El último verano que te odié Capítulo 10
32%

Capítulo 10

Hugo

El sábado descubrí que dejar a Léa, Javi e Inés solos durante veinte minutos era una mala idea.

Había ido al taller a buscar pintura, brochas y una escalera más alta para empezar a arreglar el rótulo de La Estrella.

Cuando regresé, encontré una mesa plantada en mitad de la explanada, música saliendo del móvil de Javi y a los tres discutiendo delante de varias fotografías antiguas como si estuvieran organizando una exposición para un museo nacional.

—¿Qué estáis haciendo?

Léa levantó la cabeza.

—Trabajando.

—Eso ya lo veo. La pregunta es en qué.

—En algo que no implique serrín, para variar —respondió Javi.

Dejé los botes de pintura junto a la entrada y me acerqué a la mesa.

Habían extendido unas treinta fotografías del archivo de Madeleine y las estaban separando por décadas.

Algunas eran tan antiguas que apenas reconocía a la gente; otras mostraban La Estrella durante los veranos de nuestra infancia con las filas llenas y la barra rodeada de niños.

—Vamos a utilizar unas cuantas para la reapertura —explicó Léa—. He pensado ponerlas en las vitrinas y hacer una pequeña línea del tiempo.

—Eso no estaba en la lista de hoy.

—Ahora sí.

Sacó el móvil, abrió una nota y escribió algo.

—Problema solucionado.

Javi se echó a reír.

—Cada vez entiendo mejor vuestra dinámica.

Inés levantó una fotografía para ocultar su sonrisa.

—No, qué va.

Le quité la foto de las manos y reconocí a mi padre con unos veinte años, subido a la estructura de la pantalla junto al abuelo de Léa.

—Esta vale.

—Esa ya estaba en el montón de las que valen —protestó Inés.

—Entonces, ¿por qué la tenías tú?

—Porque estaba mirándola.

—Pues avisa.

—¿Para mirar una foto?

Léa negó con la cabeza.

—De verdad que no sé cómo habéis sobrevivido tantos años bajo el mismo techo.

—Yo me fui pronto —respondió Inés—. Por algo sería.

Javi le chocó la mano y yo decidí que empezaban a resultar insoportables como pareja sin ser siquiera una pareja.

—¿No tenías que enseñarle el pueblo? —pregunté.

—Ya lo estoy conociendo —respondió él—. Ayer vi tres bares, dos playas y la clínica de Inés.

—Qué recorrido cultural tan completo.

—Me faltó el taller. ¿Haces visitas guiadas?

Léa soltó una carcajada y yo tuve que reconocer que Javi empezaba a caerme bien, lo cual era bastante incómodo porque me resultaba mucho más fácil desconfiar de él cuando pensaba que podía tener algún interés en Léa.

Ahora estaba bastante claro que el interés iba por otro lado.

—Si habéis terminado de montar vuestro archivo histórico, necesito manos para el rótulo —dije.

Léa miró hacia la estrella amarilla sobre la entrada.

—Hay que limpiarla después de pintar.

—Gracias. Llevo trabajando con madera desde antes de que tú supieras qué era una localización.

—Y yo llevo trabajando con equipos llenos de hombres que creen que explicar algo que ya sé les hace parecer más inteligentes. Estoy entrenada.

Javi silbó por lo bajo.

—Empezamos fuerte.

—Tú calla y coge una brocha —le dije.

Durante la siguiente hora conseguimos avanzar bastante, aunque probablemente habríamos terminado antes sin comentarios, apuestas y discusiones sobre cosas que no tenían ninguna importancia.

Inés y Javi limpiaban las letras del rótulo mientras Léa se empeñaba en decidir desde abajo qué zonas necesitaban otra mano de pintura.

—A la derecha te falta un trozo —me indicó.

Estaba subido a la escalera.

—Lo estoy viendo.

—Pues no lo parece.

—Léa.

—¿Qué?

—Llevo cinco minutos pintando esa zona.

—Y sigue faltando un trozo.

Me aparté ligeramente para mirar y comprobé que tenía razón, aunque no pensaba darle el gusto de reconocérselo.

—Ahora voy.

