Capítulo 2
Hugo
Hay cosas que uno imagina tantas veces que acaba convenciéndose de que, cuando sucedan de verdad, sabrá qué hacer.
Yo llevaba años pensando en cómo sería volver a encontrarme con Léa y, al final, todo mi entrenamiento mental me sirvió para quedarme mirándola desde la otra punta de la iglesia con una corona de flores entre las manos.
Brillante.
Había imaginado encuentros mucho mejores. Alguno en la plaza, otro en El Ancla e incluso uno bastante improbable en el que ella aparecía por el taller buscando cualquier excusa y yo conseguía mantener una conversación normal sin comportarme como un idiota.
En ninguno de ellos estábamos enterrando a su abuela.
Tampoco esperaba que después de tantos años siguiera reconociéndola antes de verle la cara.
Mi hermana entró con ella y me bastó verla detenerse junto a mi madre para saber que era Léa. Llevaba el pelo recogido, un vestido negro sencillo y esa forma de apretar el bolso contra el cuerpo que ya tenía con dieciocho años cuando estaba incómoda y quería aparentar que no.
Quince años sin coincidir deberían haber servido para olvidar ciertas cosas. Por lo visto, mi memoria tenía otros planes.
Dejé la corona donde me indicó el hombre de la funeraria y me pasé una mano por la nuca. Mi primera opción fue quedarme donde estaba y esperar a que comenzara la ceremonia, algo bastante cobarde incluso para mí. La segunda era acercarme, darle el pésame y comportarme como una persona adulta.
Ganó la segunda porque mi madre me lanzó una mirada desde el otro lado de la iglesia que dejaba claro que, si no movía el culo por iniciativa propia, vendría a buscarme.
Me acerqué.
Léa me vio cuando todavía nos separaban varios metros y tuve la sensación de que el tiempo se había entretenido bastante conmigo. No era la chica de dieciocho años que se marchó del pueblo y, al mismo tiempo, había gestos que seguían exactamente donde los recordaba.
Los ojos verdes, por ejemplo.
Y aquella manera de mirarme como si estuviera decidiendo si hablar conmigo o empujarme por las escaleras de la iglesia.
Teniendo en cuenta nuestro historial, cualquiera de las dos opciones me parecía razonable.
—Lo siento mucho, Léa.
Era una frase bastante pobre para alguien que acababa de perder a una de las personas más importantes de su vida, pero tampoco se me ocurrió nada mejor.
Decirle que su abuela había sido importante para mí sonaba egoísta.
Contarle que había pasado con Madeleine gran parte de los últimos meses era todavía peor y abrazarla habría sido una estupidez.
Así que me limité a mantener las manos donde estaban.
—Gracias.
Su respuesta fue correcta. Educada. Fría como una cerveza recién sacada de la nevera.
No podía reprochárselo.
Mi madre intervino preguntándole si quería sentarse y Léa aprovechó la oportunidad para apartar la mirada de mí. Inés la acompañó hacia la primera fila y yo regresé junto a la corona porque, de repente, colocar flores me pareció una actividad interesantísima.
—Muy natural todo —murmuró mi madre al pasar a mi lado.
La miré.
—Estamos en un funeral.
—Precisamente por eso podrías intentar no parecer un sospechoso en un interrogatorio.
—Solo le he dado el pésame.
—Ya lo he visto.
Mi madre siguió caminando antes de que pudiera contestarle. Tenía sesenta y pocos años y continuaba poseyendo una habilidad extraordinaria para hacerme sentir como si tuviera quince.
Me senté dos filas por detrás de Léa cuando comenzó la ceremonia.
No porque hubiera elegido ese sitio para verla, aunque cualquiera con dos ojos habría llegado a otra conclusión, sino porque era uno de los pocos huecos que quedaban.
Además, sentarme en la otra punta de la iglesia solo para demostrar que me resultaba indiferente habría sido bastante ridículo.
El sacerdote habló de Madeleine, de su llegada desde Francia y de todo lo que había hecho por Puerto de Bruma. Mencionó La Estrella más de una vez y consiguió que varias personas sonrieran al recordar algunas de las cosas que había organizado allí.
Yo también sonreí cuando contó que una vez había retrasado una sesión casi media hora porque se negaba a empezar hasta que un matrimonio que llevaba asistiendo al cine desde la inauguración ocupara sus sitios de siempre.
Eso era muy Madeleine.
Podía tener a doscientas personas esperando y seguir convencida de que la que tenía razón era ella.
Léa se llevó una mano a los ojos y mi primera reacción fue levantarme, aunque no llegué a hacerlo.
Inés estaba sentada a su lado y le cogió la mano antes de que yo tuviera tiempo de cometer ninguna estupidez, así que me obligué a mirar hacia delante y a recordar que ya no tenía derecho a ser quien la consolara.
