El último verano que te odié Capítulo 8
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Capítulo 8

Hugo

El viernes llegué a La Estrella antes de las ocho y encontré la puerta principal abierta, algo bastante raro.

Más todavía lo fue descubrir a Léa agachada junto a uno de los postes de madera que señalizaban las salidas laterales, intentando volver a fijar un cartel que se había torcido durante la noche.

—Buenos días —dije desde el pasillo.

Se giró hacia mí.

—¿Puedes dejar de aparecer sin hacer ruido?

—He abierto la puerta principal, que chirría desde 1998.

—Pues debería chirriar más.

Dejó la señal en su sitio y bajó con cuidado. Llevaba unos vaqueros, una camiseta blanca y el pelo recogido con un lápiz. En una mano tenía cinta adhesiva y en la otra, el móvil con la lista de requisitos que nos había enviado el ayuntamiento.

—¿Cuánto llevas aquí?

—Media hora.

—Pensaba que las ocho y media eran una agresión.

—Y lo siguen siendo, pero hoy viene el inspector.

Aquello explicaba bastante. Léa podía protestar todo lo que quisiera sobre madrugar, pero cuando tenía algo importante entre manos, se volvía incapaz de quedarse quieta.

—El técnico llega a las diez.

—Faltan dos horas.

—También sé contar.

Sonreí y dejé la caja de herramientas sobre la barra.

En los últimos tres días habíamos avanzado bastante: el electricista había terminado la revisión, las luces de emergencia funcionaban y las salidas estaban despejadas. Léa, además, había conseguido toda la documentación del ayuntamiento con una rapidez que yo no había visto en mi vida.

No sabía exactamente a cuántas personas había llamado ni qué les había dicho, pero funcionaba.

—¿Dónde está Javi? —pregunté.

—Durmiendo.

—Pensaba que venía a ayudarte.

—Ayer llegó a casa casi a la una.

No necesitaba preguntar con quién había estado.

—¿Tan larga fue la cena?

Léa me miró con una sonrisa.

—No lo sé. Pregúntale a tu hermana.

—Prefiero conservar la poca paz mental que me queda.

Se rio mientras recogía la cinta y la guardaba en una caja.

Inés me había enviado un mensaje cerca de medianoche para decirme que había llegado a casa, algo bastante sospechoso teniendo en cuenta que llevaba años sin informarme de sus horarios. En nuestra familia, el concepto de independencia tenía algunos matices.

—Javi dice que se queda hasta el domingo —comentó Léa.

—Pensaba que se quedaba dos días.

—Eso decía él.

—Parece que Puerto de Bruma le gusta.

—Sí, seguro que es el paisaje.

No hizo falta que mencionara a Inés.

A las nueve apareció mi hermana con café para todos y una cara demasiado descansada para alguien que supuestamente había llegado tarde. No pregunté nada porque tenía treinta años y porque Léa me observaba esperando justo lo contrario.

—¿Qué? —le dije.

—Nada.

—Tu cara no dice lo mismo.

—Estoy disfrutando de tu autocontrol.

—Pues disfrútalo en silencio.

Inés nos miró alternativamente.

—¿Me he perdido algo?

—Tu hermano está practicando eso de no meterse en vidas ajenas.

—Le va a costar.

—Estoy aquí delante.

Las dos hicieron caso omiso y yo me fui a revisar por tercera vez la puerta lateral.

Marcos llegó a las diez y cinco con una carpeta bajo el brazo y, antes de que pudiera decirle nada, levantó una mano.

—Ya sé que llego cinco minutos tarde.

—Me ahorras el comentario.

—Era la intención.

Léa nos miró alternativamente y Marcos reparó entonces en ella. Yo había hablado con él muchas veces de La Estrella, pero no tenía ningún motivo para conocerla. Había llegado a Puerto de Bruma varios años después de que ella se marchara y, que yo supiera, nunca habían coincidido.

—No os conocéis —dije.

Marcos le tendió la mano.

—Marcos.

—Léa.

—Por fin te pongo cara.

Ella arqueó una ceja.

—No sé si preguntar qué te habrán contado.

—Nada grave. De momento.

Léa se rio y yo miré a Marcos con algo más de atención de la habitual.

No había cambiado nada desde la cerveza del viernes anterior y, sin embargo, de repente me pareció muy consciente de que llevaba la camisa remangada, acababa de cortarse el pelo y estaba sonriendo bastante más de lo necesario. Fantástico.

Marcos abrió la carpeta y señaló hacia el acceso.

—¿Empezamos antes de que Hugo decida echarme?

—Yo no he dicho nada.

—No hace falta. Te conozco.

Léa volvió a sonreír y los seguí hacia la primera salida de emergencia, preguntándome por qué narices aquello empezaba a molestarme.

Durante la revisión, Marcos comprobó accesos, señalización, extintores, aforo y documentación. Léa llevaba una carpeta propia con copia de todo y respondía antes de que Marcos terminara algunas preguntas.