—Eso significa que yo tenía razón.

—Significa que ahora voy.

—Es exactamente lo mismo.

—No, no lo es.

—¿Queréis que os dejemos solos para que solucionéis esto? —preguntó Javi.

Le lancé el trapo que llevaba en la mano y consiguió apartarse antes de que le diera, pero Inés estaba justo detrás y terminó recibiendo de lleno el trapo, cubierto de polvo y restos de pintura azul, en mitad de la camiseta blanca. Durante unos segundos nadie dijo nada.

—Hugo.

—Ha sido sin querer.

Mi hermana miró la mancha.

—Te voy a matar.

—La camiseta tiene arreglo.

—Esta camiseta es nueva.

—Pues ahora tiene personalidad.

Inés agarró una de las esponjas del cubo y me la lanzó. Conseguí esquivarla, pero terminó golpeando a Léa en el hombro y dejó una mancha azul sobre su camiseta. Javi empezó a reírse antes de que nadie pudiera reaccionar, mientras Léa miraba primero la pintura, después a Inés y, por último, a mí.

—Ni se te ocurra.

—Yo no he hecho nada.

—Has empezado tú.

—Eso es discutible.

—No lo es.

Cogió una brocha y me bajé de la escalera porque conocía aquella mirada.

—Léa, no hagas tonterías.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Qué concepto tan feo tienes de mí.

Se acercó con una sonrisa demasiado amable y levanté una mano.

—Estamos utilizando pintura para exterior.

—Qué información tan interesante.

—Cuesta quitarla.

—Mejor todavía.

Di un paso atrás y ella avanzó otro. Javi ya estaba grabando con el móvil mientras Inés lo animaba como si aquello fuera una competición deportiva.

—Como me manches, te juro que…

Léa pasó la brocha por mi antebrazo y, mientras yo me quedaba mirando la línea azul que acababa de dejarme, ella aprovechó para salir corriendo.

—Has cometido un error.

—¡No me alcanzas!

A los dieciocho años quizá habría tenido alguna posibilidad, pero a los treinta y tres, aunque seguía siendo rápida, yo tenía las piernas más largas, además de saber perfectamente hacia dónde iba a escapar.

La alcancé junto a la barra y Léa gritó cuando la rodeé por la cintura, levantando la brocha para mantenerla lejos de mí.

—¡Suéltame!

—Pide perdón.

—Ni muerta.

—Entonces tenemos un problema.

Intentó girarse y acabamos chocando contra una de las mesas. Javi e Inés se reían desde la entrada sin la menor intención de ayudar a nadie.

—¡Traidores! —protestó Léa.

—Yo estoy documentando el proceso de restauración —respondió Javi.

—Como ese vídeo salga de tu teléfono, no vuelves a dormir en mi casa.

—Lo tendré en cuenta.

Léa aprovechó que miré hacia él para liberarse, pero antes de que pudiera escapar, le quité la brocha de la mano y le pinté una pequeña raya en la punta de la nariz.

Se quedó inmóvil.

—No has hecho eso.

—Sí.

—Hugo.

—Te queda bien.

Agarró el trapo que había sobre la barra y se lanzó contra mí.

Conseguí sujetarle las muñecas, pero en mitad del forcejeo tropezó conmigo y los dos perdimos el equilibrio.

No llegamos a caer porque conseguí apoyar una mano en la barra, aunque Léa terminó pegada a mí y la risa se nos cortó a los dos casi al mismo tiempo.

Tenía pintura en la nariz, el pelo medio suelto y una sonrisa que desapareció lentamente cuando levantó la mirada.

Yo todavía le sujetaba una muñeca y ella tenía la otra mano apoyada en mi pecho, así que durante unos segundos volvió aquella sensación que ya había aparecido el día que estuvo a punto de caerse junto a la pantalla.

Solo que esta vez ninguno podía culpar a una tabla rota.

Léa bajó la mirada hacia mi boca antes de volver a subirla, y con eso bastó para que se me olvidara por completo que teníamos público.

—Bueno —dijo Javi desde algún lugar detrás de nosotros—, igual sí que deberíamos haberos dejado solos.

Léa se apartó tan rápido que casi se golpeó con la mesa.

