El último verano que te odié Capítulo 4
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Capítulo 4

Hugo

Salimos de la notaría sin haber resuelto absolutamente nada, salvo que Léa quería vender La Estrella y yo no pensaba permitirlo. Para ser nuestra primera reunión como copropietarios, podía decirse que habíamos empezado con bastante buen pie.

Ella bajó las escaleras delante de mí con la copia de la oferta doblada dentro de una carpeta y se detuvo en la acera.

Durante unos segundos pensé que se despediría y volvería a casa de Madeleine para empezar a hacer números por su cuenta.

Habría sido lo más lógico, sobre todo teniendo en cuenta que llevaba menos de veinticuatro horas en el pueblo y todavía debía estar intentando asumir que acababa de enterrar a su abuela.

En lugar de eso, se giró hacia mí.

—Quiero ver el cine.

—¿Ahora?

—No, Hugo, dentro de tres semanas, cuando ya hayamos perdido la mitad del plazo.

Su tono consiguió que me entraran ganas de responderle algo y de sonreír al mismo tiempo. Por suerte, tenía bastante práctica evitando ambas cosas.

—Está a quince minutos andando.

—Me acuerdo de dónde está.

—No he dicho que no te acordaras.

—Ha sonado como si fueras a explicarme el camino.

—Pues no era mi intención.

Léa me miró durante un par de segundos y empezó a caminar hacia la plaza. La seguí porque discutir sobre quién conocía mejor Puerto de Bruma habría sido incluso más absurdo que todo lo que llevábamos acumulado desde el día anterior.

El pueblo estaba bastante más animado que a primera hora.

Léa recibió varios saludos y contestó a todos, aunque aceleraba después de cada conversación, igual que hacía de adolescente cuando la paraban para preguntarle por sus notas, por sus padres o por cualquier detalle de su vida.

Siempre decía que vivir en Puerto de Bruma era como tener dos mil quinientos familiares sin derecho a herencia.

—¿Cuándo fue la última vez que entraste en La Estrella? —pregunté cuando dejamos atrás la plaza.

Léa tardó en contestar.

—Hace bastante.

—Eso no es una fecha.

—No sabía que estuviéramos haciendo un interrogatorio.

—Solo te lo he preguntado.

—Pues no lo sé exactamente. Alguna vez acompañé a mi abuela hasta la entrada cuando vine a verla, pero entrar de verdad… —Frunció un poco el ceño—. Antes de marcharme a Madrid, supongo.

Aquello significaba quince años.

Había vuelto a Puerto de Bruma varias veces, pero nunca había cruzado las puertas del cine. No me sorprendía demasiado y, aun así, escucharlo me dejó una sensación incómoda.

—Ha cambiado —le advertí.

—En dos años cerrado, imagino que para mejor no.

—Madeleine siguió haciendo cosas mientras pudo.

—Y tú también.

No era una pregunta.

—Sí.

Léa metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y continuó caminando.

—Ayer, en la cocina, sabías dónde estaban los vasos. Hoy resulta que llevas años ocupándote del cine con ella. Estoy descubriendo bastantes cosas en poco tiempo.

—No me ocupaba del cine con ella. La ayudaba cuando hacía falta.

—¿Hay alguna diferencia?

—Bastante.

Me miró de reojo.

—Ilumíname.

—Madeleine seguía mandando. Yo solo intentaba que La Estrella no se le cayera encima mientras lo hacía.

Aquello le arrancó una sonrisa breve.

—Eso sí me lo creo.

Seguimos andando sin hablar durante unos minutos. Cuando apareció La Estrella al final del paseo, noté cómo Léa reducía el paso.

El recinto estaba algo apartado del centro, en una gran explanada vallada junto al mar.

Desde fuera, la zona de acceso seguía conservando la fachada sencilla que había tenido toda la vida, con las letras azules sobre la puerta principal y la estrella amarilla encima.

La pintura necesitaba una mano urgente, una de las vitrinas laterales tenía el cristal opaco y varias bombillas del rótulo llevaban demasiado tiempo sin funcionar.

Aun así, seguía siendo La Estrella.

Saqué las llaves.

—Pensaba que las tendría mi abuela —comentó Léa.

—También tenía un juego.

—¿Y ahora?

—Supongo que estará en la casa.

Introduje la llave en la cerradura y tuve que empujar con el hombro porque la madera se hinchaba con la humedad. Léa me observó.

—Eso parece práctico.

—Está en la lista.

—¿Qué lista?

Abrí la puerta y la dejé pasar.

—La larga.

Entró sin contestar.

Durante unos segundos se quedó quieta en el pasillo cubierto de acceso, mirando alrededor.

Las vitrinas estaban vacías, la antigua taquilla permanecía cerrada y parte de la pintura de una de las paredes se había levantado durante el invierno.

Al otro lado estaban los aseos y, más adelante, quedaba espacio suficiente en las paredes para colocar carteles, fotografías o cualquier exposición relacionada con la programación.

