El último verano que te odié Capítulo 11
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Capítulo 11

Léa

El domingo conseguí llegar hasta media tarde sin pensar demasiado en Hugo, lo que habría resultado bastante más meritorio si no hubiera tenido que trabajar durante varias horas con una fotografía suya bocabajo al otro extremo de la mesa.

La había dejado allí la tarde anterior y no se me ocurrió otra razón suficientemente buena para tocarla.

Tampoco para darle la vuelta, aunque sabía perfectamente lo que iba a encontrar si lo hacía: a dos adolescentes sentados junto a la pantalla de La Estrella, yo mirando a cámara y Hugo mirándome a mí como si el fotógrafo le importara bastante poco.

Preferí concentrarme en la programación.

Faltaban seis días para la primera sesión y todavía teníamos demasiadas cosas pendientes para mi gusto.

Habíamos confirmado la película, el electricista tenía que volver el lunes, Hugo seguía peleándose con el rótulo y yo llevaba toda la mañana intercambiando correos para cerrar derechos, seguros y un par de cuestiones relacionadas con la subvención.

Lo que dos semanas atrás era un cine medio abandonado empezaba a parecer un proyecto de verdad, aunque me negara a pensar demasiado en lo que significaba eso para septiembre.

A las cinco cerré el portátil y subí a ducharme.

Javi no estaba en casa. Había salido después de comer con Inés y, cuando le pregunté cuándo pensaba volver, respondió con una foto de los dos en una terraza y un «No me esperes despierta, mamá» que me hizo plantearme si cambiar la cerradura antes de que regresara.

Por lo menos me ahorraba sus comentarios mientras me arreglaba.

Elegí un vestido verde agua que no parecía decir: «He pasado cuarenta minutos decidiendo qué ponerme»; aunque esa fuera exactamente la verdad, me dejé el pelo suelto y estaba terminando de pintarme los labios cuando sonó el timbre.

Marcos esperaba al otro lado de la puerta con vaqueros, una camisa blanca remangada y una sonrisa que mejoraba bastante sin una carpeta municipal entre las manos.

—Prometo no inspeccionar nada esta tarde.

—Menos mal, porque la casa no está preparada para recibir visitas oficiales.

—He visto cosas peores.

—Espero que no estés hablando de La Estrella.

—Jamás criticaría el cine de una mujer en la primera cita.

Lo miré mientras cerraba la puerta.

—¿Primera?

—Estoy intentando ser optimista.

—Muy seguro te veo.

—Me has abierto la puerta. De momento, voy bien.

Me hizo gracia y empezamos a caminar hacia el puerto.

Marcos había propuesto tomar algo cerca del faro, pero en lugar de ir por el camino habitual, me llevó por un sendero que bordeaba la costa y que yo apenas recordaba.

Durante mis visitas de los últimos años no había hecho demasiado turismo por Puerto de Bruma.

Venía a ver a mi abuela, pasaba unos días con ella y regresaba a Madrid, así que descubrir que existían rincones nuevos en un pueblo donde había crecido resultaba bastante extraño.

—Eso antes no estaba —dije al señalar una pequeña zona de madera habilitada como mirador.

—La hicieron hace tres años.

—Empiezo a sospechar que conoces mejor mi pueblo que yo.

—Tu pueblo también es el mío desde hace un tiempo.

—Cuidado con decir eso delante de algunos. Para que te concedan la ciudadanía, necesitas mínimo tres generaciones en el cementerio.

Marcos se echó a reír.

—Creo que todavía estoy en periodo de prueba. El primer año seguían llamándome «el chico nuevo del ayuntamiento».

—¿Y ahora?

—Ahora me llaman Marcos cuando quieren algo y «el del ayuntamiento» cuando se enfadan conmigo.

—Eso significa que ya estás integrado.

La conversación siguió con la misma facilidad durante todo el paseo.

Hablamos de su llegada al pueblo, de las ventajas y desventajas de vivir en un lugar donde todo el mundo sabía demasiado de los demás y de algunas de mis experiencias trabajando en rodajes.

