Capítulo 1 #2
Miré la nota que había dejado sobre la encimera y después hacia la puerta de la cocina, esperando por costumbre que mi abuela apareciera para decirme que dejara el vaso en el fregadero.
—No tengo ni idea.
—Bueno, por lo menos hemos avanzado. Ayer estabas empeñada en decirme que estabas bien.
—Ayer todavía estaba en Madrid y podía fingir mejor.
—¿Quieres que vaya?
Cerré los ojos un instante. Me lo había preguntado tres veces desde que supo lo ocurrido y siempre le había dicho que no.
Javi era mi mejor amigo desde hacía tantos años que ya sabía cuándo necesitaba compañía, incluso antes que yo, pero no quería que dejara todo tirado para acompañarme a un funeral.
—No hace falta.
—No te he preguntado si hace falta, Léa.
—Y yo te estoy diciendo que estoy bien sola.
—Hace diez segundos no tenías ni idea de cómo estabas.
No pude evitar sonreír.
—Eres agotador.
—Y tú una cabezota. Cuando termines el funeral, me llamas y mañana volveremos a discutir sobre si voy o no.
—No vengas.
—Mañana hablamos.
Colgó antes de que pudiera insistir y me quedé un momento mirando la pantalla. Javi era capaz de respetar cualquier decisión que tomara, siempre que primero hubiera agotado todas las opciones para hacerme cambiar de opinión.
Subí al piso de arriba con la intención de dejar la maleta en mi habitación, aunque al llegar al pasillo me quedé mirando la puerta de mi abuela.
Estaba entornada y durante un instante pensé en entrar, pero no pude.
Ya habría tiempo para enfrentarme a su ropa, sus cosas y todo lo demás.
Aquella tarde, bastante tenía con despedirme de ella delante de medio pueblo.
Me duché, me puse un vestido negro sencillo y me recogí el pelo delante del espejo.
Tenía mala cara, algo lógico teniendo en cuenta que llevaba tres noches durmiendo fatal, pero decidí que el maquillaje podía esperar a otro día.
Mi abuela siempre decía que intentar esconder el cansancio era una pérdida de tiempo porque los ojos terminaban chivándose de todo.
A las cuatro y media llamaron a la puerta.
Pensé que sería alguna vecina con una fuente de comida, porque en Puerto de Bruma la muerte y las croquetas parecían mantener una relación bastante estrecha, pero al abrir me encontré con Inés Durán.
La reconocí enseguida, aunque hacía años que no la veía. Ya no era la adolescente larguirucha que me seguía a todas partes durante los veranos, pero conservaba los mismos ojos oscuros, el pelo castaño y esa expresión de estar a punto de decir algo que quizá fuera mejor guardarse.
—Hola, Léa.
—Hola, Inés.
Nos quedamos mirándonos un par de segundos, seguramente decidiendo si un abrazo sería raro después de tanto tiempo. Ella resolvió la duda antes que yo y me rodeó con los brazos.
—Lo siento muchísimo.
La abracé de vuelta y noté cómo se me cerraba la garganta.
—Gracias.
—Mi madre me ha mandado a buscarte. Está en la iglesia y pensó que quizá preferirías no ir sola.
Aquello era muy Elena. Cuidarte sin preguntarte si necesitabas que lo hiciera.
—Podría haber ido andando.
—Sí, pero así me aseguraba de que no te escaparas.
La miré y vi aparecer una sonrisa pequeña.
—Sigues siendo igual de simpática.
—Tú también sigues poniéndote borde cuando estás nerviosa, así que estamos en paz.
Cogí el bolso, cerré la casa y empezamos a bajar hacia la plaza.
Por el camino nos cruzamos con varias personas que se acercaron a darme el pésame.
Algunas me abrazaron, otras me preguntaron cuándo había llegado y casi todas terminaron hablando de mi abuela.
Escuché historias que ya conocía y alguna que no; agradecí cada palabra como pude y tardé mucho más de lo previsto en recorrer una distancia que normalmente no llevaba ni diez minutos.
La iglesia estaba llena. Habían colocado flores blancas junto a la entrada y, sobre una mesa, había una fotografía de mi abuela en La Estrella, sonriendo con una caja de entradas entre las manos y un pañuelo rosa anudado al cuello.
—La eligió mi madre —me explicó Inés—. Dijo que Madeleine habría vuelto para perseguirnos si poníamos una foto seria.
Me salió una risa pequeña, de esas que duelen un poco cuando aparecen en medio de la pena.
—Hizo bien.
Elena se acercó en cuanto nos vio y me abrazó con tanta fuerza que durante unos segundos volví a sentirme como la chica que entraba en su casa a cualquier hora buscando a sus hijos.
—Lo siento muchísimo, cariño.
—Gracias por haber estado con ella.
Elena negó despacio.
—Tu abuela era familia. No tienes nada que agradecerme.
Iba a responder cuando algo al fondo de la iglesia llamó mi atención. Un hombre estaba ayudando a mover una corona junto a la primera fila y, aunque al principio solo vi su espalda, no necesité verle la cara para saber quién era.
Lo reconocí por la forma de inclinar la cabeza, por los hombros mucho más anchos de lo que recordaba y por aquel gesto de llevarse una mano a la nuca cuando algo no salía como quería.
Hugo se incorporó y giró hacia nosotras.
Quince años sin coincidir con alguien deberían servir, como mínimo, para que dejara de resultarte familiar. Por lo visto, tampoco funcionaba así.
Había cambiado. Tenía el pelo algo más corto, barba y unas líneas alrededor de los ojos que antes no estaban, pero seguía siendo Hugo. El mismo hombre al que había dedicado más esfuerzo en evitar que a algunas de mis relaciones.
Nuestros ojos se encontraron y ninguno de los dos hizo nada durante unos segundos. Después dejó lo que tenía entre las manos y caminó hacia mí con una calma que me puso todavía más nerviosa.
Cuando se detuvo delante, no intentó abrazarme ni fingió que los años no habían pasado.
—Lo siento mucho, Léa.
Y ahí estaba el verdadero problema.
Después de tanto tiempo, su voz seguía sonándome exactamente igual.