El último verano que te odié Capítulo 7
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Capítulo 7

Léa

Descubrí que compartir casa con Javi tenía una ventaja y un inconveniente. La ventaja era que no me dejaba demasiado tiempo para pensar; el inconveniente, que tampoco me dejaba demasiado tiempo para estar en silencio.

A las ocho de la mañana ya estaba en la cocina, descalzo, preparando café como si llevara toda la vida viviendo allí y no hubiera aparecido el día anterior con una mochila y ninguna intención concreta de marcharse.

—He dormido fatal —anunció en cuanto entré.

—Buenos días para ti también.

—Tu abuela tenía un colchón diseñado para obtener confesiones.

Abrí un armario y saqué una taza.

—Nadie te ha obligado a venir.

—Eso me dijiste ayer unas catorce veces y, sin embargo, aquí sigo.

Javi había ocupado la habitación de invitados porque mi antigua habitación seguía siendo mía en la práctica, aunque llevara años utilizándola solo durante las visitas breves.

La noche anterior habíamos cenado cualquier cosa de las que habían dejado los vecinos y después me había sometido a un interrogatorio bastante poco disimulado sobre Hugo.

No le conté demasiado.

Sí le expliqué que La Estrella era ahora de los dos y que íbamos a trabajar juntos durante el verano.

También mencioné la oferta de compra y las veinte sesiones que necesitábamos para conservar la concesión.

Javi escuchó todo sin hacer bromas, algo bastante preocupante en él, y al final se limitó a decir que dos meses daban para muchos problemas.

No necesitaba que me lo recordara.

—¿Hoy vuelves al cine? —preguntó mientras me servía café.

—Tenemos una inspección pasado mañana y todavía faltan bastantes cosas, así que sí.

—Voy contigo.

—Javi, has venido a acompañarme, no a convertirte en un empleado de La Estrella.

—Precisamente. Si te dejo sola, acabarás trabajando doce horas y comiendo galletas.

—Ayer comí un bocadillo.

—Porque te lo mandó la madre de Hugo.

Me apoyé en la encimera.

—¿Tienes intención de fiscalizar también mi alimentación?

—Ya lo hago desde hace años.

No podía discutir aquello porque era verdad.

Llegamos al cine poco después de las nueve y encontramos a Hugo hablando con un hombre junto a la entrada lateral. Inés estaba dentro, subida a una escalera mientras colocaba una de las nuevas señales de emergencia.

Javi la vio antes que yo.

—Vaya, qué casualidad.

Lo miré.

—¿El qué?

—Que Inés también esté aquí.

—Es la hermana de Hugo y estamos intentando abrir un cine. No veo la casualidad.

—Yo sí.

No me dio tiempo a responder porque Inés bajó de la escalera y sonrió al verlo.

—Pensaba que hoy aprovecharías para conocer el pueblo.

—Eso tenía previsto, pero Léa me ha suplicado que viniera a ayudar.

—Mentiroso.

—También es una de mis mejores cualidades.

Inés se rio y le señaló otra escalera que había apoyada contra la pared.

—Entonces puedes empezar colocando señales.

Javi cogió la escalera sin protestar y la siguió.

Los observé alejarse y tuve que reconocer que aquello estaba avanzando a una velocidad bastante interesante.

—No deberías animarlos.

La voz de Hugo sonó a mi espalda y me giré.

—No estoy haciendo nada.

—Tu cara dice otra cosa.

—Mi cara no es asunto tuyo.

—Eso me resulta familiar.

Llevaba una carpeta en una mano y tenía una mancha de polvo en la camiseta. Me habría gustado no fijarme en detalles tan absurdos, pero mi cerebro parecía haberse propuesto recuperar quince años de información perdida en apenas una semana.

—¿Quién era el hombre de fuera?

—El electricista. Ha terminado la primera revisión y, salvo un par de luces que cambiará mañana, estamos bien.

—Por fin una buena noticia.

—No te acostumbres.

