Capítulo 6
Hugo
Mi hermana llevaba apenas unos segundos mirando al tal Javi y ya me estaba gustando bastante poco la situación.
No porque tuviera nada en contra del tipo.
Acababa de conocerlo y, aparte de aparecer en Puerto de Bruma sin avisar y abrazar a Léa como si llevaran tres meses separados en lugar de unas horas, todavía no había hecho nada que justificara que le buscara defectos.
El problema era la cara de Inés, que conocía demasiado bien porque era prácticamente la misma que ponía cada vez que algo le despertaba curiosidad.
Y Javi acababa de despertarle bastante.
—Decías que mamá me había mandado algo —le recordé.
Inés apartó por fin la mirada de él.
—Ah, sí.
Fantástico. Ni siquiera se acordaba de por qué había vuelto.
Me entregó una carpeta que llevaba bajo el brazo y que yo había dejado la noche anterior en casa de nuestra madre después del funeral.
—Los papeles del seguro —explicó—. Mamá dice que los necesitarás.
—Gracias.
Javi sonrió.
—¿Siempre os comunicáis a través de vuestra madre aunque estéis en el mismo pueblo?
Inés lo miró de nuevo.
—Solo cuando él decide olvidarse cosas.
—No suelo olvidarme cosas.
—Claro que no.
Léa soltó una risa y yo decidí que aquella alianza se estaba formando demasiado deprisa.
—¿Cuánto tiempo te quedas? —preguntó Inés a Javi.
—En principio, un par de días.
—Lo que significa que probablemente no tiene ni idea —intervino Léa.
—He venido a hacerte compañía.
—Te dije que no hacía falta.
—Y yo decidí ignorarte. Nuestra amistad funciona estupendamente así.
Javi dejó la mochila sobre una de las sillas y miró alrededor con interés. No parecía el tipo de persona que necesitara demasiado tiempo para sentirse cómodo en un sitio nuevo. En menos de cinco minutos ya había preguntado cuándo abríamos, qué pensábamos proyectar y si podía ayudar en algo.
Léa respondió antes que yo.
—Puedes empezar no molestando.
—Eso reduce muchísimo mis capacidades.
—Pues carga cajas.
—Mucho mejor.
Mi hermana se ofreció a enseñarle dónde estaban y los dos desaparecieron hacia el pequeño almacén del edificio de proyección mientras hablaban como si se conocieran desde hacía bastante tiempo.
Léa los siguió con la mirada.
—Creo que le ha caído bien.
—Eso parece.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hermano mayor que ya está investigando antecedentes penales.
—Inés tiene treinta años.
—Exactamente.
—Ya lo sé.
Léa sonrió mientras recogía el portátil y, por un momento, tuve la sensación de haber tenido aquella misma conversación hacía siglos, cuando Inés todavía era una adolescente y nosotros creíamos que teníamos derecho a opinar sobre cualquiera que se le acercara.
—¿Javi tiene antecedentes? —pregunté.
Se echó a reír.
—Sabía que acabarías preguntándolo.
—Era por confirmar.
—Puedes respirar tranquilo. Que yo sepa, su historial delictivo se limita a aparcar donde no debe y robarme comida del frigorífico.
Aquello último me llamó la atención más de lo necesario.
—¿Vivís juntos?
Léa levantó una ceja.
—No.
—Solo preguntaba.
—Ya.
Volvió al portátil con una sonrisa que no me gustó nada porque dejaba bastante claro que había entendido algo que yo no pensaba reconocer.
Me puse con la carpeta del seguro antes de seguir metiéndome en terrenos que no me correspondían.
Javi era su mejor amigo y había viajado desde Madrid para acompañarla.
Eso era todo lo que necesitaba saber, aunque una parte bastante molesta de mi cabeza hubiera decidido preguntarse desde cuándo se conocían, cuántas veces habría dormido en su casa y si alguna vez habían sido algo más.
Quince años sin verla y al segundo día ya estaba comportándome como un adolescente. Muy maduro todo.
El móvil me sonó antes de que pudiera seguir dándole vueltas.
Era Marcos, el técnico del ayuntamiento.
Había llegado a Puerto de Bruma unos años atrás al conseguir la plaza y, entre obras municipales, algún trabajo en el que había intervenido el taller y las cervezas de los viernes, había terminado formando parte de la cuadrilla.
Su llamada consiguió que me olvidara rápidamente de Javi.
—Dime.
—Hugo, tengo delante la solicitud provisional de reapertura de La Estrella.
Miré a Léa. Ella seguía escribiendo.
—La presentamos esta mañana.
—Ya la he visto. Tenemos un problema con la inspección.
Eso bastó para que me enderezara.
—¿Qué problema?
—La revisión de instalaciones tiene que hacerse antes de que autoricemos las primeras sesiones y el técnico que debía pasar dentro de diez días se va de vacaciones la semana que viene. Puede ir el viernes o ya tendríais que esperar hasta mediados de julio.
Miré el calendario colgado junto a la barra y comprobé que era martes.
—¿Este viernes?
—Sí. Si no, no puedo garantizarte que tengáis autorización antes de final de mes.
No necesitaba hacer muchas cuentas para saber lo que significaba. Si retrasábamos la apertura hasta mediados de julio, veinte sesiones empezaban a quedar demasiado apretadas, sobre todo dependiendo del tiempo.
—Que venga el viernes.
—Suponía que dirías eso. Necesitaréis tener despejadas las salidas, revisada la instalación de emergencia y cerradas las zonas que no sean seguras para el público.
—Lo tendremos.
Colgué y encontré a Léa mirándome.
—Por tu cara, deduzco que no te han llamado para felicitarnos.
—La inspección es el viernes.
