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Mara
La comida ha sido un abrazo para el alma. El olor de la pasta inundando la cocina, el sonido de las cucharas contra los platos, la voz de la nonna riñendo a Elio en italiano por algo que ya he olvidado… todo eso se me ha quedado grabado como una fotografía.
Me he sentido parte de algo. Me he sentido en casa.
La sobremesa ha sido larga, llena de risas, anécdotas y chismes del pueblo.
He escuchado más de lo que he hablado, dejándome envolver por esa sensación de pertenencia que siempre he envidiado en otros.
Cuando me estoy despidiendo en la puerta, la nonna me aprieta las manos con fuerza y me mira con esos ojos chispeantes:
—Como no se te ocurra volver antes de que me muera, te visitaré todas las noches como fantasma — bromea, aunque sé que lo dice muy en serio.
Me río, aunque la garganta me arde. La abrazo y siento su perfume a jabón y lavanda, y luego me despido de los padres de Elio, que me tratan con familiaridad. Él se ha ido antes, diciendo que tenía que volver al despacho.
Cuando por fin salgo de la casa, la brisa de final de verano me golpea en la cara y, sin saber cómo, empiezo a llorar. Es un llanto silencioso, de esos que te abren un nudo en el estómago y te dejan temblando.
Ojalá hubiera tenido una familia así. Ojalá este sentimiento de pertenencia me sucediera con mis madres y no solo aquí, en este rincón que no me pertenece del todo.
Cuando llego a casa de la abuela, el silencio me recibe de golpe.
Todo está muy vacío, pero el olor sigue ahí, como si las paredes lo retuvieran por cariño: a madera vieja, a infusiones, a lavanda.
Empiezo a recoger lo último que me queda allí porque mañana colgaré el cartel de “Se vende” y debe estar vacía.
Me dejo caer en el sofá, exhausta, y saco la carta que mi abuela me dejó después de que firmara esta mañana. Hasta ahora no había podido sentarme tranquila a leerla. Rompo el sobre y dejo que su voz me acompañe una última vez:
Mi niña,
Si te han dado esta carta, es porque me hiciste caso y te quedaste en el pueblo. Me da paz pensar que volviste, que caminaste por nuestras calles y que te diste la oportunidad de mirar atrás sin huir.
Esta casa siempre será tuya, aunque un día decidas venderla. Es solo ladrillo y madera… pero también es donde reíste hasta llorar, donde te rompiste y aprendiste a recomponerte. No importa dónde vivas después: este suelo seguirá llevándote en la memoria.
La vida es así, un mosaico de momentos buenos y malos.
Y, aunque a veces no lo entiendas, todo eso nos construye. Nos tenemos que romper para volver a edificarnos, y en ese proceso es donde descubrimos nuestra fuerza.
Espero que hayas perdonado a Elio. A veces las personas que más queremos son las que más nos hieren, pero también las que más capaces son de curarnos.
Me quedo leyendo la última frase una y otra vez, sintiendo que me atraviesa como un cuchillo y, al mismo tiempo, me envuelve como una manta.