—Eres idiota.

No supe si me lo decía a mí o a Javi, aunque seguramente a los dos. Inés le tendió un trapo, intentando disimular la risa.

—Tienes pintura en la nariz.

—Gracias, Inés. No me había dado cuenta.

Me volví hacia el rótulo porque necesitaba unos minutos antes de volver a mirarla sin recordar dónde había tenido la mano.

—¿Seguimos trabajando o habéis venido solo a hacer el imbécil?

—Dice el que acaba de perseguir a una mujer con una brocha —comentó Javi.

—Puedo perseguirte a ti también.

—Me callo.

El ambiente tardó poco en recuperar la normalidad, aunque Léa y yo nos mantuvimos bastante más alejados durante el resto de la mañana.

Terminamos la primera capa de pintura y colocamos parte de las fotografías en las vitrinas.

A la hora de comer, Inés apareció con empanadas y nos sentamos en las últimas filas.

Javi enseñó el vídeo.

—Bórralo —ordenó Léa.

—Es patrimonio audiovisual de La Estrella.

—Javi.

—Vale, vale.

No lo borró. Lo conocía lo suficiente, incluso yo.

—Por cierto —dijo Inés mientras cogía otro trozo de empanada—, ¿a qué hora has quedado mañana con Marcos?

Léa dejó de masticar y yo hice exactamente lo mismo, aunque procuré que no se notara demasiado.

—A las seis.

Mi hermana me miró directamente y no entendí muy bien qué pretendía decirme con aquella cara.

—¿Dónde vais?

Léa arqueó una ceja.

—¿Tú también?

—Solo pregunto.

—A tomar algo.

Javi sonrió.

—Marcos parece majo.

—Lo es —dijo Inés—. Y está bastante bueno.

La miré.

—¿Puedes no valorar físicamente a mis amigos delante de mí?

—¿Por qué? Tú tienes ojos.

—Preferiría no utilizarlos para eso.

Léa se rio.

—Pues a mí me parece guapo.

Fantástico, así que decidí concentrarme en la empanada y dejar de regalarles información.

—Nadie ha preguntado.

—Tú sí acabas de preguntar dónde van —me recordó Inés.

—Eso no tiene nada que ver.

—Claro.

Léa me miró con una sonrisa que conocía demasiado bien.

—¿Algún problema, Hugo?

—Ninguno.

—Qué bien.

—Me alegro de que te alegre.

—Me alegra muchísimo.

Javi volvió a mirar de uno a otro.

—¿Sabéis qué? Empiezo a entender por qué os funciona tan bien trabajar juntos.

—No empieces —dijimos los dos.

Esta vez se echaron a reír los tres.

Después de comer, Javi e Inés se marcharon porque habían quedado con unos amigos de ella para ir a la playa. Léa decidió quedarse un rato más para terminar la selección de fotografías y yo tenía que recoger las herramientas.

Trabajamos en silencio durante unos minutos.

—Lo de antes ha sido divertido —dijo ella sin levantar la cabeza.

—¿Lo de mancharme de pintura?

—Lo de reírnos.

Aquello me pilló desprevenido.

—Sí.

Léa colocó una fotografía junto a otra.

—Hacía mucho que no me reía así aquí.

No sabía si se refería al cine o al pueblo, pero tampoco quise preguntar.

—Podemos repetirlo sin pintura.

—Eso reduce bastante las posibilidades.

Sonreí y seguí guardando herramientas.

Cuando terminé, me acerqué a la mesa y vi la fotografía que tenía entre las manos. Salíamos los dos con diecisiete o dieciocho años, sentados en la pasarela de madera que bordeaba la estructura de la pantalla, con las piernas colgando. Léa miraba a cámara. Yo la estaba mirando a ella.

Ella también debió darse cuenta.

—Esta no —dijo.

La dejó bocabajo y no discutí. Habíamos pasado toda la mañana riéndonos como si aquellos quince años no hubieran ocurrido y, en menos de un segundo, aquella fotografía consiguió recordarnos que sí.

Lo peor era que empezaba a costarme cada vez más decidir qué versión de nosotros me daba más miedo recuperar.