Dejó de escribir.
—¿Viernes de esta semana?
—No conozco muchos viernes entre hoy y entonces.
—Hugo.
—Sí, este viernes.
Se levantó y empezó a repasar mentalmente todo lo que faltaba. Se le notaba en la cara.
—Eso nos deja tres días.
—También sé contar.
—Pues utiliza esa habilidad para decirme si llegamos.
Miré alrededor antes de responder. Las salidas podían despejarse en unas horas y la mayor parte de las reparaciones importantes ya estaban localizadas. El problema era la iluminación de emergencia y una de las barandillas laterales, además de todo lo que pudiera encontrar el técnico cuando viniera.
—Si el electricista puede adelantarnos la visita, sí.
—Llámalo.
—Ya lo estoy haciendo.
Mientras hablaba con él, Léa abrió su lista y empezó a reorganizar tareas. El electricista consiguió hacernos un hueco a última hora de aquella misma tarde, lo que nos obligaba a despejar previamente toda la zona lateral.
Javi e Inés regresaron cargados con dos cajas.
—¿Qué pasa? —preguntó mi hermana.
—Tenemos la inspección municipal el viernes —explicó Léa—. Si no la pasamos, la apertura se retrasa.
Javi dejó la caja en el suelo.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Lo miré.
—¿No acabas de llegar?
—Sí, pero parece que me he presentado justo para la parte divertida.
—No sabes en lo que te estás metiendo —le advirtió Léa.
—Llevo trece años siendo amigo tuyo. Tengo bastante experiencia.
Ella le dio un golpe en el brazo y Javi se echó a reír.
No me cayó mejor por hacerla reír de aquella manera, pero tampoco podía decir que me cayera mal. Era difícil desconfiar de alguien que, después de conducir varias horas, se remangó la camisa y empezó a mover cajas sin volver a preguntar.
Nos repartimos el trabajo. Léa se quedó revisando documentación y señalización, mientras Javi y yo despejábamos el acceso lateral.
Inés empezó a limpiar y comprobar las luces de emergencia con una eficiencia que no esperaba de alguien que media hora antes parecía bastante más pendiente del recién llegado.
—¿A qué te dedicas? —le pregunté mientras cargábamos unas sillas viejas.
—Producción audiovisual.
Miré hacia él.
—¿Trabajas con Léa?
—A veces coincidimos, pero no estamos en la misma empresa. Yo llevo producción y ella localizaciones. Nos conocimos en uno de nuestros primeros trabajos y, por alguna razón que todavía no entiendo, decidió adoptarme.
—Fue al revés —gritó Léa desde la barra.
—No te metas en conversaciones privadas.
—Estáis a diez metros.
Javi sonrió antes de coger otra caja.
—Como ves, la distancia nunca ha sido su fuerte.
Sabía que aquello no llevaba ninguna segunda intención, pero me resultó curioso escuchar hablar de la Léa de Madrid. La que yo no conocía. Durante años había pensado en su vida fuera del pueblo como algo abstracto: trabajos, viajes, ciudades y personas cuyos nombres nunca había querido preguntar.
Javi pertenecía a todo eso.
—¿Y tú? —le preguntó a Inés—. ¿También trabajas aquí?
—Soy fisioterapeuta. Tengo una clínica pequeña cerca del puerto.
—Entonces me interesa llevarme bien contigo. Mi espalda y yo tenemos una relación complicada.
—Puedo darte cita mañana.
—¿Eso ha sido una invitación?
Inés sonrió.
—Ha sido publicidad.
Léa me miró desde la barra y tuve que contener la risa. Como aquello siguiera así, Javi iba a necesitar bastante menos de dos días para encontrar motivos para quedarse.
A media tarde habíamos despejado casi todo el lateral. El electricista llegó poco después y confirmó que la instalación general estaba mejor de lo que parecía, aunque había que sustituir varias luces de emergencia y revisar parte del cableado de la cabina.
Podía hacerlo antes del viernes.
Por primera vez desde que salimos de la notaría, tuve la sensación de que quizá llegáramos.
Léa se acercó con el móvil en la mano.
—He conseguido que la imprenta nos tenga mañana la señalización provisional y el ayuntamiento me ha enviado el listado completo de requisitos.
—¿Alguna mala noticia?
—Todavía no, pero el día no ha terminado.
Javi apareció detrás de ella cubierto de polvo.
—Yo sí tengo una. La señora de la cafetería de la plaza me ha dicho que a partir de las ocho es imposible aparcar cerca de casa de Léa.
Lo miré.
—¿Te quedas allí?
—Sí. Hay habitaciones de sobra y así no gasto en hotel.
Léa lo empujó ligeramente.
—Sobre todo porque te has presentado sin reservar nada.
—Los detalles arruinan las buenas historias.
Inés, que estaba recogiendo herramientas a mi lado, intentó disimular una sonrisa.
—Hay una pensión cerca de mi clínica.
Javi giró hacia ella.
—¿Me estás echando de casa de Léa antes incluso de que haya entrado?
—Te estoy dando alternativas.
—Entonces tendrás que enseñármela.
Mi hermana tardó exactamente medio segundo en responder.
—Cuando quieras.
Miré a Léa y ella se mordió el labio para no reírse.
No necesitábamos hablar para saber lo que estábamos pensando.
Mientras recogíamos las últimas cosas antes de cerrar, caí en la cuenta de que hacía apenas dos días La Estrella llevaba meses prácticamente vacía.
Ahora había cuatro personas trabajando, una inspección en tres días y Léa discutiendo por teléfono con una imprenta porque no le gustaba el tamaño de unas señales.
El cine empezaba a moverse otra vez.
Lo peligroso era que nosotros también.