—¿Siempre eres así? —le susurré cuando se adelantó para comprobar una salida.

—¿Así cómo?

—Preparada para una invasión.

—Se llama hacer bien el trabajo.

—Yo lo llamo dar un poco de miedo.

—También me sirve.

Marcos regresó justo a tiempo para escucharla.

—A mí la gente preparada me facilita bastante el trabajo.

Léa sonrió.

—¿Ves? Alguien me aprecia.

—Lleva diez minutos conociéndote.

—Y ya ha entendido más que tú en quince años.

Marcos me miró, pero tuvo suficiente instinto de supervivencia para no preguntar.

Continuamos hacia la zona lateral. Hasta ese momento todo iba razonablemente bien y empecé a relajarme, un error que debería haber aprendido a no cometer hacía muchos años.

Marcos empujó la puerta de emergencia, pero no se abrió.

La había revisado la tarde anterior, así que cuando volvió a intentarlo sin conseguir moverla, me acerqué para comprobar qué narices había pasado.

—Déjame.

Probé con la barra y noté que el mecanismo interior cedía, pero la hoja seguía enganchada abajo.

—Con la humedad se habrá hinchado.

—Una salida de emergencia tiene que abrirse sin esfuerzo —dijo Marcos.

—Lo sé.

Volví a intentarlo y conseguí moverla apenas unos centímetros.

Léa se acercó.

—Levántala un poco.

La miré.

—¿Qué?

—La puerta. Levántala mientras empujas.

—No funciona así.

—Antes sí.

Marcos nos observaba con creciente interés y decidí que discutir sobre carpintería delante de él no era el mejor uso de nuestro tiempo.

—Léa, esta puerta pesa una barbaridad.

—Ya lo sé. Mi abuelo decía que la bisagra de abajo quedaba un poco vencida cuando llovía y había que levantarla antes de empujar.

De eso hacía más de quince años.

Coloqué una mano bajo la barra, hice fuerza hacia arriba y empujé al mismo tiempo.

La puerta se abrió.

Léa sonrió con una satisfacción que habría resultado insoportable de no ser porque acababa de salvarnos el culo.

Marcos soltó una risa.

—Me parece que voy a tener que hablar contigo directamente para las próximas inspecciones.

—Cuando quieras —respondió ella.

—Ni se te ocurra —dije mientras examinaba la bisagra.

Los dos me miraron.

—La puerta —aclaré—. Digo que no se le ocurra volver a forzarla así.

Marcos sonrió de lado y decidí concentrarme en la madera antes de que aquella conversación empeorara todavía más.

—Esto hay que repararlo —dijo Marcos.

—Lo haré hoy —respondí.

—Y quiero verlo funcionando antes de autorizar aforo completo.

Anotó algo en su carpeta y siguió adelante, así que esperé a que se alejara antes de mirar a Léa.

—¿Cómo te acordabas de eso?

Léa se encogió de hombros.

—Pasé media vida aquí.

—Hace mucho que no entrabas.

—Eso no significa que me hayan borrado la memoria.

Me sostuvo la mirada un instante y después siguió a Marcos, mientras yo me quedaba allí sin saber muy bien qué decir.

Léa llevaba años evitando La Estrella y, aun así, había recordado al momento cómo se atascaba aquella puerta cuando llovía.

Por lo visto, algunas cosas no se olvidaban tan fácilmente como uno quería.

La revisión continuó durante casi una hora más. Marcos señaló dos detalles menores, pidió que colocáramos una protección adicional en una zona del cableado y confirmó que podíamos trabajar con un aforo reducido mientras terminábamos de reparar las sillas.

Cuando Marcos terminó la revisión, Léa prácticamente dejó de respirar.

—Si me enviáis las fotografías de la puerta reparada y la protección eléctrica antes del lunes, emitiré el informe favorable.

Ella tardó un segundo en reaccionar.

—¿Eso significa que podemos abrir?

—En cuanto tenga las fotos, sí.

Marcos cerró la carpeta y miró a Léa.

—Así que ya me avisarás para la primera sesión.

—¿Como técnico municipal?

—Preferiría como espectador.

—Eso tiene fácil arreglo.

No sabía muy bien cuándo habían pasado de hablar de la inspección a organizarle una entrada, pero no me estaba gustando especialmente la velocidad.

Léa me miró y no hizo falta decir nada para saber que los dos estábamos pensando lo mismo: habíamos pasado la inspección. O casi, porque con la administración convenía no celebrar demasiado antes de tener un papel firmado.

Acompañé a Marcos a la salida mientras Léa recogía sus papeles.

—Tu socia es maja —comentó Marcos.

—Sí.

—No sabía que había vuelto para quedarse.

—Es que no ha vuelto para quedarse.

Marcos me miró.

—Solo preguntaba.

—Pues ya tienes la respuesta.