Entramos en la cabina porque quería enseñarme el informe provisional.

Habíamos avanzado bastante desde el día anterior y empezaba a creer que la inspección del viernes podía salir bien.

Seguíamos teniendo trabajo, pero al menos ya no parecía que necesitáramos reparar medio cine antes de abrir las puertas.

Hugo dejó los papeles sobre una mesa y apartó varias carpetas antiguas para hacer sitio.

—Tenemos que revisar también lo que dejó Madeleine sobre la programación —dijo—. Salcedo me comentó que había empezado a preparar documentación para una ayuda cultural.

Lo miré.

—¿Qué ayuda?

—Una subvención para recuperar espacios culturales históricos. Me habló de ella hace meses, pero no sé hasta dónde llegó con la solicitud.

Aquello era nuevo.

—¿Y tampoco se te ocurrió mencionarlo en la notaría?

—Ayer me enteré de que dejó el expediente aquí.

—Qué tranquilizador. Por un momento pensé que estábamos volviendo a lo de contarme las cosas por entregas.

Hugo respiró hondo.

—No te estoy ocultando nada, Léa.

La respuesta me hizo sentir un poco injusta, aunque no lo suficiente para disculparme.

Empezamos a revisar las carpetas de mi abuela. Había facturas, listados de películas, presupuestos, cartas de distribuidores y montones de anotaciones escritas en los márgenes de cualquier papel que tuviera a mano. Encontré incluso una servilleta con tres títulos y una cantidad apuntada debajo.

—Eso también cuenta como contabilidad, supongo.

Hugo sonrió.

—Con Madeleine, sí.

Al fondo de uno de los cajones apareció una carpeta verde con una etiqueta escrita en francés: La prochaine saison . Me quedé mirándola unos segundos antes de abrirla.

—La próxima temporada.

—Lo sé —respondió Hugo.

—Ya sé que lo sabes.

—Entonces no entiendo por qué me lo traduces.

—Pensaba en voz alta.

—Sigues haciéndolo.

Le lancé una mirada y abrí la carpeta.

Mi abuela había preparado bastante más de lo que esperábamos.

Había información sobre la subvención, una memoria inicial del cine, fotografías, estimaciones de aforo y una propuesta de actividades para el verano.

También había empezado un presupuesto y reunido cartas de apoyo de varios negocios del pueblo.

Pasé varias hojas intentando ordenar aquello.

—¿Cuándo hizo todo esto?

Hugo se acercó para mirar.

—Durante el invierno, supongo.

—¿Y todavía tenía ganas de meterse en todo este lío?

—Tu abuela no dejó de hacer planes porque estuviera más cansada.

Aquello me molestó más de lo que debería.

—Podría habérmelo contado.

Hugo no respondió inmediatamente.

—Sí.

Levanté la vista porque esperaba algún intento de justificarla.

—¿Solo vas a decir eso?

—¿Qué quieres que diga? Podría habértelo contado y no lo hizo. No sé por qué.

Agradecí que no intentara defenderla, aunque reconocerlo también dolía.

Seguí leyendo hasta encontrar las condiciones de la ayuda. El proyecto seleccionado recibiría una cantidad suficiente para cubrir buena parte de la restauración, pero había una condición importante: el espacio debía mantener su uso cultural durante varios años.

—Si solicitamos esto, vender se complica.

—Sí.

—¿Y mi abuela lo sabía?

—Claro.

Apoyé los papeles sobre la mesa.

—Entonces tenía bastante claro qué quería que ocurriera.

Hugo negó despacio.

—Sabía lo que quería ella. No significa que tú tengas que querer lo mismo.

Lo miré con cierta sorpresa. Habría sido muy fácil que aprovechara la carpeta para presionarme, pero no lo hizo.

—¿Tú quieres presentar la solicitud?

—Sí.

—Aunque eso signifique que yo tenga que comprometer mi parte durante años.

—Por eso no puedo hacerlo sin ti.

