84
Elio
Hoy me siento más tenso de lo habitual, como si llevara todo el día con un nudo invisible apretándome el estómago.
Mara viene a firmar, por fin, todos los papeles de la herencia.
Ese trámite que llevo días deseando cerrar y, al mismo tiempo, retrasando en silencio.
Mañana es la fiesta final del verano, y aunque le pedí que se quedara, me respondió que sería demasiado.
Si supiera que Hugo ya no va a ser un problema, si supiera lo que hice, quizá se quedaría.
A lo mejor, sin ese miedo, se permitiría pensar en quedarse aquí, conmigo, en el pueblo, pero tal vez es mejor así.
Cada mensaje que me ha mandado mientras estaba lejos ha sido un recordatorio punzante de que ella no estaba aquí, de que yo no podía cruzar la calle para verla.
Cuando llego al despacho, ya está allí, esperándome.
Me quedo un segundo parado en la puerta, solo para grabar en la memoria esa imagen: ella sentada, hojeando algo que no parece leer de verdad, con un mechón ondulado escapándosele por la frente.
En unas horas la veré en mi casa, comiendo con la nonna y mis padres, y por la tarde con las chicas y luego vendrá la nada.
—Hola —saluda, con esa timidez que siempre me desarma, y me da dos besos.
Yo paso de formalidades. La abrazo con la fuerza de quien quiere retener algo que sabe que está a punto de perder. Quiero sentir su cuerpo contra el mío una última vez, grabarme su calor en la piel para cuando vuelva el invierno.
—¿Paso a tu despacho ya? —me pregunta.
Se me forma un nudo en la garganta. Hace días pensaba que podría ayudarla a cerrar esta etapa, pero ahora que la tengo delante, con esos ojos verdes que parecen mirarlo todo menos lo que me pasa por dentro, con esa sonrisa contenida, me doy cuenta de que no puedo.
—No, te lo va a llevar Miguel.
—Ah, ¿sí? —pregunta, arqueando una ceja.
—Sí, yo no puedo. Tengo otro compromiso.
Miento porque claro que puedo. Lo que no puedo es verla marchar otra vez, y encima acompañarla hasta la puerta. No puedo estar presente mientras decide vender la casa de su abuela, mientras cierra la última puerta que la une a este pueblo… y a mí.
No puedo verla escaparse de mis manos sin gritarle que la quiero, que quiero que se quede, que cada minuto sin ella es una eternidad que no sé llenar, que la vida volvió a tener sentido cuando ella regresó y que, por mucho que intente engañarme, jamás podré reemplazarla en los brazos de otra.
Quiero decirle que ojalá (y me duele hasta pensarlo) sea feliz, más feliz de lo que yo podría hacerla, aunque sea con alguien que no soy yo.
Ojalá me olvide rápido, tan rápido como yo me volví a enamorar de ella el día que la vi de nuevo.
Pero no digo nada. Me quedo con las manos vacías mientras ella se va con Miguel.