El último verano que te odié
© inepub.com
Capítulo 1
Léa
En cuanto vi el cartel de Puerto de Bruma, me entraron ganas de dar media vuelta.
No porque llevara muchos años sin pisar el pueblo, que no era el caso.
Había vuelto para algún cumpleaños de mi abuela, alguna Navidad y varias veces más, aunque siempre en visitas bastante cortas y, casualidad o no, sin coincidir nunca con Hugo.
Supongo que cuando una tiene suficiente interés en evitar a alguien, acaba desarrollando una habilidad especial para escoger las fechas adecuadas.
Aquella vez, sin embargo, no iba a poder organizar nada a mi conveniencia.
Mi abuela había muerto tres días antes y yo regresaba para despedirme de ella, ocuparme de la casa y solucionar todo lo que hubiera dejado pendiente.
En mi cabeza, el plan era pasar cuatro días allí y volver a Madrid el jueves por la mañana.
Había metido en la maleta ropa para ese tiempo, llevaba el ordenador por si tenía que trabajar y hasta había dejado organizada mi agenda para que aquellos cuatro días no afectaran a nada de lo que tenía pendiente en Madrid.
Todo perfectamente controlado, que era una de esas cosas que a mí se me daban de maravilla cuando la vida tenía la delicadeza de seguir el guion.
Reduje la velocidad al entrar en el pueblo y miré hacia el mar.
El cielo estaba bastante gris, aunque no llovía, y la bahía aparecía entre las casas con ese tono oscuro que siempre me había gustado más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Puerto de Bruma seguía siendo precioso. Era un fastidio, porque durante años me había resultado más cómodo recordar únicamente lo pequeño que era, lo rápido que circulaban los cotilleos y las ganas tremendas que había tenido de largarme de allí con dieciocho años.
El faro seguía al otro lado de la bahía, las casas bajaban hacia el puerto y el paseo estaba casi vacío a esas horas.
También habían cambiado bastantes cosas desde la última vez que estuve.
Había una cafetería nueva cerca de la plaza, una tienda de recuerdos ocupaba el local de la antigua pescadería y alguien había tenido la brillante idea de convertir una casa preciosa frente al mar en apartamentos turísticos.
Otras casas, en cambio, parecían negarse a evolucionar.
La panadería de los Cuesta continuaba en la misma esquina, la farmacia seguía teniendo un letrero que debía llevar allí desde mi infancia y el toldo azul de El Ancla mantenía esa inclinación sospechosa que hacía pensar que cualquier día acabaría sobre la cabeza de algún cliente.
Mi móvil vibró en el asiento del copiloto y eché un vistazo a la pantalla.
Javi, otra vez.
Llevaba tres llamadas y varios mensajes desde que había salido de Madrid, así que ya debía estar barajando la posibilidad de denunciar mi desaparición.
Había cometido el error de decirle que lo llamaría durante el trayecto y, claro, Javi se tomaba ciertas promesas como si estuvieran firmadas ante notario.
No contesté porque estaba a pocos minutos de casa y porque no tenía demasiadas ganas de hablar. Conducir me había permitido mantener la cabeza ocupada durante cinco horas y sabía que, en cuanto escuchara su voz preguntándome cómo estaba, se acabaría la tranquilidad.
Una mujer salió de la panadería cuando pasé frente a la plaza y levantó la mano al reconocerme.
Tardé un par de segundos en recordar que era Marisa, la madre de una compañera del instituto, pero le devolví el saludo igualmente.
Tampoco tenía nada de extraño que supiera quién era.
En Puerto de Bruma la gente podía desconocer dónde trabajabas ahora o cuánto tiempo llevabas sin pareja, aunque esto último lo dudaba bastante, pero seguía recordando perfectamente de qué familia eras, dónde habías vivido y con quién te juntabas cuando tenías quince años.
Además, yo era la nieta de Madeleine Laurent, y eso en el pueblo siempre había significado algo.
Mi abuela había llegado desde Francia siendo muy joven y había acabado convirtiéndose en una de esas personas a las que conocía prácticamente todo el mundo.
Parte de la culpa la tenía La Estrella, claro.
Durante décadas había sido imposible pasar un verano en Puerto de Bruma sin verla detrás de la taquilla, discutiendo con alguien por una película o convenciendo a medio pueblo de que una sesión en francés con subtítulos podía ser un plan estupendo para un sábado por la noche.
La última vez que hablé con ella fue el domingo por la tarde.
Yo estaba trabajando en una finca a las afueras de Toledo y llevaba un día bastante horrible intentando cerrar una localización para un anuncio.
El propietario estaba convencido de que veinte personas entrando en su casa iban a destrozarle hasta los cimientos y yo tenía cuarenta y ocho horas para convencerlo de lo contrario.
Mi abuela me dijo que estaba cansada.
Le pregunté si había ido al médico y me aseguró que sí, que no era nada importante y que dejara de preocuparme por ella. Yo tenía intención de ir a verla cuando acabara aquel trabajo y se lo dije antes de colgar.
