El último verano que fuimos 86
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Mara

Estoy sentada con las chicas en la terraza del bar, justo donde el toldo deja pasar una luz anaranjada que hace que todo parezca más cálido de lo que en realidad es.

Hemos preferido quedarnos aquí un rato antes de entrar a beber y bailar.

Vega está removiendo su tinto de verano cuando suelta, como quien no quiere la cosa:

—Ayer vi a la mujer de Hugo. Tendríais que verla. Parece otra.

Sara asiente con una media sonrisa.

—Normal, tía. Ese tío no le hacía ningún bien.

Yo las miro, sin entender del todo.

—¿De qué habláis?

—De lo bien que se la ve a Elena, la mujer de Hugo, desde que se divorció.

El vaso se me queda a medio camino de la boca.

—¿Que se divorció? ¿No acababan de tener un niño?

—Ya ves —dice Sara, encogiéndose de hombros—, pero la mujer le pidió el divorcio después de lo de Elio.

Parpadeo, confusa.

—¿De qué de Elio?

Vega me mira, sorprendida.

—Ah, ¿no lo sabes? Pensé que te lo habría dicho.

Niego con la cabeza. Vega se inclina hacia adelante, bajando un poco la voz, aunque no haga falta.

—Fue a su casa cuando él estaba en el trabajo.

Le contó todo lo que hacía el otro cuando ella no miraba: que ligaba con otras, que se jactaba de lo que pasó contigo, que salía de fiesta—hace una pausa para darle un trago a la copa—.

Y se ofreció a llevarle el divorcio gratis, con tal de ayudarla a sacarle todo lo que pudiera.

Sara interviene, como para rematar la historia:

—Ella aceptó, claro. Y Hugo, por vergüenza, se ha largado del pueblo. Incluso ha renunciado a la custodia del niño. Casi mejor porque no iba a ser un buen padre.

—Se ha ido a trabajar a unas obras al extranjero —añade Vega—. Y dicen que no piensa volver.

Me quedo en silencio, sintiendo cómo las palabras me golpean primero en el pecho y luego en la garganta. Un nudo se me forma ahí, incómodo, denso. ¿Por qué Elio no me lo ha contado? ¿Por qué ha decidido guardárselo?

Miro a Vega y a Sara, que ya han cambiado de tema, riéndose de algo sin importancia. Afuera, el aire huele a tierra caliente. Yo, sin embargo, siento otra cosa: una calma extraña como si un peso invisible que llevaba años sobre mis hombros se hubiera desintegrado.

Respiro, pero no como siempre. Respiro como quien, por fin, puede llenar los pulmones hasta el fondo, como quien sabe que ese fantasma del pasado ya nunca más volverá a tocar la puerta.

Estamos dentro, bailando, cuando de repente suena una canción que no reconozco. El primer acorde me sorprende: una guitarra que suena como a flamenco. Luego, un bombo electrónico entra de golpe, rompiendo lo tradicional:

Llevadme, llevadme a mi Extremadura y allí dejadme en mi tierra y esparcío por los aires para abonar la cosecha

Parece flamenco, pero algo en el ritmo lo convierte en otra cosa, algo nuevo. Todas mis amigas reaccionan al instante: gritan, levantan los brazos, se miran entre sí. Yo, en cambio, me quedo un segundo quieta, observando.

Me acerco a Vega y le susurro al oído:

—¿Y esta canción?

—Es de unos chavales de un pueblo de por aquí cerca, Sanguijuelas del Guadiana —responde, con la voz ya empapada de alegría—. ¿A que mola?

Aquellos amigos que lejos un día emigraron, nunca olvidan a su tierra, que ansiosa les está esperando

Siento algo dentro del corazón, algo así como una traición: porque mi gente es esta, porque mi hogar está aquí, aunque yo lo haya intentado negar tantas veces. Y, al mismo tiempo, sé que esta tierra me esperará siempre, paciente, con los brazos abiertos.

La voz del cantante repite el estribillo y, sin pensarlo, empiezo a bailarla. Cierro los ojos y la siento correr por mis venas como si fuera mía.