Había habido un tiempo en el que habría sido la primera persona a la que ella habría buscado en una situación así.
Si le dolía algo, venía a verme. Si estaba enfadada, también.
Incluso cuando era yo quien la había cabreado, acababa apareciendo para explicarme con todo lujo de detalles por qué era un imbécil.
Aquello había terminado por culpa mía, así que tampoco tenía mucho sentido intentar adornarlo.
Cuando finalizó la ceremonia, salimos a la plaza detrás del féretro.
El cielo seguía gris, pero la lluvia nos respetó mientras acompañábamos a Madeleine hasta el cementerio, algo que habría agradecido porque odiaba los paraguas en los entierros.
Según ella, siempre acababan sacándole un ojo a alguien.
Durante el camino mantuve cierta distancia. Léa iba con mi madre y mi hermana, recibiendo abrazos cada pocos metros. Había mucha gente. Más de la que probablemente esperaba.
Madeleine se lo había ganado.
Durante los últimos meses se cansaba cada vez más, aunque había seguido intentando hacer la misma vida de siempre.
Todavía me parecía verla entrando en el taller con alguna cosa rota debajo del brazo y asegurando que solo necesitaba «un pequeño arreglo», expresión que utilizaba tanto para una silla con una pata suelta como para una puerta que prácticamente había dejado de existir.
La última discusión que tuvimos fue precisamente por eso.
Dos semanas antes de morir, me había encontrado subido a una escalera en La Estrella revisando una zona de la cubierta de la cabina.
Apareció con su bastón, me miró desde abajo y me preguntó cuánto pensaba tardar.
Cuando le dije que unas horas, respondió que, a ese ritmo, se moriría antes de que terminara.
A mí no me hizo ninguna gracia; a ella, en cambio, muchísima.
Al final tuvo razón, y seguramente habría disfrutado bastante de poder recordármelo.
Después del entierro, parte de la gente volvió a la plaza y otra parte acompañó a Léa hasta la casa.
En Puerto de Bruma no se entendía una despedida sin comida suficiente para mantener abastecido a un regimiento, así que en menos de una hora la cocina de Madeleine estaba llena de tortillas, empanadas, croquetas y recipientes que nadie sabía muy bien quién había llevado.
Yo no pensaba entrar.
Había acompañado a mi madre porque llevaba dos bolsas y porque conocía aquella casa lo suficiente para saber dónde dejar cada cosa, pero mi intención era largarme en cuanto pudiera.
Léa ya tenía demasiada gente alrededor y yo era probablemente la última persona que necesitaba encontrar abriendo los armarios de su abuela como si fueran míos.
No tuve tanta suerte.
—¿Dónde dejo esto? —preguntó mi madre, pasándome una bandeja.
—En la cocina.
—Ya lo sé, Hugo.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Me miró con paciencia.
—La mesa está llena.
Entré con la bandeja y fui directamente hacia una encimera junto a la ventana. Había dejado tantas cosas allí durante los últimos años que no necesité pensar dónde colocarla.
Cuando me giré, Léa estaba en la puerta, y por su expresión entendí enseguida que me había pillado en el peor sitio posible.
Su mirada pasó de mí a la bandeja y después recorrió la cocina.
No dijo nada, pero tampoco hacía falta ser especialmente listo para saber qué estaba pensando: yo conocía demasiado bien aquella casa.
—Mi madre me ha endosado esto —expliqué.
Léa arqueó una ceja.
—No tienes que justificar por qué sabes dónde están las cosas.
—No me estaba justificando.
—Pues lo parecía.
Quince años después, seguíamos tardando menos de treinta segundos en irritarnos, así que algunas cosas no habían cambiado tanto como parecía.
—He venido muchas veces —dije, porque ocultarlo habría sido absurdo.
—Ya.
Ese «ya» llevaba bastante más información de la que debería caber en dos letras.
Léa se acercó a la encimera y cogió un vaso. Abrió uno de los armarios sin encontrar lo que buscaba, cerró y probó con el siguiente.
—Los vasos grandes están arriba —le indiqué antes de pensar que quizá debería haber mantenido la boca cerrada.
Se quedó inmóvil y entendí enseguida que acababa de meter la pata. Para llevar quince años preparándome para volver a verla, lo estaba haciendo de maravilla.
—Gracias —contestó al final.
Aparté la vista hacia la ventana.
—Tu abuela cambió algunas cosas de sitio hace unos meses porque le costaba llegar a los estantes de arriba.
Léa bajó lentamente la mano.
—¿Le costaba?
Ahí estaba el problema que llevaba todo el día esperando.
—A veces.
—El domingo me dijo que estaba perfectamente.
No supe qué contestar sin empeorarlo.
Madeleine me había pedido que no llamara a Léa. Más de una vez. Yo había insistido, habíamos discutido y acabé respetando su decisión porque era su vida y tenía derecho a elegir cómo vivir aquellos últimos meses.