Habíamos protegido lo importante, pero dos años sin actividad se notaban.

Léa avanzó despacio hasta que el pasillo desembocó en la explanada.

El mar apareció detrás de la gran pantalla blanca y una ráfaga de viento agitó las ramas de los pinos que bordeaban buena parte del recinto.

A ambos lados del pasillo central de grava se extendían las filas de sillas de madera y lona; algunas seguían cubiertas con plásticos y otras habían quedado al descubierto porque había empezado a revisarlas la semana anterior.

El vallado delimitaba toda la explanada y, en los dos laterales, las puertas de emergencia quedaban señalizadas mediante postes de madera.

La hierba necesitaba un corte junto a los bordes, había zonas de grava desplazadas por las lluvias y la pantalla, sostenida por una estructura metálica, mostraba una mancha oscura en una esquina.

Esperé que dijera algo.

No lo hizo.

—Podría estar peor —comenté.

Giró hacia mí.

—¿Eso pretende tranquilizarme?

—No. Solo intento ser objetivo.

—Pues objetivamente parece que necesitamos medio pueblo y un milagro.

—El milagro es opcional.

Apartó una de las lonas y comprobó el estado de las sillas.

—¿Cuántas están bien?

—Unas ciento ochenta se pueden usar sin hacer demasiado. El resto necesita reparación o directamente cambiarse.

—¿La instalación eléctrica?

—Revisada parcialmente. Vendrá el electricista el jueves.

Léa volvió a mirarme.

—¿Ya habías llamado a un electricista?

—Sí.

—¿Antes de saber si yo aceptaría abrir?

—Antes de que tú fueras propietaria. Madeleine quería volver a ponerlo en marcha este verano.

Su expresión se tensó ligeramente y me arrepentí de haberlo dicho con tanta naturalidad.

—No me contó nada.

—No sé qué te contó o dejó de contarte.

—Eso ya me está quedando bastante claro.

No respondí. Había demasiadas cosas alrededor de Madeleine que Léa tendría que descubrir y no me correspondía decidir cuándo debía hacerlo. Había aprendido algo, aunque fuera tarde.

Ella empezó a recorrer las filas mientras sacaba el móvil y abría una aplicación de notas.

—¿Qué haces?

—Una lista.

—Ya tengo una.

—La tuya será de reparaciones. La mía va a incluir todo lo demás.

—¿Qué es lo demás?

Me miró como si acabara de preguntarle para qué servía una pantalla en un cine.

—Permisos, programación, comunicación, venta de entradas, limpieza, personal, proveedores, redes, seguros, distribuidores, acuerdos con negocios del pueblo y cualquier cosa que se me vaya ocurriendo cuando deje de tener la sensación de que estamos completamente locos.

La observé escribir durante unos segundos.

—Has tardado poco en pasar de venderlo a organizarlo.

—No confundas las cosas. Quiero que funcione lo suficiente para que siga valiendo dinero.

—Claro.

Levantó la cabeza.

—¿Qué significa ese «claro»?

—Nada.

—Últimamente tus «nadas» tienen bastante contenido.

—Solo digo que todavía no llevamos ni una hora aquí y ya estás trabajando.

—Porque si hacemos esto, lo haremos bien.

Aquella frase me resultó demasiado familiar. Léa podía discutir durante horas sobre si quería implicarse en algo, pero una vez decidía hacerlo, era incapaz de conformarse con la mitad.

Eso tampoco había cambiado.

Fuimos hasta la barra, situada en uno de los laterales de la explanada, y le enseñé el estado de las neveras y del pequeño espacio donde se guardaban las bebidas, los vasos, las bolsas de palomitas y el resto del material del bar. Tomó fotografías, hizo preguntas y anotó cada respuesta.

—Hay que arreglar esa esquina.

—Sí.

—¿Cuánto?

—Depende de lo que encontremos cuando desmontemos.

—Odio esa respuesta.

—Yo también, y soy quien tiene que desmontarlo.

Continuamos hacia el pequeño edificio situado detrás de las últimas filas y subimos la escalera que llevaba a la cabina de proyección. Dudé un segundo antes de abrir la puerta.

Léa lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Otra vez.

—Hace mucho que no entras.

—Eso ya lo hemos establecido.

Abrí finalmente.

El interior olía a madera, polvo y metal. Había limpiado la zona varias veces durante los últimos meses, aunque el polvo siempre encontraba la forma de volver. Los proyectores ocupaban el mismo lugar de siempre y, en una esquina, permanecía el sistema digital que habíamos instalado años atrás.

Léa entró despacio y recorrió la habitación con la mirada hasta detenerse en la pequeña ventana desde la que se veía la pantalla. No hacía falta preguntarle qué estaba recordando porque yo estaba haciendo exactamente lo mismo.

La primera vez que la besé había sido allí dentro, mientras una tormenta caía sobre el pueblo y los dos estábamos empapados.

Durante años conseguí entrar en aquella cabina sin pensar demasiado en eso; la costumbre tenía la ventaja de desgastar casi cualquier recuerdo.

