Epílogo
—Amor —le llamo desde nuestra habitación.
—¿Sí? —su voz me llega amortiguada desde el baño.
—¿Me ayudas a abrocharme las sandalias?
Escucho el golpeteo firme de sus pasos por el pasillo. Cuando aparece, sonrío sin poder evitarlo: se ha puesto la camisa hawaiana rosa con langostas rojas. La lleva abierta, sobre una camiseta blanca lisa. Podría parecer ridícula en cualquiera, pero en él es parte de su sello de identidad.
—Perdón, pero no llego por culpa de estos dos granujas —digo señalándome la barriga redonda.
Él se acerca con calma, me acaricia el vientre y me besa allí, como si ya saludara a los gemelos. Luego se arrodilla y, con esa paciencia infinita que siempre me desarma, me ayuda a colocarme los zapatos.
—Gracias —susurro, peinándole con los dedos el pelo aún húmedo, rebelde, que amenaza con meterse entre su cara y sus gafas—. Estás guapísimo.
—¿Vamos? —me ofrece la mano para ayudarme a incorporarme.
—Sí. ¿Ya están todos allí?
Asiente. Caminamos hacia la puerta de la casa que fue de mi abuela, ahora reformada, y me invade una oleada de recuerdos.
Aquí empezó todo. Aquí también renació. En apenas cinco años, mi vida ha dado un giro de 180 grados: pasé de dirigir una cadena de gimnasios a ceder mi puesto a la subdirectora y quedarme en el pueblo.
Hoy no solo vivo aquí; hoy inauguro el primer centro de ocio del proyecto sin ánimo de lucro que he creado y lidero.
La idea nació después de muchos días pensando qué podría hacer para que el pueblo no se siguiera vaciando.
Entendí que lo que necesitábamos eran razones para quedarnos.
Por eso, quise construir un espacio que lo tuviera todo: biblioteca, sala de recreativos, gimnasio, pistas deportivas…
Entre las ayudas de la administración y las donaciones que hace gente con grandes fortunas, ha sido posible.
Es un lugar ocio para los más jóvenes que da muchos puestos de trabajo al pueblo y que ofrece muchos servicios.
—¿No pensarás ir andando? —me dice de pronto, con el ceño fruncido, al verme avanzar calle abajo.
—Venga, no está lejos. En el pueblo, todo está al lado —protesto, divertida.
—El médico te mandó reposo —responde abriéndome la puerta del coche con esa seriedad tan suya.
Ruedo los ojos, rebufando como una adolescente.
—Está bieeeeen.
Me subo al asiento mientras él sonríe, victorioso.
Cuando llegamos, la plaza ya está llena.
Mateo, Vega, Estela, Sara, la tía, el tío Tibo, el panadero, el óptico, Anna, la nonna , su padre…
todos los vecinos. Veo a mis madres un poco apartadas, que han hecho todo el esfuerzo posible por encontrar un hueco en su apretada agenda para venir.
Ya no siento un nudo en el estómago porque estamos encontrando un punto de la relación en el que todas nos sentimos cómodas. Hay también alguna cara nueva.
Elio aparca justo delante y, en cuanto bajo del coche, estalla un aplauso. El calor me sube a las mejillas; nunca me acostumbraré a ser el centro de nada.
Abrazo, saludo y escucho palabras de cariño que me envuelven como un murmullo. Entonces llega el momento.
—Bueno… ¿lo inauguramos ya? —pregunto, con la voz temblorosa.
Me tienden unas tijeras enormes. Respiro hondo y miro al cielo para reprimir las lágrimas de emoción que amenazan con salir. En ese instante, una mariposa blanca cruza el cielo. Sé que es ella, que me sigue acompañando, que nunca me abandonará.
Bajo la mirada y me encuentro con la de todos expectante. Corto el lazo rojo que tengo entre las manos y estalla un aplauso que parece un rugido.
En ese instante lo sé: la familia no solo es la que te toca, sino la que se queda, la que te sostiene, la que hace que te sientas invencible solo por estar a su lado.
También, puede serlo un pueblo que se niega a morir.
Mientras Elio me abraza, comprendo que hemos cerrado un círculo y abierto otro nuevo: un futuro donde nadie tendrá que marcharse para encontrar un hogar.