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Elio
He quedado con las chicas en el banco del parque para ir juntos a la plaza, como todos los años en la fiesta de final de verano.
No es lo que más me apetece, pero me esfuerzo por aparentar normalidad.
Mara se ha ido. Ella debe seguir adelante con su vida, y yo, aunque me duela, tengo que intentar hacer lo mismo con la mía.
Estoy nervioso. Ellas se están retrasando y no me gusta quedarme quieto, así que repaso mentalmente cualquier cosa para no pensar. Miro el reloj. Miro la calle. Miro el cielo, que empieza a teñirse con los últimos colores del atardecer.
Entonces las veo, pero son cuatro. Al principio creo que es un espejismo, un reflejo de mi cabeza jugándome una mala pasada. Camina hablando sonriente con el resto. Parpadeo para sacudirme la idea, pero la figura no desaparece. No es alguien parecido. Es ella.
Se me seca la boca y noto el corazón golpeándome las costillas.
—Ya estamos aquí —dice Vega sonriente como si no pasara nada.
—Hola —dice Mara con una voz tímida.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, y me escucho a mí mismo demasiado rápido, demasiado nervioso. No sé si puedo soportar una segunda despedida.
—Nosotras vamos tirando —responde Sara y se alejan dejándonos solos.
Mara sonríe un poco.
—Es que he recordado algo.
Frunzo el ceño.
—¿Cuántos años tienes, Elio?
—¿Qué?
—Tú solo dímelo.
—Treinta en un par de meses —resoplo. No entiendo por dónde va.
—Ajá. ¿Y estás soltero?
Me paso una mano por el pelo, medio incómodo, medio intrigado.
—Mara… No te sigo.
Da un paso hacia mí, y el aire entre los dos se vuelve denso, como si el resto del mundo hubiera bajado el volumen. Nuestras miradas se encuentran y se niegan a alejarse.
—¿Recuerdas que hace catorce años, en este mismo banco, nos hicimos una promesa?
Y entonces me golpea la memoria de aquel verano en el que, entre risas y confidencias, le prometí que seríamos novios si a los treinta aún no había encontrado a nadie.
A ella le aterraba la idea de quedarse sola y yo le dije que sí porque me gustaba pensar que, en uno de los muchos posibles futuros, uno era de nosotros.
—Lo recuerdo, pero ya no somos dos críos—susurro.
—No, somos mucho más que eso.
Nos fundimos en un beso y, de pronto, las piezas encajan.
Todo lo que era difuso, todo lo que me había faltado, está justo aquí.
De la plaza, empieza a llegar la música.
Están haciendo un tributo a Estopa, como el día que la conocí.
Suena una canción suya, de las modernas, y , sin dejar de besarla, le susurro la letra contra los labios:
Al día que tú te marches, no quiero sobrevivir.