—No tengas prisa, cariño. Termina lo tuyo y ya vendrás.
La frase llevaba tres días dándome vueltas en la cabeza y cada vez me sentaba peor, porque había hecho exactamente eso: terminar lo mío.
El jueves por la mañana, Elena me llamó para decirme que mi abuela había muerto mientras dormía, sin hospital, sin una última conversación y sin darme la oportunidad de preguntarle por qué narices me había dicho que estaba bien si, por lo visto, no lo estaba tanto.
Ya sabía que enfadarme con una mujer muerta no iba a arreglar nada, pero el duelo tampoco parecía llevarse demasiado bien con la lógica.
Tomé la calle que subía hacia la casa y tuve que reducir todavía más la velocidad porque seguía siendo igual de estrecha que siempre.
Recordaba las primeras veces que había conducido por allí con mi abuela sentada al lado, agarrada a la puerta y convencida de que iba a arrancarle el retrovisor a algún coche aparcado, algo que nunca llegó a ocurrir por mucho que ella lo anunciara cada vez que pasábamos por allí.
La casa apareció al final de la calle, con la fachada de piedra, las contraventanas blancas cerradas y las hortensias del pequeño jardín algo vencidas por la humedad. Aparqué delante y me quedé unos segundos dentro del coche, mirando hacia la puerta.
Había entrado allí cientos de veces. De niña pasaba más horas en casa de mi abuela que en la mía y, cuando me marché a Madrid, siguió siendo el lugar al que regresaba cada vez que volvía al pueblo.
Algunas veces me quedaba una semana, otras apenas un fin de semana, pero siempre encontraba lo mismo al abrir la puerta: su voz desde la cocina, alguna pregunta sobre si había comido lo suficiente y una queja porque llevaba demasiado tiempo sin llamar.
Aquella vez no iba a encontrar nada de eso y, por muchas vueltas que le diera, no había manera de prepararse.
Saqué la maleta del coche, cogí el bolso y busqué las llaves.
Conservaba una copia desde hacía años, aunque tardé un poco en conseguir que la cerradura cediera porque tenía la costumbre de atascarse cuando había humedad.
Mi abuela llevaba casi diez años diciendo que iba a cambiarla, siempre la semana siguiente, así que al menos podía decirse que había sido constante hasta el final.
En cuanto entré, reconocí el olor de la casa y noté que algo se me apretaba por dentro.
Olía a cera de muebles, lavanda, café y al perfume que mi abuela compraba en Francia cada vez que iba a visitar a unas primas.
Dejé la maleta junto a la puerta y miré alrededor sin saber muy bien qué hacer conmigo misma.
El salón estaba prácticamente igual que la última vez.
Las gafas descansaban junto a un libro, una manta seguía doblada sobre el respaldo del sofá y en la mesa había dos revistas colocadas una encima de otra.
Incluso la planta enorme junto a la ventana parecía estar estupendamente, lo cual me pareció bastante injusto teniendo en cuenta mi aspecto después del viaje.
Me acerqué a la estantería y pasé los dedos por algunos lomos sin sacar ningún libro. No quería empezar a tocar cosas porque tenía la sensación absurda de que, mientras todo siguiera exactamente donde ella lo había dejado, todavía quedaba algo pendiente de terminar.
La cocina fue peor.
Abrí el frigorífico por pura costumbre y encontré leche, mantequilla, un recipiente tapado que preferí no investigar y una botella de agua casi vacía. En la puerta había varios imanes de ciudades francesas y, sujeto bajo uno de ellos, un papel con la letra de mi abuela.
«Comprar café, llamar a Léa y preguntar a Hugo por la humedad de la habitación de arriba».
Leí la última parte dos veces.
Hugo.
No era como si hubiera olvidado que seguía viviendo en Puerto de Bruma.
Era bastante difícil olvidarse de alguien cuando tu estrategia para no verlo consistía precisamente en asegurarte de que no ibas a coincidir con él.
En mis últimas visitas había sabido, de una forma u otra, cuándo estaba fuera por trabajo, cuándo se encontraba visitando a su hermana o cuándo era preferible no acercarme demasiado al puerto.
Nunca preguntaba directamente por él. Tampoco hacía falta. En un pueblo pequeño, la información llegaba sola, sobre todo cuando una llevaba toda la vida intentando que no llegara.
Dejé la nota sobre la encimera y me serví un vaso de agua. Mi móvil volvió a vibrar y, esta vez, decidí contestar antes de que Javi movilizara a medio país.
—He llegado —dije nada más aceptar la llamada.
—Qué alegría. Estaba a punto de llamar a la Guardia Civil, a Protección Civil y, si hacía falta, al ejército.
—Sabes que puedo conducir cinco horas sin necesitar supervisión, ¿verdad?
—Lo que sé es que dijiste que me llamarías al parar y llevo desde las nueve esperando. ¿Estás en casa de tu abuela?
—Sí, acabo de entrar.
Javi guardó silencio unos segundos y el cambio de tono llegó tan rápido que casi consiguió desarmarme.
—¿Cómo estás?