El último verano que te odié Capítulo 12
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Capítulo 12

Hugo

El lunes llegué al taller media hora antes de lo habitual y conseguí avanzar bastante hasta que descubrí que llevaba diez minutos lijando una pieza que ya estaba perfectamente lisa.

La culpa era de Léa.

O, siendo justos, la culpa era mía por haberle preguntado cómo había ido su cita y todavía más mía por reconocer que me molestaba.

Ella podía quedar con quien quisiera, besar a quien quisiera y hacer con su vida exactamente lo que le diera la gana.

Lo había entendido hacía quince años, aunque por entonces hubiera sido demasiado idiota para actuar en consecuencia, y no pensaba volver a cometer el mismo error.

Eso no impedía que la frase «Marcos me ha besado» llevara dando vueltas por mi cabeza desde la noche anterior.

Dejé la lijadora y fui a buscar las herramientas que necesitaba para La Estrella.

Tenía trabajo de sobra como para perder el tiempo imaginando cosas que no me incumbían.

Faltaban cinco días para la reapertura; esa mañana debíamos colocar definitivamente el rótulo, el electricista regresaba después de comer y todavía quedaban varias tablas por sustituir en la zona lateral de la pantalla.

Si todo iba bien, el jueves podríamos hacer una prueba completa de proyección y sonido.

Cuando llegué al cine, Léa ya estaba allí.

Últimamente empezaba a resultar preocupante que aquello hubiera dejado de sorprenderme.

Había abierto las puertas laterales y estaba junto a la barra hablando por teléfono mientras consultaba algo en el portátil.

Llevaba unos pantalones cortos vaqueros, una camiseta blanca y el pelo recogido en una trenza, una combinación menos peligrosa que el vestido verde agua de la noche anterior y que, aun así, consiguió distraerme más de lo necesario.

Levantó la mano al verme y continuó con la llamada.

Dejé las herramientas junto a la pantalla y me puse a preparar los soportes del rótulo. Habíamos conseguido recuperar buena parte de la estructura original, pero algunos anclajes estaban demasiado deteriorados y prefería sustituirlos antes de colgar varios kilos de madera por encima de la entrada.

—Sí, perfecto. Te lo mando esta mañana —dijo Léa antes de despedirse y dejar el móvil sobre la barra—. Buenos días.

—Buenos días.

Se acercó al rótulo.

—¿Vas a colgarlo hoy?

—Esa es la idea.

—¿Necesitas ayuda?

—Dentro de un rato.

—Entonces voy a terminar esto antes de que encuentres una forma de ponerme a cargar cosas.

—No hace falta que la encuentre. Ya tengo varias.

Me dedicó una mirada poco amistosa y volvió al portátil, aunque la sonrisa que intentó esconder me confirmó que tampoco estaba demasiado ofendida.

Trabajamos casi una hora cada uno por su lado.

Léa hizo varias llamadas, imprimió documentos y consiguió discutir con una distribuidora sin subir el tono ni una sola vez, algo que siempre me había parecido bastante más amenazador que gritar.

Yo terminé los anclajes y estaba tomando medidas para la última pieza cuando escuché un coche detenerse fuera.

No presté demasiada atención hasta que oí la voz de Marcos.

—¿Se puede?

Levanté la cabeza y, por supuesto, allí estaba Marcos, entrando con una carpeta bajo el brazo y unas gafas de sol enganchadas en el cuello de la camiseta. Léa salió de detrás de la barra en cuanto lo vio y la sonrisa que le dedicó me hizo apretar un poco más la cinta métrica.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió ella—. ¿Otra inspección sorpresa?

—Hoy vengo en son de paz.

—Eso dijiste ayer y acabaste amenazándome con futuras inspecciones.

Marcos se echó a reír.

—No puedes demostrarlo.

Ahí había una conversación que yo no conocía. Fantástico, justo lo que me faltaba.

Seguí tomando medidas mientras intentaba convencerme de que no me interesaba absolutamente nada saber qué habían hecho durante aquellas horas. Por desgracia, Marcos parecía dispuesto a facilitarme información aunque nadie se la hubiera pedido.

—Te traigo la copia del informe definitivo —explicó mientras le tendía la carpeta—. También quería revisar una medida del acceso lateral porque ayer me di cuenta de que la que figura en el plano antiguo no coincide con la reforma de hace unos años.

—¿Tienes que hacerlo ahora?

Marcos se giró hacia mí.

—Buenos días a ti también.