Aquella frase me dejó sin una respuesta rápida y agradecí que Javi apareciera justo entonces por la puerta de la cabina.

—Interrumpo vuestra reunión de divorciados sin haberos casado para informar de que Inés dice que necesita una caja que está aquí arriba.

—En el almacén, estantería de la izquierda —indicó Hugo.

Javi fue a buscarla y se quedó mirando la carpeta abierta.

—¿Buenas noticias?

—Depende de a quién preguntes.

—Entonces son malas.

Cogió la caja y, antes de marcharse, me hizo un gesto con la cabeza para que saliera un momento.

Lo seguí hasta las escaleras.

—¿Qué quieres?

—Nada. Solo comprobar que no estabais a punto de mataros.

—Estamos trabajando.

—Ya lo veo.

Miró hacia la cabina y bajó la voz.

—Por cierto, tu amigo está bastante menos encantado conmigo de lo que intenta aparentar.

—Hugo no es mi amigo.

—Lo que tú digas.

—Y no tiene ningún motivo para estar encantado o dejar de estarlo contigo.

—Eso también lo dices tú.

Le quité la caja de las manos.

—Ve a molestar a Inés.

Javi sonrió.

—Con muchísimo gusto.

Le devolví la caja de inmediato porque, pensándolo mejor, cuanto más tiempo estuviera entretenido con ella, menos lo estaría conmigo.

A media mañana terminamos de revisar la documentación y comprendí que la solicitud estaba bastante avanzada.

Faltaban un plan económico definitivo, la programación y algunos documentos que podíamos conseguir durante las siguientes semanas, aunque tampoco podíamos dormirnos porque el plazo terminaba el veinticinco de agosto. Hugo apoyó las manos sobre la mesa.

—No tienes que decidirlo hoy.

—Ya lo sé.

—Ni mañana.

—Hugo, sé cómo funcionan las fechas.

—Intentaba no presionarte.

Lo miré y tuve que contener una sonrisa.

—Se te da regular.

—Estoy aprendiendo.

Aquello me hizo gracia, aunque preferí concentrarme de nuevo en los papeles y guardé la carpeta verde en el bolso antes de que él pudiera interpretar mi sonrisa como una pequeña victoria.

—Me la llevo.

—¿Para qué?

—Para leerla con calma.

—Eso suena peligrosamente parecido a que estás considerando la subvención.

—Suena a que quiero saber qué opciones tenemos antes de tomar una decisión.

—Me vale.

Por alguna razón, que no intentara sacarme nada más, consiguió que me dieran todavía más ganas de estudiar el proyecto.

Cuando bajamos, Javi estaba sujetando la escalera mientras Inés colocaba otra señal. Los dos discutían sobre un restaurante del puerto y, por lo que conseguí entender, habían acabado apostando quién conocía el mejor sitio para comer pescado.

—Esta noche te lo demuestro —dijo Inés.

—¿Eso es una cita?

—Es una cena.

—Puedo trabajar con eso.

Hugo cerró los ojos un instante y yo tuve que morderme el labio.

—No digas nada —me advirtió.

—No iba a hacerlo.

—Te conozco.

—Hace quince años que no.

La frase salió antes de que pudiera pensarla. Hugo me miró y la sonrisa desapareció de su cara, aunque no respondió.

Durante un segundo pensé que quizá me había pasado, pero Inés nos salvó desde la escalera antes de que aquel silencio se volviera todavía más incómodo.

—¿Venís a ayudar o pensáis quedaros ahí contemplando nuestro talento?

Me acerqué a ellos antes de que Hugo pudiera decir nada más.

Había llegado a Puerto de Bruma pensando que solo tendría que despedirme de mi abuela, arreglar unos papeles y volver a Madrid, pero con aquella carpeta dentro del bolso empezaba a sospechar que marcharme no iba a resultar tan sencillo como había imaginado.

Porque querer vender La Estrella era una cosa. Descubrir que mi abuela había pasado sus últimos meses intentando salvarla era otra bastante distinta.