Capítulo 5
Léa
Pasadas las ocho de la mañana, llegué a La Estrella con dos cafés, el portátil y la firme intención de demostrarle a Hugo que podía ser puntual sin necesidad de levantarme a una hora ilegal.
Él ya estaba allí, por supuesto, porque llegar antes que nadie debía formar parte de su personalidad.
Había abierto las puertas, retirado varias lonas y estaba agachado junto a una de las filas de sillas con una caja de herramientas a los pies.
Llevaba una camiseta gris, vaqueros viejos y el lápiz detrás de la oreja que recordaba de cuando trabajaba con su padre.
No sabía si me molestaba más que conservara aquel gesto o que yo me hubiera acordado de él nada más verlo.
—Son las ocho y media —anuncié mientras me acercaba.
Hugo miró el reloj.
—Las ocho y veintiocho.
—Incluso he llegado antes.
—Dos minutos. No te emociones.
Le tendí uno de los cafés.
—He pensado que quizá así estarías más simpático.
—¿Y si no funciona?
—Me bebo los dos.
Cogió el vaso y dio un sorbo antes de volver a la silla que estaba reparando.
Habíamos quedado en empezar por lo imprescindible para solicitar los permisos y fijar una fecha de reapertura.
Yo había preparado una lista la noche anterior, después de pasar casi dos horas revisando páginas de distribuidores, empresas de venta de entradas y todo lo que encontré sobre licencias culturales.
Hugo, en cambio, llevaba semanas adelantando trabajo sin esperar a que nadie le dijera qué necesitaba el cine, y aquello empezaba a fastidiarme.
No porque trabajara, claro, sino porque mientras yo había mantenido La Estrella fuera de mi vida durante años, él había seguido entrando, arreglando cosas y sabiendo exactamente qué puerta se atascaba o qué silla necesitaba una tabla nueva.
Abrí el portátil sobre la barra.
—Necesito saber cuándo puede venir el electricista.
—El jueves.
—Eso ya me lo dijiste ayer. ¿Por la mañana o por la tarde?
—Por la mañana.
—¿A qué hora?
Hugo levantó la cabeza.
—¿Vas a hacer esto con cada cosa?
—Sí.
—Entonces necesito otro café.
—Organizarse no mata a nadie.
—Tampoco vivir sin una hoja de cálculo.
—Eso no está demostrado.
Sonrió y siguió trabajando, y tuve que concentrarme en la pantalla para no devolverle la sonrisa.
Durante la siguiente hora avanzamos bastante más de lo que esperaba. Conseguí hablar con el ayuntamiento, pedí información para renovar el seguro y envié varios correos a distribuidores. Hugo revisó las sillas, hizo una lista de materiales y llamó a dos proveedores de la zona.
Lo irritante era que funcionábamos bien juntos.
Yo preguntaba cuánto tardaría una reparación y él respondía antes de que terminara de hacer cálculos.
Hugo necesitaba saber cuántas filas podíamos dejar fuera de servicio sin reducir demasiado el aforo y yo ya estaba buscando la normativa.
No discutíamos por todo, solo por aproximadamente la mitad de las cosas, lo que, teniendo en cuenta nuestro historial, podía considerarse un éxito.
A media mañana apareció Inés con una bolsa de papel y una botella de agua.
—Mamá dice que si vais a pasar aquí todo el día, al menos comáis algo que no salga de una máquina.
Dejó la bolsa sobre la barra y me dio un beso en la mejilla antes de mirar a su hermano.
—Tú tienes comida en el taller.
—Gracias por venir a traerme información tan útil.
—De nada.
Abrí la bolsa y encontré bocadillos, fruta y un paquete de galletas.
—Dile a tu madre que no hacía falta.
—Se lo he dicho. Y se ha reído de mí.
Eso también sonaba bastante a Elena.
Inés se quedó un rato mientras yo le enseñaba algunas ideas para promocionar la reapertura. Se entusiasmó bastante más que Hugo con la posibilidad de recuperar fotografías antiguas del cine y organizar una noche especial dedicada a mi abuela.
—Hay algunas cajas en casa de mi madre —dijo—. Seguro que hay fotos de cuando éramos pequeños.
Hugo levantó la cabeza desde la otra punta de la barra.
—No hace falta sacar todo lo que exista.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque algunas fotos deberían seguir enterradas.
Inés sonrió.
—Ahora tengo todavía más ganas de buscarlas.
Cuando se marchó, volví al ordenador e intenté no pensar en qué clase de fotografías podían conservar los Durán. Conociendo a mi abuela, probablemente existía documentación gráfica suficiente para arruinar nuestra dignidad durante varias generaciones.
Hugo empezó a desmontar una parte de la estructura lateral de la barra y yo aproveché para recorrer el recinto haciendo fotografías.
Necesitaba preparar una presentación sencilla para buscar colaboradores y quería enseñar La Estrella sin esconder su estado actual, pero tampoco haciendo que pareciera más deteriorada de lo que estaba.
Me acerqué a la zona de la pantalla y levanté el móvil.
—No pases por la pasarela de madera que bordea la estructura —me advirtió Hugo desde detrás.
—Solo quiero una foto.
—Hay una tabla suelta en la esquina.
—Estoy viendo perfectamente dónde piso.
La frase terminó prácticamente al mismo tiempo que mi zapatilla encontró justo la tabla suelta.
Noté cómo cedía bajo mi peso y apenas tuve tiempo de reaccionar. Intenté recuperar el equilibrio, di un paso atrás y choqué contra algo mucho más sólido que el suelo.
Hugo me sujetó por la cintura antes de que acabara sentada entre la grava.