—Te he preguntado una cosa.

—Y yo estaba saludándote. Es una costumbre bastante extendida.

Léa escondió una sonrisa detrás de la carpeta.

—Buenos días, Marcos —dije.

—Mucho mejor. Y sí, tengo que medirlo ahora porque después tengo una reunión y no pienso volver esta tarde solo para comprobar treinta centímetros.

—Qué entrega al servicio público.

—Me debo a los ciudadanos.

Léa soltó una risa y los dos se dirigieron hacia el lateral del recinto, así que volví al rótulo y traté de concentrarme en lo mío.

El martillo estaba justo donde lo había dejado y, durante los siguientes minutos, intenté concentrarme en colocar uno de los soportes sin prestar demasiada atención a la conversación que llegaba desde la otra punta.

—¿Entonces el miércoles? —Escuché decir a Marcos.

El martillo quedó suspendido a pocos centímetros del clavo.

—Sí, me va bien —respondió Léa.

Continué trabajando.

—¿Sobre las ocho?

—Perfecto.

Golpeé el clavo con más fuerza de la necesaria y la madera no se quejó, aunque probablemente tendría motivos.

—¿Siempre trabajas con tanta delicadeza? —preguntó Léa desde lejos.

—Sí.

—Pues recuérdame que no te encargue ningún mueble.

—Los muebles no opinan.

Marcos se rio.

No tenía ninguna razón para molestarme porque hubieran vuelto a quedar. Ya sabía que probablemente ocurriría y, después de la conversación de la noche anterior, al menos había conseguido una cosa importante: Léa sabía lo que me pasaba, pero también que no pensaba interferir.

Se suponía que aquello me convertía en una persona adulta, razonable y respetuosa, aunque el martillazo que acababa de darle a la tabla parecía opinar lo contrario.

Aflojé la fuerza.

Marcos terminó de medir el acceso, pero, en lugar de marcharse, regresó con Léa hacia la pantalla y se quedó hablando con ella junto a la barra. No escuchaba todo lo que decían, aunque sí las risas, y resultaba difícil ignorarlas porque Léa llevaba varios días riéndose mucho.

Eso debería alegrarme porque, durante años, cada vez que había pensado en ella, la última imagen seguía siendo la de una chica de dieciocho años intentando no llorar delante de mí mientras yo le decía exactamente lo que sabía que más daño podía hacerle.

Verla ahora contenta tendría que haber sido suficiente para mantener la boca cerrada y seguir trabajando. Lo habría conseguido si Marcos no hubiera elegido ese momento para decir:

—El miércoles por la tarde tengo libre. Si todavía queda algo pendiente, puedo venir antes y echar una mano.

—No hace falta —respondí.

Los dos miraron hacia mí y Marcos inclinó ligeramente la cabeza.

—Se lo estaba diciendo a Léa.

—Ya te he oído.

—Eso también me había quedado claro.

Léa se cruzó de brazos.

—Todavía queda bastante trabajo, así que otra mano no nos vendría mal.

—Tenemos manos de sobra.

Marcos miró las suyas con una seriedad absurda.

—Yo tengo dos.

—Enhorabuena.

—Gracias. Me han dado muy buen resultado hasta ahora.

Léa se echó a reír y yo volví al clavo antes de terminar diciéndole a uno de mis amigos que desapareciera de mi cine por el delito de tener manos. El siguiente golpe me salió todavía más fuerte de la cuenta.

—Hugo —advirtió Léa—, vas a destrozar la tabla.

—Sé lo que hago.

Lo peor de decir algo así es que el universo suele interpretarlo como una invitación.

Levanté la vista justo cuando Marcos se inclinó hacia Léa para enseñarle algo en el móvil. Ella se acercó también y los dos quedaron demasiado juntos para mi gusto, así que, cuando bajé el martillo, dejé de mirar exactamente dónde estaba el clavo y el golpe me dio de lleno en el dedo índice.

—¡Joder!

Solté el martillo y apreté la mano contra el pecho justo cuando Léa apareció a mi lado.

—¿Te has dado?

—No.

Me miró primero a mí, después al martillo en el suelo y finalmente al dedo que empezaba a ponerse rojo.

—Claro. Se te está hinchando por iniciativa propia.

—Estoy bien.

Marcos se acercó por detrás.

—Eso ha tenido que doler.

—Gracias por el diagnóstico.

—Puedo traerte hielo.

Lo miré.

—Puedo ir yo.

