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Mara
La semana ha sido un torbellino con el lanzamiento de la campaña, pero el esfuerzo ha valido la pena.
El número de clics en el enlace del anuncio ha superado cualquier previsión, y las cifras de usuarios que han pasado de curiosear a registrarse e inscribirse en uno de nuestros gimnasios han dejado a todo el departamento boquiabierto.
Han imprimido las métricas y las han pegado en la pared de la sala de reuniones.
Todos sonríen, todos brindan con café, todos hablan de lo bien que va todo.
Es viernes y yo sigo en mi despacho, repasando los últimos papeles.
Siempre peco de ser la última en irme, sobre todo desde que mi casa se ha convertido en un lugar demasiado silencioso.
Prefiero el eco hueco de la oficina vacía, el zumbido constante de los ordenadores en modo reposo, antes que el vacío de mi salón.
Escucho un golpecito suave en la puerta. Levanto la vista y, a través del cristal, veo a Laura con una sonrisa medio pícara.
—Dime.
—¿No vienes?
—No, id vosotros —respondo sin levantarme, pero en mi cabeza me digo que debería darle una oportunidad. Quizá me venga bien sentirme parte de algo
—Anda, vente —insiste, entrando directamente en mi despacho.
Suelto una risita breve.
—Venga, vale.
Laura abre los ojos como platos, teatral.
—¿En serio? Es la primera vez que lo consigo en todos estos años. ¿Por qué?
—¿Cómo?
—Quiero saber qué he hecho distinto esta vez para que aceptes, así lo repito la próxima.
—Quizá la distinta soy yo —respondo mientras me levanto, me aliso la camisa con las manos y empiezo a guardar mis cosas en el bolso—. Vámonos a tomar algo.
Dos gin-tonics después, sé con certeza que ha sido mala idea. La música del bar es demasiado alta, las risas de mis compañeros demasiado automáticas. Ellos están celebrando el éxito de la campaña, y yo también debería estar haciéndolo, pero no aquí.
Me descubro imaginando otro lugar: Vega contando alguna historia disparatada, Estela corrigiéndole con sarcasmo, Sara hablando de la última canción que ha descubierto y Elio mirándome de reojo, como si no necesitara decir nada para hacerme sentir bien.
Aquí, en cambio, todo brilla de manera superficial. Esta gente no me conoce. Han pasado de comentar los resultados de la campaña a hablar de lo maravillosa que es la capital, de lo vibrante que es la vida aquí, de las mil opciones que ofrece y yo, por primera vez, no puedo estar más en desacuerdo.
Me rio cuando toca, asiento cuando esperan que asienta, pero por dentro me siento como una actriz interpretando un papel en una obra que no me gusta. Y lo peor es que nadie se ha dado cuenta.