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Mara
Elio me acompaña a casa. Hoy también, aunque será la última vez.
La calle está en silencio, iluminada solo por las farolas anaranjadas. Cada paso que damos hacia la puerta de mi abuela me parece más pesado, como si en lugar de caminar estuviéramos alargando un final inevitable.
—Buenas noches, Elio —susurro, girándome para abrir la puerta.
Pero él se acerca, tanto que nuestras narices se rozan. Su aliento me envuelve, cálido, cargado de un perfume que ya asocio a hogar.
—No.
La palabra me golpea más que si hubiera dicho mi nombre. En sus ojos lo veo todo: deseo, nostalgia, tristeza y hambre. Es hambre de mí, un hambre que yo también siento.
—A no ser que me pidas que me vaya… creo que nos merecemos pasar esta última noche juntos.
No puedo decirle que no. Asiento, sintiendo cómo algo dentro de mí se abre porque lleva razón, porque no puedo negar lo evidente: le quiero. Y sé que nunca tendré suficiente.
No contesto con palabras. Nos fundimos en un beso que es un pacto silencioso, una tregua. Me sujeta el rostro y, sin apartar su boca de la mía, me guía hacia dentro.
La puerta se cierra. El silencio de la casa nos envuelve, solo roto por el sonido húmedo de nuestros besos. Caminamos hacia la habitación tropezando sin soltarnos.
Me aferro a su espalda y tiro de su camisa buscando la piel. Me aprieta contra él y siento, no solo su calor, sino la firme evidencia de su deseo presionando contra mí. El mundo se reduce a ese punto de fricción, a la humedad que empieza a crecer.
Nos desnudamos como un ritual. La ropa cae formando un círculo a nuestros pies. Mi piel arde al aire y bajo su mirada.
Nos tumbamos. El beso se vuelve más lento, más profundo, más húmedo. Nuestras lenguas juegan un duelo. Él se separa para mirarme, y en esa mirada hay una promesa rota y otra que aún no hemos pronunciado.
Tanteo la mesilla y encuentro el envoltorio. Lo miro a los ojos mientras lo preparo, con una lentitud que es tortura para ambos. Ver cómo pierde el aliento, cómo se le tensan los músculos durante la espera, es casi tan poderoso como lo que vendrá después.
Finalmente, le guío hacia mí. Se adentra con una lentitud exquisita y devastadora. Un gemido largo se me escapa cuando él empieza a moverse con un ritmo lento, profundo, que encuentra el ángulo perfecto.
—Tú… siempre serás tú —musita contra mí, mientras me agarra del muslo y lo enreda alrededor de su cintura, abriéndome más.
El ritmo se acelera. Nuestra piel sudorosa choca. Los gemidos ya no se contienen. La tensión en mi vientre es una espiral dulce y urgente.
—Voy a… —no termino la frase.
—Yo también, joder —gruñe.
En ese momento, lo siento. El orgasmo es una ruptura silenciosa por dentro, un estallido que me hace contraerme a su alrededor. Mi clímax lo desencadena a él. Siento el temblor profundo que lo recorre, su gruñido final junto a mi nombre, mientras nos fundimos en la misma ola.
Por un instante, el tiempo deja de existir. Solo estamos él y yo.
Cuando la razón vuelve y siento su peso sobre mí, todo duele, con la claridad desgarradora de lo que nunca más volverá a ser así.
Cuando me despierto, él ya no está. La sábana de su lado aún está tibia. Sobre la almohada, hay una nota.
No puedo despedirme de ti. Te quiero, ahora y siempre.
La leo una y otra vez. Cada palabra es un nudo que me aprieta la garganta. Quizá es lo mejor, me repito, aunque la voz en mi cabeza suene hueca. Respiro hondo, intentando anclarme a algo que no sea esta sensación de estar huyendo de lo mejor que me ha pasado en la vida.
Recojo lo poco que queda de mí en la casa: la taza de infusiones que me regaló Vega, la manta que usábamos en las noches frías de terraza, el sobre de la carta de mi abuela. Cuelgo el cartel de Se vende en la fachada. No puedo alargarlo porque, si me quedo más, nunca me iré.
Subo al coche. Ni siquiera busco una lista de reproducción; dejo que la radio decida por mí. El locutor anuncia que suena Revolá de Los Sanguijuelas del Guadiana. Son los mismos de la canción de anoche.
Revolá pa no perder el camino
Si no está to perdío
Juró que volveré.
Cierro los ojos un instante y dejo que la música se mezcle con el latido en mis sienes. Paso por delante de la tienda de Mateo, y recuerdo su sonrisa cuando me guardaba mi infusión favorita.
La casa de Vega, con las cortinas corridas.
La de los padres de Elio, silenciosa.
La panadería de Jesús, que ya huele a pan caliente.
El bloque de pisos donde vive Elio… y siento que algo dentro de mí se parte en dos.
Las lágrimas me nublan la vista, pero me las seco rápido, como si así pudiera borrar también lo que siento.
Miro al asiento del copiloto. El bolso está entreabierto. Dentro, veo la carta de mi abuela doblada y la nota de Elio, arrugada por haberla apretado en el puño.
Dirijo la mirada al frente. El cartel que marca el fin del pueblo se acerca. Entonces, lo siento: un impulso irracional.