Marcos tenía una habilidad de preguntar sin parecer que me estaba sometiendo a un interrogatorio y, sobre todo, de escuchar las respuestas.

Estar con él era sencillo.

No tenía que preguntarme qué quería decir cada frase ni buscar recuerdos escondidos detrás de cualquier gesto. Tampoco existía aquella sensación absurda de estar pisando un terreno conocido que podía hundirse en cualquier momento.

Cuando llegamos al faro, seguimos un poco más hasta una terraza situada frente al mar y encontramos una mesa libre junto a la barandilla. Marcos pidió dos cervezas sin preguntarme porque ya sabía que había bebido el viernes, detalle que registré a su favor.

—Te voy a preguntar una cosa —dijo Marcos cuando nos sirvieron—. Y puedes mandarme a la mierda si quieres.

—Qué buena forma de empezar.

—Es por cubrirme las espaldas.

Sonreí.

—Venga, dispara.

Marcos apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Tú y Hugo discutís siempre así?

No esperaba que saliera por ahí.

—¿Así cómo?

—Por cualquier tontería. Os picáis, os contestáis… pero da la sensación de que los dos sabéis perfectamente hasta dónde puede llegar el otro.

Bebí un poco antes de responder.

—Fuimos amigos durante muchos años.

—Eso sí lo sabía.

—En un pueblo pequeño es imposible guardar secretos.

—Hugo no me ha contado ninguno, si es lo que estás pensando.

Aquello me hizo mirarlo con más atención.

—¿Nunca te ha hablado de mí?

—Alguna vez te ha mencionado, pero no de una forma que me hiciera pensar que debía preguntar. No somos de sentarnos los viernes a compartir nuestros traumas infantiles.

—Qué decepción. Pensaba que las cervezas masculinas funcionaban así.

—Normalmente hablamos de fútbol, trabajo y nos reímos del que ha tenido una semana peor.

—Mucho más profundo.

—Somos hombres sencillos.

Me reí y Marcos dejó pasar unos segundos antes de continuar.

—De todas formas, no te lo preguntaba por cotillear. Solo quería asegurarme de que no me he metido en medio de algo.

La frase me hizo abandonar la sonrisa.

—No hay nada en lo que puedas meterte.

—Vale.

—¿No vas a preguntar más?

—Acabas de contestarme.

No supe si agradecer que no insistiera o molestarme porque una parte de mí esperaba que lo hiciera. Al final opté por beber otro trago y cambiar de tema, porque Marcos no tenía ninguna culpa de que la respuesta hubiera sonado bastante menos convincente en mi cabeza que al decirla en voz alta.

Nos quedamos allí casi dos horas y, la verdad, lo pasé muy bien.

Marcos era atractivo, divertido y no parecía necesitar complicar una conversación para mantener mi interés.

Cuando terminamos la segunda cerveza, compartimos unas rabas y discutimos sobre una película que él consideraba una obra maestra y yo habría eliminado de cualquier programación con un mínimo de dignidad.

—Pues ya sé cuál no proponer para La Estrella —dije.

—Ten cuidado. Todavía te queda alguna inspección que pasar.

—Eso suena a amenaza de funcionario público.

—Solo si puedes demostrarlo.

—Te tengo calado, Rivas.

—Y yo que estaba intentando causarte buena impresión.

—Vas regular.

—Entonces tendré que intentarlo otra vez. ¿Te invito a cenar otro día?

Levanté las cejas.

—¿Así haces las segundas inspecciones?

—Solo cuando la primera ha ido bien.

Lo había hecho y quizá precisamente por eso no encontré ninguna razón para complicarlo.

—Podría dejarme convencer.

—Con eso me vale.

Regresamos al pueblo cuando empezaba a bajar el sol. Marcos me acompañó hasta la puerta de casa y allí apareció ese momento un poco absurdo en el que los dos sabíamos que la cita había terminado, pero ninguno parecía tener demasiada prisa por marcharse.

—Me lo he pasado bien —dije.

—Yo también.

—Y no has inspeccionado nada.

—Ha requerido mucho autocontrol.