Eso no significaba que Léa fuera a entenderlo.
—Era muy cabezota —dije.
—Eso ya lo sé.
Se sirvió agua y bebió un poco sin mirarme.
—¿Tú sabías que estaba peor?
No iba a mentirle. No, otra vez.
—Sí.
La forma en que dejó el vaso sobre la encimera me dijo que la respuesta no le había gustado.
—¿Cuánto peor?
—Léa…
—Es una pregunta bastante sencilla.
Respiré antes de contestar.
—Había días mejores y peores. Durante las últimas semanas se cansaba mucho y casi no venía al cine.
Su mirada cambió en cuanto mencioné La Estrella.
—¿Seguía yendo?
—De vez en cuando.
—Pensaba que llevaba cerrado dos años.
—Y lleva cerrado dos años.
—Entonces, ¿qué hacía allí?
Podría haberle dicho que lo mismo que yo: intentar que no se viniera abajo. Podría haberle contado que Madeleine seguía entrando en la cabina, revisando papeles y hablando de la próxima temporada como si tuviera veinte años por delante.
No era el momento.
—Sus cosas.
Léa soltó una risa sin ninguna gracia.
—Qué respuesta tan completa.
—Acabas de llegar. No creo que hoy necesites hablar de esto.
Me arrepentí en cuanto terminé la frase, sobre todo cuando ella levantó la cabeza y me miró de una forma que dejaba bastante claro que acababa de decir exactamente lo que no debía.
—¿Perdona?
Había cometido exactamente el error que llevaba años intentando no repetir. Otra vez decidiendo lo que Léa necesitaba o dejaba de necesitar.
—No quería decirlo así.
—Pues te ha salido bastante bien.
—Solo digo que hoy has enterrado a tu abuela.
—Sí, Hugo, estaba allí.
—Ya lo sé.
—Entonces deja que decida yo de qué quiero hablar.
No pude responder porque, otra vez, tenía razón. La miré durante unos segundos antes de asentir.
—Vale.
Probablemente esperaba que discutiera. Yo también lo habría hecho años atrás.
—¿Vale?
—Sí.
—¿Eso es todo?
—Me has dicho que decides tú. Estoy intentando hacerte caso.
Por primera vez desde que había llegado vi algo parecido a una sonrisa, aunque duró tan poco que quizá me la imaginé.
—Quince años tarde.
Aquello sí llegó donde tenía que llegar.
—Lo sé.
Su expresión cambió y tuve la impresión de que ninguno de los dos esperaba que aquello terminara así. Antes de que pudiera decir nada, Inés apareció en la cocina y nos miró de uno a otro.
—¿Interrumpo algo?
—No —contestamos los dos al mismo tiempo.
Mi hermana sonrió.
—Qué tranquilidad.
Léa puso los ojos en blanco y salió con el vaso en la mano. Yo esperé a que desapareciera por el pasillo antes de mirar a Inés.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Tu cara habla.
—Y la tuya lleva media hora gritando.
Cogió una croqueta de la bandeja y se la metió en la boca.
—Por cierto, mamá dice que mañana tenéis que pasar los dos por la notaría.
Fruncí el ceño.
—Ya me llamó Salcedo esta mañana.
—Pues a Léa se le había olvidado por completo hasta que se lo ha recordado mamá.
Miré hacia la puerta por la que acababa de salir.
Sabía que Madeleine había dejado preparada toda la documentación hacía meses. También sabía lo que ocurriría con La Estrella cuando ella muriera porque habíamos hablado de ello más veces de las que me apetecía recordar.
Mi mitad seguiría siendo mía.
La suya pasaría a Léa.
Lo que no sabía era qué iba a hacer Léa cuando descubriera que, después de tantos años evitando coincidir conmigo, acabábamos de convertirnos en propietarios del mismo cine.
—Mañana va a ser divertido —comentó Inés.
La miré.
—Tienes un concepto bastante preocupante de la diversión.
—Yo no soy quien lleva quince años esquivando a una mujer para terminar compartiendo una propiedad con ella.
—Yo no la he esquivado.
Inés dejó de masticar y me miró con una expresión que habría resultado ofensiva de no ser porque era completamente cierta.
—Claro.
—Ella tampoco quería verme.
—Eso no mejora tu argumento.
No contesté porque, por desgracia, tampoco tenía argumento.
Desde el salón llegó la voz de Léa hablando con mi madre y durante un instante me permití escucharla. Sonaba distinta, más adulta, aunque de vez en cuando aparecía la misma cadencia que recordaba y me devolvía a otros veranos sin pedir permiso.
Quince años sin verla y había necesitado menos de un día para confirmar algo que ya sabía.
Tenerla otra vez en Puerto de Bruma iba a complicarlo todo.
Y ella todavía no sabía ni la mitad.