo del lunes, aunque eso no le había impedido trabajar ni, por supuesto, reconocer que quizá debería haber tenido más cuidado.

—¿Cómo sigue el dedo?

Miró hacia abajo.

—Bien.

—¿Eso significa que todavía conservas los diez?

—Los he contado esta mañana.

—Me quedo más tranquila.

Hugo negó con la cabeza y continuó con lo suyo mientras yo dejaba el bolso junto al portátil.

Faltaban tres días para la reapertura y, por primera vez desde que habíamos empezado, la lista de tareas pendientes era más corta que la de cosas terminadas.

El rótulo estaba prácticamente listo, la prueba de sonido había funcionado, los baños volvían a parecer aptos para seres humanos y esa tarde recibiríamos las últimas sillas que habíamos conseguido alquilar.

Javi apareció media hora después acompañado de Inés y dos bolsas con bollos que desaparecieron antes de que pudiéramos decidir si debíamos guardarlos para más tarde.

A esas alturas, nadie preguntaba ya cuánto tiempo pensaba quedarse mi amigo en Puerto de Bruma.

Él seguía asegurando que regresaría a Madrid en cuanto fuera necesario y yo había dejado de señalar que llevaba varios días trabajando desde mi cocina sin el menor interés por comprobar cuándo podía ser necesario.

Estábamos terminando de colocar unas fotografías en la zona de entrada cuando apareció Marcos.

Hugo lo vio casi al mismo tiempo que yo.

Esta vez no había carpeta municipal ni cinta métrica que justificara su presencia. Llevaba una camiseta oscura, pantalones cortos y dos bolsas de una ferretería.

—He traído lo que me pediste —dijo al acercarse a mí.

—Yo no te he pedido nada.

—No, pero ayer dijiste que os faltaban bridas, cinta y un par de alargadores.

Miré las bolsas.

—¿Has ido a comprarlos?

—Pasaba por delante.

Hugo soltó un ruido desde la escalera y Marcos levantó la cabeza.

—¿Algún problema?

—Ninguno.

—Perfecto.

Inés me miró y tuvo que apretar los labios para no reírse.

Marcos dejó las bolsas en la barra y se quedó a ayudarnos, tal como había prometido. En menos de veinte minutos estaba colocando fotografías con Javi mientras yo terminaba unos carteles y Hugo fingía que trabajar en el rótulo requería toda su atención.

Lo habría hecho bastante mejor si no mirara hacia nosotros cada vez que Marcos se acercaba.

—¿A qué hora habéis quedado? —preguntó Inés mientras me ayudaba con uno de los marcos.

—A las ocho.

Hugo dejó caer algo metálico al otro lado del recinto y los cuatro miramos hacia él.

—Se me ha caído una llave —explicó.

—Menos mal —respondió Javi—. Por un momento pensé que habíamos perdido otro dedo.

—Lo del dedo empieza a cansar.

—A ti más que a nadie —añadió Marcos.

Hugo le dedicó una mirada que consiguió que yo bajara la cabeza para esconder la sonrisa.

Durante el resto de la tarde intenté no fijarme demasiado en ellos, aunque resultaba complicado porque Marcos parecía haber descubierto lo fácil que era provocar a Hugo y empezaba a divertirse.

No hacía nada exagerado. Le bastaba con preguntarme si necesitaba ayuda, acercarse a mirar alguna cosa en el portátil o recordarme que pasaría a buscarme a las ocho.

Hugo respondía con silencios cada vez más largos.

A las siete decidí marcharme antes de que alguien acabara herido y no necesariamente por culpa de una herramienta.

—Nos vemos mañana —dije mientras guardaba el portátil.

—¿Ya te vas? —preguntó Javi.

—Tengo que ducharme y cambiarme.

—Ah, claro. La cita.

—Gracias por recordárselo a todo el recinto.

—De nada.

Inés sonrió.

—Pásalo bien.

Marcos, que estaba agachado junto a una caja, levantó la mano.

—Intentaré que así sea.

Miré a Hugo, que estaba recogiendo herramientas.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Ni siquiera levantó la cabeza.

Estuve a punto de decirle algo, aunque finalmente decidí que ya había disfrutado bastante de sus celos aquella semana y me marché antes de convertirme en una persona horrible.

Marcos pasó a buscarme puntual y fuimos a cenar a un restaurante pequeño situado en la parte alta del pueblo.

La conversación empezó igual que el domingo, con facilidad, bromas y ninguna necesidad de pensar demasiado antes de hablar.

A mitad del primer plato ya habíamos discutido por otra película y Marcos me había contado una historia sobre Hugo, una barca y un motor averiado que me prometió negar si alguna vez la repetía delante de él.

Me lo estaba pasando muy bien otra vez y quizá precisamente por eso, cuando nos trajeron el postre y Marcos se quedó mirándome con una expresión extrañamente seria, supe que iba a decir algo que no tenía nada que ver con la tarta de queso que acabábamos de pedir.