—Estupendo. Así sabemos que todavía puedes caminar.

Léa soltó una carcajada y me agarró de la muñeca antes de que pudiera protestar.

—Ven, anda.

—No necesito hielo.

—Y yo no necesito escuchar cómo te quejas cuando dentro de diez minutos no puedas doblar el dedo.

—No me estoy quejando.

—Has soltado un grito que se ha oído en el puerto.

—He dicho «joder».

—Con mucho sentimiento.

Me llevó hasta la barra, abrió el pequeño congelador que habíamos vuelto a poner en funcionamiento y envolvió varios cubitos en un trapo limpio, mientras Marcos se apoyaba al otro lado.

—¿Quieres que termine yo esa tabla?

—No.

—Era por ayudar.

—Ayuda marchándote a tu reunión.

—Todavía tengo diez minutos.

—Qué mala suerte.

Léa me colocó el hielo sobre el dedo y levantó la vista hacia mí.

—¿Quieres dejar de gruñir?

—No estoy gruñendo.

—Un poco sí —intervino Marcos.

—Nadie te ha preguntado.

—Lo sé, pero me estoy sintiendo parte de la familia.

—No te emociones.

Marcos sonrió, pero la mirada que me dedicó después tuvo algo distinto. Pasó de mí a Léa, que seguía sujetándome la mano mientras comprobaba el dedo, y volvió a mirarme con una expresión que conocía demasiado bien. Había entendido algo y, por supuesto, eso era justo lo que me faltaba.

—Bueno —dijo—, creo que ya tengo lo que necesitaba.

—Por fin —murmuré.

Léa me dio un pequeño golpe en el brazo.

—No le hagas caso.

—No se lo hago desde hace años.

Marcos recogió la carpeta y se dirigió hacia la salida, aunque antes de cruzarla se volvió hacia nosotros.

—Léa, te escribo luego para concretar lo del miércoles.

—Vale.

—Y tú intenta no utilizar herramientas peligrosas hasta que me vaya.

Levanté la mano sana.

—Vete, Rivas.

Se marchó riéndose y Léa esperó hasta que desapareció antes de mirarme.

—Has estado encantador.

—Ha venido a trabajar.

—Sí, y tú casi declaras una emergencia municipal porque me ha ofrecido ayuda.

—No he dicho nada.

—Precisamente. Lo tuyo hoy está siendo más de martillo.

Intenté retirar la mano, pero ella la sujetó con más fuerza.

—Cinco minutos.

—No hace falta.

—Hugo.

Me rendí y dejé que mantuviera el hielo sobre el dedo.

—¿Te hace mucha gracia?

—Bastante.

—Qué bien.

—Sobre todo porque anoche reconociste que estabas celoso y hoy has decidido demostrarlo lesionándote.

—No me he dado por estar celoso.

Léa levantó una ceja.

—Estabas mirando hacia nosotros.

—Estaba trabajando.

—Pues al clavo no estabas mirando.

No encontré una respuesta suficientemente buena y su sonrisa se hizo más grande.

—No digas nada.

—No iba a hacerlo.

—Mentira.

—Puede.

Me miró durante unos segundos y acabó riéndose otra vez. Yo debería haberme sentido ridículo, pero lo único que conseguí pensar fue que tenía la mano entre las suyas y que aquella cercanía empezaba a resultarme peligrosamente familiar.

—Así que el miércoles —dije.

Léa bajó la vista hacia mi dedo.

—Así que el miércoles, ¿qué?

—Has vuelto a quedar con Marcos.

—Creía que no estabas escuchando.

—No estaba escuchando. Habla muy alto.

—Claro.

Retiró el hielo y comprobó la hinchazón.

—Vamos a cenar.

Asentí.

—Bien.

Léa volvió a levantar la mirada.

—No tienes que fingir conmigo. Ya sabemos que no te gusta.

—Una cosa es que no me guste y otra que vaya a darte la tarde por ello.

—La mañana.

—Lo que sea.

Sonrió mientras dejaba el trapo sobre la barra.

—Pues procura conservar los otros nueve dedos hasta el miércoles.

—Muy graciosa.

—Gracias.

Se alejó para volver al portátil y yo me quedé mirándola un instante antes de regresar a la pantalla.

El dedo me dolía, Marcos iba a cenar con Léa dentro de dos días y todavía faltaban cinco para abrir La Estrella, así que, para ser apenas lunes, la semana ya prometía hacerse larguísima.