Sonreí y Marcos dio un paso hacia mí, lo bastante despacio para que pudiera apartarme si quería. No lo hice y él terminó de acortar la distancia entre nosotros para besarme.

Fue un beso corto, agradable y sin ninguna de esas dudas ridículas que habían acompañado mis últimos acercamientos a otro hombre. Cuando se separó, seguía teniendo una mano apoyada con suavidad en mi cintura.

—¿Esto afecta a la segunda cita? —preguntó.

—Todavía estoy evaluando.

—Qué miedo dais los profesionales del audiovisual.

—No sabes cuánto.

Marcos sonrió, se despidió y echó a andar calle abajo. Esperé hasta que dobló la esquina antes de entrar en casa.

El silencio me recibió nada más cerrar la puerta.

Dejé el bolso sobre una silla y entonces recordé que había olvidado en La Estrella la carpeta verde de mi abuela.

El lunes a primera hora tenía que hablar con la gestora de la subvención y necesitaba revisar un par de documentos antes de acostarme, así que volví a coger las llaves mientras maldecía mi maravillosa capacidad para organizar la vida de medio equipo de rodaje y olvidarme una carpeta a quinientos metros de casa.

Cuando llegué al cine, encontré luz en el interior.

No tuve que pensar demasiado para saber quién estaba allí.

Hugo había colocado el rótulo sobre dos caballetes y trabajaba en una de las últimas letras con un pincel diminuto. Llevaba una camiseta gris, pantalones de trabajo y tenía una mancha blanca en la mejilla que habría disfrutado señalándole si no hubiera levantado la cabeza justo cuando entré.

Su mirada recorrió mi vestido antes de volver a mi cara.

—Pensaba que hoy no venías.

—He olvidado una carpeta.

—Está en la cabina. La vi antes.

Caminé hacia las escaleras, pero me detuve junto al rótulo.

—Está quedando bien.

—No pongas esa cara de sorpresa.

—Estoy intentando hacerte un cumplido.

—No estoy acostumbrado.

—Normal. Tendrás que ganártelos.

Hugo sonrió ligeramente y volvió al pincel.

Subí a buscar la carpeta y, cuando regresé, seguía exactamente en el mismo sitio. Podría haberme marchado sin más, pero me acerqué otra vez al rótulo y pasé los dedos por el borde de una de las letras.

—¿Cuándo piensas colocarlo?

—Mañana, si consigo terminar esta noche. Quiero probar también las luces antes del miércoles por si falla algo.

—¿Necesitas ayuda?

Hugo levantó la mirada.

—¿No acabas de volver de una cita?

—¿Y eso me incapacita para sujetar una linterna?

—No sabía cómo había ido.

Ahí estaba, justo lo que esperaba, y tuve que contener una sonrisa.

—Muy bien.

—Me alegro.

—Sigues diciendo eso de una forma poco convincente.

Dejó el pincel sobre la mesa.

—¿Qué quieres que diga?

—Nada. Has preguntado tú.

—No he preguntado nada.

—Has dicho que no sabías cómo había ido.

—Eso es una afirmación.

—Hugo, por favor.

Me miró durante unos segundos antes de negar con la cabeza.

—Eres agotadora.

—Y tú llevas dos días fingiendo fatal.

—¿Fingiendo qué?

—Que te da igual.

La expresión le cambió apenas un poco, aunque lo suficiente para que supiera que había acertado. Hugo recogió el pincel y se entretuvo limpiando una mota de pintura del borde de la letra.

—Marcos es buen tío.

—Ya me he dado cuenta.

—Mejor.

—¿Mejor?

Tardó demasiado en responder.

—Sí.

—Pues no tienes cara de pensar que sea mejor.

—¿Otra vez con mi cara?

—Es bastante expresiva cuando quieres que no lo sea.

Hugo soltó el aire y dejó definitivamente el pincel.

—¿Vas a volver a quedar con él?

—Puede.

Asintió una vez.

—Bien.

—Fatal.

—¿Qué?

—Te sale fatal.

—Léa…

—Si te molesta, dilo. Y si no te molesta, deja de comportarte como si Marcos hubiera cometido algún delito por invitarme a tomar algo.

