Capítulo 9
Léa
Una semana después de la inspección, Javi seguía en Puerto de Bruma.
Según él, se debía a que podía trabajar a distancia unos días y no tenía ningún sentido conducir hasta Madrid para regresar el fin de semana siguiente.
Según yo, tenía bastante más que ver con una fisioterapeuta de treinta años que encontraba cualquier excusa para pasarse por La Estrella a comprobar cómo avanzábamos.
Inés también aseguraba que no tenía nada que ver, pero ya no engañaba a nadie.
A esas alturas ya habían cenado juntos tres veces, Javi conocía su clínica y ella había descubierto que mi mejor amigo era incapaz de desayunar sin mirar primero el móvil. Si aquello seguía avanzando al mismo ritmo, para cuando abriéramos el cine iba a estar escogiendo nombres para los hijos.
No se lo dije a ninguno de los dos porque yo también quería seguir con vida.
La Estrella había cambiado bastante durante aquella semana.
Hugo había terminado las reparaciones más urgentes, ya teníamos el informe favorable del ayuntamiento y las primeras entradas saldrían a la venta el lunes.
Yo había cerrado acuerdos con dos negocios del pueblo, conseguido que un hotel colaborara con parte de la promoción y empezado a preparar las redes sociales, aunque todavía no había decidido si enseñar algunas fotografías antiguas era una idea maravillosa o una amenaza directa contra nuestra dignidad.
También había pasado demasiadas horas con Hugo.
Trabajábamos juntos prácticamente todos los días y, para mi desgracia, cada vez nos resultaba más sencillo hacerlo.
Habíamos aprendido cuándo discutir y cuándo era mejor dejarlo para otro momento, aunque él seguía empeñado en arreglar cosas sin avisarme y yo continuaba haciéndole listas que fingía no necesitar.
El viernes por la tarde terminé de revisar la programación provisional y cerré el portátil convencida de que me esperaba una noche tranquila en casa.
Me duró la ilusión aproximadamente veintisiete segundos.
—Esta noche sales —anunció Inés desde la barra.
La miré.
—No.
—Qué bien que lo hayamos hablado.
—Estoy cansada.
—Todos lo estamos.
—Entonces quedaos todos en casa.
Javi apareció detrás de ella con dos cajas pequeñas.
—Yo voto por salir.
—Nadie te ha preguntado.
—Inés, sí.
Los miré alternativamente.
—¿Esto es una encerrona?
—Es viernes —respondió ella—. La gente normal hace cosas los viernes.
—Yo llevo toda la semana haciendo cosas.
—Trabajar no cuenta.
Hugo, que estaba terminando de guardar herramientas, tuvo la poca vergüenza de asentir.
—Tiene razón.
—Tú no te metas.
—Yo no he dicho nada.
—Acabas de hacerlo.
Sonrió mientras cerraba la caja y aquello terminó de convencerme de que necesitaba unas horas sin verlo.
El problema fue que el plan consistía precisamente en ir a El Ancla, donde Hugo quedaba casi todos los viernes con sus amigos.
Acepté porque negarme habría parecido mucho más importante de lo que era y porque, en el fondo, también me apetecía salir.
Llevaba más de una semana entre la casa de mi abuela y La Estrella, y empezaba a sentir que mi vida se reducía a licencias, presupuestos, sillas y Hugo moviéndose por mi campo de visión cada vez que levantaba la cabeza.
Volví a casa con Javi, me duché y me puse unos vaqueros con una blusa negra. Tardé bastante más de lo razonable en decidir si me dejaba el pelo suelto y acabé enfadándome conmigo misma porque no había absolutamente ningún motivo para pensar tanto en algo tan simple.
—Estás monísima —comentó Javi desde la puerta de mi habitación.
—Fuera.
—Solo digo que a cierto carpintero le va a dar algo.
Le lancé un cojín y consiguió esquivarlo.
—No me he arreglado para Hugo.
—Yo no he dicho su nombre.
—Has dicho carpintero.
—También puede haber otro en el pueblo.
—Vete.
Se rio mientras desaparecía por el pasillo y yo me miré una última vez al espejo, más molesta de lo que quería reconocer porque el idiota acababa de conseguir que pensara precisamente en Hugo.
El Ancla estaba lleno cuando llegamos. Había gente en la terraza y bastante ruido dentro, aunque conseguimos abrirnos paso hasta una mesa grande cerca de una de las ventanas.
Hugo ya estaba allí con Marcos y otros dos amigos a los que conocía de vista. Uno de ellos me saludó enseguida y el otro tardó un poco más en ubicarme, algo bastante normal teniendo en cuenta los años que habían pasado.
Marcos sí me reconoció al instante.
—Mira quién ha decidido salir del cine.
—Me han obligado.
—Entonces habrá que aprovechar antes de que te escapes.
Se levantó para dejarme sitio y yo me senté a su lado porque era la silla libre más cercana. No habría pensado absolutamente nada de aquello si, al levantar la vista, no hubiera encontrado a Hugo observándonos desde el otro lado de la mesa.
Apartó la mirada enseguida y tuve que contener una sonrisa, porque aquello empezaba a ponerse interesante.
—¿Cómo va la puerta? —me preguntó Marcos.
—Pregúntale al especialista.
Hugo levantó su cerveza.
—Funciona perfectamente.
—Entonces mi informe también.
—Qué profesional eres.
—Siempre.
Marcos sonrió y se giró hacia mí.
—¿Ya habéis elegido la película de apertura?
—Estamos entre dos.
—Espero que ninguna dure cuatro horas.
