Capítulo 3
Léa
Dormí fatal, lo cual tampoco fue ninguna sorpresa.
Entre la cama, que llevaba meses sin utilizar, el ruido del mar entrando por la ventana y mi cabeza empeñada en repasar cada conversación pendiente con mi abuela, cuando sonó el despertador tuve la sensación de haber cerrado los ojos diez minutos antes.
Lo apagué a tientas y me quedé mirando al techo.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba. Después vi el armario blanco frente a la cama, la fotografía antigua que seguía colgada junto a la puerta y una pequeña mancha de humedad en la esquina superior de la pared, y todo volvió de golpe.
Puerto de Bruma. La casa de mi abuela. El funeral.
Y Hugo.
Esto último podía habérmelo ahorrado perfectamente.
Me levanté porque a las once tenía la reunión con el notario y no me apetecía llegar tarde. Bastante tenía con enfrentarme a papeles, herencias y todas esas cosas que uno prefería no tener que resolver al día siguiente de enterrar a alguien.
Al bajar a la cocina, descubrí que mi casa se había convertido durante la tarde anterior en el almacén de comida oficial del pueblo.
Había dos tortillas, una empanada, croquetas suficientes para alimentar a una familia numerosa y tres recipientes con contenidos que todavía no había identificado.
Abrí uno por curiosidad, vi algo con salsa y decidí que el desayuno podía esperar.
Me preparé un café y salí al pequeño patio trasero.
Mi móvil tenía seis mensajes de Javi.
El primero preguntaba si había sobrevivido al funeral.
El segundo exigía una respuesta. El tercero anunciaba que, si no contestaba antes de las nueve, iba a interpretar mi silencio como una autorización para presentarse allí.
Los otros tres eran variaciones del mismo tema con un grado creciente de dramatismo.
Lo llamé antes de que comprara un billete.
—Buenos días —dijo nada más contestar—. Qué alegría comprobar que sigues con vida.
—Son las nueve y cuarto, Javi.
—Exacto, y llevo cuarenta y cinco minutos esperando una prueba de existencia.
—No sabía que tuvieras un horario de vigilancia.
—Desde que te conozco, tengo varios.
Me senté en uno de los escalones con la taza entre las manos.
—Tengo la notaría a las once.
—¿Ya?
—Mi abuela dejó casi todo preparado y quieren resolverlo cuanto antes.
—¿Quieres que vaya?
Solté una risa.
—¿A la notaría?
—Al pueblo. A la notaría puedo acompañarte por videollamada con una americana y cara de abogado.
—No eres abogado.
—Tú tampoco, así que estamos igualados.
Era la cuarta vez que se ofrecía a venir desde que murió mi abuela. Yo llevaba cuatro negativas porque no veía la necesidad de que dejara todo tirado en Madrid para acompañarme durante unos días. Además, en teoría, el jueves estaría de vuelta.
En teoría.
—Creo que podré arreglármelas.
—Eso no lo he puesto en duda.
—Entonces deja de insistir.
—No sería yo.
Sonreí y di un sorbo al café.
Le conté un poco cómo había ido el funeral, la cantidad de gente que había venido y lo raro que resultaba estar en casa sin mi abuela. Evité mencionar a Hugo hasta que me di cuenta de que estaba haciendo justo eso, evitarlo, y me pareció bastante ridículo.
—Por cierto, ayer vi a Hugo.
Javi tardó apenas un segundo en reaccionar.
—¿En el funeral?
—Sí.
—Joder.
—Tampoco dramatices.
—Llevas años consiguiendo ir al pueblo sin cruzarte con él y va el tío y aparece el día del funeral.
—Vive aquí, Javi. No se materializó desde otra dimensión.
—Ya me entiendes. ¿Hablasteis?
—Lo justo.
No consideré necesario explicarle la conversación de la cocina ni el pequeño detalle de que Hugo sabía bastante más de los últimos meses de mi abuela que yo. Todavía estaba intentando entender cómo me sentaba aquello y no necesitaba que Javi me ayudara a enfadarme.
—¿Sigue siendo guapo?
Cerré los ojos.
—De todas las cosas que podías preguntarme, ¿esa era realmente la importante?
—No, pero es la más entretenida.
—Adiós, Javi.
—Eso es un sí.
Colgué antes de que pudiera seguir y me quedé mirando el teléfono con una sonrisa que desapareció demasiado pronto, sobre todo porque la respuesta era evidente.