—Muy bien visto dónde pisabas.
—Puedes soltarme.
—Podría, pero primero asegúrate de que no vas a volver a intentar matarte.
Me giré demasiado rápido y entonces el problema dejó de ser la tabla.
Hugo estaba muy cerca. Más de lo necesario para que mi cerebro siguiera concentrado en una reparación mal hecha.
Una de sus manos continuaba apoyada en mi cintura y la otra me sujetaba por el brazo.
Podía verle perfectamente esas pequeñas líneas junto a los ojos que había descubierto en el funeral y también una cicatriz fina bajo la barbilla que no recordaba.
Durante un segundo, ninguno se movió. Quince años eran muchos para olvidar cómo se sentía estar cerca de alguien, pero, al parecer, no los suficientes.
—Estoy bien —dije, y mi voz salió bastante menos firme de lo que me habría gustado.
Hugo bajó la mirada hacia mi pie.
—¿Te has torcido el tobillo?
—No.
—¿Seguro?
—Sé reconocer un tobillo torcido.
—También sabías dónde pisabas.
Lo empujé ligeramente por el pecho y él terminó soltándome, aunque la sonrisa le duró más de lo necesario.
—Eres insoportable.
—Y tú sigues sin escuchar.
—Eso no es verdad.
Hugo arqueó una ceja y decidí que volver al portátil era una opción estupenda.
Me senté detrás de la barra y abrí un correo que ya había leído tres veces sin entender una palabra. Notaba todavía el lugar donde me había sujetado, lo cual era ridículo porque aquello no había durado ni diez segundos.
No iba a convertir una caída absurda en un acontecimiento, sobre todo porque Hugo seguramente ni siquiera le había dado importancia.
—Léa.
Levanté la vista y lo encontré observándome desde el otro lado del recinto.
—¿Qué?
—Llevas un rato mirando la pantalla sin hacer nada.
Bajé la vista al portátil y cerré el correo.
—Ocúpate de tus tablas.
Su risa llegó hasta la barra y me dieron unas ganas bastante poco maduras de lanzarle el bolígrafo.
A la una paramos para comer. Nos sentamos en las últimas filas, con los bocadillos de Elena y el mar extendiéndose detrás de la pantalla.
Aquello sí lo recordaba. Mi abuela nos encontraba muchas veces allí cuando éramos adolescentes y siempre protestaba porque no se comía entre las filas, aunque después acabara sentándose con nosotros.
—He pensado que podríamos abrir dentro de dos semanas —dije.
Hugo dejó de masticar.
—Es pronto.
—Tenemos ocho semanas y necesitamos veinte sesiones. Cuanto antes empecemos, más margen tendremos si llueve.
—Faltan demasiadas cosas.
—Para dejarlo perfecto, sí. Para abrir con una parte del aforo, no.
Se quedó mirando hacia la pantalla.
—Madeleine nunca habría abierto a medias.
—Mi abuela tampoco tenía un treinta y uno de agosto esperando para quitarle la concesión.
No respondió inmediatamente y pensé que volveríamos a discutir, pero terminó asintiendo.
—Dos semanas, si el electricista da el visto bueno.
—Hecho.
Saqué el móvil para anotarlo y vi cuatro llamadas perdidas de Javi.
Fruncí el ceño.
—¿Pasa algo? —preguntó Hugo.
—No lo sé.
Antes de que pudiera devolverle la llamada, apareció un mensaje.
Javi: ¿Dónde está ese cine maravilloso que te tiene secuestrada?
Me quedé mirando la pantalla sin terminar de creérmelo, pero otro mensaje llegó inmediatamente después.
Javi: Y antes de que empieces: sí, he venido.
Solté el móvil sobre las piernas.
—¿Qué ocurre?
—Mi mejor amigo está en Puerto de Bruma.
Hugo levantó ligeramente las cejas.
—¿Ha venido desde Madrid?
—Sí. Y sin avisar, por lo visto.
Me levanté y empecé a marcar su número justo cuando escuché una voz desde la entrada.
—Espero que por lo menos este sitio tenga cerveza.
Javi apareció al final del pasillo con una mochila colgada de un hombro, gafas de sol y una sonrisa de absoluta satisfacción.
—Tú estás fatal de la cabeza —le dije.
—También me alegro de verte.
Llegó hasta mí y me abrazó con tanta fuerza que terminé riéndome mientras intentaba apartarlo.
—Te dije que no vinieras.
—Y yo te dije que volveríamos a discutirlo. He decidido ahorrar tiempo.
Cuando me soltó, su mirada pasó por encima de mi hombro y se detuvo en Hugo.
La sonrisa cambió ligeramente.
—Ah.
Cerré los ojos un segundo, porque aquello prometía ponerse interesante.
—Javi, él es Hugo.
—Ya había llegado a esa conclusión.
Hugo se acercó y le tendió la mano.
—Hugo Durán.
—Javi Lozano.
Se estrecharon la mano con absoluta educación, aunque el intercambio de miradas duró un poco más de lo necesario. Antes de que pudiera decidir si aquello me hacía gracia o empezaba a preocuparme, alguien volvió a entrar en el cine.
—Hugo, mamá dice que te has dejado…
Inés se detuvo al vernos y Javi giró hacia ella. Por primera vez desde que lo conocía, tardó un poco más de lo habitual en decir algo, y ella tampoco pareció tener demasiada prisa por apartar la mirada.
Miré a Hugo y, por su expresión, supe que había llegado a la misma conclusión que yo: a lo mejor la llegada de Javi no iba a complicarme únicamente la vida a mí.