Sonrió de esa manera que me confirmó que había entendido bastante más de lo que yo quería.

—Nos vemos la semana que viene.

—Si sobrevives hasta entonces.

Se echó a reír y se marchó. Regresé dentro y vi a Léa levantando los brazos.

—¡Sí!

Me eché a reír.

—Pensaba que no ibas a emocionarte con esto.

—No me emociono. Celebro que no tengamos que repetir una inspección.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de «te dije que acabaría gustándote».

—Todavía no he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

Tenía razón, así que preferí ir hacia la puerta lateral antes de darle el gusto.

Javi apareció media hora después con gafas de sol, café y el aspecto de alguien que se arrepentía ligeramente de algunas decisiones tomadas la noche anterior.

—Buenos días —saludó.

Inés sonrió nada más verlo.

—Tienes mala cara.

—Gracias. Tú también estás preciosa.

—He dicho que tienes mala cara, no que estés feo.

—Entonces todavía tengo posibilidades.

Léa me miró y yo negué despacio.

—No pienso meterme.

—Estoy muy orgullosa de ti.

—¿Qué tal la inspección? —preguntó Javi.

—La hemos pasado —respondió ella.

—¿En serio?

—En cuanto Hugo arregle una puerta y mandemos un par de fotos, tendremos autorización.

Javi levantó el café como si fuera una copa.

—Pues habrá que celebrarlo.

—Son las once y media de la mañana —dije.

—Eso no impide celebrar nada.

Inés estuvo de acuerdo demasiado rápido.

Terminamos comiendo los cuatro en El Ancla. Había trabajo pendiente, pero por primera vez en toda la semana podíamos permitirnos una hora sin correr de un lado a otro.

Léa se sentó frente a mí y Javi junto a Inés, distribución que no me pasó desapercibida y que seguramente tampoco fue casual.

—Tenemos que fijar la primera sesión —dijo Léa cuando terminamos de pedir.

Sacó el móvil.

—¿Ahora?

—Si queremos empezar en dos semanas, sí.

—Primero necesitamos programación.

—Estoy trabajando en ella.

—Distribuidores.

—También.

—Publicidad.

—Hugo, llevo tres días haciendo exactamente eso.

—Solo comprobaba.

—Pues deja de comprobarme.

Javi se inclinó hacia Inés.

—¿Son siempre así?

—Antes eran peores.

Léa lo miró.

—¿Tú de qué parte estás?

—De la que me dé de comer.

El camarero dejó unas bebidas sobre la mesa y durante un rato discutimos fechas. Al final elegimos el primer sábado de julio para la reapertura. Nos dejaba poco más de dos semanas y margen suficiente para completar las veinte sesiones, incluso si el tiempo nos obligaba a cancelar alguna.

Léa abrió el calendario.

—Primer sábado de julio. Queda fijado.

La miré mientras anotaba la fecha.

—¿Qué película?

—Eso tenemos que decidirlo.

—Tiene que ser algo especial.

—También tiene que ser algo que podamos proyectar legalmente y sin hipotecar el cine.

—Qué poco romántica eres.

Levantó la mirada.

—No sabía que ahora buscáramos romanticismo.

La frase parecía inocente, pero durante medio segundo algo cambió en la mesa. Javi bajó la vista hacia su vaso e Inés se interesó de repente muchísimo por la carta de postres, mientras yo intentaba pensar en cualquier tontería que pudiera responder para dejarlo pasar.

—No estaba hablando de nosotros.

Léa arqueó una ceja.

—Ya lo sé.

Perfecto, acababa de aclarar algo que nadie había preguntado.

Javi tosió para disimular una risa y yo decidí que empezaba a caerme peor.

La conversación volvió al cine y acabamos acordando que buscaríamos una película que hubiera formado parte de las primeras temporadas de La Estrella. Léa propuso revisar el archivo de Madeleine y preparar una pequeña exposición con fotografías antiguas para el día de la reapertura.

Cuatro días antes había defendido que solo quería conservar el valor de la propiedad y ahora estaba decidiendo cómo decorar la entrada. Estuve a punto de recordárselo, pero preferí callarme porque, al parecer, algo estaba aprendiendo.

Cuando volvimos al cine, me quedé un momento frente al rótulo mientras los demás entraban. La estrella amarilla seguía teniendo varias bombillas fundidas y la pintura necesitaba trabajo, pero por primera vez en mucho tiempo podía imaginarla encendida con gente esperando delante de la taquilla.

Dentro, Léa ya estaba dando órdenes sobre dónde colocar las fotografías y no pude evitar sonreír antes de seguirla. Quedaban dos semanas para abrir La Estrella y, por primera vez desde que Madeleine había tenido que cerrarla, parecía que íbamos a conseguirlo.

Lo que empezaba a preocuparme era lo fácil que resultaba imaginar a Léa formando parte de todo aquello otra vez.