Sí, Hugo seguía siendo guapo.
Incluso más que antes, lo cual me parecía innecesario y bastante poco considerado por su parte.
Terminé el café, me duché y elegí unos vaqueros, una camisa blanca y una chaqueta ligera. No sabía muy bien cuál era el código de vestimenta para escuchar el testamento de tu abuela, pero imaginé que, mientras no apareciera con chándal, nadie iba a echarme del despacho.
Salí de casa con tiempo suficiente para ir andando. La notaría estaba cerca de la plaza, en el primer piso de un edificio que recordaba haber sido una clínica dental cuando era pequeña. Llegué diez minutos antes y la recepcionista me hizo pasar casi enseguida.
Ernesto Salcedo se levantó cuando entré. Tendría unos setenta años, quizá alguno más, y seguía teniendo el mismo aspecto serio que recordaba de las pocas veces que lo había visto con mi abuelo.
—Léa, siento mucho lo de tu abuela.
—Gracias.
Me estrechó las manos y me indicó una silla frente al escritorio.
—Madeleine dejó todo bastante organizado. Ya sabes cómo era.
—Sí, le gustaba tenerlo todo controlado.
—Excepto lo que no quería que nadie controlara por ella.
Sonreí porque esa definición también le encajaba bastante bien.
Ernesto empezó a explicarme lo más sencillo.
La casa pasaba a ser mía, igual que sus cuentas, algunos ahorros y todas sus pertenencias personales.
Había papeles que firmar, impuestos que liquidar y varios trámites que podía gestionar desde Madrid sin necesidad de quedarme en Puerto de Bruma más tiempo del imprescindible.
Hasta ahí, todo entraba dentro de lo esperado, pero Ernesto cambió de carpeta y enseguida comprendí que todavía no habíamos terminado.
—Nos queda La Estrella.
Me acomodé en la silla.
Sabía que mi abuela tenía parte del cine, claro. Lo que nunca había preguntado era exactamente qué porcentaje le pertenecía ni qué pensaba hacer con él cuando ya no estuviera. Supongo que una va aplazando ese tipo de conversaciones porque siempre parece que habrá tiempo para tenerlas más adelante.
—Tu abuela era propietaria del cincuenta por ciento de la finca y de las instalaciones —explicó—. Esa participación pasa íntegramente a ti.
Parpadeé.
—¿El cincuenta por ciento?
—Sí.
—Pensaba que tenía menos.
—No. La propiedad lleva décadas dividida en dos partes iguales.
Aquello despertó una pregunta bastante evidente.
—¿Y de quién es la otra mitad?
Ernesto dejó el bolígrafo sobre la mesa antes de responder.
—De Hugo Durán.
Creo que mi cara debió resultarle bastante entretenida porque esperó en silencio mientras yo procesaba la información.
—¿Hugo?
—Desde que falleció su padre. La participación de la familia Durán pasó a él.
Me eché hacia atrás.
Ahí tenía la respuesta a por qué Hugo había estado entrando y saliendo de La Estrella durante todos aquellos años, aunque seguía sin gustarme demasiado enterarme de aquella manera.
—Nadie me había dicho que el cine fuera suyo.
—Tampoco había ninguna razón legal para que lo supieras hasta ahora.
—Ya, bueno, legalmente seguro que no.
Ernesto me miró por encima de las gafas, aunque tuvo la amabilidad de no preguntar qué otras razones estaba pensando.
—Hay algunos asuntos relacionados con la propiedad que sí os afectan a los dos. Hugo está citado a las once y media para que podamos tratarlos juntos.
Miré el reloj y vi que eran las once y veintidós, así que me quedaban ocho minutos para acostumbrarme a la idea de que acababa de heredar medio cine con el hombre al que llevaba años intentando no encontrarme.
—¿Qué asuntos?
—Uno importante es la concesión municipal.
Me explicó que una parte del acceso lateral y la salida de emergencia de La Estrella estaban construidos sobre una franja de terreno propiedad del ayuntamiento.
La cesión se mantenía mientras el recinto conservara su uso cultural, pero el cine llevaba dos temporadas cerrado y la prórroga concedida por los problemas de salud de mi abuela terminaba el treinta y uno de agosto.
—¿Y qué pasa si vence?
—El ayuntamiento puede recuperar esa franja.