—No pongas esa cara —dije.

—¿Qué cara?

—La de «tenemos que hablar».

Se rio.

—Ni siquiera he abierto la boca.

—Pero tienes cara de conversación incómoda.

—No creo que sea incómoda.

—Eso lo dice siempre la persona que va a empezarla.

Marcos apoyó los brazos sobre la mesa.

—Me gustas.

Parpadeé.

—Pues empiezas fenomenal.

—Déjame terminar.

—Adelante.

—Me gustas, me pareces guapísima y me lo paso muy bien contigo, pero creo que he cometido un error.

—¿Cuál?

—Pensar que quería que esto acabara siendo una relación.

No pude evitar quedarme mirándolo durante un par de segundos.

—Vaya.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de estar preguntándote qué problema tienes.

—No estaba pensando eso.

—Un poco sí.

Sonreí porque, probablemente, tenía razón.

—¿Y cuándo has llegado a semejante conclusión?

—Entre el domingo y hoy. Sobre todo hoy.

—Rapidito.

—Soy eficiente.

—Eso dicen todos los funcionarios.

Marcos se echó a reír.

—Creo que me gustas mucho más como amiga.

Esperé sentirme decepcionada, pero no ocurrió. Lo que apareció fue algo bastante parecido al alivio y eso respondió varias preguntas que ni siquiera sabía que me estaba haciendo.

—Creo que a mí también.

—Menos mal.

—¿Menos mal?

—Llevaba diez minutos pensando cómo decirte esto sin que me tiraras la copa encima.

—Nunca desperdiciaría vino.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

Me reí y cogí la cuchara de postre.

—Pues ya está. Hemos sobrevivido a nuestra ruptura.

—Ni siquiera hemos llegado a empezar.

—Por eso no ha sido traumática.

Marcos probó la tarta y asintió con aparente satisfacción.

—Además, hay otro pequeño inconveniente.

Lo señalé con la cuchara.

—No.

—Todavía no sabes qué voy a decir.

—Sí lo sé.

—Entonces me ahorras trabajo.

—Hugo no tiene nada que ver.

Marcos me miró en silencio.

—No pongas esa cara.

—No estoy haciendo nada.

—Me estás juzgando.

—Léa, el lunes tu socio casi se amputa un dedo porque me acerqué a enseñarte una foto.

Solté una carcajada.

—No fue por eso.

—Claro. Y hoy se le ha caído una llave justo cuando Inés ha preguntado a qué hora cenábamos.

—Casualidad.

—Muchísima.

Negué con la cabeza mientras seguía sonriendo.

—Aunque Hugo esté celoso, eso no significa nada.

—No estaba hablando de Hugo.

La sonrisa se me borró un poco.

—¿Entonces?

—Hablo de ti.

—Yo no estoy celosa.

—No he dicho eso.

—Pues no sé qué quieres decir.

Marcos se inclinó ligeramente hacia delante.

—Que cuando hablas de él te cambia la cara. Cuando discutís, te diviertes. Cuando entra por una puerta, sabes que ha llegado aunque estés mirando hacia otro lado y, cuando está cerca, estás pendiente de lo que hace incluso mientras finges que no.

Lo miré.

—Has tenido demasiado tiempo libre esta semana.

—Puede ser.

—Y te equivocas.

—También puede ser.

Cogió otra cucharada de tarta con una tranquilidad irritante.

—De todas formas, no es asunto mío.

—Después de soltarme todo eso, ahora no puedes decir que no es asunto tuyo.

—Puedo porque ya soy tu amigo. Los amigos soltamos la bomba y luego nos desentendemos.

—Qué cómodo.

—Muchísimo.

Terminé riéndome porque mantener aquella conversación con cara seria resultaba imposible.

Salimos del restaurante cerca de las diez y media. El cielo llevaba un rato cargándose de nubes y el aire había cambiado lo suficiente para anunciar lluvia. Marcos me acompañó hasta el centro del pueblo y nos despedimos junto a la plaza.

—Entonces, ¿sin beso de buenas noches? —pregunté.

—Podría darte uno, pero creo que sería confundir los términos del nuevo «contrato».

—Muy profesional.

—Siempre.

Me dio un beso en la mejilla.

—Buenas noches, amiga.

—No abuses.

—Nos vemos el viernes.

—Mañana estaré en La Estrella.

—Yo no. Creo que Durán necesita un día de descanso.

—Eres idiota.

—Eso también me lo han dicho.

Se alejó riéndose y yo continué hacia casa.

No había recorrido ni la mitad del camino cuando empezó a llover.

Primero fueron unas gotas grandes y espaciadas, pero en cuestión de segundos se convirtieron en una cortina de agua que me obligó a correr hasta refugiarme bajo el toldo de una tienda cerrada. Saqué el móvil para escribir a Javi y vi un mensaje de Hugo enviado hacía apenas cinco minutos.