Hugo apoyó las manos en el borde de la mesa y durante un momento pensé que volvería a esconderse detrás de alguna respuesta seca. Sin embargo, cuando habló, lo hizo mirándome directamente.

—Me molesta.

Aquello consiguió que me callara.

—¿Perdona?

—Has preguntado.

—No esperaba que contestaras.

—Ya me había dado cuenta.

Tuve que contener una sonrisa porque no era el momento, aunque mi orgullo estaba disfrutando bastante más de lo conveniente.

—¿Y qué es exactamente lo que te molesta?

—Que hayas quedado con él.

—Eso ya lo he entendido.

—Entonces no sé qué más quieres que te explique.

—Por qué.

Hugo desvió la mirada hacia el rótulo y tardó unos segundos en contestar.

—Porque llevo unos días intentando convencerme de que me da igual lo que hagas con tu vida y se ve que no soy especialmente bueno.

La ligereza con la que habíamos empezado a discutir desapareció de golpe.

—No tienes derecho a decidir con quién quedo.

—Lo sé.

La respuesta llegó tan rápido que me sorprendió, y cuando Hugo volvió a mirarme, ya no había rastro de evasivas.

—Y no voy a hacerlo. Puedes quedar con Marcos, con Javi o con quien te dé la gana. Solo te estoy diciendo que no me gusta.

Había algo casi irónico en que fuera precisamente él quien pronunciara aquellas palabras. Quince años atrás había decidido por mí sin preguntarme nada y ahora estaba allí, reconociendo algo que le incomodaba sin intentar convertirlo en una prohibición.

—Javi no cuenta —murmuré.

Una sonrisa pequeña apareció en su boca.

—Eso también lo sé.

—Además, está demasiado ocupado con tu hermana.

—Créeme, intento no pensar en ello.

Me reí y la tensión bajó apenas un grado, aunque seguía ahí, así que desvié la mirada hacia el rótulo para tener algo que hacer con los ojos.

—Marcos me ha besado.

No tenía ninguna necesidad de decírselo, absolutamente ninguna, pero lo hice de todos modos. Hugo se quedó inmóvil.

—Vale.

—¿Vale?

—¿Qué quieres que haga, Léa?

—Nada.

—Pues eso estoy haciendo.

Tuve que morderme la lengua para no reírme porque su mandíbula acababa de tensarse de una manera casi cómica.

—Te ha encantado la información.

—Muchísimo. Gracias por compartirla.

—De nada.

—¿Podemos probar las luces o quieres seguir torturándome?

Aquello me hizo sonreír.

—Probemos las luces.

Entre los dos levantamos con cuidado el rótulo provisionalmente contra la pared. Hugo conectó el cable que había preparado y me pidió que apagara la iluminación principal. Cuando volví a su lado, pulsó el interruptor.

Las letras se encendieron una detrás de otra hasta llegar a la estrella del centro y, durante unos segundos, ninguno dijo nada. El mismo nombre que recordaba de niña volvía a brillar sobre nosotros después de años apagado, todavía apoyado en una pared y rodeado de herramientas, pero vivo otra vez.

—Mi abuela habría llorado —dije.

—Seguro.

—Y después habría encontrado tres cosas que no le gustaban.

Hugo sonrió.

—Como mínimo.

Me quedé mirando la estrella encendida y pensé que dentro de seis días habría gente sentada otra vez frente a aquella pantalla.

Dos semanas antes ni siquiera sabía que la mitad de aquel lugar me pertenecía y ahora podía enumerar cada problema pendiente, cada llamada que faltaba por hacer y hasta qué bombilla del pasillo había que cambiar.

Eso ya resultaba bastante peligroso.

Lo que no había previsto era que Hugo acabara de admitir que le molestaba verme con otro hombre y que, en lugar de facilitarme las cosas, aquella confesión hubiera conseguido complicarlas un poco más.

Porque Marcos me había gustado y su beso también.

El problema era que seguía recordando perfectamente el que no había llegado a darme Hugo el día anterior.