—¿Poca capacidad de concentración?
—Depende de la compañía.
Lo dijo con suficiente naturalidad para que pudiera hacerse pasar por una broma, aunque no hacía falta ser especialmente lista para entender que estaba tonteando conmigo.
Y tampoco me molestaba.
Marcos era atractivo, simpático y no llevaba quince años asociado a uno de los recuerdos más dolorosos de mi vida, lo que ya suponía una ventaja bastante importante.
—Pues tendrás que esperar al sábado que viene para averiguarlo.
—¿Eso significa que tengo entrada?
—Si pagas, seguro.
Se llevó una mano al pecho.
—Pensaba que después de la inspección tendría trato de favor.
—Eso sería corrupción.
—Por una entrada de cine tampoco creo que nos investiguen.
Me reí y, cuando volví a mirar al frente, Hugo estaba bebiendo sin participar demasiado en la conversación.
No sabía si aquello me hacía gracia o si estaba viendo cosas donde no las había.
Con él nunca se me había dado especialmente bien distinguir una cosa de la otra.
La noche avanzó entre cervezas, tapas y conversaciones que poco tenían que ver con La Estrella.
Por primera vez desde que regresé, vi a Hugo fuera del taller, del cine y de todo lo relacionado con mi abuela.
Con sus amigos era mucho más relajado. Hablaba poco, pero se reía bastante y tenía una manera muy suya de soltar una frase en el momento justo para conseguir que los demás acabaran insultándolo entre carcajadas.
Aquella era una parte de su vida que yo no conocía.
Me resultó extraño pensar en todos los años que había vivido allí sin mí, formando amistades nuevas, perdiendo otras, creando rutinas de las que yo no sabía absolutamente nada.
Supongo que hasta entonces había sido más sencillo imaginarlo simplemente como Hugo, el mismo que había dejado atrás, en lugar de aceptar que se había convertido en alguien sin que yo estuviera presente para verlo.
—Te has quedado muy seria —comentó Marcos.
—Estaba pensando.
—Mala costumbre.
—Me lo dicen mucho.
—¿Qué haces el domingo?
La pregunta me pilló un poco desprevenida.
—Todavía no lo sé.
—Podríamos tomar algo. Sin inspecciones, puertas ni Hugo corrigiéndonos desde tres metros.
Lo último consiguió que mirara hacia él por puro reflejo.
Hugo estaba hablando con Javi, aunque tuve la sospecha de que escuchaba bastante mejor de lo que aparentaba.
Volví a Marcos.
No tenía ningún motivo para decir que no.
Estaba soltera. Marcos me caía bien y una cerveza o un café no significaban que estuviera firmando un contrato de permanencia en Puerto de Bruma.
—Vale.
—¿Vale?
—No pongas esa cara. No es tan difícil quedar conmigo.
—Eso todavía está por demostrar.
Sonreí.
—El domingo me cuentas.
Marcos levantó su vaso y chocó suavemente contra el mío.
Un rato después, Inés propuso seguir la noche en un local junto al paseo.
Javi aceptó antes incluso de saber dónde estaba y otros dos se apuntaron.
Yo decidí retirarme porque al día siguiente quería avanzar con el archivo de mi abuela y, sinceramente, ya había tenido suficiente vida social para una semana.
—Te acompaño —dijo Hugo cuando cogí el bolso.
Lo miré.
—Sé volver sola a casa.
—Ya lo sé. Yo también me voy.
Aquello tenía bastante sentido y exactamente por eso no encontré una razón para negarme.
Nos despedimos y salimos al paseo. El ruido del bar quedó atrás y durante unos minutos caminamos sin hablar, con el mar oscuro al otro lado de la calle y bastante más fresco del que había esperado.
—Marcos te ha caído bien —dijo Hugo al final.
Sonreí sin mirarlo.
—Mucho has tardado.
—¿En qué?
—En sacar el tema.
—No estaba esperando para sacarlo.
—Claro.
Metí las manos en los bolsillos.
—Sí, me cae bien.
Hugo asintió como si aquello fuera una información completamente neutra.
—Es buen tío.
—Qué alivio contar con tu aprobación.
—No te estoy dando mi aprobación.
—Entonces no sé muy bien de qué estamos hablando.
Él soltó el aire y miró hacia el mar.
—De nada.
—Pues para hablar de nada estás poniendo bastante empeño.
Seguimos unos metros más y tuve que morderme la sonrisa porque empezaba a entender algo que Hugo parecía decidido a negar incluso delante de sí mismo.
—¿Te molesta que quede con él?
Se giró hacia mí.
—¿Por qué iba a molestarme?
—Eso te estoy preguntando.
—No me molesta.
—Genial.
—Perfecto.
Su respuesta salió un poco demasiado rápido.
No quise insistir porque tampoco tenía derecho a pedirle explicaciones y, sobre todo, porque reconocer que sus posibles celos me hacían cierta gracia habría dicho bastante más de mí de lo que estaba dispuesta a admitir.
Cuando llegamos frente a casa, me detuve junto a la puerta.
—Buenas noches, Hugo.
—Buenas noches.
Introduje la llave en la cerradura y escuché su voz antes de entrar.
—Léa.
Me giré.
Hugo parecía a punto de decir algo, pero cambió de idea.
—Nada. Nos vemos mañana.
Entré en casa intentando convencerme de que no tenía ninguna importancia.
El problema era que llevaba toda la noche descubriendo cosas que, en teoría, tampoco deberían haberla tenido y me estaban importando bastante más de la cuenta.