—¿Y eso es grave?
—Bastante. Sin ella, el cine no cumpliría los requisitos de evacuación actuales y cualquier proyecto futuro sería mucho más complicado. También afectaría al valor de la finca.
Eso último consiguió que prestara todavía más atención.
—¿Se puede renovar?
—Sí, siempre que antes del treinta y uno de agosto se demuestre que La Estrella ha recuperado la actividad.
—¿Cómo?
—Con un mínimo de veinte sesiones públicas o actividades culturales equivalentes.
Me quedé mirándolo.
—¿Me estás diciendo que tengo que abrir un cine?
—Te estoy diciendo que, si queréis conservar la concesión, tendréis que reactivar el espacio durante este verano.
Antes de que pudiera preguntarle nada más, llamaron a la puerta y la recepcionista asomó la cabeza.
—Hugo Durán está aquí.
Claro que estaba.
Ernesto le indicó que pasara y unos segundos después Hugo entró en el despacho con una carpeta bajo el brazo. Cuando me vio, no pareció sorprendido, algo lógico teniendo en cuenta que él sí sabía perfectamente por qué estaba allí.
—Buenos días.
—Buenos días —respondí.
Se sentó a mi lado, dejando suficiente distancia para que no pareciera que estábamos a punto de iniciar una terapia de pareja.
—Léa ya conoce la situación de la propiedad —dijo Ernesto.
Hugo me miró.
—Vale.
—Qué bien que tú ya lo supieras —comenté.
—Llevo años siendo propietario de mi parte. Habría sido raro no saberlo.
Tenía razón, y me molestó un poco más por eso.
Ernesto continuó antes de que aquello degenerara. Repitió las condiciones de la concesión, repasó los plazos y añadió que existía una oferta de compra sobre La Estrella.
Ahí sí me interesé.
—¿Una oferta de compra?
—Una empresa turística lleva varios meses interesada en la finca. Tu abuela rechazó negociar mientras vivía, pero la propuesta sigue vigente.
Hugo se removió en la silla.
—No pienso vender.
Lo miré.
—Todavía no sabemos ni cuánto ofrecen.
—Yo sí.
Por supuesto que lo sabía. Ernesto me entregó una copia del documento y leí la cifra dos veces para asegurarme de que no había añadido un cero por accidente.
Era bastante dinero; no una cantidad que me permitiera retirarme y comprar una isla, pero sí la suficiente para que vender medio cine cerrado empezara a parecerme una opción bastante razonable.
—¿Y esto sigue en pie? —pregunté.
—Sí, aunque la empresa condiciona parte de la valoración a que la propiedad mantenga todos los accesos y la concesión actual.
Ahí estaba el problema, así que volví a mirar los papeles, intentando calcular hasta qué punto aquello nos complicaba las cosas.
—Entonces hay que hacer las veinte sesiones.
Hugo giró la cabeza hacia mí.
—¿Quieres reabrir?
—Quiero conservar el valor de la propiedad.
—No es lo mismo.
—No he dicho que lo sea.
Dejé la oferta sobre la mesa y traté de verlo de la forma más sencilla posible. Dos meses. Veinte sesiones. Después se vendía y cada uno podía seguir con su vida.
—Abrimos durante el verano, cumplimos con lo que exige el ayuntamiento y en septiembre vendemos.
Hugo ni siquiera necesitó pensárselo.
—No.
—¿No qué?
—No voy a vender La Estrella.
—Pues yo no pienso quedarme aquí indefinidamente gestionando un cine que lleva dos años cerrado.
—Nadie te ha pedido que te quedes indefinidamente.
—Perfecto, entonces estamos de acuerdo.
—No, Léa. Estamos de acuerdo en abrirlo. Lo de vender, ya veremos.
Lo miré durante unos segundos y reconocí exactamente la misma terquedad que tenía con diecinueve años. Fantástico. Al menos había cosas que no requerían ningún periodo de adaptación.
—Tenemos hasta finales de agosto —dije—. Tiempo suficiente para que cambies de opinión.
Hugo se recostó ligeramente en la silla y me sostuvo la mirada.
—Podría decirte exactamente lo mismo.
En aquel momento todavía creía que aquello iba a reducirse a veinte sesiones, dos meses en Puerto de Bruma y una discusión sobre cuánto podía valer un cine viejo junto al mar.
Como podéis imaginar, estaba bastante equivocada.