Hugo: ¿Tienes las llaves de la cabina?

Fruncí el ceño.

Léa: Sí. ¿Por qué?

La respuesta llegó enseguida.

Hugo: Estoy en La Estrella. El cierre de una ventana se ha soltado con el viento y me he dejado las llaves en el taller.

Miré hacia el cielo.

La Estrella estaba bastante más cerca que la casa de mi abuela y, teniendo las llaves, no tenía sentido hacerlo esperar mientras aquello empeoraba.

Léa: Voy.

Llegué empapada de rodillas para abajo y encontré a Hugo refugiado en el tramo cubierto de la entrada principal. En cuanto me vio, miró detrás de mí.

—¿Dónde está Marcos?

—Buenas noches a ti también.

—Pensaba que te traería.

—Hemos ido andando.

Saqué las llaves.

—¿Qué ventana?

—La de la cabina. Desde fuera he visto que se movía.

Cruzamos la explanada corriendo bajo la lluvia y subimos las escaleras del pequeño edificio de proyección.

En cuanto abrí la cabina y entramos, el agua empezó a golpear el techo con tanta fuerza que por momentos resultaba difícil escuchar otra cosa.

La ventana estaba abierta unos centímetros, sacudida por el viento.

Entre los dos conseguimos cerrarla y Hugo ajustó provisionalmente el pestillo.

—Mañana lo cambio.

—¿Ves? Por eso hay que conservar los dedos.

Me miró.

—¿Vas a seguir con eso mucho tiempo?

—Probablemente.

Sonrió y entonces un relámpago iluminó la cabina antes de que un trueno hiciera vibrar los cristales. Los dos nos quedamos quietos, porque no hacía falta decir nada: quince años atrás habíamos estado exactamente allí durante otra tormenta, la noche de nuestro primer beso.

—Vaya casualidad —murmuré.

—Sí.

Me acerqué a la ventana para comprobar que no entraba agua, aunque la verdad era que necesitaba hacer algo. Hugo estaba detrás de mí y podía notar su presencia incluso sin mirarlo.

—¿Qué tal la cena?

Cerré los ojos un instante.

—Bien.

—Me alegro.

Me giré.

—Esta vez ha sonado un poco mejor.

—Estoy progresando.

—Muchísimo.

La luz parpadeó y durante un segundo la cabina quedó a oscuras antes de volver a encenderse.

—Marcos y yo no vamos a volver a quedar.

Hugo frunció ligeramente el ceño.

—¿Ha pasado algo?

—Sí. Nos hemos dado cuenta de que nos gustamos bastante más como amigos.

Intentó mantener la expresión seria, pero le duró poquísimo.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Hugo.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Pues inténtalo mejor.

Se rio y yo terminé haciendo lo mismo.

—Eres un capullo.

—No he dicho nada.

—No hacía falta.

Otro trueno sonó sobre nosotros y la sonrisa se me fue apagando poco a poco. Hugo también dejó de reírse.

Estábamos demasiado cerca otra vez.

—El otro día —dijo—, cuando casi nos caemos…

—No nos caímos.

—Ya lo sé.

—Entonces no puedes seguir utilizando eso como excusa.

Su mirada bajó hacia mi boca.

—No estaba intentando utilizarla.

Noté cómo se me aceleraba el pulso.

—¿Entonces?

Hugo tardó apenas un segundo en responder.

—Estaba intentando averiguar si tú también llevas varios días pensando en lo que habría pasado si Javi no hubiera aparecido.

Podría haber mentido, y probablemente habría sido lo más sensato.

—Sí.

No hizo falta nada más.

Hugo levantó una mano y me rozó la mejilla antes de darme tiempo a pensar demasiado. Cuando me besó, lo reconocí antes incluso de entender lo absurdo que resultaba reconocer un beso después de tanto tiempo.

Le agarré la camiseta y Hugo me rodeó la cintura, acercándome hasta que dejé de saber cuál de los dos había dado el último paso.

El beso empezó despacio, casi con cuidado, pero nos duró poco la prudencia.

Habíamos pasado demasiados días fingiendo que aquello no estaba ocurriendo y demasiados años intentando no recordar que una vez ya había ocurrido.

Cuando nos separamos, ninguno se alejó y Hugo apoyó la frente contra la mía.

—Esto es una mala idea.

Todavía tenía las manos agarradas a su camiseta.

—Malísima.

—Vale.

Lo miré.

—¿Vale qué?

—Que al menos estamos de acuerdo.

No pude evitar reírme y aquello rompió apenas la tensión, aunque no lo suficiente para que retirara las manos de mi cintura.

—Hugo…

—¿Sí?

No sabía qué iba a decir, probablemente porque cualquier cosa sensata llegaba quince años tarde y cualquier cosa insensata acababa de ocurrir. Así que hice lo único que no necesitaba explicación y volví a besarlo.