Tener a Léa otra vez allí acababa de estropearme el sistema.

—El digital funciona —dije para llenar el silencio—. O funcionaba cuando lo probé hace unos meses. Habrá que revisarlo.

Ella se acercó a uno de los proyectores antiguos.

—Mi abuela nunca quiso quitarlos.

—Decía que el día que alguien intentara llevárselos, se encadenaría a la puerta.

—Suena bastante a ella.

Léa pasó los dedos por una de las carcasas y después miró hacia la puerta que comunicaba con el pequeño almacén del edificio.

—¿Qué hay ahí?

—Principalmente cosas que tu abuela se negó a tirar durante décadas.

Eso consiguió que se acercara.

El almacén estaba lleno de estanterías con cajas, rollos antiguos, carpetas y material de temporadas pasadas.

Léa recorrió todo con la mirada, pero por suerte no empezó a abrir nada.

Yo tampoco sabía exactamente qué había dentro de cada caja y, en algún lugar de aquel pequeño cuarto, seguía guardada la caja metálica que los dos habíamos utilizado de adolescentes.

No era el día para encontrarla.

—Aquí hay muchísimo material —comentó.

—Tu abuela guardaba todo.

—Eso también suena bastante a ella.

Sonrió ligeramente y regresó a la cabina. Echó un último vistazo a los proyectores y a la pantalla visible a través de la pequeña ventana antes de volver a centrarse en lo que nos había llevado hasta allí.

—Necesitamos saber cuánto dinero hace falta.

—Tengo una estimación aproximada.

Se detuvo y me miró.

—Por supuesto que la tienes.

—¿Eso es malo?

—Todavía no lo he decidido.

Bajamos de nuevo a la explanada y extendí sobre la barra algunos papeles que llevaba en la carpeta.

Había preparado una previsión bastante básica de lo que calculaba que costaría dejar La Estrella en condiciones de abrir: las reparaciones imprescindibles, la revisión eléctrica, el seguro y algunos materiales que tendríamos que sustituir antes de las primeras sesiones.

Léa repasó las cifras con atención.

—Esto es para ponerla en marcha.

—Sí.

—Después vendrán los gastos de funcionamiento.

—También.

—Derechos de exhibición, proveedores, limpieza, lo que necesitemos para el bar y cualquier ayuda que tengamos que contratar.

—Y todo lo que aparezca por el camino.

—Qué tranquilizador.

—Prefiero contar con que aparecerá algo.

Volvió a mirar los papeles y amplió una de las cifras con los dedos.

—Cuando tengamos los presupuestos reales, tendremos que revisar todo esto.

—Claro.

—Podríamos conseguir patrocinio local para parte del material. Hablar con hoteles, restaurantes, alguna empresa de la zona y ofrecer visibilidad durante las sesiones.

—No quiero llenar el cine de carteles publicitarios.

—Yo tampoco he dicho eso. Hay formas de hacerlo sin convertir La Estrella en un estadio de fútbol.

—¿Y las entradas?

—Venta online y en taquilla.

—Madeleine odiaba vender por internet.

—Mi abuela también guardaba bolsas dentro de otras bolsas. No todo lo que hacía tiene que convertirse en patrimonio histórico.

Solté una risa antes de poder evitarlo y Léa levantó la vista hacia mí.

—¿Qué?

—Nada. Eso también se lo decía yo.

Por primera vez desde que entramos, sonrió de verdad. La sonrisa duró poco, pero fue suficiente para recordarme lo fácil que había sido reírme con ella antes de que lo estropeara todo.

Se guardó el móvil y volvió a centrarse en La Estrella.

—Mañana podemos empezar a revisar proveedores y permisos.

—¿Mañana?

—¿Tienes otro plan?

—Trabajar. Tengo un taller, por si lo habías olvidado.

—No lo he olvidado. Pero supongo que querrás salvar esto.

Miré alrededor.

—Sí.

—Pues tendremos que organizarnos.

Aquello sonó demasiado a la Léa que recordaba y demasiado poco a una mujer que pretendía vender el cine dentro de dos meses.

—Puedo venir a primera hora —dije—. A las siete y media.

Su cara fue suficiente.

—Eso no es una hora. Es una agresión.

—A las ocho.

—Nueve.

—Ocho y media.

—Hecho.

Me tendió la mano como si acabáramos de cerrar un contrato millonario. La miré durante un segundo antes de estrechársela.

—Dos meses —me recordó—. Veinte sesiones y después hablamos de vender.

—Dos meses —repetí—. Tiempo suficiente para que cambies de opinión.

—Sigues soñando.

Probablemente.

El problema era que Léa acababa de pasar menos de dos horas en La Estrella y ya había empezado a organizarla como si nunca se hubiera marchado. Si conseguía que volviera a sentir por aquel lugar una parte de lo que había sentido antes, quizá vender dejara de parecerle tan sencillo.

Lo que no tenía tan claro era qué iba a pasar conmigo mientras lo intentábamos.