87
Elio
Cuando entro al bar y la veo, me golpea la certeza de que quizá sea la última vez que la vea aquí así. El ruido se apaga por un segundo. No sé cuándo será la próxima vez ni si la habrá.
La saludo con dos besos, intentando mantener las manos alejadas de su cintura. Les digo que voy a la barra a por una bebida y ella no me deja marcharme del todo: me agarra de la mano.
—Yo también quiero pedir.
Nos apoyamos en la barra, hombro contra hombro, esperando a que Jonás se desocupe.
Está abarrotado: es la prefiesta antes de la gran noche.
El calor y el olor a cerveza flotan en el aire, y de fondo suena Yo te esperaré.
De verdad, el DJ del bar debería modernizarse un poco. Ha salido buena música desde entonces.
—Debería ser delito que te siente igual de bien el traje que las camisas hawaianas —suelta de pronto.
Me quedo quieto. El calor me sube a las mejillas antes de que pueda evitarlo.
—Has bebido, ¿no? —pregunto con una sonrisa torcida.
—Sí, pero eso solo significa que estoy siendo totalmente sincera.
Me bebería su sonrisa antes que cualquier copa. La besaría ahí mismo, aunque fuera el último beso que le doy en mi vida. Porque eso es algo más que el vacío que me espera mañana.
—¿Con que totalmente sincera? —le sigo el juego.
Asiente, divertida, jugueteando con el borde de su pulsera.
—Del 1 al 10, ¿cuántas ganas tienes de besarme? —pregunto.
Se muerde el labio, pero ya me ha respondido con los ojos.
—Un 10.
—¿Y por qué no lo haces?
—Sabes que delante de la gente…
—¿Qué más te da? Te vas mañana. Si hay algún chisme, será cosa mía. Y créeme: me da igual. La gente que me importa ya lo sabe. Y, si no lo sabe, está ciega.
—¿El qué sabe?
—Que me gustas muchísimo más de lo que puedo demostrar en público.
Se ríe, y se me encoge el corazón porque la risa se siente como un último regalo. Me inclino, despacio. Es nuestro último día. No quiero esconderme. Quiero que todo el mundo vea la suerte que tengo.
Mis labios están a punto de rozar los suyos, pero me detengo buscando su permiso.
—¿Puedo? —pregunto.
Asiente, muerta de vergüenza, y entonces la beso. No es un beso largo. No es un beso para encender, sino para recordar. Jonás nos interrumpe.
—Ya estoy con vosotros...
Se corta al vernos, y se queda medio sonriendo. Nos reímos, apartándonos.
—Ya era hora, Dios —dice—. Estaba a un tris de llevaros a un programa de la tele para que dierais el paso.
Cuando volvemos con nuestras bebidas, el grupo estalla en sonrisas. Vega, sobre todo, casi salta de la emoción.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —nos abraza a los dos, apretándonos—. Os quiero mucho.
Me siento feliz y me siento roto, como si cerrara una etapa preciosa y, al mismo tiempo, me arrancaran un pedazo de vida. ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil?